Posesión

Posesión

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La llama titubeante de la vela incrementó su malestar estomacal. Tenía un mal presentimiento. Su pollera se levantó a causa del viento frío.
Parada allí, delante de la vieja casona abandonada al costado de las vías del tren, intentaba ahuyentar a los fantasmas. No lo había hecho nunca hasta ese día.
Estaba embarazada. Antes del primer día de atraso ella ya lo había advertido. Lo soñó. Siempre confió en sus sueños. El problema se había presentado una noche mientras dormía. Fue la última noche que durmió.
Había podido sentir cómo una figura encapuchada se metía en su dormitorio y apoyaba una mano sobre su vientre. Ella era consciente que dormía, pero no lograba despertar. Supuso que aquel espíritu intentaría poseer el cuerpo de su hija aún sin nacer.
Su esposo no le creyó, en cambio, se quedó mirándola con pena.
—Necesitás descansar. ¿Por qué no tomás una pastilla para dormir? —besó su frente y se fue a trabajar.
Esa noche subió a su taxi un hombre. Lo llevó a la vuelta de la casona. Mientras se acercaban el pasajero le contó algunas de las historias más escalofriantes que había escuchado. “Un sacerdote entró y bendijo casi todos los ambientes. Hubo una puerta imposible de abrir. Del otro lado, se escuchaban ruidos de cadenas arrastrándose.y martillazos. Muchos vecinos dejamos velas encendidas en las rejas del perímetro para espantar a las almas perdidas que habitan allí”.
Apenas quedó libre, giró en la esquina a toda velocidad. Buscó su celular para llamar a su mujer. Lo encontró caído debajo del asiento del acompañante. Cuando volvió su vista al frente alcanzó a ver a una persona parada delante suyo. No llegó a frenar. Atropelló a alguien. Se bajó del vehículo. Lloraba. Gritaba pidiendo auxilio. Su esposa agonizaba. Un par de policías asistieron el parto. La mujer no sobrevivió. Los martillazos cesaron automáticamente desde el momento en que la niña nació.

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La herencia maldita

La herencia maldita

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Adela empeoró y su hija, Andrea, entró corriendo al salón buscando al doctor.
Algunos de los invitados se habían retirado. El resto escuchaba en silencio y con deleite el concierto que ofrecía Carolina, la hija del doctor, amante de los pianistas clásicos.
La puerta doble se abrió de par en par y de pronto, los acordes cesaron. Todas las miradas se posaron en la morena de pies descalzos, camisón blanco y mejillas húmedas.
El dueño de casa se incorporó sosteniendo su pipa y dejó escapar una voluta de humo, una cortina tras la cual desapareció para arrastrar por el brazo a la criada.
Hasta ese momento nunca le había prestado atención. Tenía casi la misma edad que su hija. Nunca había permitido que jugarán juntas. Andrea vivía con su madre en un cuarto junto a la caballeriza, cruzando el patio.
La muchacha era introvertida. Se dedicaba a cumplir con sus quehaceres sin lamentarse. Hubo ocasiones en las que el doctor la había sorprendido mirando fijamente a su hija, con una mirada cargada de odio. Cada vez que sucedía, se limitaba a hablar con Adela para que ésta la reprendiera.
Parados frente al aljibe el hombre no pudo evitar notar bajo el ligero camisón los pezones oscuros y endurecidos de la joven. Un pensamiento perverso se apoderó de él y la culpó a ella.
—¿Qué querés? —bramó furioso zamarreándola.
—Mi mamá está muy mal. Se muere —dijo ella entre sollozos.
—¿Cómo? ¡Qué calamidad! —se escandalizó y le soltó el brazo para correr hacia la habitación de la enferma.
Andrea se frotó la zona dolorida segura que pronto aparecería un moretón del tamaño de los dedos del hombre. Lo siguió preocupada por su madre.
Un farol de kerosene encendido sobre la pequeña mesa junto a la cama iluminaba el cuarto de techo bajo y sin ventanas.
El hombre examinó a la mujer que deliraba de fiebre. Descorrió la manta y dejó al descubierto un abultado abdomen. Tanto que el primer impulso fue desviar la mirada. La imagen lo perturbó.
—No te mueras sin decirme cuál es el futuro de mi hija. ¡Es una orden!
—Ella también puede hacerlo —respondió, señalando sin fuerzas a Andrea que permanecía de pie a un lado de la cama.
La mujer exhaló su último aliento. El doctor le cerró los ojos y se persignó. Andrea se contuvo hasta que el dueño de la casa se apartó de la cama y entonces, con un grito ahogado en llanto gritó:
—¡Mamá! —mientras la abrazaba para darle calor.
El hombre se detuvo en el umbral y sin voltearse a contemplar tal escena le aclaró que haría un pequeño velorio al día siguiente y se ocuparía de brindarle a su madre una cristiana sepultura en el cementerio municipal. Luego, cambiando el tono, perdiendo la solemnidad, le confesó que necesitaba un favor.
—Tu madre enfermó y murió sin leerme el futuro de mi hija. Carolina está por cumplir quince años y ya cuenta con algunos pretendientes. No puedo esperar más para saber cuál es el mejor partido para ella. Mañana después del entierro…
—Como usted mande.

Su madre se llevó a la tumba muchos secretos. La pequeña jamás había comprendido el desprecio que le demostraba el médico y, en cambio, con Adela siempre había mantenido un trato cordial, más ameno, incluso humano. Ahora que sabía el interés del hombre por el Tarot, podía atribuir aquel comportamiento a que su madre siempre había accedido a tirarle las cartas y que la fortuna siempre había estado de su lado. Con esta idea en mente se sintió poderosa por primera vez en su vida. Sin embargo, más tarde esa noche, durante uno de los breves momentos en los que logró conciliar el sueño, tuvo una pesadilla.
La pesadilla fue tan real que al despertar no supo si lo había soñado o recordado. Su madre le había aconsejado que enterrara con ella dos cartas del Tarot: la sacerdotisa y la muerte. “No querrás que le salgan esas y tener que pronosticarle una corta vida. Él podría matarte”.
Andrea vistió a su madre por primera y última vez. Le colocó un collar y unos pendientes y ocultó entre la ropa interior los dos naipes de la baraja. Sus manos no dejaban de temblar.
Tomó otro pañuelo para soplarse la nariz. Las mangas de su vestido estaban empapadas en lágrimas. Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo feliz que había sido. Había alguien en el mundo que la amaba y la protegía. Ya no. Ser huérfana era peor que ser mujer, morena, pobre y menor de edad en esa época, en esa sociedad machista, racista e hipócrita.
La baraja de cartas del Tarot era toda su herencia y estaba maldita.

Al entierro asistieron otras criadas de la casa, algunos peones y conocidas de la difunta que habían solicitado la mañana libre para ir al cementerio. El doctor no fue.
Por la tarde, iluminados por la llama inquieta de una vela, Andrea le tiró las cartas al patrón en el cuarto del fondo.
Los relinchos de al lado la interrumpían. El tono de su voz era tan débil que se tornaba inaudibles sus palabras y guardaba silencio mientras ordenaba sus ideas. No sabía mentir. Se ruborizaba y las palmas de sus manos transpiraban.
Cuando le dio la espalda al doctor para servir dos vasos de agua, él se acercó por detrás y la abrazó. No era un gesto de cariño, empatía, sino más bien, una muestra de poder.
—Tranquila, querida. Vas a seguir recibiendo alimento y vas a tener un techo sobre tu cabeza. Nada te va a faltar —le susurró al oído.
Andrea se desmayó en medio de la violación. Al despertar, juntó sus cuatro vestidos, el mazo del Tarot y unas cerillas y salió por los fondos de la propiedad. Caminó errante un rato para acabar finalmente en el cementerio.
Cuando la tormenta se desató buscó un sitio donde guarecerse. Encontró una puerta abierta y se refugió dentro de un mausoleo, sin darse cuenta que esa pesada puerta de roble sólo se podía abrir desde el exterior. Con las cerillas prendió fuego las cartas para alumbrar el terrorífico lugar en el que su corta vida acabaría. Lloró por su madre y por ella misma.
Esa noche la tormenta inquietó al doctor o tal vez, su conciencia. Tuvo que levantarse para asegurar los postigos de su ventana para que dejaran de chocar una y otra vez.
Unos minutos más tarde, Adela se presentó a los pies de la cama del hombre. Él palideció. Primero le gritó altivo que se marchara. Después, le suplicó y se disculpó. Ella simplemente tomó una almohada mullida y hundió su cabeza bajo la misma, hasta que sus piernas y brazos dejaron de agitarse.
Un colega del hombre concluyó que la muerte del médico se debió a un infarto del miocardio. La sorpresa fue que al abrir el mausoleo familiar para depositar su cajón, se encontraron con el cuerpo sin vida de Andrea.

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Espíritus nocturnos

Espíritus nocturnos

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En ese preciso instante en que el ocaso se abre paso a través de la luz del día que ya fallece, cuando el horizonte se tiñe de bellos tonos anaranjados en los que recrear la vista, las montañas se recortan a contra luz, convirtiendo en magia pura todo cuanto a su alrededor acontece. Tímidas nubes tornasoladas asoman de su escondite, pequeñas, aisladas, soñadoras. Buscan en el rayar del cielo con la montaña un pedacito de luna, que aún anda adormecida sin mostrarse, muy coqueta, tímida como siempre ha sido, que no se deja ver en el cielo hasta que la oscuridad sea completa.

Y es justo en ese momento, en que el lago se tiñe de naranja, reflejando en sus calmadas aguas el mágico espectáculo que a su alrededor se recrea, cuando salimos los espíritus de la noche a danzar sin ser vistos, a volar entre la magia, a soñar con madre tierra.

Llueven desde el ocaso cientos o miles de estrellas, que se deslizan por cintas de raso como un tobogán hasta nuestros pies. Enredamos nuestras manos con ellas, con las estrellas, mantenemos equilibrios imposibles, volamos por cientos de ellas, nos llenamos con su luz y volvemos a la tierra. Jugamos una vez y otra con ellas, como si fueran nuestras, bailamos en danza fluida, equilibrada y serena, meditamos bajo la luz que recorre nuestras venas.

Hasta que ya el horizonte resplandece como el fuego, en un rojo tan intenso que parece que las fuertes montañas vayan a salir ardiendo. Llega la oscuridad plena, se muestra alegre la luna, volvió a ganar la partida dejando al sol que se duerma. Las cintas de raso huyen, se recogen en tropel, los espíritus nocturnos nos quedamos con las ganas de jugar con ellas otra vez. La luna nos ilumina, nos protege con su luz para que el próximo día salgamos de nuevo al mundo a brillar entre la gente, a guiarles en la senda que es la vida, una y otra, y otra vez.

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SUGESTIÓN (quinta y última parte)

SUGESTIÓN (quinta y última parte)

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– No. Estás en trance de ello, respondió la pastelera, pero te puedes salvar si haces lo que te digo.
– Lo haré, lo haré, aún quiero terminar mis días organizando mi colección de sellos, es la ilusión de mi vida.
– Pues vivirás, tienes una razón importante para seguir en este mundo. – – Sólo debes purgar tu falta ayudando a prosperar a los muchachos dependientes de tí y procurarles un trabajo fijo.
– Schssssss, se escuchó bajito, acuérdate de lo del sueldo.
– Y subirles el sueldo, claro, apuntó Elenita.
– Lo haré sin duda, hablaré con el mismísimo Ministro si es preciso, pero quiero vivir.
– Pues que quedes en paz y cumplas tu promesa. Vivirás muchos años.
– Gracias, gracias, pero no te vayas sin aclararme el misterio de que hayas venido en espíritu tú precisamente que eres el motivo de mis sueños.
– ¿Yo, Don Fernando? Bueno ¿mi cuerpo humano, o como se diga?
– Sí, tú, la mujer que ha provocado esta catástrofe por tenerme loco de amor. Pienso que han enviado un espíritu con tu rostro para hacerme comprender mis debilidades y mi soberbia. Amo a mi pastelera con su carne prieta.
– Don Fernando, no puedo hacer nada por usted, soy etérea . Mi misión ha terminado pero si se lo dice a ella, tal vez….
– Lo haré hoy mismo y no le diré que el cielo me mandó su rostro para iluminarme y hacerme ver como realmente soy.
– Maldita suerte la mía, murmuró Leo, me levantó a la chica.
– ¿Y lo bien que hemos quedado, eso no vale? Respondió el asistente. Tío, fijos y sin oposición.
– Pero…¿eso se puede hacer?
– Pues claro, así se obtienen los mejores puestos.
– Laurita ya se había marchado con su minifalda puesta más contenta que un cascabel. Por otra parte Don Fernando recobró la compostura y volvió a hablar con la dignidad que requería su estatus.
– Por favor, diganle al cura que no venga y llamen al electricista. Quiero mi lámpara cuando vuelva de resolver unos asuntos.
Mientras tanto, escriban sus nombres y apellidos en un papel. Los necesito para mañana a primera hora.

Y así, sin más incidentes, terminó este pequeño sainete que esperamos haya distraído a nuestro querido e incondicional público.
Gracias por su entusiasmo (aplausos).

P.S. Los tres capítulos primeros contaban con la colaboración de Goya y sus Caprichos. El cuarto fue decorado por Edward Munch y este quinto y último por Alphonse Mucha.

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El origen de las palabras. Demonio

El origen de las palabras. Demonio

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¿Algunas personas son un poco exageradas y te han dicho que “eres un demonio” o incluso que “eres peor aún que un demonio”? Y si te lo han dicho ¿fue alguien muy enfadado o estaba sonriente? Bueno, no me contestes. Lo que te quiero decir es que ser un demonio no siempre fue malo. Verás:

Esta palabra proviene del latín “daemonium” y ésta a su vez del griego antiguo, “daimónion”, o bien “daímôn”. Sin embargo, esta palabra significaba “espíritu, deidad, divinidad”.

Los “daímones” no tenían por qué ser malignos. Eran almas de muertos que según Hesíodo, hacían de guardianes para los mortales. Aprovecho para recomendaros investigar respecto a Hesíodo. Si tenéis interés, os contaré más cosas de él.

Quizá se puede aclarar que he sabido que la palabra “theós”, “dios”, se refería a deidades en persona.

Existía por ejemplo la palabra “eudaimonía” que quiere decir “felicidad” o “buena suerte”, como “ayudado por espíritu bueno”.

Con el cristianismo, muchos términos de origen pagano, adquirieron un sentido negativo. Y así fue como esta palabra se transformó en el maligno.

Pero el recorrido que hacen las palabras es largo. “Dividir”, es una palabra española que proviene del griego antiguo: “daíomai”, “dividir, distribuir” y con “démos”, “tierra, pueblo”, tal vez en alusión a la división de las tierras. ¿Era “Daímôn” el “espíritu que repartía (dividía) destinos y fortunas”? Pues no lo sé. Yo no estaba. Quizás por eso mi fortuna se la dividieron mis hermanos mayores. Porque yo no estaba.

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