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El camino estaba mojado por la lluvia reciente. Yo iba apurada, como siempre, y las hojas húmedas se empecinaban en adherirse a mis zapatillas. Un par de veces estuve a punto de resbalar pero eso no impidió mi marcha. Debía llegar antes del anochecer y el sol ya estaba empezando a ocultarse.

Las sombras de los árboles que rodeaban el camino se hacían más y más largas. Y con el advenimiento de la noche mi miedo empezó a crecer.

Podía sentir cómo la sangre latía desaforada en mi cuello. Comencé a sentir un ahogo en mi pecho, una opresión asfixiante, productos de mi prisa por ponerme a resguardo.

Un ruido a mis espaldas me estremeció; pero aunque temblaba de miedo, no me animé a mirar hacia atrás.

Ya no solo caminaba rápido, sino que mis pies parecían volar sobre el colchón de hojarasca. Un incipiente dolor de cabeza comenzó a atormentarme.

«Demasiada adrenalina», pensé, intentando calmarme.

Vi, a apenas unos quince metros, la silueta familiar de mi casa.

Tropecé en el escalón de entrada al no poder frenar el impulso de mi carrera. El miedo no me dejaba respirar y me pareció que pasó una eternidad hasta que encontré las llaves de la puerta de entrada.

Cerré dando un portazo y puse rápidamente el pasador que la aseguraba. Un golpe brusco contra el portón me hizo retroceder. Quedé apoyada contra la pared de mi comedor, intentando poner distancia entre los ruidos de afuera y yo.

Cuando recuperé un poco la respiración, suspiré aliviada.

Por una noche más, había logrado llegar a salvo a mi casa  y, él, no había podido alcanzarme.