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En el edificio once, del conjunto departamental Oasis, hay una lona por encima de la entrada. Cuando llueve, la lona suena como un tambor, y al concluir la lluvia, no queda más que un goteo constante sobre la lona. Una y otra vez, desde la escalinata, las gotas caen en el mismo punto TAC TAC TAC, hasta que se termina el agua. Los residentes conocían muy bien ese sonido y no le daban importancia. Entre ellos Alberto, quién salía y entraba como todos los días, con su paraguas en mano, cómo en todas las temporadas de lluvia. Así, cuando llegó en la noche al edificio, tras la fiesta, escuchó el TAC de siempre contra la lona. Había llovido en la tarde, ni siquiera se preguntó si aún debían caer las gotas a esa hora. Al caminar, por debajo, escuchó sobre su cabeza el constante goteo. Así, entre un TAC y otro,  el agua parecía caer con más fuerza. TAC TAC TAC, una garra atravesó la lona, tomó el cuello de Alberto y lo jaló. Ni siquiera supo que lo había agarrado para cuando todo terminó.

Al día siguiente, la gente del edificio notó que la lona estaba rota. Era probable que el peso del agua la hubiese roto, eso creían. Con el pasar de los días, la ausencia de Alberto se sintió entre los vecinos, pero nadie hizo demasiadas preguntas. Era un joven universitario que vivía solo, era probable que regresara al pueblo de dónde provenía, con su familia. Su casera no volvería de vacaciones hasta el final del mes. Entonces resurgirían las dudas.

Mientras tanto, en temporadas de lluvias, hay edificios en conjuntos departamentales, que tienen una lona por encima de la entrada.

 

¡Voy a mandar a todos los escritores a la porra!