FUGA DE LATIDOS

FUGA DE LATIDOS

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Es ver pasar la vida,

en la manera de soñar,

son tantas horas perdidas

en las que abracé la soledad

que ahora sangran mis heridas

batidas por el viento y el mar.

 

Entró la vida por aquella caricia,

y dejó un huracán con aquel beso,

fue en el horizonte de tú mirada, 

por la que vagan ahora estos recuerdos.

Ganó la pereza a luchar

contra gigantes o molinos,

contra el sueño de la verdad,

que naufragué en tanto sinsentido

mientras me apuñalabas sin piedad 

bailando pegado a tu olvido. 

 

Aquel adiós voló alto y deprisa,

nunca se reflejó en mi espejo,

apenas escribí de tu sonrisa 

fui otro loco más entre los cuerdos.

 

No está asfaltado este camino

que conduce a la eternidad.

y es imposible volver atrás,

son huellas vírgenes del destino

que jamás nadie podrá  pisar.


JUAN RAMON

JUAN RAMON

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JUAN RAMON
Juan Ramón del Piélago y Casafranca, amigo de muchos años de tertulia, bohemia y papas rellenas en el Cordano, butifarras de jamón serrano en el Queirolo y chifas de la calle Capón, disfruta sin prisa la pensión de jubilado estatal. Frisando los setenta años, culto como pocos, escritor autodidacta, corrector de pasquines por afición y ojo crítico de carteles publicitarios, era capaz de encontrar el error gramatical más sutil así como la sintaxis equivocada en un escrito aparentemente bien redactado. Eterno participante en concurso de cuentos y poesías, nunca alcanzó una mención honrosa y menos una final. A insistencia suya leí sus obras presentadas y, en honor a la verdad, puedo decir que fueron dignas de competir. Sin embargo, la opinión de los jurados calificadores fue diametralmente opuesta a la mía. Tanto él como yo no entendíamos el porqué de sus intentos fallidos. Gran parte de su existencia transcurrió por los clásicos griegos y romanos y se perdió con deleite en la literatura francesa, española y alemana de los tres últimos siglos. Sabía de memoria muchos poemas y recitaba en inglés antiguo a Shakespeare. Las Tradiciones Peruanas de Ricardo Palma eran su terreno predilecto y siempre citaba alguna a manera de ejemplo para desenredar una situación confusa de la vida diaria. Los autores contemporáneos tampoco escaparon al prodigio de su memoria y sabía exactamente a qué autor del boom latinoamericano pertenecía tal o cual frase.
La ceguera galopante lo limitó severamente en la lectura y hoy dedica el tiempo libre a resolver pupiletras, sudokus y a repasar sus poesías de amor favoritas. La mayor de sus nietas le obsequió una tablet para que escuchara audiolibros, alegrándole la vida y haciéndole más llevadera la viudez. Retirado a sus cuarteles de invierno, se dedica a reforzar las tareas escolares de Toñito y le inventa historias de dragones y castillos para que el niño duerma pacíficamente y sin esfuerzo.
Como todas las noches de los viernes, se alista para ir a comer los chunchulines con choclo sancochado que tanto le gustan. Ajusta perfectamente la plancha de dientes postizos, se perfuma con Acqua Velva y va en busca del nieto.
Los espero en uno de los puestos de anticucheras del Estadio Nacional para conocer al niño, de quien me ha hablado maravillas. Los diviso a lo lejos, caminando lentamente. Juan Ramón lleva a Toñito de la mano y con la otra se apoya en un bastón con mango de plata. Viste su clásico terno plomo con chaleco y leontina, el pañuelo de bolsillo resalta nítidamente y el nudo Windsor que ajusta la corbata encaja perfectamente en el cuello almidonado de la camisa blanca. Nos saludamos con un abrazo cariñoso y Toñito me extiende la mano derecha.
─Jorge, pongámonos al costado de la parrilla, detrás de la dirección del viento.
Entiendo la sugerencia para evitar que el humo pueda impregnar su traje. Señalo la mesa reservada, concesión especial que me hizo doña Felicia por ser asiduo comensal. Usualmente los potajes se sirven y consumen de pie, pero Juan Ramón merece un trato especial y yo se lo estoy dando.
─Mucho gusto de conocerte, Toñito. Tu abuelito me ha contado que eres el goleador del salón.
Asiente con la cabeza y noto que sus ojos pícaros me preguntan sobre mi equipo favorito.
─Yo soy hincha del mejor equipo del fútbol peruano y ¿tú?
─Yo también, este año campeonamos.
Hacemos una pausa para acomodarnos mejor en la mesa y mi amigo toma la palabra:
─Toñito, muéstrale al señor Serrney lo que ganaste en el colegio.
De uno de los bolsillos del pantalón, el niño saca una hoja de papel doblada y me la entrega sonriendo. Antes de desdoblarla, Juan Ramón me advierte:
─Es una fotocopia, el diploma original está enmarcado y lo tengo adornando la pared de mi cuarto.
El documento da fe del premio que Toñito ganó en el Concurso Literario de Primaria del Colegio Héroes de Tarapacá, en el rubro de cuento infantil.
Observo que los ojos de mi gran amigo se aguan de emoción. Toñito explica que el cuento que escribió lo hizo con ayuda de su abuelito. Una de las bases del concurso lo permitía. Finalmente, Juan Ramón consiguió lo que tanto persiguió en la vida. De la mano de su nieto de ocho años logró demostrar la injusticia que siempre cometieron con él. Antes de despedirnos me entrega un sobre, solicitándome leyera su contenido en la tranquilidad de mi casa…
Es el cuento ganador. Los ojos de niño eterno de mi querido amigo llevaron a su nieto por los caminos infantiles, puros y tiernos de los párrafos escritos. El cuento traslucía la fortaleza del campo de papas, asolado por el crudo invierno de la imaginación inocente de Toñito. A través de la mirada clara y transparente del niño, Juan Ramón plasmó la obra maestra en el ocaso de su inspiración.

Control natural.

Control natural.

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La noche se torna vacia. Escasos motivos existen, para el alumbrado en las calles.
A través de la ventana, oculta en la sombra que arropa la silueta, observo como universos distintos con dos piernas, caminan envueltos por sus pensamientos.
Que iguales somos, y a la vez ¡años luz nos separan!
Almas perdidas entre el bullicio callejero. Donde cada una lleva una historia grabada a fuego, y lidia dia a día, con la tarea impuesta.
La estupidez, la mezquidad, y avaricia humana, nos habilita o mejor dicho, nos invita al mal llamado crecimiento personal.
Escondiendo pocos valores, entre membranas invisibles que aun puliendo, tardan en dar la cara.
Es curioso ver a las personas desde arriba.
Te da sensación de control, puesto que el nivel es distinto.
No es lo mismo observar, que ser observado.
Mirando a la señora del sombrero y perrito, surge una imaginaria historia, que el cerebro puede procesar como cierta.
O aquella pareja del portal de enfrente, que se besan apasionadamente ,y te traen recuerdos de experiencias vividas.
Si,….. estar arriba sin ser vista,¡ da un cierto poder!
Cierro la ventana y dejo a la noche que recorra su camino.

Carmen Escribano.

JEROME WHITEHEAD

JEROME WHITEHEAD

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JEROME WHITEHEAD
Antes que Jerome Whitehead desapareciera de este mundo, corrió la voz que los vientos jamaiquinos lo habían rescatado, llevándoselo una madrugada hacia donde nadie sabía. Atribuyeron su muerte a la adicción a la hierba colombiana, hongos alucinógenos y cocaína. Nadie sospechó que un par de sicarios lo achicharraron vivo en un ajuste de cuentas por no pagar deudas e infringir el código de los traficantes citadinos. Cuando el fiscal de turno ordenó el levantamiento de su cuerpo, solo recogieron pedazos de carne chamuscada y lo identificaron por el par de dientes de oro que adornaba su dentadura y porque una paisana reconoció en su tobillo derecho el tatuaje de una isla. Fue remitido a la morgue para la autopsia de ley y al no ser reclamado, enterraron lo poco que de él quedó.
Se habituó a armar encerronas en el cuarto miserable donde recogía sus huesos para dormir. Los interminables días de drogas, alcohol y sexo promiscuo con adictas que cambiaban la piel por momentos de alucinaciones le alteraron el juicio tropical y nunca imaginó que el brazo largo del narcotráfico limeño lo alcanzaría para ponerlo en su sitio.
Cuando cantaba las canciones de Bob Marley en su pueblo nativo, donde la costa de arenas blancas se moja con el mar cristalino del Caribe, alguien vio su potencial y lo convenció de abandonar las playas, el agua de coco y las morenas que morían por su apariencia. Engañado por un falso empresario llegó a Lima dispuesto a convertirse en el rey del reggae nocturno de la calle de las pizzas en Miraflores. Una noche disfruté su performance y al terminar se me acercó para ofrecerme una tarjeta de presentación y animarme a buscarle contratos. Fue el inicio de la amistad que terminó abruptamente cuando la magia negra del vicio le guiño el ojo.
Siempre que podía me daba una vuelta por el local donde actuaba y lo esperaba para invitarle un sangúche de lechón con salsa de cebolla y un par de cervezas. Aprovechaba para disfrutar sus ocurrencias típicas. En su media lengua, mezcla de jerga peruana e inglés hablado entre dientes, nos reíamos abiertamente al contarme que era capaz de ver respirar a los cocoteros, visualizar las notas musicales en el horizonte y escuchar el sonido estereofónico de las olas. La seriedad a veces lo asaltaba y la melancolía lo golpeaba con rudeza. Me hablaba del pica pica de los zancudos y de una hermosa jamaiquina llamada Georgette, a la que había dejado embarazada por confiar en Mr. Bermúdez, el empresario que le pintó pajaritos en el aire y le fregó la vida. Jerome vendió lo poco que tenía para afrontar el capital inicial del proyecto. No bien pisó Lima descubrió el engaño y tuvo que recursearse con su guitarra y facha estrafalaria. Ingresó al mundo de los músicos callejeros, deambuló sin éxito hasta que las calles y plazas barranquinas notaron su talento. Casi sin uñas que comerse, un alma caritativa le ofreció el estelar de un pequeño local en Miraflores. Fue el salvavidas milagroso que evitó se ahogara pero no le impidió entrar al mundo sin retorno de las drogas y malas compañías.
Cuando anochecía en su Jamaica adorada, y luego de fumar marihuana, Jerome Whitehead acostumbraba untarse el cuerpo desnudo con ron agrícola de la Martinica. Llevaba su mecedora a la orilla de la playa y esperaba que los primeros zancudos lo picaran, en ese instante sabía que estaba listo para ir a dormir. Se enjuagaba en las tibias aguas de su mar bendito, recogía la mecedora y se acostaba para caer en el sueño profundo donde sus ronquidos competían con la tormenta tropical para ver quién descuajeringaba las palmas de la cabaña. Al día siguiente estaba presto para romperle las caderas a su Georgette e iniciar la jornada de taxista en su carro viejo.
─Mr. Serrney, lo que te voy a contar casi nadie lo sabe ─me dijo una noche.
Acostumbrado a sus exageraciones, poco me sorprendía lo que pudiera decirme.
─Bob Marley una vez me dio la mano y no la lavé en tres días.
Así era Jerome Whitehead. No sé si fue un alienígena de carne y hueso o un ser puro, honesto y algo estrambótico. Su sencillez era tan grande como los enormes drets que le alcanzaban las rodillas y que más de una vez se enredaron en ellas, En una ocasión se le atascaron en la puerta del Ford y casi se desnucó al poner el motor en marcha.
Jerome, con seguridad tienes merecido el fuego purificador que un par de desalmados te infringió, pero tus errores no le quitan al anochecer de tu vida la bohemia de tu destino escrito en estas tierras. Mucho menos descuelga la hamaca en que nos mecías rítmicamente en las noches de bares. Te inspirabas para cantarle a capella a tu Georgette y yo me veía obligado a quitarte la boina rastafari y exigir la franciscana propina bien merecida. Apuesto doble contra sencillo que en el cielo de los rastas haces dúo con tu maestro y entre nubes de hachís le cantas a la dama caribeña que nunca va a ver tu regreso…

So, woman, no cry
No, no, woman, woman, no cry
Woman, little sister, don’t shed no tears
No, woman, no cry

El lamento de tu vibra ahumada por el incienso de tus amanecidas, buen Jerome, incomprendido y estafado, recala en el océano lejano, más allá de mis tierras, las tuyas, quisiera mías, perdidas en los caminos de los rones que nunca nos tomamos. En aquellas donde piratas, corsarios, filibusteros y bucaneros echaron raíces para fundar ese paraíso apellidado Bacardí.
En donde quiera que estés, limón, hielo y Coca Cola. Ten paciencia y espérame. Demoraré bastante en llegar pero lo haré, mientras tanto llora por Georgette mientras yo amo a mi mujer…

MI HEROÍNA

MI HEROÍNA

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La primera vez que percibí, que algo malo le ocurría, fue un sábado por la mañana.

Me pidió que la acompañara al supermercado, a realizar la compra, sin dudarlo accedí, íbamos muchos sábados juntos, y hacíamos la cesta semanal, pasábamos un buen rato, nos sentíamos relajados después de toda la semana, pero ese día fue distinto, y a partir de ahí, nada volvió a ser igual.

Cuando ya teníamos todos los productos metidos en las bolsas correspondientes, la cajera nos dijo el importe, mi madre abrió su cartera, se quedó mirando su fondo sin apenas reaccionar, ella le volvió a repetir el coste, pero esta vez su tono sonó agrio y áspero, que además, fue acompañado junto al carraspeo, que sonaba a prisa del señor que llevábamos detrás.

Mi madre me miró a los ojos pidiendo auxilio, agarré su monedero, y cogí un billete de cien euros, que la cajera cogió prácticamente al vuelo, me devolvió las vueltas sin apenas mirarme.

Volvimos a casa en silencio, a la llegada, todo transcurrió con fingida normalidad, casi me olvidé del incidente de la compra, hasta que un día, al volver del instituto, noté un olor extraño, antes de ni siquiera abrir la puerta de casa.

Abrí con mi llave, un olor a quemado,hizo que me tapara la nariz con la mano, corrí hacia la cocina, de una de las ollas, salía fuego, cogí un trapo, y con el empecé a sacudir directamente a la llama, cuando remitió, salí al salón, pero mi madre no estaba, fui a su cuarto, la vi encima de la colcha vestida de calle, al oírme se despertó, y se desperezó sonriéndome, le grité, le dije que qué hacía durmiendo, que casi se pega fuego la casa por su culpa, se levantó rápidamente y fue hacia la cocina, entonces empezó a llorar, me pidió perdón, me dijo que se le había olvidado, que había dejado las lentejas al fuego, pero que se encontraba mal, y que se había echado a descansar un rato, que la perdonara, por supuesto que lo hice.

Desde aquel grave incidente, comencé a observarla más detenidamente, empezó a olvidarse las llaves de casa, y raro era el día, que no apareciese por mi instituto, para que le prestara las mías.

Un día llegué a mi morada, y mi madre no estaba, no le di importancia, pero pasaron las horas, y seguía sin aparecer, la llamé al móvil un ciento de veces sin obtener respuesta alguna, ya al caer la tarde, cogí mi abrigo, y salí en su busca, recorrí todo el barrio con el móvil en la mano, hasta que me pareció verla al fondo de una de las calles, entonces reduje el paso, ahí estaba mi madre, quieta, como si no supiera que camino tomar, además iba sin abrigo, la vi tan desamparada y vulnerable, que corrí hacia ella, y sin decirle ni media palabra, le puse mi cazadora por encima, la cogí de la mano con suavidad, y me la llevé a casa.

A mi madre le diagnosticaron alzheimer de grado leve, que con total seguridad, iría avanzando de estadios a corto plazo.

Le pusieron en el cuello una medalla, como decía ella, era la medalla que la socorrería en caso de que no supiera volver a casa, solo tendría que tocarla, y automáticamente se activaría e irían a por ella, por medio de un localizador, que también estaba instalado.

Yo pregunté que qué pasaría, si mi madre no tocaba la medalla, un médico que no había abierto la boca en todo el tiempo, me contestó fríamente, y me dijo que siempre la tocan.

No me parecía suficiente aquello, no quería que mi madre se volviese a perder, y decidí, que todo el tiempo libre que tuviera lo pasaría con ella.

A mi madre le encantaba leer, pero ahora no lo hacía, la última vez que cogió un libro, no pudo pasar de la primera página, la oí llorar desde mi habitación, fui a ver que le ocurría, y su respuesta fue:

-No me acuerdo de nada, leo y no recuerdo nada.

A partir de ahí, empecé a leerle pequeños cuentos, había veces que los recordaba, pero otras no, también le enseñé a hacer sumas y restas sencillas, jugábamos a que yo era el vendedor y ella la clienta, hicimos dinero de mentira.

-Son trece euros con cuarenta y siete.

-Toma.

-Mamá, esto son cinco euros, y la compra son trece euros con cuarenta y siete.

-Toma entonces

-¿No tienes nada más pequeño? me has dado cien euros.

-Venga hijo no seas tiquismiquis.

Entonces se reía, siempre le había echo gracia esa palabra, yo también me reía, porque quería que mi madre me viera contento, pero era solo fachada, por dentro estaba roto de dolor.

Un día la vino a buscar mi tía, y se marcharon a merendar, entré en la habitación de mi madre a coger una toalla limpia, abrí el armario, no me podía creer lo que vi, estaba todo lleno de notas, de fotografías, en una de ellas se leía con su particular caligrafía: » 3 de mayo cumpleaños de Manuel», » Lucia en cuanto leas esta nota corre a mirar el calendario» ,» Manuel es tu hijo» ,» Lucía tienes un hijo» ,» 123…. dígitos de la tarjeta de crédito» ,»en el primer cajón de la cómoda están los papeles para el funeral…..», «Manuel es lo que más quieres en tu vida», » besa al chico que vive contigo, es tu hijo»…

Estaba repleto de mensajes, de recordatorios, de fotografías mías, también de mi madre, de los dos juntos, también había entradas de cine, estaba atestado, me quedé perplejo, no salí de aquella habitación en toda la tarde, ahí olía a mi madre, y lo de ese armario lo hacía por mi, porque no quería olvidarme.

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