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“Yo, señor, soy de Segovia. Mi padre se llamó Clemente, natural del mismo pueblo; Dios lo tenga en el cielo. Fue, tal como todos dicen, de oficio barbero; aunque eran tan altos sus pensamientos, que se corría de que le llamasen así, diciendo que él era tundidor de mejillas y sastre de barbas. Dicen que era de muy buena cepa, y, según él bebía, es cosa para creer…”.

Así empieza El buscón, o Historia de la vida del buscón, nombre que le puso Quevedo a la genial novela en la que contaba la vida de Pablos, un personaje hijo de una bruja y un barbero, y, para más señas, sobrino de un verdugo del que heredaría después de que este ejecutara a su padre en la horca “Cayó sin encoger las piernas ni hacer gesto; quedó con una gravedad que no había más que pedir. Hícele cuartos y dile por sepultura los caminos” parece que España haya cambiado poco desde entonces, la picaresca sigue siendo tan actual que parece que esta novela haya sido escrita en nuestro tiempo.

En Segovia la memoria del Buscón hay que imaginarla, en el antiguo barrio de la Judería, a escasos metros del Arco del Socorro se ubica Ignacio Sanz ceramista y escritor de cuyo torno salen todos los años las piezas que los periodistas segovianos entregan a los personas de la ciudad que mejor y peor se han portado con ellos. San Frutos para el mejor, el patrón de la provincia, al que se le representa cubierto de pájaros rememorando la tradición que sostiene que se le posaban en la cabeza de tan pacífico como era,  Dómine Cabra para el peor, cuyo célebre retrato quevedesco, no deja lugar a dudas de la razón: “Era un clérigo cerbatana, largo sólo en el talle, la cabeza pequeña, pelo bermejo, los ojos avecindados en el cogote, que parecía que miraba por cuévanos, tan hundidos y escuros que era buen sitio para cuevas de mercaderes; la nariz entre Roma y Francia, porque se le había comido de unas búas de resfriado, que aun no fueron de vicio porque cuestan dinero; las barbas descoloridas de miedo de la boca vecina, que de pura hambre parece que amenazaba a comérselas; los dientes holgazanes y vagamundos parecía que se los habían desterrado; el gaznate largo como de avestruz, con una nuez tan salida que parecía se iba a buscar de comer forzada de la necesidad; los brazos secos, las manos como un manojo de sarmientos cada uno. Mirado de medio abajo, parecía tenedor o compás, con dos piernas largas y flacas…”.

“Estudiantes y pícaros son todo uno” afirma el Buscón al final de su estancia en Alcalá, convertido ya él mismo en uno más tras sobrevivir a las novatadas y argucias de los primeros y licenciado por la necesidad en las artes de la sisa y del engaño, tan comunes en la España de la época, tanto como en la actual, y cuyo cultivo prosigue hoy tanto en la Universidad como fuera de ella. “Haz como vieres, dice el refrán, y dice bien. De puro considerar en él, vine a resolverme de ser bellaco con los bellacos, y más, si pudiese, que todos. No sé si salí con ello, pero yo aseguro a vuesa merced que hice todas las diligencias posibles”, concluye el relato de su estancia en Alcalá antes de despedirse de la ciudad para regresar a Segovia a cobrar la herencia paterna, con la que sobrevivirá algún tiempo en Madrid.

Lástima que nadie lea ya los clásicos y mucho menos un género que nos define perfectamente como sociedad, La Picaresca, si se leyera más El buscón, el Lazarillo de Tormes o La pícara Justina y compararemos ese mundo con el de hoy, nos daríamos cuenta que no ha cambiado tanto como nos gustaría la vida de los españoles.

¿O creen que sí? ¿Qué opinan ustedes? Pueden dejar sus comentarios intentaremos averiguar que tanto hemos cambiado, o no.