Los días se afilan. ¿No lo sabías? Vaya… Es como si hubieran prohibido hablar de ello. Sin embargo, es cierto.
Haz una prueba. Ve a la habitación de tu casa más protegida de los sonidos de la calle. Siéntate y ponte a escuchar. No me refiero al crujir del suelo de parquet, ni a esos golpes de origen desconocido que todas las casas albergan. Eso no son más que los fantasmas que habitan tu piso, frecuentemente unos impresentables que andan siempre revoloteando como espíritus maleducados en su mundo extrasensorial y molestando un tanto a los que estamos alojados en otras dimensiones vecinas. Pero yo me refiero a otro sonido. El de un metal frotándose con otro, como espadas. Ese ruido lo producen los días, que vienen cada vez más tajantes y agudos. Mañana es un día con dientes de sierra grandes, como para cortar pan. Pasado mañana es un día curvado y con dos puntas, ideal para seccionar y pinchar el queso de bola, el roncal o la torta del casar, por ejemplo. Ayer tuve un día largo, perfecto para el arte de cortar jamón ibérico en lonchas finas. Y después de ese día jamonero, llegará otro como una bayoneta. Dentro de una semana alcanzará mi vida una jornada peligrosa como una navaja de barbero en la yugular. Ninguno me produce dentera o, al menos no tanta grima, como el de guillotinar peces. El de cercenar las cabezas al pescado en dos tiempos. A saber: zas y ras. Primer tiempo. ¡Zas! Y se separan las cabezas. Segundo tiempo.  ¡Ras! Y el pescadero, sin mirar a los ojos del besugo, con implacable habilidad, empuja mecánicamente a las cabezas a precipitarse hacia el cubo de la basura, ¡Zas! ¡Ras! Otro: ¡Zas! ¡Ras! Otro… Una a una, se juntan en el fondo del barreño las caras de todos los peces, casi inexpresivas, salvo por un rictus de cierta esperanza congelada por la muerte súbita, pobres animalitos. Se van reuniendo en el oscuro balde junto con las colas, aletas. las vísceras y los rostros sin cuerpo de sus amigos y congéneres.
 
Pero no nos recreemos en esos pormenores. A medida que se acercan, todos los tiempos se van agudizando, los bordes de las semanas se afinan de modo espeluznante, y se puede percibir con claridad cómo se están rozando las hojas contra el hierro de afilar.
 
Cuando llegue el día del cuchillo del pescadero… ¿Será mi expresión inevitablemente de besugo? No lo sé. ¡Qué más da! Seguramente el pez siempre habrá mantenido ese mismo semblante de bicho de sangre fría. Moriremos con la cara que hayamos puesto siempre. Con el mismo gesto o con otra mueca. ¿Qué nos importa?
 
Estoy solo. Ante el peligro; ante la vida; ante los días y su filos de aleación. Estoy completamente solo. Mejor así que mal acompañado, sin duda. Pero enfadado. No con alguien, no, eso no, en absoluto. Para qué. Únicamente estoy molesto por el perfil cortante de las fechas que se avecinan.
Soy una maquina de escribir que lleva mucho tiempo sin usar y quiero hablarte de mí: Español, varón. Adolescente desde hace décadas. Mi educación no fue de letras pero mi pasión sí. Soy al mismo tiempo emprendedor y perezoso. Me gusta mucho hablar, pero hablo poco cuando hay poco que decir o que escuchar. Me encuentro muy bien tomando algo en cualquier terraza, tanto en compañía de buenos conversadores, como con algo para leer o para escribir. Disfruto con la polémica. Veo mejor de lejos que de cerca. Odio los detalles. Tengo una relación contradictoria con lo convencional que se refleja en todo lo que escribo. Mi firma, como mi vida, está hecha de trazos paralelos, es decir, que no convergen. Soy algunas veces demasiado cándido, otras desconfiado. Noto que puedo influir en la gente, pero no suelo aprovecharme de este poder. Al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, no siento fascinación alguna por el mal, porque me parece terrenal y simple y dentro de mí hay un arzobispo sin religión ni fieles. Soy solitario y sufridor. Soy un ermitaño en la ciudad. Un audaz aventurero: un explorador ante un despacho. Tengo los pies grandes y los hombro pequeños. Soy el viento de bohemia que se mete en una celda. Sería el mejor de los amigos, si los tuviera, ya que exijo en los demás la madera del árbol que nunca existió. Aprecio la indulgencia y la compasión. Puedo estar ofuscado o lúcido, pero escribiendo me siento mejor. Escribir no es para mí ni un viaje al infinito ni a mi propio interior, sino al centro de la Tierra.

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  1. Miedo me dan a mí los días afilados con silenciador, aquellos que no oyes venir, los de la puňalada trapera en un callejón, o aquellos de cuchillos romos, cuya entrada no es limpia, y provocan una herida mucho más ancha y dolorosa. Así que me meto en la habitación a intentar escuchar la voz lejana del afilador para esperar los días con mi malla de guerrero puesta.

     

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