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MOSQUERTITA
Anoche me desvelé pensando en el cuento final. Tengo varias ideas pero aún no decido. Lo escrito hasta el momento, de acuerdo a lo solicitado por mi editor, ha abarcado mucha miseria humana: los desencuentros tormentosos, desamores sin explicaciones, asesinatos indescifrables, robos casi perfectos, secuestros abusivos y las intrigas estudiadas, violaciones inconfesadas y estafas de cuello blanco desfilaron por las páginas atormentadas de mi manuscrito. Sufrí lo indecible para hacerlos realidad. Maquiné intencionalmente los finales trágicos e impensados y dejé a la imaginación del lector la conclusión definitiva; una especie de gimnasia mental para llevarlo al derrotero que mejor prefiera, aunque se frustre, no comprenda o me odie. Caminé por los hilos invisibles del alma, fui intruso en los corazones descontrolados y jugué sin temor con la mente de los protagonistas. Sentí pena por algún personaje, me enamoré de una de las víctimas y angustié por el dolor que le di a uno.
Tarea difícil y complicada crear el último cuento. Frente a mí la página en blanco: el tormento diario y previsible, la odisea engañosa de la creación, la ansiedad invisible de la redacción correcta, la vorágine inquisitoria de la corrección, Escribir en ella el ducto maquiavélico y conductor que entrelace protagonistas, situaciones, lugares, historias pasadas y futuros inciertos. Qué trabajo decidir el carácter, personalidad, costumbres, manías, detalles específicos que caracterizarán e identificarán, poner nombres y apellidos, rasgos distintivos, relaciones personales, trampas del camino, salidas de laberintos, pesadillas y amaneceres.
A mi mente vienen historias de bares baratos, relatos contados de burdeles, pasadizos elegantes en centros comerciales, tiendas de ropa y perfumes franceses, estadios de fútbol con barras asesinas, pescadores de caletas y malecones comidos por el mar, perros adorables y furiosos, lustrabotas, mujeres insatisfechas, hombres sinvergüenzas, huérfanos del terrorismo, profesores universitarios, almuerzos de carretilla y prisiones ajenas. En fin, todavía hay mucha tela para cortar y no consigo enderezar la trama ni el desenlace. Una taza de café cargado con el primer cigarrillo matutino pueden ayudarme a despejar las dudas. Inicio la tarea.
Escribo las primeras líneas, las leo, las borro. No me cuadra el primer personaje e intento con otro. Parece que camina mejor pero me tranco al no coincidir con el lugar escogido y no concordar con el aire oscuro de su vida. Desecho el segundo intento. ¿Qué me pasa? Usualmente con las ideas en la memoria escribo sin dificultad; la sazón y aderezo fluyen a medida que las circunstancias se dan. Luego corrijo y corrijo hasta que la criatura nace. En este caso, van dos abortos y ni visos de gestación en el horizonte.
─Suele suceder, Mosquerita. Uno termina como limón de emolientero.
─Los que sufrimos con este oficio lo sabemos. Supongo que tampoco eres la excepción, ¿me equivoco?
─En absoluto, Mosquerita…
Recuerdo las conversaciones con Serrney cuando me servía de paño de lágrimas mientras me recuperaba del surmenage que me dio al trabajar en la revista de letras de la facultad. Siempre me decía que lo peor era sentarse a escribir sin haber dormido bien la noche anterior. Sostenía que los demonios del inconsciente tienen que estar apaciguados, guardados y liberarlos luego de ocho horas de sueño profundo. Sin Diazepam y tapado por una frazada con orejas para el frío o tocando la piel tibia de una mujer en las noches calurosas, decía cagándose de risa.
Serrney, para ti es muy fácil decirlo, pero ¿cuándo has escrito algo realmente bueno? Nunca que yo sepa. Soy un escritor exitoso, tengo en mi haber dos premios literarios y tres novelas publicadas. Además, sé que lees mi columna semanal del diario. ¡No me vengas con idioteces, por favor!
Tengo que serenarme. Es las diez de la mañana y voy por el segundo café, cuatro cigarrillos y dos tazas de toronjil con valeriana. La pantalla de la computadora en blanco me hace sudar copiosamente y siento que una mano me oprime la garganta. Empiezo a marearme y a dar vueltas sobre la silla. No puedo respirar bien, me levanto y camino por la habitación. Saco la cabeza por la ventana para tomar aire fresco. Estoy entrando en pánico. Debo relajarme, es cuestión de minutos y no quiero tomar la medicina que guardo en el velador. Recupero la calma lentamente y voy presuroso al baño a liberar la tensión. Las heces salen expelidas, nauseabundas, sonando a cuetones. Qué alivio, gracias, Señor. El maldito colon irritable siempre me hace una de estas cagadas; felizmente estoy en casa y dispongo de mis comodidades, no como la vez que me sorprendió en la presentación del libro del papanatas de Rengifo. Tuve que salir frunciendo el culo y estuve a punto de no elogiar su obra de porquería.
─Mosquerita, cuida tu salud ─me decías, desgraciado ─. No tienes ni cuarenta años y eres hipertenso y has entrado dos veces a la clínica para descartarte pre infarto.
Tengo presente tus advertencias, Jorge. ¿Acaso no sufres de algo? Maldita sea, fumas como chino en quiebra y ni una miserable tosecita. Me sacas pica con que subes a más de cinco mil metros de altura y ni taquicardia te da. ¿Por qué estoy haciendo hígado? ¿Qué culpa tiene Serrney que yo no pueda escribir? No quiero hacerlo pero voy a tener que llamarlo. Ojalá lo encuentre y no esté fuera de Lima o contándole una de sus historias extravagantes a alguna mujer para llevarla a la cama. Necesito conversar con él para que solucione el laberinto en el que estoy metido. No quiero reconocerlo pero es más práctico que yo en este tipo de encrucijadas. Siempre me ha dicho que escribe por pura diversión, una especie de terapia mental. Jamás publicará nada, todo es para consumo interno y que está esperando a alguien especial que lo lea. Ojalá, blue eyes, encuentres a la persona que te soporte, sea caritativa contigo y te ame a pesar de las pavadas que escribes. No es un profesional de las letras, pero el maldito se las sabe todas. Ya lo estoy escuchando:
─Mira, Mosquerita, la cosa es bien fácil: bebe un par de rones bien cargados, espera unos minutos a que hagan efecto y vas a ver cómo regresas a este planeta. Te faltará faltar papel para escribir. Hazme caso, yo sé lo que te digo…
Te odio Serrney y te necesito. Nunca te lo he dicho, y me jode aceptarlo, pero creo que te amo. Ojalá tuviera tu conchudez y esos lindos ojos azules. Nunca saldré del closet porque mataría a mi madre. Me atragantaré con este sentimiento antes de confesarlo. Ahora voy a llamarte por teléfono, contesta, te lo ruego…

Oswaldo Castro

Oswaldo Castro

Hola, soy OSWALDO CASTRO ALFARO, nací en Piura, Perú, a fines de 1955, soy un clásico baby boomer, y vivo en Barranco, el barrio bohemio de Lima. En la década del 70 del siglo pasado escribí poemas y mini relatos hasta que me gradué como médico. Trabajé como tal durante 35 años y solo publiqué artículos científicos. Hace 6 años se desprendió mi retina izquierda y perdí la visión de ese ojo. Al año siguiente el ojo derecho intentó lo mismo y o han operado ocho veces y mi agudeza visual es del 20 %. La batalla está lejos de terminar Tengo problemas para leer y escribir y me ayudo con la PC. El destino me puso una zancadilla y ahora escribo por placer para mantenerme vivo y feliz. En los dos últimos años he publicado más de 200 cuentos, mini, micro relatos y poemas en más de 30 revistas, plataformas y portales virtuales. Me han antologado en físico y honrado con premios literarios. Soy un escritor otoñal, casi ciego, periférico, medio subterráneo y que disfruta la literatura distópica.
Oswaldo Castro

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