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Ojos mudos, acuosos y espantados,

de miradas sombrías, penetrantes;

criaturas piel de ébano, constantes,

muestran sus  vientres por el hambre hinchados.

 

Como ángeles de bucles muy dorados,

felices niños, bellos y radiantes,

no ven sufrir a tantos semejantes,

protegidos y bien alimentados.

 

En el sur la inocencia traicionada

con el desánimo del cuerpo inerte,

mientras que su riqueza es depredada.

 

Al norte, ufanos de su buena suerte,

la copiosa riqueza es derrochada,

siendo ruines culpables de su muerte.