MI HEROÍNA

MI HEROÍNA

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La primera vez que percibí, que algo malo le ocurría, fue un sábado por la mañana.

Me pidió que la acompañara al supermercado, a realizar la compra, sin dudarlo accedí, íbamos muchos sábados juntos, y hacíamos la cesta semanal, pasábamos un buen rato, nos sentíamos relajados después de toda la semana, pero ese día fue distinto, y a partir de ahí, nada volvió a ser igual.

Cuando ya teníamos todos los productos metidos en las bolsas correspondientes, la cajera nos dijo el importe, mi madre abrió su cartera, se quedó mirando su fondo sin apenas reaccionar, ella le volvió a repetir el coste, pero esta vez su tono sonó agrio y áspero, que además, fue acompañado junto al carraspeo, que sonaba a prisa del señor que llevábamos detrás.

Mi madre me miró a los ojos pidiendo auxilio, agarré su monedero, y cogí un billete de cien euros, que la cajera cogió prácticamente al vuelo, me devolvió las vueltas sin apenas mirarme.

Volvimos a casa en silencio, a la llegada, todo transcurrió con fingida normalidad, casi me olvidé del incidente de la compra, hasta que un día, al volver del instituto, noté un olor extraño, antes de ni siquiera abrir la puerta de casa.

Abrí con mi llave, un olor a quemado,hizo que me tapara la nariz con la mano, corrí hacia la cocina, de una de las ollas, salía fuego, cogí un trapo, y con el empecé a sacudir directamente a la llama, cuando remitió, salí al salón, pero mi madre no estaba, fui a su cuarto, la vi encima de la colcha vestida de calle, al oírme se despertó, y se desperezó sonriéndome, le grité, le dije que qué hacía durmiendo, que casi se pega fuego la casa por su culpa, se levantó rápidamente y fue hacia la cocina, entonces empezó a llorar, me pidió perdón, me dijo que se le había olvidado, que había dejado las lentejas al fuego, pero que se encontraba mal, y que se había echado a descansar un rato, que la perdonara, por supuesto que lo hice.

Desde aquel grave incidente, comencé a observarla más detenidamente, empezó a olvidarse las llaves de casa, y raro era el día, que no apareciese por mi instituto, para que le prestara las mías.

Un día llegué a mi morada, y mi madre no estaba, no le di importancia, pero pasaron las horas, y seguía sin aparecer, la llamé al móvil un ciento de veces sin obtener respuesta alguna, ya al caer la tarde, cogí mi abrigo, y salí en su busca, recorrí todo el barrio con el móvil en la mano, hasta que me pareció verla al fondo de una de las calles, entonces reduje el paso, ahí estaba mi madre, quieta, como si no supiera que camino tomar, además iba sin abrigo, la vi tan desamparada y vulnerable, que corrí hacia ella, y sin decirle ni media palabra, le puse mi cazadora por encima, la cogí de la mano con suavidad, y me la llevé a casa.

A mi madre le diagnosticaron alzheimer de grado leve, que con total seguridad, iría avanzando de estadios a corto plazo.

Le pusieron en el cuello una medalla, como decía ella, era la medalla que la socorrería en caso de que no supiera volver a casa, solo tendría que tocarla, y automáticamente se activaría e irían a por ella, por medio de un localizador, que también estaba instalado.

Yo pregunté que qué pasaría, si mi madre no tocaba la medalla, un médico que no había abierto la boca en todo el tiempo, me contestó fríamente, y me dijo que siempre la tocan.

No me parecía suficiente aquello, no quería que mi madre se volviese a perder, y decidí, que todo el tiempo libre que tuviera lo pasaría con ella.

A mi madre le encantaba leer, pero ahora no lo hacía, la última vez que cogió un libro, no pudo pasar de la primera página, la oí llorar desde mi habitación, fui a ver que le ocurría, y su respuesta fue:

-No me acuerdo de nada, leo y no recuerdo nada.

A partir de ahí, empecé a leerle pequeños cuentos, había veces que los recordaba, pero otras no, también le enseñé a hacer sumas y restas sencillas, jugábamos a que yo era el vendedor y ella la clienta, hicimos dinero de mentira.

-Son trece euros con cuarenta y siete.

-Toma.

-Mamá, esto son cinco euros, y la compra son trece euros con cuarenta y siete.

-Toma entonces

-¿No tienes nada más pequeño? me has dado cien euros.

-Venga hijo no seas tiquismiquis.

Entonces se reía, siempre le había echo gracia esa palabra, yo también me reía, porque quería que mi madre me viera contento, pero era solo fachada, por dentro estaba roto de dolor.

Un día la vino a buscar mi tía, y se marcharon a merendar, entré en la habitación de mi madre a coger una toalla limpia, abrí el armario, no me podía creer lo que vi, estaba todo lleno de notas, de fotografías, en una de ellas se leía con su particular caligrafía: ” 3 de mayo cumpleaños de Manuel”, ” Lucia en cuanto leas esta nota corre a mirar el calendario” ,” Manuel es tu hijo” ,” Lucía tienes un hijo” ,” 123…. dígitos de la tarjeta de crédito” ,”en el primer cajón de la cómoda están los papeles para el funeral…..”, “Manuel es lo que más quieres en tu vida”, ” besa al chico que vive contigo, es tu hijo”…

Estaba repleto de mensajes, de recordatorios, de fotografías mías, también de mi madre, de los dos juntos, también había entradas de cine, estaba atestado, me quedé perplejo, no salí de aquella habitación en toda la tarde, ahí olía a mi madre, y lo de ese armario lo hacía por mi, porque no quería olvidarme.

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REBECA

REBECA

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REBECA 6

Lejos están los años estudiantiles de la facultad, a la que llegué por mis propios méritos desde Celendín. Cobijada por un familiar en su casa del Rímac, me costó disfrazar mi hablar motoso, vestir diferente, aprender los modales de la gran capital y a no asustarme en los microbuses para llegar a mis destinos. Soporté mis lentes de carey y me habitué a las zapatillas compradas en el Mercado Central. Al comienzo fue difícil. Serrney, tú lo sabes de memoria. Muchos años después de graduarme la vida me sonrió y gracias a la iniciativa de un compañero izquierdista una ONG me contrató.

Nuevamente en Lima y, recién llegada de New York donde laboro en la OMS como epidemióloga, estoy en el bar del Crillón degustando con Serrney un pisco sour. Lo observo con cuidado, sin perder detalles. Siempre me cautivó su andar despreocupado, modales elegantes y facilidad para la conversación entretenida. Sus ojos azules siguen desconcertándome cuando me mira fijamente. Viste jean desteñido y en el bolsillo de la camisa de lino lucha por no caer la infaltable cajetilla de cigarrillos. En cambio, yo llevo puesta una blusa de Armani que combina con el pantalón Dolce Gabanna y mis pies calzan zapatos Prada. En la silla cuelga una cartera Louis Vuiton. A pesar de la simpleza de su vestimenta no deja de atraerme su prestancia innata. Le tengo una especie de amor platónico y sus ojos azules no dejan de observarme.
─Rebeca, ¿qué te trae por acá?
─Solo quería reunirme contigo un rato, darling. Después ya veré lo que hago. Mañana viajo a Celendín a visitar a la familia, a darme un baño de recuerdos. Luego asistiré a un symposium de Enfermedades Emergentes en un hotel de San Isidro. Expondré un tema aburrido y rutinario por el que me pagarán bien.
─Por lo escuchado, estarás muy ocupada. ¿Visitarás a tus amigos zurdos?
─No, con ellos marqué distancia hace buen tiempo. No les perdoné la traición que cometieron. ¿Sabes, sweetie? Olvidaron mi rol protagónico de dirigente y no les importó que hubiera estado en la cárcel. Tú sabes, dear Serrney, cómo se porta la gente cuando las papas queman. Creo que nunca supiste que el flaco Benítez fue el único que me visitaba cuando estuve tras las rejas. Los demás no asomaron las narices. El pobre se fajó conmigo y por suerte no terminó encerrado. Escapó con las justas y pasó desapercibido. Así lo creí durante años. Lamentablemente la historia fue otra y acabó desaparecido. No entiendo qué pasó y hasta hoy entristezco al recordarlo.
─Ustedes fueron muy inocentes. Creyeron que organizando marchas, enfrentando a la policía, pintando calles, volanteando, haciendo ollas comunes con los mineros y cambiando de domicilio era suficiente para hacer la revolución y que Seguridad del Estado no se daba cuenta. Siempre estuvieron chequeados, Rebequita. Pude ver tu expediente y, gracias a un fiscal amigo, te clavaron unos cuantos meses…
─Lo sé, Serrney. Lo tengo muy claro, pero quedé curada de espanto y me vi obligada a salir del país. Nadie me quiso adoptar, ni siquiera Cuba. Por aquel entonces fui la amante de uno de los funcionarios de la embajada cubana. No logré que ese hijo de puta me ayudara. Al enterarse me ignoró y el muy marica se hizo trasladar a un país africano. Me quedé sola, sin dinero y a punto de empezar el SERUMS, ¿sabes de lo que hablo? ¿No? Es el programa mediante el cual devuelves con servicios profesionales lo que el estado invirtió en tu formación. Pues bien, mi pasado rojo me mandó a un pueblo perdido de la puna. A más de cuatro mil metros de altura, además de hacer muy poco, me tuberculicé. No morí porque nadie muere la víspera, pero mis trompas de Falopio se pudrieron y quedé estéril. ¿Lo sabías, honey? Me salvé porque un amigo piadoso me ayudó con el tratamiento. Aprendí, querido Serrney, que la vida no es como te la pintan en el adoctrinamiento proselitista…
─En cambio hoy, basta con mirar tu página de Facebook para darse cuenta lo bien que te va en el país que tanto criticaste. Eres una linda burguesa con aires de diva. Creo que te lo mereces, cariño. Rebequita, debiste entender en su momento que eras un Quijote peleando contra los molinos de viento del sistema yanqui y que la cortina de hierro se derrumbaría, tal como ocurrió…
─No digas eso, Serrney. Así no fue exactamente. Tuve oportunidad de analizar los hechos, autocriticarme, curarme en salud y cuando Sendero Luminoso arreció, terminé de comprobar algunas cosas, desilusionarme y retirarme a tiempo.

─Viste la luz ─apunta Serrney─ ¿Cuántos liftings faciales te has hecho?
─Uno, hace dos años y me pongo Botox cada seis meses. Me operé la miopía y uso lentes cosméticos de color verde. Lo demás está tal como vine al mundo…
─ ¿Incluyendo el trasero?
─ ¡Por supuesto, Serrney! Natural y no profanado ─esbozo una sonrisa pícara─. Lo guardo para alguien especial…
Recibo la mirada inquisitiva de Serrney. Está inquieto en la silla y sus piernas cruzadas intentan disimular la erección incipiente. Pretende comprender mi rostro sonrojado. Ordeno una nueva ronda de pisco sour. El primero estuvo maravilloso y ya siento el cosquilleo en mi entrepierna. Serrney sugiere ir a un sillón más cómodo. Acepto y levanto el prodigio que Dios me ha dado. Sé que sus ojos azules están clavados en mi anatomía.
La tarde avanza y, entre recuerdos universitarios y alguna discusión de principios acallada cuando me toma las manos, haciéndome sentir pajaritos en la cabeza, decido dar por terminada la reunión. El cuarto pisco sour le dice al oído que he reservado una habitación antes de irme mañana a Cajamarca.
─Será lo que Dios quiera o lo que tú quieras, Rebequita ─dice mi amigo de tantos años, irreconciliables en una época de nuestras vidas, unidos por el destino y los giros extraños que ofrece el mundo.
Media tambaleante por los tragos, el buen Serrney me ayuda a recuperar la compostura, me abraza fuertemente y le entrego la llave de la habitación, diciéndole:
─Will be whatever you want, George…

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El amor de mi vida.

El amor de mi vida.

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Eran cerca de las doce de aquel soleado día, alrededor de ella una multitud, sin embargo, Ella estaba completamente sola, en sus manos portaba un rosario con aroma a rosas. Mientras el féretro bajaba a su destino final, a su mente venían mil recuerdos e imágenes. Era tan claro aquel momento de su primer encuentro, recordaba perfectamente el timbre de su voz aunque no el color de sus ojos, que ironía de la vida y pensar que amaba tanto esos ojos, en los que se vio reflejada tantas noches y tantas alboradas, eran los ojos con ese brillo especial los que le robaron el alma.

No, no todo fue inmediato, pasaron varios meses antes de que se encontraran. no noto el paso del tiempo hasta que la casualidad les hizo coincidir de nuevo, de pronto un mensaje, a este le siguió otro y otro, a ese una llamada telefónica seguida do otras tantas que se volvieron charlas interminables hasta terminar en un café. Descubrieron tantas similitudes entre ellos, cuanto de ella misma veía reflejado en su actitud, ansiaba aprender de él, cada tarde tanto como pudiera, su afición por los aviones ,el cine, sus películas favoritas, la música, el fútbol americano .- brutalidad en toda la extensión de la palabra.- la música rock que ella no comprendía y sin embargo le comenzaba a encantar, amaba tanto salir de la rutina que de la nada, proponía una salida a la montaña para descansar.
Recordaba como si el tiempo no hubiese pasado. Todo fue tan sencillo, el comenzar a amar el movimiento de sus manos, su forma suave de tratarle, El timbre áspero de su voz, todas sus locuras. era eterno esperar esas tardes furtivas donde se refugiaban lejos del ruido y del mundo, ser solo para ellos mismos, para amarse y entregarse completos,.- cuanto le llego a amar.
Ese amor que prometen los poetas y dicen las abuelas, los de los cuentos de hadas con troles y lunas llenas, con peleas de almohadas y apasionadas reconciliaciones, un amor sin igual sin ataduras ni barreras, desaprobados por muchos y una locura para otros, pero, al fin era su amor y solo de ellos.
¡Fue tanto lo que le entrego!, la hizo parte de su vida, eran dos vagabundos que buscaban algo sin saber lo que querían encontrar, ante todos eran los mejores amigos del mundo de esos que se entendían con miradas y gestos, que compartían su gusto por los atardeceres y las noches al aire libre observando las estrellas, se contaban los problemas que tenían y reían todo el tiempo imaginando mil historias juntos.
Venia e su mente los momentos difíciles que había pasado al lado del hombre que a punto estuvo de destrozarla con sus actitudes y como, a su llegada todo cambio en su panorama. Como le infundía el valor para enfrentarse cara a cara, con cuanta sabiduría la guio para sacarla del infierno en que vivía.
Poco a poco, sin tocarla siquiera la fue haciendo suya, como pensaba en el a cada momento del día, todo llegaba a recordárselo. El cielo azul, los atardeceres de otoño, la llovizna fresca y su propia soledad en las noches largas de ausencia.

Definitivamente la vida le había retribuido con creces tanto dolor de antaño, le enseño a ver la vida con mil matices y contemplar lo bello de los paisajes, que no estaba sola que era para él, la parte más hermosa de su historia.
La que no se cuenta, esa que se lleva tatuada a sangre y fuego a prueba de cualquier vendaval, ella , era la parte más tierna de su historia, su amiga, su refugio tras las tormentas, esa parte que no se dice y menos se toca.
¿Cuantas veces le recordó que era su abril en pleno noviembre?
Y, a pesar del tiempo y la distancia siempre volvía a ella, a la tibieza de sus brazos, no importaba nada más que amarla.
Si definitivamente, el, le mostro que la vida era bella.
Con esa mirada tierna de niño desvalido y sus mil travesuras, aun recordaba nítidamente esa tarde cuando la cito en aquel café y como lo espero por horas sin que llegara, más triste que molesta regreso a su casa y al llegar encontró el más hermoso ramo de claveles que hubiese visto en su vida y junto a este, mil sonrisas esperando su llegada y el, tras de todos esperándole con los brazos abiertos. ¡Fue su primer festejo de cumpleaños! Y a este le siguieron muchos más junto a san valentines y tardes furtivas.
Le dio el brillo a su mirada y la sonrisa a sus labios, junto a él era sensual y atrevida se volvía ninfa de los bosques, por él, escribió mil poemas y quiso tocar de nuevo las estrellas, se sentía única e infinita y todos notaban que de un tiempo a la fecha, ya no le temía a soñar, las alturas no le aterraban más.
Con el aprendió a ser libre y a vivir sin ataduras, nada importaba vivir separados si compartían parte de su historia, si eran una sola vida llena de momentos hermosos.
No pudo estar con él durante sus momentos difíciles, ni curar sus enfermedades. Eso era cierto, pero, jamás fue impedimento para ser su bálsamo confortador, para entregarle sus caricias y sus amaneceres.
Fue su amiga y confidente, La que se entrega sin condiciones ni exigencias, ella sabía que al final la vida le había entregado un tesoro invaluable entre sus brazos. La alegría ante tantos fracasos.
Ahora estaba ahí, sola recordando cada momento junto a el, agradeciendo a la vida el haber encontrado en él lo que no sabía que necesitaba.
Una sonrisa se dibujó entonces en sus labios entre tanta lagrima derramada y supo entonces que había encontrado el amor en esta vida.
Y, mientras el féretro era cubierto con la tierra del camposanto, Él pensó en su sonrisa, el brillo sus ojos cuando le veía, sus labios, en cada beso que le prodigaban, en su cabello esparcido tras hacer el amor en su almohada, su aroma a claveles que tanto le gustaba. Y ahí entre el cielo azul y la tierra húmeda, deposito un clavel blanco mientras en silencio y mirando hacia el cielo le decía: espérame cariño, amor de mi vida, que pronto estaré contigo.

Claudia Santillán Velázquez.

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LAS NOCHES DE EUSTAQUIO

LAS NOCHES DE EUSTAQUIO

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LAS NOCHES DE EUSTAQUIO

Eustaquio Salvatierra era el arquitecto de moda cuando sufrió el accidente que le cambió los planos de la vida y trastocó las maquetas de su futuro. Mientras supervisaba las molduras de un balcón colonial en el centro histórico de Lima, no prestó importancia a la marcha de protesta y manifestantes enfrentados con la policía antimotines. Fue muy tarde cuando quiso reaccionar y el andamiaje que lo sostenía se vino al suelo, cayendo con tres albañiles y golpeando a un par de revoltosos. Llevó la peor parte: estuvo una semana en coma y salió de alta tras permanecer hospitalizado un mes.

A partir de entonces las pesadillas jugaron con sus sueños y en varias ocasiones despertó a su madre y a los seis perros pekineses. Los alborotaba de madrugada con incendios ficticios, ruptura de tuberías de agua inexistentes y ladrones invisibles que se metían por las ventanas. Eustaquio mató a patadas a uno de los perros luego de encarnizada batalla en las escaleras. Se sintió orgulloso de haber librado a la casa de una rata prehistórica de medio metro de altura.

Doña Florencia, aburrida de los escándalos de su único hijo, y al constatar que los atrapa sueños colgados en la casa no funcionaban, decidió llevarlo al psiquiatra. Para Eustaquio las pesadillas acabaron pero no logró controlar la modorra, confusión y equivocaciones en las que frecuentemente incurría. Por equivocación, en vez del costalillo de ropa usada que había sido seleccionado, regaló el perro más joven a un ropavejero y puso a su madre al borde del infarto. La desconsolada mujer habló con su médico para que tomara cartas en el asunto ya que la población de sus engreídos había mermado drásticamente en pocos meses. Le cambaron la receta médica y fue recuperando la salud mental. Pudo reintegrarse a sus labores cotidianas, dejadas de lado por un supuesto post grado en Alemania.
─Jorge, ¿crees en fantasmas? –Me preguntó una vez que coincidimos en una galería de arte.
─Depende del tipo de fantasmas.

No contento con la respuesta dio media vuelta y abandonó la sala, dejándome con las ganas de mayores argumentos. Así había quedado mi buen amigo después del accidente. Lo estimo mucho y me apenó enterarme que diseñó un bar gótico en un hotel cinco estrellas en vez del salón vanguardista encomendado. Se convirtió en la comidilla del gremio y casi todos ponían en tela de juicio su cordura.

En la casa familiar sus desvaríos dieron paso a noches de sonambulismo. Repentinamente aparecía con un pekinés en la mano para dárselo a su madre, quien optó por encerrarse con los perros y amanecer oliendo a galpón. Hasta ahora nadie ha podido explicar cómo Eustaquio abría la puerta del dormitorio y sacaba a pasear a los perros por los jardines del parque. Al amanecer de un sábado, su madre fue despertada por el serenazgo municipal para recibir a su hijo inconsciente y a tres perros. La pobre mujer entró en pánico al comprobar que su engreído más viejo no había regresado. Amenazó con echarlo de la casa, pero Eustaquio no sabía qué le reclamaba.

El viejo jardinero, responsable por décadas del cuidado de los ficus, recomendó un brujo norteño y fue llevado para acabar con las excursiones nocturnas que lo ponían en peligro de ser atropellado, asaltado o secuestrado. Al regresar del viaje, Eustaquio lucía mejor semblante, con mejillas chaposas y sonrisa de oreja a oreja. Mejoró su estado de ánimo, le provocó revisar las revistas especializadas a las que estaba suscrito y se animó a colaborar con los estudiantes de arquitectura de la universidad.

Sin embargo, se acostaba tarde por la dificultad para conciliar el sueño. Despertaba de pésimo humor, fastidiado, quejoso y reclamón. El insomnio era dueño de sus noches y deambulaba como un espectro por los pasillos, corredores, jardines y aposentos de la enorme casa. En la más absoluta oscuridad reconocía cada rincón con solo olerlo. El mínimo rayo de luz le permitía distinguir los muebles, decoraciones y demás vericuetos. Cuando se sentaba en la sala con las luces apagadas para no mortificar a su madre veía pasar los fantasmas de sus antepasados. Conversaba con ellos, reían en silencio, jugaban naipes a escondidas, disfrutaban del vino que compraba en la bodega.
De noche la casa se convirtió en el feudo donde empezó a renacer. Aguardaba ilusionado el anochecer y cuando la casa estaba silenciosa daba rienda suelta a la felicidad perdida por el golpe en la cabeza. La casa se convirtió en el mejor tratamiento que pudo encontrar. Los aparecidos le confiaron secretos y misterios de tíos que había visto en daguerrotipos. Se enteró que un antepasado peleó en la guerra del Pacífico y que, antes que una bala equivocada le rajara el corazón, mandó al otro mundo a una docena de chilenos.
─No me importa que mi asesino fuera un peruano. Sé que fue una equivocación, pero me di el gusto de cargarme a doce chilenos, ¡Salud! ─le confesó el pariente con la mirada transparente que caracteriza a los muertos en batalla.

En el colmo de la orgía fantasmal de las noches, una tía solterona de principios de siglo se le insinuó para tener sexo etéreo. Eustaquio, ebrio de tanto brindar con familiares y amigos que la parentela invitaba, estuvo a punto de ser seducido. Antes de cometer la locura de engendrar un ánima se desmayó en la poltrona de turno y horas después doña Florencia lo encontró vomitado y con la bragueta abierta, rodeado de los tres pekineses sobrevivientes.
─Jorge, nuevamente, ¿crees en los fantasmas?
─Absolutamente, Eustaquio ─lo miré fijamente y muy a su pesar desaparecí, dejándolo con más dudas que certezas.

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SEÑORITA RAMIREZ

SEÑORITA RAMIREZ

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SEÑORITA RAMÍREZ
Anuncié el velorio de la señorita Ramírez en el obituario de un diario: esta noche en la Parroquia Virgen de Fátima. Años atrás nos conocimos cuando realizábamos trámites en el Ministerio de Agricultura.
Recuerdo haber observado su belleza discreta y distinguida. Me di cuenta que era una dama de finos modales, andar pausado, voz clara y cabellos plateados atrapados en una peineta de nácar. Su elegancia natural se complementaba con el sobrio vestido gris que caía debajo de las rodillas. Había escuchado sus reclamos frente a la ventanilla y en ningún momento perdió la compostura clásica de las mujeres de antaño. Venía a cobrar los bonos de la Reforma Agraria, los mismos que honrarían la expropiación de sus haciendas azucareras. Luego que examinó varias veces los documentos, noté que estaba a punto de sufrir un vahído. Alcancé a tomarla del brazo, evitando que se desplomara sobre el piso. Con el auxilio de otros la ayudé a sentarse en una de las sillas de la sala de espera. Jamás olvidaré su mirada perdida y ojos acuosos tratando de no llorar. En aquella ocasión me alarmó descubrirle el pecho agitado y los temblores que recorrían su cuerpo delgado. Una secretaria intrascendente le alcanzó un vaso con agua. Abrió la cartera y extrajo una pastilla que ingirió rápidamente. Pasado el sofocón inicial, el barullo a su alrededor desapareció. Me percaté que yo era el único que seguía interesándose por ella.
─Muchas gracias, señor. Es usted muy amable asistiendo a una anciana desvalijada. Porque eso es lo que soy, caballero. Después de treinta años he venido a cobrar algo que me quitaron y ¿qué he conseguido? Lea, por favor. ¿Puede creer que mis tierras valgan esta cantidad?
Con su venia leí el monto que cobraría en el Banco de la Nación. Fruncí el entrecejo, dibujé un gesto de sorpresa inaudito y me ofrecí a llevarla a su casa.

Vivía en un antiguo y pequeño chalet de dos pisos. El jardín exterior lucía cuidado, en el que geranios y rosales comulgaban armónicamente. Una cerca de madera blanca, enlazada con hiedra rozada, lo aislaba de la vereda. Me comentó que un domingo mojó la notificación del ministerio mientras regaba las macetas.
Me invitó a ingresar y el cuadro del Corazón de Jesús con la vela encendida nos recibió. Debajo de él la consola de ónix mostraba portarretratos con imágenes de arcángeles. Las paredes de la sala estaban empapeladas con motivos florales y dos cuadros de la escuela cusqueña, enmarcados en pan de oro, colgaban orgullosos. La mesita de centro exhibía fotografías de su esplendor pasado.
Traspasando un medio arco divisorio, el comedor se anunciaba con pocas pretensiones. Centrado a la perfección, cayendo por detrás de la mesa, un gobelino recreaba una escena bucólica de la campiña francesa. El aparador de caoba dejaba ver la colección de copas de cristal Bohemia y los platos de porcelana Limoges. Escondida en una esquina, casi con miedo, una botella de champagne, con la etiqueta borrada por el tiempo, se había marchitado en la soledad del olvido.
Sus tres gatos siameses salieron a saludarla. Tomamos asiento en un sofá tapizado en terciopelo. Cómodamente instalados me mostró el álbum con fotos de su hacienda favorita. El trapiche centenario, la destilería de ron artesanal, los sembríos de caña de azúcar, la iglesia de adobe y la casa hacienda habían sido capturados fielmente en sepia y eran testimonios evidentes de épocas doradas. Presurosa guardó el álbum y me obligó a aceptarle una taza de té y galletas de vainilla hechas en la madrugada. Acepté gustoso y a partir de entonces nos convertimos en grandes amigos.
Cada vez que llegaba a Lima, la visitaba para conversar sobre los misterios del campo, la bondad de la tierra y las injusticias de la vida. Descubrí que le gustaban los bizcochos de canela rellenos de manjar blanco y me enseñó a descifrar la magia de las galletas. Con el correr del tiempo, y gracias a la confianza alcanzada, me develó su alma, hasta confesarme que nunca se casó. Seguía siendo señorita porque el caporal que la enamoró no tuvo el valor para seducirla y menos pedir su mano. El único pariente vivo que tenía era una sobrina que radicaba en New York y se comunicaban esporádicamente. Subsistía vendiendo las joyas de la familia y por un fideicomiso paterno.

Estando fuera del país me enteré sobre la enfermedad que padecía y arribé a tiempo para cuidarla en una clínica local. Le conseguí medicinas, afronté gastos y la entretuve con mis aventuras estrambóticas. Fueron días de risas y recuerdos.
─Jorge, cuando salga de acá te voy a preparar unas galletas nuevas que he visto en la televisión.
El tiempo no le dio la razón y falleció en paz, tranquila, oliendo a Heno de Pravia que siempre me pedía le comprara.
Esta noche, señorita Ramírez, tenemos una última cita, los dos solos. La quiero linda, elegante y distinguida como siempre. Usted me conoce, voy a estar puntual para despedirnos. Algún día nos volveremos a encontrar para hablar del sol de mediodía, el que calcina y hace fuerte la tierra generosa. Conversaremos de las lagartijas que perseguía, de las grullas revoloteando por los ojos de agua, del jugo de caña recién exprimido, de los paseos a caballo, de las misas dominicales en la iglesia de adobe que decoró con azulejos valencianos, de las correrías por los canales de regadío de su juventud, del canto de los cañaverales y ojalá se nos una el caporal que desperdició la oportunidad de amarla. Espero que tenga la iniciativa de rehacer el tiempo…
Tenemos tanto de que hablar, querida señorita Ramírez, y si usted me lo permite, con todo respeto yo le contaré mis andanzas y travesuras.

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