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Dos hermanos ansiaban y se disputaban la ciudad más grande, importante y próspera de la comarca. Estaba enclavada en una zona privilegiada rodeada de grandes extensiones de tierra fértil, ríos caudalosos y bosques frondosos. Quien la tomara no solo gobernaría sobre ella sino que, prácticamente, dominaría todo el condado. Batallaron por ella con mucha ferocidad dejando muchas víctimas y sobretodo mucho dolor entre sus ocupantes.

Al vencedor, soberbio, le faltó la clemencia que se dispensa al finalizar la batalla porque consideró que su hermano, menor que él, le había traicionado y no tenía que haber entrado en la contienda. El vencido, que confiaba en ganar gracias a su fuerza y a la del Altísimo, pues estaba convencido de su superioridad moral, esperaba recibir el perdón. Este no llegó. Esperó tanto tiempo que se enquistó y se convirtió en odio.

La hostilidad entre ellos no disminuyó después del combate, todo lo contrario. Cada uno de ellos fue creando su propia familia por caminos opuestos y con el rencor como estandarte. Con el tiempo se convirtieron en las dos familias más importantes de la villa: poderosas y ricas. El resto contemplaban sus reyertas con una mezcla de indiferencia y miedo. Acataban las órdenes del clan que gobernaba, pero intentaban no contrariar al otro por si acaso algún día la situación se invertía. De momento no tenían que tomar partido. Así fueron transcurriendo los años sin más incidentes que los propios de la complicada convivencia, pero poco a poco se iba larvando un odio cada vez más visceral. Éste se fue transmitiendo de generación en generación, produciendo monstruos en ambas partes que en muchas ocasiones dirimían sus diferencias de forma violenta, pero no llegaban a arrastrar al resto de miembros de la comunidad.

Algunos hombres con proyección pública en el territorio, aún a riesgo de perder sus privilegios e influencia sobre los contendientes, intentaron el acercamiento, con la intención de encontrar una solución justa y equilibrada para poder cerrar para siempre ese episodio. Ninguno de los intentos fructificó. Algunos perdieron incluso la vida en el intento. Siempre se encontraron con unos jefes de los clanes, tan soberbios y déspotas como sus antepasados.

Cada parte tenía diferentes visiones del conflicto y mientras una estaba satisfecha con el estancamiento de la situación y la normalización de la vida social, la otra no podía permitir el olvido de su afrenta y aspiraba a recuperar lo que consideraba que le pertenecía por derecho. Así que cada vez ejercieron más presión sobre el resto de la población para recabar seguidores a sus respectivas causas. Empezaron a coaccionar, extorsionar , ofrecer prebendas y favores a cambio del apoyo incondicional y ciego. “O estás conmigo o estás contra mí”, era la frase más utilizadas por los dos clanes y era en lo único en que coincidían.

Así, como si de una mancha de aceite se tratara, fueron extendiendo su resentimiento por todo el lugar consiguiendo multitud de adeptos dispuestos a dar la vida por ellos. Cuando se dieron cuenta que mantener ese estado de exaltación en el tiempo era muy difícil, maquinaron cómo introducir ese fervor de forma más efectiva y comenzaron a manipular emocionalmente a la gente desde la infancia asegurándose así perpetuar la sumisión, a la vez que se garantizaban suficientes peones para cuando llegara la lucha final.

Después de muchas generaciones en ese empeño, consiguieron fracturar totalmente a la población en dos bandos irreconciliables y claramente enfrentados, aunque la mayoría desconocía cuál era el motivo y el origen del conflicto que los había llevado a esa situación. Incluso muchos líderes no recordaban de dónde emanaba tanta furia y crispación hacia sus propios conciudadanos. Cuanto más ciega y subordinada era la obediencia, más empobrecían los súbditos y más dependían de las dádivas que recibían. Lo único que el tiempo y los enfrentamientos no había modificado era que las dos familias dominantes mantenían y aumentaban su fortuna y poder.

Con el alba se escuchó el llanto de dos recién nacidos. Provenían de las dos puntas más separadas de la ciudad, pero resonaban al unísono propagándose por todos los rincones. Eran dos niños muy parecidos: guapos, morenos, grandes y sanos. No en vano descendían de la misma estirpe. Sus fuertes sollozos anunciaban un carácter decidido.

Aquellos ciudadanos que habían logrado mantenerse al margen de las disputas, suspiraban con la esperanza de que esas dos criaturas fueran las predestinadas a cambiar el rumbo de esta historia interminable.

Meco

Inquieto e inconformista de pensamiento. De vida tranquila y convencional. Sobrevivo a esa supuesta contradicción gracias a la ironía y al humor. No soy escritor; pero me gusta escribir. Lo intento encadenando palabras con sentido para describir aquello que todavía me conmueve. Buscador incansable...sigo sin poder contestar a la pregunta que me hacían de pequeño: "¿Y tú, de mayor qué quieres ser?".

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