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Que se tomaron todo –pero todo– y que se montaron en la cama y que se sacudieron hasta golpearse las narices y chocar con el techo y empotrarse una y otra vez en la carne húmeda que ofrecía su herida. Que en la oscuridad se dijeron que fue la mejor encamada de sus vidas. Que al despertar se enteraron del terremoto y les dio culpa. Que sus esposas estaban allá.