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Mariano apagó el cigarrillo y bajó el volumen de la radio. Una vibración leve, que iba creciendo, le hizo sentir nauseas.

— ¿Qué mierda pasa?— masculló, mientras sostenía el cenicero y algunos papeles, que quisieron salir disparados del escritorio.

Se quedó mirando la luz del velador verde, que parpadeaba.

Su respiración se agitó. Pudo sentir en su garganta los latidos acelerados de su corazón.

El aire del cuarto comenzó a sofocarlo; le pareció escaso, enrarecido, asfixiante.

Mariano se llevó las manos al cuello, queriendo desabrocharse la camisa. Arrancó dos botones, en su desesperación por respirar.

Vio las ventanas cerca, muy cerca, pero sus piernas no le respondían.

Cayó al piso y, arrastrándose, quiso alcanzar los transparentes cristales.

Se levantó, con un gran esfuerzo, en el momento justo en que  una mujer saltaba al vacío, desde el edificio de enfrente.

Un grito quiso salir de su garganta, pero en lugar de un alarido, solo comenzó a tararear una extraña melodía.

 

Las margaritas y nomeolvides  de las macetas, necesitaban agua. Sus tallos encorvados, pedían a gritos que se las regase.

Carolina llenó la regadera y, parada en la entrada del balcón, estiró su brazo para humedecerlas, siempre desde lejos.  No pensaba acercarse a la baranda, ni al borde del balcón. Su eterna fobia a las alturas, le producía taquicardia y una sensación de mareos y vértigo. Aún no podía creer que se había mudado con Joaquín, a un sexto piso.

— ¡Cuando te enamorás, sos una completa boluda!— musitó, en una voz casi inaudible.

Un firmamento rojizo, presagiaba una mañana calurosa. Sonrió. Se había ido a depilar el día anterior y pensaba ir a la playa.

Se quedó mirando el cielo, con la vista perdida en el horizonte. Un viento fuerte comenzó a soplar desde el sur, erizándole la piel.

—La puta madre, me quedé sin playa…—comenzó a decir, algo  molesta.

Sus pensamientos cambiaron de dirección, al notar un punto negro, que giraba rápidamente.

Éste parecía absorber el aire que lo rodeaba. Sus movimientos oscilantes, la hipnotizaron; no podía sacar la vista de esa negrura  que crecía.

Lentamente, Carolina caminó hacia atrás, saliendo del balcón. Se tropezó con el escalón, golpeándose la rodilla con la mesita ratona que estaba al lado del ventanal.

Lo que hasta, hacía unos escasos minutos, había sido un ínfimo punto oscuro, ahora era una mole que ocupaba todo su campo visual.

Con la mirada fija en esa monstruosidad, que avanzaba hacia ella, Carolina se descalzó y caminó hasta el límite del balcón. Trepándose a la barandilla, abrió los brazos y sonriendo, saltó.

 

Lucía no podía creer lo que estaba viendo.

Quiso gritar cuando su amiga trepó a la baranda del balcón, para luego arrojarse al vacío. Su espanto, hizo que no pudiera emitir sonido. Se quedó muda, paralizada.

Su mirada iba desde la mancha roja que crecía en el suelo, rodeando a su amiga, hasta una masa negra, en el cielo, que parecía absorber todo a su paso.

Lucía estiró la mano. Una sustancia gelatinosa, recibió su contacto.

El punto-mancha-gelatina, reptó por su brazo, cubriéndolo.

Cuando llegó a su garganta, Lucía  percibió un sabor dulce, familiar, agradable. Sintió el mismo gusto del arroz con leche que le preparaba su abuela Dora, cuando ella volvía del colegio.

Tragó, paladeó, respiró esa gelatina y, por primera vez en mucho tiempo, se sintió feliz., cambiada. Su mente se había abierto y el conocimiento llegó.  Supo que el cambio era la única cosa inmutable.  Todo su ser se movía, siguiendo una música que resonaba dentro de su cabeza.

 

Esteban, estacionó su auto a una cuadra de donde había una muchedumbre reunida.

Tomó su grabador y se acercó corriendo.

No había visto a otros periodistas en el lugar y la oportunidad de tener una primicia, lo sedujo. Con un buen informe entre manos, podría ascender en su trabajo como cronista.

Quizás hasta dejase de cubrir eventos insignificantes y pudiera tener su propio escritorio. Sintiéndose animado, se abrió paso entre la gente.

La imagen de una joven muerta, tirada como una marioneta rota en medio de un charco carmesí, casi lo alegró.

Las piernas de la chica estaban en una posición antinatural y tenía la boca muy abierta, en un grito silencioso.

La gente señalaba hacia arriba y al hacer zoom con su máquina de fotos, vio con horror, como una mujer estaba cubierta de una sustancia negra, viscosa.

Seguía viva, eso era indudable, ya que sus brazos se movían rítmicamente, como si bailara al son de una música.

Esteban escribió el titular de esta nota, garabateándolo en un arrugado papel que encontró en el bolsillo de su jean: “El baile de la mujer-gelatina”.

Sabía que Crónica tv pasaría esa imagen y ese título, al menos,  durante una semana.

A pesar de la situación espeluznante y extraña, Esteban se sentía contento.

Su cuerpo comenzó a moverse y sus labios tararearon una melodía, que jamás había oído antes.

 

Joaquín vio a su novia tirada en piso  en medio de un charco inmundo y rojizo, que ya se estaba llenando de moscas.

Apartó de un empujón a un fotógrafo, que sonreía con cara de idiota ante esta tragedia.

—¡Salí de acá, basura, dejala en paz! Las personas como vos son como animales carroñeros. Todo el mundo parece bueno, excepto la mayoría—sollozó, cubriendo a la joven con su campera.

La abrazó y besó, queriendo insuflar aire en sus pulmones exánimes.

Carolina no se movió. Tampoco su cuerpo descuajeringado aceptó el oxígeno. Las manos de la mujer siguieron laxas, con las palmas apuntando al cielo.

Joaquín le bajó el camisón, estirándolo hacia abajo,  y le acomodó las piernas.

Su dolor, dio paso a una peculiar sensación de alborozo. Tenía ganas de cantar.

Dio media vuelta y, sin volverse a mirar a su prometida, subió de a dos los escalones hasta su departamento del sexto piso.

Salteó el último escalón, el impar; él jamás pisaba los impares.

Con las manos dentro de los bolsillos de su pantalón, entró a su casa, silbando una curiosa melodía, que repetía una y otra vez. Una desconocida,  pero a la vez familiar, canción de cuna.