Retal I

Retal I

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Y tal como siempre me digo, de principio a principio y nunca tener que empezar. Eludir los finales por miedo o por ni siquiera preocuparse por ellos, amenizar con saltos el viaje, caídas en el océano y golpes de ola a media noche. Esto es lo que me llevo de mi antigua vida, el poder crear nueva espuma bajo los pies, hoy el mar gruñe diferente.

Hoy se ha abierto una trampilla en el mar y lo he convertido en el rincón al que vaya a partir de ahora para leer a la luz de alguna caracola, justo cuando toque la hora gris, cuando no es de noche ni es de día. La noches desde ahora ya no duelen y mi carrusel de sensaciones se ha tomado vacaciones, aunque echo de menos unos ojos lanzando rayos a los míos creo que me tomaré un tiempo resolviendo acertijos, abriendo cofres, bailando con piratas, soñar en tener cola en lugar de recoger la toalla y querer ir a casa.

He descubierto un trampolín que me lanza hacia otros horizontes y navego así, medio a oscuras, con un catalejo un poco estropeado que solo me enseña aquello que no conozco porque sabe donde no quiero volver. No tengo mapa, no tengo nada, equipaje que soy yo misma y un par de cuentos que siempre me recuerdan a una vida pasada en la que soñaba como todos y luego no me acordaba. Hoy formo parte de un sueño, y mientras tu estás despierto y vives una vida u otra, yo debo estar dormida, pero déjame decirte que hago lo que me viene en gana; corro, salto, vuelo y no me importa nada. He creado un mundo a parte, una entelequia, un lugar donde reposar mi existencia y ya volveré cuando cobre fuerzas.

No me busquéis porque no me encontraréis, os deseo una  buena vida y yo, mientras tanto, me quedo en mi edén, unas leguas más allá de cualquier costa, de mar en mar, acostándome en diferentes arenas pero sin querer tomar tierra por siempre. Esa trampilla en el mar me sedujo desde el primer momento y hoy escribo desde aquí, me he acostumbrado a la sal y ni tan solo tengo sed, aireo mi pelo por la superficie de vez en cuando, algún faro me deja algo desorientada, pero sé que mi lugar está aquí abajo. Vivo donde los océanos lloran en dirección al cielo como dijo una vieja canción de la cual apenas ya me acuerdo.

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Ceniciento

Ceniciento

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Se hicieron las doce y cayó el sueño como una cortina que casi no me dejaba ver. Abandoné las redes sociales, repletas de princesas azules y de otros colores, y salí, pese al cansancio, con cierto garbo, de mi despacho en dirección al dormitorio. Pero con las prisas, perdí una alpargata en el pasillo. ¿Cómo se pierde una alpargata caminando? La respuesta es que tienes que verme a mí con sueño. Mi hijo pequeño, no sé qué haría despierto a esas horas, la recogió y dijo:

-Se lo voy a decir a Mamá, que tú también te dejas zapatillas por ahí, y te enfadas cuando lo hago yo.

-¡Eso mismo! -dijeron sus hermanos.

-¡Vaya acusicas! Parecéis hijastros malos de cuento.

Mi mujer, dijo:

-¿De quién es esa zapatilla? ¿Os parece bonito? El propietario, mejor que confiese.

Pero yo me metí en la cama, mientras ella seguía tratando de averiguar de quién era. Yo abrí un ojo al oírla entrar al cuarto. Sonriendo, introdujo la mano buscando mi pie bajo el edredón. Cuando por fin lo cazó con maestría como a un gazapo tratando de esconderse asustado en su madriguera, logró sujetarlo:

-Vamos a probar si la zapatilla es de este señor -decía. No sé por qué le hacía tanta gracia la cosa pero pronto me contagió su risa.

-Déjame que te la pruebe -decía- y si es de tu talla está pantufla de cristal, me casaré contigo otra vez. ¿A dónde iremos de luna de miel?.

-Pues sí que tienes ganas de reincidir -le respondí yo, asomando el dedo gordo para permitirlo.

-¡Horror! ¿Sabes que tendremos bodorrio -y me buscó las cosquillas en la planta del pie.

Al día siguiente tendría algunas tareas poco interesantes que hacer. Dejé de soñar despierto. Me quedé pensando en mi zapatilla de Ceniciento… y en que mi coche fantástico se había convertido en calabazas. Lo pensé mejor y me dije: <<Bueno, no. Quizás no>>

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Cuatro paredes

Cuatro paredes

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Cuatro paredes. Una mesa. Una cama. La puerta, gris, fría. Un ventanuco en la pared.
Llevo cinco días dando vueltas alrededor del habitáculo para no volverme más loco de lo que ya se creen que estoy.
El color blanco es lo que más me saca de quicio, ese color tan pulcro, tan limpio. Me anula por completo.
No puedo más, las paredes parecen que se hacen cada vez más pequeñas, el techo cada vez más cerca.
Se escuchan ruidos, pasos. Un manojo de llaves. La cerradura se gira, una placa se abre y aparece una bandeja. En ella, un vaso con pastillas “para mantenerme más relajado”, un plato hondo de plástico donde hay una pasta viscosa a la que llaman comida, un vaso con agua, también de plástico, y una cuchara.
¡Joder! Grito y grito una y otra vez pero nadie me hace caso, nadie viene a sacarme de aquí.
En un arrebato de furia, le doy una patada a la comida y acaba tirada por el suelo.
De repente, una voz como salida de ultratumba dice:
«No hay nada hasta mañana a las nueve, si te entra hambre, ya sabes lo que tienes que hacer»
¡No puedo máaaaaaaaaaaaassssssssssss! ¡Quiero irme de aquiiiiiiiii!!!!!!
Lloro desconsoladamente durante un par de horas, hasta que rendido por el cansancio me quedo dormido.
¡Pipipipipi! ¡Pipipipi! Le doy un manotazo al despertador para poder dormir cinco minutos más, pero no puedo porque de repente me acuerdo, abro los ojos de par en par y veo que estoy en mi habitación. Me alegro de que sólo haya sido un mal sueño.
La puerta se abre y es mi madre con un zumo y una pastilla
– Anda dormilón, te dejo el zumo encima de la mesa, levántate si no quieres llegar tarde al psiquiatra.
¿Psiquiatra? Quizás no haya sido un mal sueño….

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Fantasmas

Fantasmas

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Le resultó curiosa la pequeña historia que venía en el dominical; él siempre había pensado que eso de los fantasmas y espíritus no era más que una burda invención llena de patrañas, para tratar de dar sentido a algo que no tenia remedio y para él la gran verdad era que el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Desde luego él no había visto ni sentido nada que le hiciera pensar de manera diferente.
Acababa de comprar aquella casona vieja, que había sido una ganga.  Ciertamente tenía cosillas para restaurar y reparar , pero haría lo que venía haciendo en los últimos años desde que había iniciado aquel negocio en paralelo a su trabajo. Sabía que no estaría por más de un año allí y lo normal hubiera sido alquilar algún piso, hacer el trabajo y marchar. Pero le iba bien comprar muy baratito, darles un lavado de cara y venderlas a un coste muy superior y a otra cosa, mariposa. Aquella casona, además de muy barata, estaba  cerca de la empresa que lo había contratado. Era amplia y vieja, realmente vieja; al fondo había tres habitaciones cuevas, las habían excavado en el propio terreno. No eran excesivamente grandes, pero sí lo suficientemente amplias como hacer las funciones de dormitorios; además estaban la mar de fresquitas, que, con la que caía fuera, era muy de agradecer.
Ya había dormido la noche allí la noche anterior y lo hizo profundamente, cómo hacia tiempo que no lo hacía. La cama no era incómoda del todo, bastaría un colchón nuevo y sería el nido ideal.
Pasaron varias semanas y se fue acostumbrando a la rutina, aunque no sabía muy bien por qué cada vez se sentía más y más cansado. Con lo vital que él era por naturaleza, debería de hacerse alguna analítica, por si acaso. Esa noche dormiría hasta tarde, al día siguiente no necesitaba ir a la fábrica. Se puso el pijama , se acostó, apagó las luces y se dispuso a dormir, pero al pasar  media hora se dio cuenta que por alguna razón no podía conciliar el sueño. Cosa rara, ya que siempre dormía bien, pero no desistió y lo intentó de nuevo, esta vez con un poco más de suerte. Serían las cinco de la mañana cuando despertó de golpe, la luz estaba encendida, debió de habérsela dejado al dormirse; trató de levantarse para apagarla y se quedó perplejo. Por alguna razón estaba inmovilizado, no podía mover ninguna parte de su cuerpo, que no fuera el cuello.                                  Ufff, tenía que ser un sueño. Su mente analítica se negaba  a cualquier otra explicación. Cerró los ojos durante un rato tratando de alejar la pesadilla, volvió a abrirlos y nuevamente trató de moverse, con idéntico resultado. Esta vez sÍ empezó a asustarse de verdad ¿Qué le ocurría?
Empezó a divagar en su cabeza causas del porqué. Se le pasó que hubiera podido quedarse tetraplejico , aterrorizándose aún más si cabía, y fue al girar el cuello cuando la vio allí, junto a él, de pie mirándolo. Vestía un blanco camisón, aunque su piel era casi mas blanca aún, su melena le llegaba al hombro, muy negra y ondulada. No era especialmente guapa, ni fea tampoco ,podría decirse que era normal. Seguía sin poder menear nada más que cuello y cabeza. La chica seguía allí, inmutable, mirándole. Sus ojos negros le penetraban como nunca nadie lo había hecho antes. De pronto cayó en la cuenta que tampoco podía hablar. Su terror iba en aumento ¿Qué era lo que le estaba pasando? No conseguía entender nada.
Ella giró la mirada hacia la puerta, haciéndole mirar a él también. En ese momento la puerta se abrió con violencia, dando paso a un hombre de complexión atlética, completamente calvo y una expresión animal en el rostro. Llevaba un puñal en la mano. Él empezó a sentir  un terror profundo; querÍa gritar, pero no era capaz de proferir ningún sonido. Sin mediar palabra el hombre calvo se abalanzó sobre él, hundiendo el puñal en su estómago y en su pecho.Quiso gritar  pero no podía, quería moverse pero no podía, sintió una punzada, pero sobretodo sintió una terrible angustia, una terrible sensación de impotencia, un pánico indescriptible. En ese momento desapareció el hombre y su cuchillo. Su cabeza giró hasta encontrar los ojos de la mujer nuevamente. Pasaron unos instantes, no más ,y mirándolo directamente a los ojos , ella se dejó caer hacia él, atravesándolo limpiamente, creando en él escalofrío y calor a la vez compañado de una extraña vibración. Increíblemente en ese mismo instante volvió a tomar el control de su cuerpo.
Tal vez no todas las historias de fantasmas fueran patrañas sin sentido…

Fran Rubio Varela.©

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Sueño

Sueño

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Perfecto acorde de inédita melodía
Nuestra primera caricia
Tempo allegro, lujuria.
Ritmo increscendo con cada uno de los roces.
Silenciadas nuestras voces
Y los gemidos ahogados.
Al compás de los acordes del diapasón
Nos movemos al unísono
Con cadencia, armonía.
Dibujo con Rouge sobre tu cuerpo desnudo
Las notas de este tema
Entonces, todo acaba.

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