LA LUZ DEL FARO

LA LUZ DEL FARO

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Lo que había sucedido era quizás desconocido incluso para Dios.
El hombre estaba sudoroso, sus ropas desgastadas se aferraban a su piel: una mezcla de sangre y sudor. En la mano izquierda, un rifle.
Estaba subiendo las escaleras del faro.
Se esforzaba.
La ciudad se había ido al más allá. La gente, al menos aquellos que sobrevivieron en condiciones decentes, se habían convertido inevitablemente en monstruos.
Ahora, lo que mucha gente llamaba zombis, pero a la que yo prefería llamar muertos vivientes, estaban haciendo pedazos a todos… los destrozaban.
Si quería mantenerse con vida, tenía que controlar la luz del faro y activarlo, con la esperanza de que la nave militar anclada unos días de descanso, al verla, pudiera salvarlo.
Fue entonces cuando una mano le agarró el tobillo. Su corazón saltó en su pecho.
Debajo de él, un hombre muerto sin expresión lo miró con ojos apagados pero sedientos de sangre.
Ningún sonido salió de la boca. Se dio cuenta de que su garganta estaba completamente abierta, probablemente por la mordida de otro como él.
Su otra mano lo tomo con fuerza de la pantorrilla.
El hombre recuperó su coraje y apuntó su arma directamente a su cara.
Disparó
El monstruo fue literalmente barrido, su cabeza destrozada. El sonido, en el silencio del faro, hizo eco de pared a pared.

Llegó al cuadro eléctrico. Con manos temblorosas, activó la palanca que permitía que la luz se encendiera. Un zumbido vibró en el aire y la luz se encendió. Quizás el final estaba cerca.
Cinco horas después, la nave militar se dirigió hacia el faro. El hombre sonrió, convencido de que esta locura finalmente podría tener un final.
No podía saber que todo había empezado desde esa nave. De un experimento que terminó mal.
Y no podía saber que el barco estaba lleno de muertos hambrientos.
Al parecer esto también era desconocido incluso para Dios.

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Prejuicio

Prejuicio

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“Nada nos engaña tanto

 como nuestro propio juicio”

Leonardo da Vinci

La chica salió de la boca del subte y en la primera esquina, la calle de su casa, dobló caminando rápido. A escasos diez metros un hombre dobló en la misma dirección. Ella presintió que la seguían e intentó apurar el paso. Él se puso la capucha del buzo y corrió.

Mientras bajaba en el ascensor se miró en el espejo y sonrió. “Nunca imaginaste que ibas a hacer esto”, pensó. Ya en la calle se dirigió hacia la  avenida, a dos cuadras de su casa. En la esquina, la barra de pibes que limpian parabrisas, charlaban esperando que corte el semáforo. Debía ser una de las pocas veces que pasaba caminando por allí. Siempre le había molestado el aluvión que se venía cada vez que la luz roja detenía su auto.

—¿Le limpio maestro? —Ante la negativa, hacían un círculo entre el índice y el pulgar— ¿Una moneda?

Muy rara vez accedía, solamente si había llovido y su parabrisas estaba muy sucio de gotas y salpicaduras de otros autos. Pero en general su gesto era negativo ante las dos preguntas.

Cruzó la avenida y entró en la pizzería. Hizo el encargo. Fue a la caja y pagó con tarjeta las pizzas y las empanadas. El empleado del mostrador recibió con una sonrisa el billete de propina.  De regreso a su casa entró en el supermercado chino, el único que podía encontrar abierto a esa hora de la noche, y se llevó cuatro cervezas en envases no retornables.

Llegó hasta la esquina justo cuando el semáforo había detenido a los autos. Dos de los muchachos estaban limpiando y el tercero se había quedado parado al lado de los baldes. Se acercó a él y lo abordó:

—Buenas noches ¿Quién es Dante?

—¿Quién lo busca? —preguntó el pibe. 

 

—¿Cómo se llama? —le había preguntado hace una hora a su hija.

—Creo que Dante —respondió ella todavía con la respiración entrecortada.

Estaba sufriendo frente al televisor, como todos los hinchas de Independiente, porque el empate se les negaba y el tiempo se iba acabando, cuando escuchó los gritos de su mujer en la cocina.

—¿Qué te pasó? ¡Mi amor! ¿Qué te hicieron?

—¡Me asaltaron! —escuchó la voz de su hija quebrada por el llanto.

Corrió y vio cómo su mujer ayudaba a la chica a sentarse en una silla. Preguntó que había pasado pero ambas lloraban y no podían explicar. Revisó la cabeza de su hija. Tenía un chichón morado sobre el lado derecho de la frente cerca de la sien sobre el que apoyaba un repasador con trozos de hielo.

—Bueno, tranquila, es un golpe fuerte pero con lo cabeza dura que sos… —le dijo para aflojar un poco la tensión.

Sin dejar de llorar, la joven sonrió.

—No perdés oportunidad papá ¿eh? ¿A quién salí?

—¿Qué te robaron? ¿Cómo fue?

—Salí del subte y venía para acá.  Me pareció que alguien me seguía y cuando me quise apurar sentí que me tironeaban de la mochila y me empujaron. Sentí como un estallido y cuando abrí los ojos estaba sentada contra la pared y los pibes de la esquina me estaban atendiendo. Uno me dio este repasador con hielo que fue a buscar a la heladería. Me preguntaban si estaba bien. Si me podía parar. Lo habían corrido al tipo y recuperaron mi mochila. Después otro de ellos me acompañó hasta la puerta.

—¿Cómo se llama? —preguntó él.

—Creo que Dante —respondió.

 

 

—¿Quién lo busca? —preguntó el pibe.

—Digamos que un padre agradecido.

—¡Ah! ¿Por la piba? Yo soy Dante. No hay nada que agradecer. A la piba la vemos pasar todos los días.

—Gracias por recuperar la mochila de mi hija.

—¡Ja! ¡Para el flaco Ráfaga fue sencillo! Cuando le gritamos el chabón quiso salir corriendo pero Ráfaga es Usaín Bolt. No se le podía escapar. Posta que con la murra que le dio no le quedan más ganas de afanar por acá.

—Les compré unas pizzas y empanadas y traje unas cervezas.

—¡Eh, joya! ¡Ráfaga, Corcho, paren que pintó pizza y birra!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El engañado

El engañado

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El pensaba que todo estaba bien en su entorno, que no tendría problemas con sus amistades, familiares, ilusiones y amores. Pero todo era un engaño. El creía que todos sus amigos realmente lo querían como era pero solo lo utilizaban solo como beneficio propio. Sus berrinches, comportamientos y ridiculeces lo dejaban en el punto crítico. Sus familiares cuestionaban sus logros, como si sólo se tratasen de desperdicios o tonteras. Sus amores sólo lo buscaban por momentos, porque siempre tendrían algo bajo la manga. Y sus ilusiones sólo quedaban como imágenes borrosas que no aparecían.

Se refugiaba en la poesía, para ver si se podría convertir en su mejor compañera pero solo aparecía en pequeños momentos. Comenzaba a escuchar Joy Division para ver si podría encontrar respuestas, pero solo escuchaba canciones sobre el aislamiento y soledad. Su ansiedad lo golpeaba siempre, a tal punto de que tenía miedo al salir a la calle. Los bares sólo le producían borracheras ocasionales.

Por eso, después de tantas lágrimas y decepciones, logró subir a la escalara del cielo.

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La chica guapa que se casó con el chico guapo

La chica guapa que se casó con el chico guapo

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La gente opinaba que la chica guapa debería estar con el chico guapo. Así que la chica guapa se lió con el chico guapo ya desde muy jóvenes.

En el pueblo había alguna que otra chica guapa, pero ninguna tan guapa como la chica guapa que se lió con el chico guapo. La gente exigía que la chica guapa se casase cuanto antes con el chico guapo. Así que el chico guapo le pidió matrimonio a la chica guapa y se casaron en una época donde ambos eran los más guapos. La gente aplaudió la decisión de la pareja.

La boda entre la chica guapa y el chico guapo fue el acontecimiento del año en el pueblo. Muchos se acercaron a la iglesia para ver el vestido blanco precioso que hacía que la chica guapa pareciese más guapa. También vitorearon y piropearon al chico guapo, pero en menor medida.

El acontecimiento superó las expectativas y la gente del pueblo se mostró satisfecha porque del enlace entre la chica guapa y el chico guapo nacerían hijos guapos que también vivirían y crecerían en el pueblo.

Tras la boda, perdí la pista de la chica guapa y el chico guapo. No volví a verles ni a tener noticias de ellos. Se fueron del pueblo a otro más grande donde posiblemente ya no serían reconocidos por ser la chica guapa o el chico guapo. Esta decisión no agradó mucho a los vecinos del pueblo y dejó en mal posición a los familiares de la chica guapa y del chico guapo.

Nunca me gustó la chica guapa del pueblo. En mi opinión tenía cara de cordero triste y estilo rancio. Pero ella siempre se creyó muy guapa y el chico guapo se creía muy guapo. Ambos me provocaban cierta tirria y rechazo. Yo por aquella época, aun era niño. Mi madre compraba ropa para que me pareciese al chico guapo y pudiera tener una novia guapa. Recuerdo como me peinaba como él (con la raya al lado) y como me atosigaba insistiendo a todas horas que debería aprender del chico guapo.

A mí, todo aquello me provocaba arcadas, al igual que cuando escucho canciones de Phil Collins o de Marta Sánchez.

Mi amigo Carlos, se convirtió en la adolescencia en el chico feo del pueblo. Todos lo sabíamos pero nadie se lo decía explícitamente. Mi madre repetía constantemente “¡pasas mucho tiempo con el chico feo del pueblo!” y yo, encogía los hombros sin entender muy bien el doble significado de aquellas palabras.

El chico feo se lió con la chica fea del pueblo, pero al contrario que el chico guapo y la chica guapa del pueblo, éstos no se casaron. Aunque por lógica bien podrían haberlo hecho y nadie se hubiese ni extrañado ni escandalizado. Hubiéramos aceptado esa relación como algo dentro de la normalidad, pero no fue así.

El chico feo del pueblo se fue a la ciudad y dejó de ser el chico feo para ser un chico intelectual. Uno de los pocos chicos con estudios universitarios del pueblo.
El chico feo convertido en chico intelectual volvía de vez en cuando al pueblo en un coche de marca alemana que ninguno nos podíamos permitir y nos miraba con cierta suficiencia y rencor. De no haberse marchado, su futuro en el pueblo estaría determinado y encasillado desde tiempo ha.

La chica fea del pueblo también tomó una decisión, a mi parecer, acertada. Se operó la vista y se operó otras partes del cuerpo. Creo que ahora trabaja en el departamento de recursos humanos de una empresa muy famosa de la capital. Por supuesto, ya nadie la considera la chica fea del pueblo.

Yo también me fui del pueblo. No soy ni guapo ni feo, posiblemente mi etiqueta sea la del “chico del ni fu ni fa”. Y con esa misma etiqueta y actitud sigo hoy en día. El chico del ni fu ni fa no destaca, no tiene un puesto importante en ninguna empresa, ni tiene un coche relevante. Mi pareja también pertenece al club del ni fu ni fa y nuestros hijos, si nadie lo remedia, también lo son y lo serán.

Somos personas sin pena ni gloria, o con pena y sin gloria, tanto me da. Vagamos por el mundo como espectros o fantasmas. No interesamos a nadie salvo a los bancos, las aseguradoras, las compañías eléctricas, las compañías telefónicas y demás multinacionales que viven y se lucran de nuestro dinero del ni fu ni fa.

Que triste.

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El cadáver del alma.

El cadáver del alma.

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Se espera a que el día llegue, y amanezca propicio para darle las pautas .
No es que no quiera seguir, es que seguir es latente agonía!!
Los ojos vidriosos, desazón en el cuerpo , desidia en su aspecto y una gran nube en su cabeza, que arrebata todos los sentidos.
Sabe que abrir camino,
supone calzar sus pies de angustioso pánico, con la incertidumbre de saber hasta donde llegarán sus pasos.
Más, el trayecto se inicia después de una taza de café caliente, sujetada entre manos temblorosas.
Ahí va, enfrentándo a el fantasma de si misma!!
Amaneció gris, pero es imperceptible ante sus ojos.
El pensamiento evadido, es signo de que su alma es ya, un cadáver.

Carmen Escribano.

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