Hubo una vez un verano, no voy a decir cuál, en el que percibí dos tipos de calor. Uno inhumano, que procedía del sol. Otro fue el del apoyo y el cariño, por el que sentí un enorme agradecimiento. Sé que sigo en deuda. Dedicado a aquellos días, este poema.

 

Dame pues tu agua si quieres
para este día de calor.
Dame frescor. Contágiame tu alegría.
Pero yo poco te puedo aportar.
Depositaré pensamientos sobre tus senos,
aunque también amor.
Te daré mi abrazo, mi sopor, mi tregua.
Mis dudas yacerán junto a ti.
Dormirás junto a mis cicatrices.
¿Eso quieres? ¿Verme inconsciente
con los párpados apretados?
Si no deseas respirar el aliento de un convaleciente,
lo podré comprender.
Es tan escaso lo que puedo lograr por ti…
Yo beberé tu agua.
¿Tú qué obtendrás de mí?

 

 

Soy una maquina de escribir que lleva mucho tiempo sin usar y quiero hablarte de mí: Español, varón. Adolescente desde hace décadas. Mi educación no fue de letras pero mi pasión sí. Soy al mismo tiempo emprendedor y perezoso. Me gusta mucho hablar, pero hablo poco cuando hay poco que decir o que escuchar. Me encuentro muy bien tomando algo en cualquier terraza, tanto en compañía de buenos conversadores, como con algo para leer o para escribir. Disfruto con la polémica. Veo mejor de lejos que de cerca. Odio los detalles. Tengo una relación contradictoria con lo convencional que se refleja en todo lo que escribo. Mi firma, como mi vida, está hecha de trazos paralelos, es decir, que no convergen. Soy algunas veces demasiado cándido, otras desconfiado. Noto que puedo influir en la gente, pero no suelo aprovecharme de este poder. Al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, no siento fascinación alguna por el mal, porque me parece terrenal y simple y dentro de mí hay un arzobispo sin religión ni fieles. Soy solitario y sufridor. Soy un ermitaño en la ciudad. Un audaz aventurero: un explorador ante un despacho. Tengo los pies grandes y los hombro pequeños. Soy el viento de bohemia que se mete en una celda. Sería el mejor de los amigos, si los tuviera, ya que exijo en los demás la madera del árbol que nunca existió. Aprecio la indulgencia y la compasión. Puedo estar ofuscado o lúcido, pero escribiendo me siento mejor. Escribir no es para mí ni un viaje al infinito ni a mi propio interior, sino al centro de la Tierra.

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