La cantante

La cantante

2.60 Promedio (58% Puntuación) - 5 Votos

A la memoria de Virginia, alentadora de sueños.

 De niña, Virginia, había sido corredora velocista, era una flecha rompiendo el aire a su paso. También, había jugado al baloncesto. Sin embargo, fue creciendo y con los años descubrió que tenía una hermosa y muy dulce voz. Atrás quedaron sus tiempos de corredora y basquetbolista, pero siempre los recordaba, siguiendo con atención las olimpiadas, partidos de baloncesto entre otros deportes.

Por aquel entonces, Virginia estaba en esa etapa de transición de pasar de la adolescencia a ser mujer, esa etapa en la que todos, seamos mujeres u hombres, soñamos y resoñamos lo que queremos ser a futuro; así ese futuro, sea solamente el día de mañana. Virginia no era la excepción: constantemente se veía en un escenario cantando frente al público.

La radio, ya que no había televisión, estaba en su apogeo. Cada emisora tenía su programación y sus fieles oyentes, los cuales, a veces, no eran tan fieles. Noticias, entrevistas, música, concursos de canto y radio-novelas eran la base de la programación de las emisoras radiales, entre ellas, la de Radio Quito que era la emisora más emblemática de la ciudad por aquellos días.

La transmisión de los concursos y radio-novelas se hacían en vivo, frente a una cantidad pequeña de público. Había programas de alta audiencia en donde la gente hacía colas para poder entrar a la emisora y ser testigo presencial de tal o cual programa.

Fueron Fausto y Jorge, hermanos de Virginia, que le alentaron a inscribirse en uno de esos programas de canto. Virginia se entusiasmó y fue a la sede de Radio Quito para inscribirse. Le hicieron varias pruebas y la seleccionaron para el próximo programa que salía al aire todos los sábados a las 5 de la tarde.

Ese día, Fausto y Jorge, se encontraban en la entrada de la emisora de radio, con un radio portátil. Se emocionaron mucho cuando escucharon a Virginia cantando el tango “Sombras nada más” que era una de sus canciones preferidas. Su presentación fue muy aplaudida por el público y elogiada por los presentadores del programa.

A las 5 de la tarde en punto, Jorge prendió la radio para sintonizar el programa de concurso de Radio Quito que tanto le gustaba a Marujita, su esposa. El programa iba avanzando y había gente con mucho talento y de repente ocurrió que oyeron una voz que conocían.

–¿Jorge, esa es la Virginia que está cantando?

–Claro que es ¿Pero qué hace ahí? ¿Tú sabías de esto? Porque a mí no me dijo nada.

–A mí tampoco.

Virginia, salió de la emisora y, junto con Fausto y Jorge se encaminaron a su casa en la calle Francia. Los tres iban muy alborozados. La felicidad les duró hasta que entraron a la casa. Jorge y Maruja, sentados en el sofá de la sala, esperaban por su llegada. Mejor dicho, esperaban la llegada de Virginia.

Virginia, en un alarde de juventud, había olvidado pedirles permiso a sus padres para participar en el concurso. Ella pensaba que esa había sido su única falta. Sin embargo, el discurso que siguió fue mucho más duro que el que ella esperaba.

En aquellos años, y más en ese Ecuador provincial de 194…, que una mujer quisiera ser cantante o actriz no era bien visto. Eso era para las mujeres de la vida, decían. Una señorita decente no podía tener tales sueños. Por lo tanto, Virginia tenía terminantemente prohibido volver a participar en cualquier concurso de canto sea en Radio Quito o en la radio que sea.

Fue de esta manera que el sueño de Virginia fue destruido como lo sería cualquier castillo de arena al ser atacado por las olas del mar.

Después la vida le hizo a Virginia tomar el camino de una mujer decente. Formó una familia. Tuvo seis hijos, dos que murieron y cuatro que aún están vivos, siendo yo, el último en llegar después de 12 años de la llegada de su tercer hijo. Es decir que, evidentemente, fui una sorpresa inesperada o, como se diría popularmente, fui un gol.

Con la llegada de los hijos, los sueños de Virginia pasaron a estar en un segundo plano. Se dedicó a oír los sueños nuestros y nos alentó para seguir la senda que nosotros quisimos seguir. En esta tarea se le fueron yendo sus años de vida, aunque se las arregló para cantar cuando podía.

En casa cantaba continuamente, a bajo volumen, pero lo hacía. Yo particularmente, disfrutaba oyéndole aunque nunca se lo dije. En esos instantes, se sentía como Virginia se elevaba del suelo y se iba a habitar ese otro mundo secreto, que ella aprendió a proteger y blindar, lejos de la mirada de aquellos que no quería que supieran de aquel universo.

Los vaivenes de las olas de ese mar que llamamos vida llevó a Virginia a conocer otras playas, otras arenas, otras montañas, otros llanos, otros aromas, otros sabores, otras costumbres y otras gentes. Venezuela nos acogió en su seno con los brazos abiertos. Virginia y mi hermana Vilma fueron el sostén de ese nuevo hogar que lo completaba yo y Rocío, la primera nieta de Virginia.

Caraqueando, como diría mi abuelo, fuimos creciendo. Mi hermana Martha vino a caraquear con nosotros por un tiempo. Fue en ese periodo que nació Daniel con un problema de incompatibilidad de sangre, que los médicos resolvieron muy bien. Mientras tanto en Quito la vida también continuaba y, con ella, la llegada de otro nieto: David, hijo de Bolo y Noemí. Ya Virginia era toda una abuelita.

En algún momento del camino, Martha decidió retornar a Quito. Otra vez la familia quedaba reducida y con menos ingresos. Había que trabajar más y ahí estuvo Virginia, trabajando duro aun cuando su salud flaqueaba.

Virginia tenía una dolencia importante en los riñones y su circulación no era la mejor. Era muy cuidadosa con la alimentación y cumplía todos los tratamientos médicos, pero las dolencias persistían y ella las combatía sin descanso ni tregua.

Dicen que el que persevera, alcanza. Pues, en el caso de Virginia, tenemos uno de sus mejores ejemplos. Con un tratamiento homeopático y de acupuntura, suministrado por la doctora. Ginette Dupuy de la Grand Vie, y sus infinitas ganas de vivir, Virginia fue derrotando, una a una, cada una de sus dolencias. La victoria sobre su enfermedad renal fue completa.

La vida en Caracas fue plena de altibajos, pese a eso, recuerdo que Virginia nunca dejó de cantar. Cuando en la radio ponían alguna canción que a ella le gustaba, era inevitable que su voz acompañara a la música y al cantante. Ahí, volvía a montarse en una nube e iba hacia ese paraíso recóndito, el paraíso de la música. Eso la confortaba. Sentía que estaba atrapando un pequeño retazo de su sueño que iba flotando por el aire acompañándola siempre.

En medio de su vida ajetreada, Virginia hizo malabares para formar parte del coro que iba a acompañar a la orquesta infantil de Venezuela en el mesías de Händel, orquesta en donde Rocío tocaba el violín. Virginia sacó tiempo hasta debajo de las piedras para ser integrante de ese coro y lo logró. El concierto fue en el Aula Magna de la UCV. Vilma también formó parte de ese coro.

También participó en todos los ensayos del réquiem de Mozart, pero finalmente, no estuvo en el coro los días de los conciertos en el teatro Teresa Carreño. Fue así, a retazos, que su sueño de cantante se cumplió aunque sea un poco.

Virginia sentía que sus años en Venezuela estaban llegando a su fin. Yo, para aquel entonces, ya tenía un trabajo fijo. Rocío, también tenía una profesión, ingeniero de sonido, que casi no la ejerció. Vilma seguía con sus clases de matemáticas y física.

Esos volcanes nevados, los hermanos que aún vivían, sus otros dos hijos: Bolo y Martha, sus otros nietos: David, Catalina, Daniel y Esteban y, una bisnieta: Gricel, la llamaban. Sentía esa llamada cada vez más fuerte y decidió retornar al Ecuador, convertida en una bella viejecita.

Virginia, a lo largo de su vida, no sé si de manera consciente o inconsciente, me fue preparando para los cambios que se avecinaban, por lo menos, así lo sentí siempre. Fue así, que cuando me dijo que pensaba retornar a Quito de forma definitiva, yo ya lo sabía, y también sabía que era lo mejor para ella, aunque eso me destrozara el alma.

¿Cómo llegué a esa conclusión? Simplemente viéndola. Virginia se iba a Quito por algunos meses y cuando retornaba tenía una presencia luminosa tan bonita que llegué a la conclusión que lo mejor para ella era estar allá. ¡Sí, era lo mejor para su felicidad! Su trabajo en Venezuela ya estaba terminado, después de todo. Cada quien iba en su camino, persiguiendo sus sueños. Ya era tiempo de que ella también persiguiera los suyos.

Por otro lado, vivir en Venezuela era cada vez era más inseguro y las condiciones de vida se hacían, día a día, cada vez más duras e inestables. El chavismo estaba tomando el país e iba allanando su camino por las buenas o por las malas.

A Virginia se le abrieron múltiples universos allá en Quito. Uno de ellos fue el club de la tercera edad, que era parte de un programa del Seguro Social para sus afiliados. Virginia, acompañada de sus amigos del club se iba de paseo y participaba en tertulias en donde no faltaba una guitarra y voces para cantar. Al fin, ella podía ir libre y errante por esos caminos de dios, tal como Matilde, su abuela, le había enseñado en su niñez y juventud. Ahora, en ese mundo secreto, tan suyo, había compañeros de viaje que también querían ser libres y caminantes.

Tres nuevos bisnietos llegaron en ese periodo: Shaddai, Eth y Dasha, hijos de Rocío e Yván.

Así fueron transcurriendo los años, con Virginia recibiendo lo que la vida le iba regalando pero sin pedir nada a nadie. La vida, al final de todo, la construye cada quien a través de sus acciones, que es lo que perdura en el tiempo, si acaso.

Yo siempre había tenido la idea de hacer algo para que Virginia pudiera cantar a sus anchas. ¿Grabar un CD? Pudiera ser, pensé. Hablé con Rocío y le expliqué la idea. Ella conocía en donde pudiera hacerse la grabación y conocía algunos ingenieros de sonido. De esa manera, la idea fue tomando forma. Ya sabíamos cuánto costaba la hora de grabación y podíamos tener una idea del costo total de la misma.

El costo era bastante alto, lo cual no fue ninguna sorpresa. Si queríamos que el plan se concrete iba a ser necesario hacer una colecta. Mis tres hermanos colaboraron gustosamente. Los nietos también pusieron su colaboración. Así, de centavo en centavo, fuimos completando el presupuesto para pagar unas horas en un estudio de grabación para que Virginia grabe algunas canciones.

Le explicamos la idea a Elmar, quien iba a ser el ingeniero de sonido y le gustó. Él nos explicó que debíamos definirle las canciones que Virginia cantaría para que fuera buscando las pistas. Quedaría mejor con músicos tocando en vivo, pero por el presupuesto que tienen, no creo que sea posible, nos indicó.

Como buenos productores, entre todos escogimos el repertorio a grabar, basándonos en las canciones preferidas de Virginia. Elmar buscó cada una de las pistas y, una vez que las tuvo todas, nos llamó para fijar la fecha y la hora para la grabación.

Virginia, al entrar al estudio, no entendía que hacía allí. Elmar fue lo más didáctico posible al explicarle que ella tenía que entrar en la sala de grabación, colocarse los auriculares y ponerse frente al micrófono.

–Empezará a oír la música de acompañamiento y podrá oír su voz… usted póngase a cantar nomás. Las canciones son muy conocidas por usted, así es que, al menos que usted no quiera, la grabación va a ser estupenda.

Virginia miraba todo a su alrededor con sus ojos muy abiertos y llenos de sorpresa. En ese instante, volvió a ser aquella chica que, en un sábado por la tarde de 194…, se paró frente a un micrófono a cantar en una emisora de radio, mientras el público le aplaudía. Todos los pensamientos que inundaban su mente fueron interrumpidos por la voz de Elmar que, sentado frente a la cónsola, estaba preparado para la grabación:

–Empezaremos con “Sombras nada más” ¿De acuerdo?

Fue así que, canción tras canción y por las siguientes cuatro horas, se fue construyendo el último retazo del sueño de Virginia.

2.60 Promedio (58% Puntuación) - 5 Votos
Visita inesperada

Visita inesperada

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Agosto había llegado a Bilbao.  El calor en el bocho era agobiante por lo que, al alcalde,  se le ocurrió habilitar un sector de la ría como zona de baños. Se eligió el tramo entre el puente del Ayuntamiento y el del Arenal, convirtiendo el paseo en una especie de playa urbana con hamacas y chiringuitos. Turistas y residentes agradecieron la iniciativa, pero en pocos días comenzaron los rumores. Extraños sucesos ocurrían en el agua que hacían salir a los bañistas zumbando de allí,  muertos de miedo. Los mirones y paseantes también pudieron descubrirlos y el cuchicheo tomó forma, creciendo como una bola de nieve.

 

Se murmuraba que:

Estelas de agua surcaban velozmente el caudal, sin que se pudiese divisar quién o qué las producían.  Los mubles huían despavoridos y los patos alzaban el vuelo perseguidos por algún enemigo invisible. Surgían remolinos del fondo sin que hubiese razón para ello, arrastrando pelotas, barcas hinchables y algún nadador despistado que conseguía salir a duras penas…. y alguna que otra cosa  más,  que cada cual añadía a lo que escuchaba y repetía a su vez.

 

Todo eso era demasiado raro, decían los bilbaíno. Un espacio tranquilo como la ría  por el que solo navegaba alguna trainera y el barco turístico hasta Portugalete, no podía tener esos cambios de humor sin un motivo. Algunos creyeron divisar la imagen de una serpiente marina; otros dijeron que se trataba de un tiburón despistado y hasta hubo quien sugirió algo sobre los cangrejos del río diciendo que podrían haberse convertido en  gigantes a causa de algún vertido químico, atacando  a peces y patos para alimentarse. Otros más escépticos dijeron que  todo había comenzado al acotar la ría para convertirla en una piscina al aire libre. Pero nadie podía afirmar con rotundidad, ninguna de estas posibilidades.

Con la Aste Nagusía a la vuelta de la esquina, el alcalde de la ciudad quiso acallar los rumores para calmar a la población y evitar que las habladurías se extendiesen perjudicando las celebraciones. Se puso en contacto con las autoridades, tanto marinas como terrestres,  a fin de que tomasen cartas en el asunto para averiguar las causas de aquellos avistamientos.

 

Los buceadores encargados de descubrir qué o quién producía los sucesos en la ría, no encontraron nada extraño.  Examinaron palmo a palmo su recorrido desde el puente de San Antón, pasando por el Guggenheim, hasta la misma bocana del superpuerto en Santurce. Se ayudaron de unos robots de alta generación manejado a distancia desde el barco turístico que dejó de funcionar como tal durante unos días. Emplearon los sistemas de radar más modernos no dejando un solo rincón sin explorar siendo el resultado negativo.

No descubrieron nada anómalo en todo el recorrido a pesar de haber divisado las largas estelas de agua,sufrido los remolinos y comprobar la huída de peces y patos aterrados del enemigo  invisible. También las gaviotas comenzaron a inquietarse y se arremolinaban sobre las aguas piando con insistencia y lanzándose en picado hacia el caudal.

El consistorio, mediante un mensaje difundido por los medios de comunicación, solicitó a los vecinos tranquilidad pues no había nada de qué preocuparse. Aún así, se suspendieron los baños y  las orillas de la ría se vieron ocupadas por grupos de Ertzaintzas vigilantes día y noche. Querían descartar que los sucesos fuesen bromas de algunos gamberros pretendiendo asustar a los vecinos y reivindicar, al mismo tiempo, la no utilización de un espacio con tanta solera para bañistas domingueros y turistas. Las playas estaban cerca de Bilbao y se contaba con suficientes medios de comunicación para desplazarse hasta ellas.

 

Los preparativos para las fiestas siguieron su curso con más o menos normalidad y por fin llegó el día  más esperada por todos los bilbaínos, el que daba comienzo a  Aste Nagusía. Nueve días en que la capital se vestía de fiesta. La comida y la bebida se consumía en abundancia. La diversión estaba asegurada por los numerosos eventos convocados. Bailes populares, conciertos, teatros, corridas de toros, sokatira, concursos gastronómicos, Marijaia, Gargantúa, Gigantes y Cabezudos, comparsas….Bilbao bullía de actividad. Las txoznas instaladas en el Arenal lucían espléndidas aunque alguna  cuadrilla aún daban retoques de última hora en luces, banderitas o avituallamiento. Todo tenía que estar perfecto para cuando Marijaia apareciese en la plaza del Arriaga. La bienvenida por parte de los bilbaínos de tan excelso personaje se había preparado concienzudamente a lo largo de los últimos meses. El pregonero desearía felices fiestas a oriundos y visitantes; la txupinera daría inicio de éstas, lanzando el txupín; Marijaia saludaría con los brazos en alto desde el balcón del Arriaga  después de haber sido recibida por las autoridades con todos los honores debidos a su alcurnia y abolengo.

Y llegaron las seis de la tarde del día veinte de agosto.  El Arenal y sus alrededores  presentaba un aspecto impresionante. La plaza del Arriaga estaba llena a rebosar. El Gargantúa colocado en una de las esquinas tragaba niños, a una velocidad endiablada, por su bocaza abierta de par en par. Marijaia  con los brazos en alto exhibía una sonrisa de felicidad. Ya se había lanzado el txupín de comienzo de fiestas. Todos cantaban a voz en grito el estribillo de bienvenida a la mayor protagonista del acto. Una canción que sonaría, durante todas las fiestas, en cualquier rincón de la ciudad.

 

                  Marijaia bera …  gure Marijaia…  Bilbora etorri da… Aste Nagusira…

 

Los que estaban sobre el puente del Arenal y los que miraban el espectáculo al otro lado de la ría fueron los primeros en percatarse de la subida del agua. La marea estaba baja, pero inexplicablemente, unas olas serpenteantes recorrieron el caudal elevando visiblemente su nivel.Desde mi ventana es un libro de relatos de fantasía

Avanzaba tan rápido que, en pocos segundos, llegó hasta el mismo borde del canal. La gente comenzó a gritar y quiso huir temiendo una inundación pero, una fuerza extraña se lo impedía manteniéndolos pegados al suelo.  Los que se encontraban más alejados del borde ni siquiera se enteraron de lo que estaba pasando. De pronto, un ruido chirriante y ensordecedor se elevó sobre sus cabezas y todo el mundo  volteó su mirada hacia la ría.

Las luces se apagaron. La música dejó de sonar e, inexplicablemente, la gente dejó de gritar y cantar. Un silencio sepulcral se extendió por la zona.  La actividad se paralizó, como si el momento hubiese quedado congelado en el tiempo. Desde el fondo del canal y a la altura del Arriaga emergió una nave de aspecto extraño. La claridad lechosa  que emanaba de ella daba  un aura de irrealidad a todo el conjunto. Se escucharon las sirenas de la Ertzaintza y en un plis plas, las orillas de la ría se vieron rodeada por agentes con sus armas en posición de ataque. A pesar de que habían recuperado la capacidad de moverse, la multitud se mantuvo en su lugar para saber lo que ofrecía aquel insólito e inesperado espectáculo.

Cuando la escotilla de uno de los costados comenzó a abrirse, se escucharon los gatillos de las armas en posición de ataque. Las autoridades esperaban una  desbandada pero no se produjo, daba la sensación de  que la curiosidad en la gente era más fuerte que el miedo.

Una especie de rampa se extendió hasta posarse sobre el borde de la plaza. Desde el interior, comenzaron a salir unos seres larguiruchos y semitransparentes que, a duras penas, se mantenían en posición erecta. Un grito de asombro horrorizado se extendió entonces entre los presentes y algunos comenzaron a correr. El caos amenazaba con formar una escabechina entre los que antes habían permanecido curiosos ante la aparición de la nave, pensando que era parte de los eventos festivos; alguna sorpresa de último momento preparada por una de las comparsas. Otros se acordaron de los últimos sucesos en la ría y creyeron que su fin estaba cerca.

De repente una voz chillona y falta de modulación, intercalando extraños glub, glub, entre palabras se escuchó con claridad:

 

—Habitantes de la tierra somos amigo y venimos en son de paz. Nuestro hogar está muy lejos, en lo más profundo del Océano y hasta nosotros llega, todos los años,  ecos de vuestros cantos y festejos durante esta semana.

Después de unos cuantos glub, glub, glub… que le hicieron recuperar el aliento siguió su arenga.

—Este año, hemos estado observando los preparativos y al ver que no resultaba peligrosa para nuestro pueblo, decidimos venir a festejar con vosotros… si nos lo permitís.

Una musiquilla comenzó a brotar del artefacto al mismo tiempo que bailaban luces intermitentes en la parte superior. Los seres seguían bajando por la pasarela, ocupando el lugar que se quedaba vacío, al formar la Ertzaina con sus armas una barrera protectora, dispuestos a defender la seguridad de los bilbainos y bilbainas. El estupor en la multitud dio paso a una carcajada generalizada cuando reconocieron la música que surgía del artefacto y vieron moverse a los humanoides, al ritmo pegadizo de la canción de Marijaia.

Un clamor general se elevó aplaudiendo la llegada de los intrusos. La txupinera lanzó un nuevo txupín. Las fanfarrias volvieron a sonar. La Ertzaintza se retiró de la plaza a instancias de la gente. Ésta se mezclaba con los recién llegados, que aunque un poco resbaladizos, se les podía agarrar de los hombros o las manos.  A pleno pulmón y acompañados por las luces y música de la nave, cantaron el himno de Aste Nagusía saltando y bailando por toda la ciudad.

 

Aquel año las fiestas de Bilbao fueron especiales. Los habitantes del mar hicieron buenos amigos entre los oriundos que aceptaron invitaciones para conocer su ciudad submarina. Se hermanaron los pueblos y hasta surgió algún que otro romance, imposible de llevar a término por la diferencia de texturas corporales. La nave permaneció atracada en la ría y pudo ser visitada por los niños, siendo una atracción más y quitando algo de protagonismo al Gargantúa. En fín, fué una Aste Nagusía muy sonada y acudieron multitud de foráneos para conocer a los extraños visitantes que, desde el fondo del océano, habían venido a celebrar las fiestas de Bilbao, animados por el gran ambiente que les llegaba desde la ciudad hasta su hogar en el fondo del Océano.

FIN

 

Estás a un clic de poder conseguir un buen libro escrito por Nicole Regez

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos
A %d blogueros les gusta esto: