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Fíjate que la visita a la UCI me ha hecho recordar la anterior vez en la cual una UCI entró en nuestras vidas, aunque en aquella ocasión Raquel y yo no llegamos a poner los pies en ella. Me refiero a cuando murió papá. Hasta entonces siempre había creído que la felicidad olía a limón. Todavía recuerdo cómo el dulce aroma a limón se desparramaba por todos los rincones del piso cuando Fini, la tata, horneaba coca de llanda para las reinas de la casa, como a ella le gustaba llamarnos a Raquel y a mí. Solíamos tomarla mojada en un chocolate bien caliente al volver del cole. Entonces todavía éramos una familia completa y la vida era fácil. Pero a papá le dio el infarto precisamente aquel cinco de enero, cuando Raquel y yo solo teníamos ocho años.

Aunque nosotras todavía nos hacíamos las inocentes, ya habíamos oído campanas acerca de quiénes eran en realidad los Reyes Magos. Lo decían entre cuchicheos todos los niños de la escuela, incluida nuestra amiga Elena. Pese a las evidencias, nos negábamos a darnos por enteradas. Todavía no queríamos dar por buena aquella verdad, que a nuestro pesar se nos iba a revelar muy pronto de la forma más cruel e inimaginable.

Como sabes, aquella tarde papá no estaba en casa. Se debía a su trabajo de inspector. Había tenido la mala fortuna de que le tocase turno en la Jefatura Superior ese día. Siempre me he preguntado por qué le tuvo que tocar a él. ¡Con la de agentes que había que no tenían hijos pequeños! Pero tenía un gran sentido de la responsabilidad y en ocasiones similares ni siquiera intentaba que algún compañero le cambiase la guardia. Decía que los días señalados eran malos para todos y «A quien Dios se la da, San Pedro se la bendice y no hay más que hablar». Era la frase que siempre sacaba a colación cada vez que tú se lo proponías. Mientras vivió papá todo era más fácil porque y él y tú formabais un buen equipo a la hora de repartiros las tareas; y también a nosotras… Por lo general, tú, mamá, ibas con Raquel y yo con papá. La razón seguramente no era más que una cuestión de afinidad. Pero lo cierto es que cuando estábamos los cuatro juntos todo en la casa marchaba bien, como en un engranaje recién lubricado y puesto a punto. Sin embargo, en cuanto papá se daba la vuelta todo empezaba a torcerse. No sé si era porque tú tenías un carácter más blando y te terminábamos tomando el pelo o si simplemente la ausencia de uno de los adultos desequilibraba por completo aquella ecuación casi perfecta que era nuestro hogar. Nunca tuvimos la ocasión de comprobar esta última hipótesis, ya que papá, por su trabajo, muy rara vez se quedaba a solas con las dos. La cuestión era que fuese por un motivo u otro, salir papá por la puerta y que tú comenzases con tus quejas era todo una. Aquel día no fue una excepción, sino todo lo contrario: como era la víspera de Reyes, estábamos aún más revolucionadas de lo normal.

El tiempo parecía estar detenido y las manecillas del reloj avanzaban a cámara lenta. Fini, que tenía mucha psicología con nosotras, propuso que hiciéramos entre las tres una de aquellas cocas que tanto nos gustaban. De entrada, ya no te pareció una buena idea, pero a regañadientes terminaste por ceder y nosotras nos pusimos a saltar locas de contento ya que sería la primera vez que nos dejaran meter las manos en la masa, en un sentido literal. Al principio la artimaña surtió efecto y la casa vivió un buen rato de paz y sosiego. Pero aquello no duró mucho: en un descuido de Fini, una de nosotras, ahora mismo no recuerdo quién, le dio un codazo al bol con la masa a medio preparar, que se estampó contra el suelo, justo en el momento en el que tú te asomabas a comprobar si era verdad que tus fierecillas se habían amansado. Si hubieras tardado tan solo unos minutos más a Fini, que era nuestra más fiel alidada a la hora de encubrirnos, le hubiera dado tiempo de arreglar el estropicio de los pegotes de masa y los vidrios rotos desparramados por el piso, sin que tú te enterases. Pero en aquella ocasión, como en tantas otras, mamá, tuviste el don de la oportunidad y viste la cocina hecha un auténtico cisco. Fue la gota que colmó tu paciencia, que igual no era tanta como tú creías.

—Es que no podéis parar ni un momento —gritaste con un deje de amargura en medio del enfado—. ¡Con vosotras no se puede ni respirar tranquila!

Tras tus contundentes palabras sobrevinieron unos segundos de un silencio tenso que parecía que no iba a terminar nunca. Fue Fini la que lo rompió tratando de mostrarse conciliadora:

—Aquí no ha pasao ná, señá Blanca, que esto lo recojo yo en un santiamén y aquí paz y después gloria. Además, qu’es temprano entoavía y me da tiempo de prepararla otra vez. No hay qu’apurarse por tan poca cosa, mujer.

A Raquel y a mí nos hacía mucha gracia la forma de hablar de Fini, pero tú siempre nos regañabas: «No hay que burlarse de las personas porque sean pobres o que no hayan podido ir a la escuela», así que, tan enfada como estabas en aquella ocasión no dijimos ni mu.

La bienintencionada treta de Fini no suavizó tu enojo y volviste a decir, incluso de manera más tajante, que aquella tarde estaríamos castigadas a no probar la coca tanto si la rehacíamos como si no. Al final Fini, complaciente como siempre, decidió prepararla de nuevo por si acaso el dulce aroma del bizcocho recién horneado te ablandaba el corazón. Seguíamos todavía en aquel tira y afloja cuando sonó el teléfono de casa. Contestó Fini, que era la que estaba más cerca.

—Diga.

—…

—Un hombre pregunta por usté—dijo Fini mientras te alargaba el aparato.

—Sí… soy yo, Blanca Muñoz. Sí, la mujer del inspector Eduardo Rojas… ¿Quién pregunta? —Raquel y yo la estábamos observando mientras hablabas por teléfono y vimos como el color huía de tu cara dejándola de un tono céreo—. Pero no… eso… eso no puede ser. Si estaba perfectamente esta mañana cuando salió de casa.

—…

—¿De repente? Sí, comprendo… Comprendo. ¿Ha dicho en el Clínico? Sí, ahora mismo voy.

En aquel momento no recuerdo que lloraras. No, al menos delante de nosotras. Pero nunca te habíamos visto con aquella expresión perdida, con una mirada vacía que helaba el alma y todo lo que se le pusiera por delante. Todavía me estremezco cada vez que lo recuerdo.

—¿Qué ha pasado, mami? —te dijo Raquel.

—Sí, mami. ¿Qué es lo que te ha dicho ese señor? ¿Ha sido algo malo? —pregunté también yo.

Tardaste en respondernos. Supongo que trataba de ordenar en tu cabeza las palabras para decirnos la verdad, pero sin llegar a contar más de lo que creías que necesitábamos saber. Con los años me he ido dando cuenta de que es todo un arte cómo dar una mala noticia sin hacer más daño del estrictamente necesario.

—Nada… Que papá se ha puesto malito y lo han tenido que llevar al hospital. Os quedáis aquí con Fini. Yo me voy corriendo a ver cómo está.

—¿Por qué no podemos ir contigo? Yo también quiero ir —te dije sin sospechar todavía toda la carga de profundidad que llevaba implícita aquella palabra: «malito».

—Mejor que no. A los niños no los dejan entrar en la sala. Solo pueden hacerlo los mayores.

Estoy segura de que lo dijiste por decir, para que nos quedáramos conformes. Aun sin saber que era cierto que a la UCI, que era donde estaba papá, no nos hubieran dejado pasar de ninguna de las maneras.

—Pero no tardéis. Que esta noche tienen que venir los Reyes y si no estamos todos acostados pasaran de largo —dijo Raquel, como si la visita de los Reyes fuera lo más importante en la vida. Para nosotras, aquel día y a aquella hora todavía lo era.

Parecía que tu enorme enfado de hacía tan solo unos instantes se había disipado de repente dejando paso a otro tipo de disgusto mucho mayor, donde la tristeza y el desasosiego adquirían los matices más importantes. Por fin nos diste un beso en la mejilla y saliste de la casa. Raquel y yo te acompañamos hasta el rellano de la escalera.

—Portaos bien con Fini.

Fueron las últimas palabras que te oímos decir mientras se cerraba la puerta del ascensor y nos quedamos con las caritas pegadas al cristal de la puerta mientras el ascensor bajaba los siete pisos hasta el portal. Hasta que no oímos el golpe del portón de abajo cerrarse no volvimos a entra en casa. Una vez allí te hicimos más caso de lo que t. Fuimos muy buenas y apenas metimos ruido. Toda la tarde estuvimos leyendo cuentos y viendo la tele, esperando a que regresaseis. Tan formales que apenas recuerdo que conversáramos en todo ese tiempo.

—¿Por qué murmuras? —pregunté a Raquel al oír un sonsonete que me estaba distrayendo del libro que leía.

—No murmuro: rezo porque papá y mamá vuelvan pronto. ¿Crees que llegarán a tiempo de los Reyes?

—No sé… ¿Por qué no le escribimos otra carta a los Reyes? —se me ocurrió, dejando de lado toda la incredulidad de que había sido objeto las semanas anteriores y eso hicimos.

 

Queridos Reyes Magos:

Sabemos que a veces no nos portamos bien y hoy hemos hecho enfadar mucho a mamá, pero no ha sido culpa de nadie que el bol con la masa se haya caído al suelo. Ya no queremos las muñecas y el supermercado que os pedimos en la otra carta. Tampoco hace falte que nos dejéis la colección de libros que queríamos. El carbón, si lo creéis necesario, aunque no nos gusta mucho y mamá dice que estropea los dientes, nos lo podéis dejar, no nos vamos a enfadar por eso. Pero lo que de verdad queremos es que vuelva papá. Por favor, vosotros que sois Magos, haced que vuelva a casa esta noche. Es lo que más deseamos en el mundo.

Sandra y Raquel.

 

Cuando firmamos la carta, todavía con las manos temblorosas, miré a los ojos a mi hermana y vi que lloraba en silencio, y en ese instante sentí que mi vida, mi mundo, el único que había conocido hasta entonces, se desmoronaba como un castillo de arena ante el envite de las olas y creo que fue entonces cuando se encendió por primera vez en mi corazón la llama de la soledad. Me abracé a ella, aunque yo no lloré. O tal vez sí, solo que mis lágrimas en lugar de hacia fuera iban hacia dentro, hacia el centro mismo de mi corazón.

Al cabo de un rato apareció Fini y le dimos la carta. Ella, después de leerla se enjugó una lágrima con discreción y nos aseguró de que en cuanto estuviésemos en la cama buscaría a un paje para dársela en mano y asegurarse de que llegara a Sus Majestades, los Reyes.  Luego nos sirvió una cena que apenas tocamos. En contra de su costumbre, no nos insistió para que rebañáramos los platos y desafió tu orden de manera explícita al partirnos un trozo de coca a cada una. Nos limitamos a mirarla si hacer ademán de cogerla. Desde entonces ya nunca la he podido volver a probar. Nos acostamos temprano, muy temprano, incluso para ser víspera de Reyes y permanecimos despiertas mirado al techo de la habitación y en silencio durante gran parte de la noche. Cuando varias horas después, frisando ya la madrugada, Fini cumplió con el encargo de echarnos los regalos, fuimos testigo de todas sus maniobras sin que de nuestras bocas saliera una sola palabra. Para entonces creo que los regalos ya habían dejado de importarnos y lo único que ansiábamos era volver a estar todos juntos. Debía de ser verdad que los Reyes no existían, porque de ser reales jamás hubieran cometido la crueldad de desoír los deseos de unas niñas desesperadas por recuperar a su papá.

No puedo recordar un día de Reyes más desangelado que aquel. Nos levantamos tarde y sin ganas, como dos zombis, en la que se suponía que debería de ser la mañana más feliz del año. Fuimos al salón todavía con el pijama puesto y vimos nuestras muñecas y los otros regalos a los pies del abeto. Además de los nuestros, había tres paquetes más, uno para papá, otro para ti, mamá, y un tercero para Fini. Ella cogió los vuestros y los llevó al dormitorio de matrimonio depositándolos suavemente sobre la cama. Hizo todo aquello con un gesto muy serio, como quien cumple con un encargo de vital importancia. Mientras, nosotras la seguíamos por toda la casa como unos perritos falderos.

—Mejor los dejamos aquí pa cuando vuelvan. Que us conozco y sois unos diablillos capaces estropearlos enantes de que los abran —dijo mientras nos animaba a volver al salón a desembalar nuestros regalos.

Como quiera que no estábamos dispuestas a mover ni una pestaña ella optó por abrir el suyo. No sé si fingía para picar nuestra curiosidad, completamente muerta en aquel momento, pero  soltó una gran exclamación entre aspavientos en cuanto pudo atisbar el contenido. Lo cierto es que el fular era muy bonito, porque tengo que reconocerte, mamá, que buen gusto para elegir regalos siempre has tenido. Fini lo apretó contra su pecho como si se tratara del mayor tesoro del mundo y me di cuenta de que su rostro comenzaba a bañarse en lágrimas. ¡Pobre Fini! ¡Cómo la he echado de menos todos estos años!

A partir de aquel momento y hasta tu llegada, ella fue quien se ocupó de que hiciéramos vida completamente normal. Por supuesto, aquella normalidad implicaba también la vuelta al cole. No es que nos entusiasmara, pero sin duda era una distracción. Así teníamos el tiempo pasaba más rápido. Al cabo de unos días regresaste a casa sola. Traías los ojos enrojecidos e hinchados. Me pareció que en eso poco tiempo habías pasado de ser una supermami guapísima a convertirte en una señora triste y mayor. No te imaginas lo mucho que me recordaste a la abuela. Para entonces papá, que no había podido superar las complicaciones del infarto, ya estaba muerto e incinerado. No entiendo todavía por qué no nos dijiste nada hasta que todo hubo pasado. Supongo que querrías proteger a tus niñas, pero el remedio fue peor que la enfermedad y creo que hasta ahora nunca he podido perdonarte que nos impidieses por acción u omisión la asistencia al funeral. Tal vez ahora, que por fin sale de mi boca este reproche, pueda hacerlo. La vida está llena de segundas oportunidades y la nuestra como madre e hija no ha hecho más que empezar.

En cambio, sí que nos permitiste acompañarte el día en que fuiste a echar sus cenizas al mar como, al parecer, habría sido su deseo. Sin embargo, aunque lo intenté con todas mis fuerzas en aquella ocasión no fui capaz de despedirme de él. En realidad es algo que nunca he hecho. La muerte de papá es un tema que nunca he cerrado a pesar de los años transcurridos. Algunas noches suelo soñar con él. Y eso fue justamente lo que me sucedió al volver de mi cita con Ricky. El sueño acostumbraba a ser siempre el mismo. Lo veía salir de casa con el uniforme de policía y tal como aquel último cinco de enero. Estaba exactamente igual, sin una cana o una arruga de más, oliendo a una mezcla entre aquella colonia de lavanda que tanto le gustaba y sus cigarrillos. Ese olor que Ricky me había traído de vuelta tantos años después. Sin embargo, a diferencia de las otras veces, esa noche me dijo unas palabras que me resultaron enigmáticas:

—Cuidado, Sandrita —solamente él me llamaba con aquel diminutivo—. Ten mucho cuidado —fueron sus palabras exactas.

Yo no le contesté, aunque de haberle podido decir algo, tal vez le hubiera reprochado lo mucho que fumaba. Por desgracia, estoy segura aquellas dos cajetillas que se metía a diario entre pecho y espalda algo tuvieron que ver con el infarto.