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LA PESTE ASOLABA la región. Todas las familias habían perdido ya a varios miembros y la enfermedad no perdonaba edad ni sexo.

El único lugar que ofrecía una relativa seguridad era el claustro de San Benito.

Muchos creían que la santidad de sus sacerdotes y su oración eterna y permanente era la razón de esta inmunidad.

Luego de muchos ruegos y cartas al Vaticano, el convento benedictino aceptó cobijar a jóvenes de la aldea que no mostrasen signos de la enfermedad.

El padre Carlos, hombre piadoso y casto, vio llegar al pequeño grupo de seis aldeanos. Fue él, quien primero se asombró de la perfecta belleza de una de las adolescentes.

El rostro de Irene era un fiel retrato de una Madonna  medieval. Su largo cabello rojizo, su piel blanca, sus gestos modestos, le hicieron sentir lo que jamás pensó que sentiría.

Ella le devolvió la mirada con una sonrisa que hizo que su corazón se le desbocara en el pecho.

—Te llevaré a las habitaciones reservadas a visitantes — dijo a la joven

—¿Usted, padre, dónde duerme?— preguntó Irene entre tímida y asustada.

—No temas pequeña, mi habitación está al final del pasillo, nada te sucederá.

Cuando el claustro estaba inundado por el silencio de la noche, ella salió de su habitación sigilosamente. Parecía flotar sobre el piso helado.

Se acercó a la cama del sacerdote y, montándose a horcajadas,  comenzó una danza macabra sobre su cuerpo.

El cura intentó en vano separarse de Irene. Cuanta más fuerza hacía para alejarse de ella, más rápidamente sucumbía a sus encantos.

Aterrorizado y aún sabiendo que perdería su alma, se entregó a ella. Cuando su cuerpo estaba exangüe y su corazón ya casi no latía, ella reveló su forma verdadera: una piel escamosa y unos colmillos y garras afiladas  de súcubo infernal.

Claudia Baralla y Silvia Fernandez