Relatos con Historia… «Castilla de luto» de Marisa Martín

Relatos con Historia… «Castilla de luto» de Marisa Martín

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Hoy me decís que el rey ha muerto, y lo hacéis con esta tranquilidad, con esa parsimonia tan propia de la corte castellana.

Me pedís que sea comedida, que mi condición no puede saltarse las normas de protocolo.

¡Fuera de aquí, malnacidos! ¡Fuera de mi vista todos!

Beatriz, ¿Eres tú?, no quiero volver a escuchar que el hecho aconteció hace meses. Yo, que siempre te he creído y te he querido cómo a una madre, vienes a engañarme cómo todos los demás.

¿No entiendes del sufrimiento del alma?, No sabes de mi desconsuelo, ni de mi amor roto precipitadamente. ¡Tanto amor, para tan poco tiempo!

Mi corazón ha sido traspasado con todas las lanzas de este reino, no deja de sangrar, y cada día siento un hierro candente que me abrasa, que  quema las entrañas, que duele el infinito.

Me recrimináis que no llore, me decís que ni una lágrima habéis visto salir de mis ojos. Pero acaso ¿lloran los muertos? Mis lágrimas se convirtieron en espinas, en miles de espinas, que se clavan en la piel, en los pies con los que acompaño al ser de mis desdichas, en el pecho que se queda sin aliento, en la boca que recuerda sus besos, en las manos que abrazaban su cuerpo. Y cada día renacen de nuevo, buscando rincones recónditos de este maltrecho cuerpo, que ya no es el que fue, ni volverá a ser el que era.

Ese dolor tan grande es el que siento, no me habléis de tiempo, pues el tiempo se para, cuando los ojos se cierran.

Me llaman loca, ¿creéis acaso que no lo sé?, loca por no dejar entrar sus restos ni a la corte en el convento de monjas. ¡Un hombre tan hermoso, no puede estar rodeado de tantas mujeres!, Beatriz, ¿no comprendes que él era insaciable en asuntos de cama?, ¿cómo podría dejarle con tantas hembras?

Me llaman loca, porque ellos no querían estar en pleno invierno en ese páramo, en nuestra Castilla, en invierno. No son hombres Beatriz, no lo son. La infanta Catalina, que sólo tiene tres meses y yo misma, somos, mucho más aguerridas que todos ellos. ¿Dónde está el espíritu de Castilla? ¿Dónde ha quedado la hombría de nuestros nobles? Es su rey, al que deben vasallaje.

¿Recuerdas que después llegamos a Hormillos, y fuimos acogidos por el párroco?, nuestros pueblos son hermosos, nuestros pueblos son agradecidos. No, no podemos entrar en grandes villas, he de salvaguardar mi honor, soy mujer de un solo hombre.

Me casaron, sí, pero al verle me enamoré, tan intensamente que el océano entero no podría contener tanto amor, ni tanta pasión por él. ¡Que ardiente era mi cuerpo junto al suyo! El deseo traspasaba cada poro de mi piel, jadeaba al faltarme el aire cuando sus manos recorrían palmo a palmo mi geografía de niña hecha mujer.

Todo se deteriora, seis hijos le di. La última aquí, en este peregrinaje, mi pequeña Catalina, pero ni ella ni nadie impide sentir el dolor tan grande que me hace morir cada segundo, cada minuto del día. Duermo para encontrarme en sus brazos, y sus brazos no son míos.

Sería mejor apagar los sentidos, diluirlos en la lluvia, arrastrarlos al viento, sumergirlos en aguas turbias. No, Rescataré mi memoria, para no perderla,  Hasta que el tiempo termine, y deshaga el conjuro de la luz en penumbra.

Corazón de piedra que no despierta, porque morir no puede, y vive muriendo.

¿Dónde se han ido los sueños  perdidos?… Vestidme con ellos  cuando me despida para siempre. Que nadie se los apropie, ¡que nadie me los robe! Que no vaguen solitarios por los campos oscuros.

Llega la noche y se abren los recuerdos.  Se extravía la mirada, mientras la mente divaga por otro tiempo, otro mundo que se escapó escurriéndose entre los dedos.

Quiero atrapar ese espacio en el que fuimos felices, sin embargo, nada retorna…

Quedaron sábanas tibias en el olvido, palabras barridas por el viento, ilusiones desvanecidas en los mares de la conciencia.

Loca me dicen, por temer que me roben el cuerpo y abrir su féretro cuando el alma lo solicita. ¡Si ya se llevaron su corazón!, le abrieron y se lo llevaron, no me opuse, fue su voluntad, ¡dejadme ahora que haga la mía!

Loca llaman a la reina de Castilla. Pero no es locura cuando se ama, y se muere, cuando el dolor es tan intenso que el pensamiento se aleja de mí, por temor a las heridas.

Noble nací, noble soy. Reina me nombraron, y reina seré. Pero antes cumpliré el peregrinaje como una viuda que llora por dentro, el llanto eterno de sangre hecho.

¡Dejadme ser mujer!, ¡Dejadme ser doliente! ¡Dejadme tener ese cuerpo que nunca fue del todo mío, y ahora sí, ahora nadie me lo arrebatará!

Llamadme loca, pero seguid caminando sobre estas tierras duras, cubríos del frío mesetario, y rendid pleitesía al rey hermoso.

Autora, Marisa Martín

Relatos con Historia… «El río de la ciencia» de Antonio Miralles Ortega

Relatos con Historia… «El río de la ciencia» de Antonio Miralles Ortega

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Este año del señor de 1602 lo guardare en la memoria por ser uno de los más importantes no solo para mí o la ciudad de Valladolid, la capital del reino, sino para el futuro de todo el país, por los avances científicos que supone nuestra prueba de hoy.

Gracias a Dios, esta España nuestra da grandes genios, tanto para la guerra como para la ciencia, y hoy, ante el mismo rey nuestro señor don Felipe III, demostraremos de lo que es capaz la invención española.

Don Jerónimo Ayanz y Beaumont, el genial inventor navarro y a la sazón mi patrón, y yo mismo, vamos a desplazarnos con todos los preparativos frente al palacio de la Ribera, la residencia de verano de su majestad. Nuestro rey estrena hoy una nueva embarcación, la galera San Felipe, con la que surcará las aguas del Pisuerga y desde la que contemplará nuestra hazaña.

Una multitud se apiña en el espolón para presenciar no solo la botadura del navío sino para ver en funcionamiento nuestro invento.

A pesar de ser dos de agosto, viernes, las aguas del rio bajan frías. Mi patrón me coloca con cuidado el traje submarino que forma parte de su invento. A él van conectados tubos de entrada y salida de aire, con unas válvulas que se abren y cierran en el momento preciso para suministrar aire a los pulmones, aire que se envía mediante unos fuelles que lo fuerzan a bajar al fondo del rio.

No voy a negar que los primeros días pasé algo de miedo, pero tras muchas pruebas tengo la confianza suficiente para saber que funcionará sin problemas.

Siempre ha sido un sueño de la humanidad el poder respirar bajo el agua, y con el invento de nuestro compatriota podrán hacerse cosas maravillosas, y tendrá un sinfín de aplicaciones que aun no llegamos a comprender totalmente.

Llego al fondo del rio, a unos tres metros de profundidad. Desde arriba el público y el rey observan mis movimientos con expectación. Debo demostrar la capacidad del traje de respiración submarina, que tanto supone de avance para España respecto de otros países.

No sé qué ha pasado, pero debo llevar tan solo una hora sumergido y ya me están izando. A pesar de que podía haber aguantado muchas horas bajo el agua, al salir la gente aplaude entusiasmada. Ha sido un éxito.

Don jerónimo me ha confesado el motivo por el que ha acabado la demostración tan prontamente: su majestad ha mostrado signos de aburrimiento. Parece ser que esperaba una demostración más emocionante, y quiere poner vela a su nueva nave y partir por el rio.

Espero al menos que el invento haya sido de su interés y se dote a su magnífico inventor con los fondos necesarios para utilizarlo en todos los puertos de España, para que así nuestro país sea referencia en todo el mundo en estos adelantos que pueden ser tan útiles.

Autor, Antonio Miralles Ortega

Relatos con Historia…»La vida en trece minutos» de Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

Relatos con Historia…»La vida en trece minutos» de Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

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Esta noche he tenido un sueño muy extraño. Me habían nacido dos alas blancas en la espalda y volaba sobre las cúpulas de las mezquitas de Bagdad. O, quizás, no sea un sueño tan extraño, después de un año escuchando el lema de “No a la guerra” en las bocas de la gente que se manifestaba por las calles desde la Cumbre de las Azores, cuando Bush, Blair, Durao Barroso y Aznar dieron un ultimátum de veinticuatro horas al régimen de Saddam Hussein para que destruyera unas supuestas armas de destrucción masiva que decían que tenían en su poder, aunque nunca han aparecido, bajo la amenaza de declararle la guerra que comenzó cuatro días después.

Parecía que los días de este marzo de 2004 eran eternos y que no iba a llegar nunca este jueves 11, pero ya está aquí. Es un día muy especial en mi vida porque va a ser el último que voy a tener que ir a trabajar ya que me jubilo, y aquí estoy, como todas las mañanas desde hace un porrón de años, a las 7 y 24 minutos de la mañana, esperando en el concurrido andén de la estación de Coslada el tren que dentro de un minuto, puntual y fiel como siempre a la cita, llegará para llevarme hasta la estación de Atocha camino del trabajo del que hoy me despido.

Ahí llega el tren, mamá, –oigo a mi lado la voz de un niño que se aferra a la mano de una chica joven vestida con una bata azul, bajo un abrigo pardo bastante ajado por el uso y el tiempo, que lleva bordado el nombre de una empresa de limpieza en el bolsillo superior- en Atocha ¿me comprarás un bollo para comerlo luego en el recreo?

Y es que este tren, rebosante de pasajeros en las primeras horas de la mañana, nos lleva a muchos desde los barrios obreros del corredor del Henares en el extrarradio de Madrid hasta donde nos ganamos el pan de nuestras familias con el sudor de nuestra frente como parece que fuimos condenados los que poca cosa tenemos.

El tren ya viene casi lleno, pero he tenido la suerte de encontrar un asiento justo al lado de la puerta por donde he accedido a su interior. Abro el periódico que he comprado en el quiosco de Matías. Parecen que son siempre las mismas noticias en los últimos meses: la guerra de Irak, el hundimiento del petrolero Prestige frente a la costa de Galicia, las elecciones generales del domingo… Me voy a la sección de deportes para ver a qué hora jugará mi Atleti el domingo contra la Real Sociedad en San Sebastián, aunque me parece que este año tampoco nos toca ganar la Liga, y más después de haber empatado a uno el otro día en el Manzanares, gracias a una nueva pifia del Mono Burgos, contra el Murcia que es el farolillo rojo. Pero qué más da si hoy por fin me jubilo y a partir de mañana empezaré una nueva vida.

Nací muy pocos días antes de que las radios se llenaran con la voz engolada y triunfal de ese locutor que clamaba eso de: “En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”. Sí, la guerra había terminado, pero para nosotros no empezaba la paz, sino que íbamos a sufrir amargamente la victoria.

A mi padre, trabajador en una imprenta en la que entró como aprendiz nada más proclamarse la República y en donde se imprimió la cartelería propagandística del Madrid sitiado, se lo llevaron de casa, según tantas veces me contó mi pobre madre, una noche del mes de mayo de 1939 por cinco individuos de camisa azul acusado de rojo y ugetista, como si eso fuese un crimen, y a la mañana siguiente apareció con un tiro en la nuca, despatarrado junto a las tapias de la Almudena. Tenía tan sólo veinticuatro años y su pecado había sido ser sindicalista y socialista de los de Largo Caballero.

Con catorce años, entré a trabajar en un bar de Carabanchel como camarero hasta que un cliente asiduo me dijo en el verano de 1963 que iba a poner un taller de forja y cerrajería en el barrio de Usera y que me ofrecía trabajo. Como el sueldo, aunque pequeño, era mejor que el que me daban en el bar, no lo dudé ni un minuto y empecé al mes siguiente en mi nuevo puesto de trabajo como forjador.

En la calle de Amparo Usera, muy cerca del taller, está el Mercado municipal del barrio, y una tarde, en que mi madre me encargó que comprara un poco de fruta para la cena de la noche, conocí a Toñi que era dependienta de una de las fruterías que allí se ubicaban, seguramente más caras que otras, pero su sonrisa, su pelo moreno recogido con gracia en una cola de caballo y sus profundos ojos marrones me abocaron a comprar en esa bancada de la que ya no era la tarde, al terminar el trabajo, que no visitara. Dos años después, en el mes de mayo de 1967, Toñi y yo nos casamos y ya nunca hemos dejado de estar juntos, siempre muy felices, y nadie podrá separarnos hasta que uno de los dos muera. Con el trabajo de ambos pudimos ahorrar algún dinerillo que dimos de entrada para comprar un piso pequeño en Coslada y nos fuimos a vivir en él después de las navidades de 1972. Desde hace dos años ya es completamente nuestro pues terminamos de pagar la hipoteca al banco.

Mi jefe, en el otoño de 1989 sufrió un infarto y cerró el taller, pero tuve la gran suerte de que me cogieran con cincuenta años ya cumplidos en el hotel Nacional del Paseo del Prado con la plaza de Atocha, hacia, como todos los días, me dirijo en este tren atestado de trabajadores como yo y de estudiantes, pasando a engrosar la plantilla de su equipo de mantenimiento.

Hoy, ya lo he dicho antes, es un día muy especial. Ya mañana no tendré que hacer este viaje después de tantos años. Esta tarde me despediré de mis jefes y de todos mis compañeros y llegaré al anochecer a mi casa como un hombre jubilado después de cincuenta y un años sin parar de trabajar. El sábado invitaremos a comer en casa a mis dos hijos, mi nuera y mis tres nietos, dos niñas y un niño a los que adoro, para celebrarlo. El domingo por la mañana iremos a votar con la esperanza de que gane este joven llamado José Luis Rodríguez Zapatero, y por la tarde me bajaré al bar de la esquina a ver qué hace el Atleti contra los donostiarras. Y el lunes, la gran sorpresa para mi Toñi, porque he reservado quince días en Benidorm para disfrutar por fin unas vacaciones en la playa que nunca hemos tenido.

El tren se ha detenido. El reloj marca las 7,38. Estación de El Pozo. Entra más gente al tren de dos pisos y se van colocando como pueden porque no cabe ni una aguja ya. Desde que entré hace trece minutos, al lado de donde estoy sentado, pegada a la pared me he percatado de que hay una mochila negra que alguien se ha debido dejar olvidada y que parece como que nadie le hace caso porque no se han fijado en ella. La voy a recoger y en Atocha la entregaré a algún revisor para que la lleve a objetos perdidos por si alguien la reclama.

Suena el pitido. Se cierran las puertas. El tren comienza de nuevo a andar. Hoy es mi último día de trabajo. Hoy me jubilo. En nada comienza para mí una nueva vida.

© Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

Agosto de 2018

Relatos con historia… «4000 kilómetros» de Antonio Miralles

Relatos con historia… «4000 kilómetros» de Antonio Miralles

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Querida madre: espero que a la presente te encuentres bien. Yo bien A. D. G.
Como sabes, después de pasar por Zaragoza donde nos recibieron bien, como a la mayoría de los que ya llaman división azul de voluntarios, nos enviaron poco a poco a Baviera, a un pueblecito al que llaman Grafenwöhr cerca de Núremberg.
Allí viven muy bien madre, a pesar de la guerra. Imagínate que hasta nos dieron a cada uno cuchillas de afeitar, cepillos para los dientes y peines. Si puedo me los llevaré de vuelta a España. Allí acabamos la instrucción en dos meses, cuando lo normal eran tres, pero así sabrán estas gentes como son los españoles.
Pero ahora, madre, después de dos años largos de lucha y calamidades, te escribo con las manos ateridas de frio desde un agujero que hemos practicado en el suelo donde tenemos la ametralladora MG34, que ya te conté antes que yo soy el que la dispara. Hemos andado cientos de kilómetros para encontrar al enemigo, sufriendo muchos padecimientos, pero ya sabes que esto lo hago por mi hermano Juan, que nunca hizo daño a nadie y los comunistas nos lo mataron solo por ser cura. Tenemos que ayudar en lo que podamos para que eso no vuelva a ocurrir en ningún lugar del mundo madre.
Este lugar se llama Krasni Bor, y está muy lejos de todo. No hay más que nieve, y hace más frio que en Ávila, cuando íbamos a ver al tío José.
No sé si podernos salir de aquí con vida madre. Dicen que se acercan 38 batallones de rusos, que son unos 47000 soldados, con artillería y tanques, y nosotros no somos más de 5000 españoles, armados con rifles y alguna ametralladora como la mía.
Quiero que sepas, y que lo cuentes en España, que nosotros luchamos por todos ellos, que lo hacemos por nuestras ideas, que para algunos son equivocadas, pero nosotros no podemos sino hacer honor a ellas como buenos españoles.
Aquí se nos conoce como la banda de andrajosos, porque las camisas alemanas se nos quedan grandes en estos cuerpos delgados y pequeños, pero los alemanes se alegran de tenernos cerca para defenderlos, que ya nos lo han dicho muchas veces.
Tu sabes, madre, que no somos nazis los que venimos aquí, casi todos estudiantes aún, y que lo hacemos por servir a España y los más, como yo, para vengar las muertes que hicieron allí los comunistas, que si yo los odio solo por serlo, ellos nos odian solo por ser cristianos y respetar el orden y la ley.
Ya han empezado a escucharse lo que aquí llaman órganos de Stalin, unos aparatos que disparan muchísimas bombas en un momento. Si esta carta te llega, y yo no regreso, dile a quien quiera oírlo que aquí han muerto valientes españoles, que somos gentes de paz que luchan por sus ideas, no importa cuáles sean, y que sabemos que siempre nuestra patria reconocerá nuestro valor y nuestro sacrificio.
Reza a Dios por mí, dale un beso a la hermana de mi parte, y recibe el más cariñoso abrazo de tu hijo, que te quiere.

Autor Antonio Miralles

Relatos con Historia… Londres 1940- Segunda guerra mundial- autora Marisa Martín

Relatos con Historia… Londres 1940- Segunda guerra mundial- autora Marisa Martín

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La ciudad se derrumba, la habitación dónde las noches se hacían días, noches de cuentos y caricias, noches de insomnio y recuerdos marchitos. De sábanas húmedas de esperma esparcido.  Sábanas nuevas y viejas, calientes o frías. Noches de braseros, de besos escondidos.Días de ventana mientras la lluvia arrecia, de mesa camilla y ausencias. Días de encuentros y despedidas. Risas… lágrimas… tristeza o alegría.La cocina caliente; del puchero emana el olor a guiso de domingo.

Te veo mirándote, mirándote en el espejo para recolocar el cabello. Cabello que acaricio con manos torpes, mientras tú me sonríes. Tu rostro adquiere el color de las manzanas al susurrarte palabras prohibidas. Tu cuerpo tiembla bajo el mío, y nuestra casa encierra entre sus paredes las pasiones desatadas. El sillón esconde los recuerdos que se fueron.

Y sigo pensándote con tu delantal blanco, y las manos frías. Esa arruga debajo de los ojos, esos ojos que fueron míos…. de color canela, de color misterio, de color indefinido.

Indefinido porque comienza a desdibujarse en la memoria que traiciona. Busco tus labios para unirlos con los míos… no están, tú no estás, te has ido.

Desaparece la niebla que tu recuerdo me trajo, desaparece y mi alma de nuevo sangra.Descubro otro día de escombros, de piedras esparcidas. Piedras que gritan y guardan palabras idas. Piedras que fueron nuestro escondrijo.

El sol, ¡maldito sol! Deja al descubierto los retazos de otras vidas, de otras camas y cocinas.Tarde de escombros y lágrimas de papel. Tarde de miedos y lutos de colores negros, hogares caídos y piedras que hablan.Ruido de aviones, carreras hacia los refugios, nadie está, todos preguntan.

Vuelve el silencio, los aviones se han ido, las luces se encienden, la realidad regresa.La angustia de la madre con sus hijos en el regazo, del joven sin futuro, de la niña perdida, del abuelo con la mirada en el vacío.Todo se ha derrumbado, la vida misma se extingue, los sueños se apagaron, las ilusiones murieron, aquel día, ¡aquel maldito día…!

Comenzó una guerra, extendió el campo de batalla dónde los inocentes convivían, vidas arrastradas, fantasmas que aparecen al no saber que se han ido, jóvenes de grandes ojos deambulan arrastrando los pies sin sombra ni huellas. Llantos de niños perdidos, espinas en todos los corazones heridos.

Esas piedras de la calle, esos escombros por bombas esparcidos, hablarán de barbarie, gritarán la sinrazón…. aunque nadie escuche…. porque los oídos se cerraron a los lamentos.Vagan por los días de lutos hechos, esperando las sirenas. Las noches en vela todos en subterráneos túneles, que no siempre soportan explosiones. ¿Terminar?, Deseos de dormir para siempre en algún lugar de paz completa.

Las fuerzas no llegan, agotadas en estériles lamentos. La vida termina cuando la ilusión se apaga, y el corazón muere de pena, sigue latiendo, pero muerto el espíritu el cuerpo es instinto. Antes de caer la noche, en la gris tarde de cielo plomizo, un atisbo de esperanza, de vida, dos muchachos cantan  riendo. Para que la vida siga, y la esperanza renazca. Dos muchachos que se han quedado, porque aún son niños con piel de adultos.

De sudarios se visten los cuerpos que no se han ido. El llanto se olvida, porque los ojos se secan, el polvo se instala en la piel marchita, el dolor jamás termina, las cicatrices perduraran mientras la vida siga.No hay tierra para tanto muerto. Tierra de tumbas a paladas llenas.

Algún día todo terminará, algún año la ciudad será reconstruida y los escombros solo quedarán en las memorias, en las pesadillas, de aquellos que al caminar sientan bajo sus pies el clamor de aquellos a los que les arrebataron la vida.La niebla regresa, y crea falsa atmósfera de irrealidad cotidiana, de milagros esperados, de reencuentros en el vacío.

Yo saldré a ella, y buscaré entre las sombras que la habitan, para encontrarme con ellos, para perderme sin regresar. Dejo el lápiz, este papel manuscrito, regresan las sirenas, regresan las bombas para llenar de luto a los que de luto ya viven.

Quizás algún día alguien lo encuentre, quizás ya no esté mañana, quizás me habré ido. Cómo suspirar ya no puedo, ni lanzar versos al aire enardecido, de olor a cadáver lleno, dejo este papel que mi mano temblorosa alcanza a llenar de palabras sin sentido.Cómo deseos no tengo, ni esperanzas ni castigos, y el cobijo de un abrazo me falta, no me esconderé en esta noche oscura.Dejaré ese sótano de oraciones no escuchadas, de niños malnutridos y mujeres desesperadas, no miraré más lo ojos de ese muchacho que siente el miedo congelar sus huesos. Ya no queda el chocolate que alguien repartía, ni el pan que otro compartió. Porque nada quiero, solo descansar y paz. Vivir no puedo con  sueños convertidos en pesadillas.

Me iré en el silencio de la noche eterna de la noche fría, de otra noche maldita.

Autora, Marisa Martín

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