HASTA MAÑANA

HASTA MAÑANA

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El cuerpo se contrae en un espasmo al destruir el diván en el que está atado cuando es atravesado por la descarga eléctrica.
— Basta, quita la corriente. ¿Qué paso?
— Las funciones vitales se están normalizando. El corazón nunca dejó de latir. ¡Es increíble!
— Bueno, intenta aumentar la tensión.
— Cinco mil voltios?
— Cinco mil …. —La descarga es tan fuerte que las llamas se elevan desde los electrodos en contacto con la piel. En pocos segundos, la habitación se llena de un olor acre a carne quemada.
— Es a todo o nada …
— Hecho.
— Y los signos vitales? ¿están normales?
— Shefa, si estos datos pueden considerarse normales para ti, entonces diremos que sí …
Hago una sonrisa tensa. Intentamos matar a nuestro paciente ocho veces en los últimos dos días: destripado, quemado, envenenado. Hemos caído en cuenta que no es fácil derribar a un zombi.
— Guarda los resultados en un USB, a las ocho tengo una cita con los jefes para discutir el progreso.
— ¿Tenemos alguno? —Intento sonreír para variar. Es el decimocuarto zombi que trajeron a nuestros laboratorios porque le dimos algunas respuestas sobre lo que está sucediendo, pero por ahora gran avance no tenemos.
— ¿Sugerencias para la sesión de mañana? —Le pregunto a mi asistente.
— Podemos tratar de joderlo con gas. Al menos recopilaremos algunos datos sobre sus capacidades respiratorias.
— De acuerdo, digo, veamos cómo reacciona a los gases asfixiantes. Tengo que irme.
— Shefa …
— Sí …
— Sé lo que va a pasar aquí …
— ¿Sabes?
— Sí. Son los últimos días, Shefa. Son los signos de los que la Torah nos ha advertido por milenios. Los demás vendrán mañana … lo sabes.
Los últimos días. Nunca he sido muy religioso, pero si Yadid tiene razón, todos los muertos vendrán a Palestina para el juicio final. Intento deshacerme de la imagen en mi cabeza y trato de encontrar algo tranquilizador que decirle, pero no puedo.
— Hasta Mañana, Yadid …
— Nos vemos mañana, Shefa …

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INICIO DE VACACIONES

INICIO DE VACACIONES

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Por alguna extraña razón, siempre pensé que no existían, que eran el producto de una mente enferma. A lo sumo una leyenda.
Y en su lugar …

29 de enero, 13:30, el complejo médico estaba vacía, o al menos en apariencia era lo que se percibía. Afuera, cerca de 32 grados de temperatura.
La ausencia del personal hará que termine antes de hacer la limpieza, sin esos médicos dando vueltas por todos lados, manchado los pisos con todos esos fluidos que arrastraban sobre si. Habían preferido el mar al trabajo, suerte por ellos.
Silbé y di el trapo al suelo, como siempre, avanzando por el corredor brillante como un lago calmo.
Al final del camino vi esa puerta oscura de metal, la que siempre estaba cerrada. Nunca había limpiado esa habitación, pero alguien la había dejado abierta esta vez.
“Que gran mierda!”
Limpiar una habitación extra ciertamente no me hacia mucha gracia, pero no debo de negar que la curiosidad era muchísimo mas fuerte.
Crucé el umbral, di unos pasos hacia adelante y no tarde en darme cuenta de que todo había sido un gran error.
El dulce aroma de la putrefacción se deslizó por mi nariz.
Más allá de esas jaulas, se arrastraban “hombres” que ya ni siquiera tenían aspecto humano. Habrán sido 10, quizás más, difícil de detallar, apilados como despojos y arrastrándose como serpientes.
Me imagino petrificado, inexpresivo, aparentemente inocuo, aunque muy asqueado por esos pedazos de cadáveres que estaban devorando otros cadáveres.
Estoy aquí ahora.
No todos los médicos se fueron de vacaciones. Al parecer (de manera inteligente), alguien tuvo que pensar en los conejillos de indias. Los monstruos cuidados como gatitos, tenían que ser alimentados.
Fue genial dejar la puerta abierta y caí como un tonto.
Observo al pequeño doctor de guardia mientras preparaba sus cosas para ir a la playa, de vacaciones.
Estoy más allá de los barrotes.
Estoy del lado equivocado.
Estoy muerto, o eso creo al menos, mientras diez bocas se alimentan de mí y yo de ellas.

Ahora entiendo por qué fue fácil encontrar este trabajo.
A lo lejos, el doctor silbaba lo que muy posiblemente, sería la canción de moda de ese verano.

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LA LUZ DEL FARO

LA LUZ DEL FARO

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Lo que había sucedido era quizás desconocido incluso para Dios.
El hombre estaba sudoroso, sus ropas desgastadas se aferraban a su piel: una mezcla de sangre y sudor. En la mano izquierda, un rifle.
Estaba subiendo las escaleras del faro.
Se esforzaba.
La ciudad se había ido al más allá. La gente, al menos aquellos que sobrevivieron en condiciones decentes, se habían convertido inevitablemente en monstruos.
Ahora, lo que mucha gente llamaba zombis, pero a la que yo prefería llamar muertos vivientes, estaban haciendo pedazos a todos… los destrozaban.
Si quería mantenerse con vida, tenía que controlar la luz del faro y activarlo, con la esperanza de que la nave militar anclada unos días de descanso, al verla, pudiera salvarlo.
Fue entonces cuando una mano le agarró el tobillo. Su corazón saltó en su pecho.
Debajo de él, un hombre muerto sin expresión lo miró con ojos apagados pero sedientos de sangre.
Ningún sonido salió de la boca. Se dio cuenta de que su garganta estaba completamente abierta, probablemente por la mordida de otro como él.
Su otra mano lo tomo con fuerza de la pantorrilla.
El hombre recuperó su coraje y apuntó su arma directamente a su cara.
Disparó
El monstruo fue literalmente barrido, su cabeza destrozada. El sonido, en el silencio del faro, hizo eco de pared a pared.

Llegó al cuadro eléctrico. Con manos temblorosas, activó la palanca que permitía que la luz se encendiera. Un zumbido vibró en el aire y la luz se encendió. Quizás el final estaba cerca.
Cinco horas después, la nave militar se dirigió hacia el faro. El hombre sonrió, convencido de que esta locura finalmente podría tener un final.
No podía saber que todo había empezado desde esa nave. De un experimento que terminó mal.
Y no podía saber que el barco estaba lleno de muertos hambrientos.
Al parecer esto también era desconocido incluso para Dios.

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EXTINZIÓN

EXTINZIÓN

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La investigación de los científicos había resultado infructuosa y había dado solo satisfacciones irrisorias en cantidades sustanciales.

Las últimas reservas de ganado estaban escondidas en los meandros de la selva amazónica, pero habría sido una misión suicida tratar de recuperarlas.

El saqueo estuvo a la orden del día. Tiendas, hospitales y supermercados fueron saqueados por multitudes hambrientas e hidrófobas.

La ONU decidió convocar una reunión extraordinaria para redactar un programa de rescate.

Después de un comienzo prometedor, los participantes, inadecuados y no muy diplomáticos, fueron superados por el miedo y comenzaron a insultar y lanzar a sus contrapartes todo lo que tenían a la mano: bolígrafos, encendedores, etc.

— Orden —el Presidente del Comité ladró con sus ojos saltando — Parece que esta no es la manera de comportarse. Estamos hablando de la salvación de nuestra especie —
— No hay nada más que hacer —murmuró alguien, aunque parecía mas un gemido — debemos darnos un tiro en la cabeza —

No perdió el tiempo en otra ronda de debates, sacó una pistola de la cintura de los pantalones, apuntó el cañón en el medio de su frente y … ¡Bang!

Durante unos segundos reinó el silencio, los ojos muy abiertos y las lenguas colgando.

El presidente saltó hacia la puerta del pasillo, abriéndola de par en par.

— A la mierda todo —gritó al ver a los primeros corriendo hacia el cadáver. Caminó cojeando hacia su oficina. Se sentó en su escritorio y maldijo el día en que se infectó. Había hecho todo, pero no pudo evitarlo, los muertos vivientes se extinguirían: eran demasiado estúpidos y demasiado lentos.

Se quitó el guante de la mano derecha y se miró con dolor el pulgar, el único que quedaba. Se relamió los labios.

Lo mordió y lo destrozó, calmando parcialmente sus calambres estomacales.

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Muy Temprano

Muy Temprano

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Esta mañana salí muy temprano para caminar por las calles de la ciudad. En la calle había silencio, aire fresco, una luz muy clara. Me sentí alegre. El primer hombre con el que me topé caminaba lentamente, una tira de piel colgando de su mejilla. Pasó a mi lado sin verme.

Reanudé el viaje.

El segundo hombre que vi se tambaleó, arrastrando un cuerpo maltratado y destruido. La tercera era una mujer, medio desnuda con los ojos hundidos. El color verdoso de la putrefacción teñía su rostro inexpresivo.

Un torbellino de periódicos envolvió un automóvil abandonado.

Los entoldados de las tiendas colgaban desgarradas.

Todo a mi alrededor estaba muerto, la vida se había mudado muy lejos.

Intenté huir, pero descubrí con terror que no podía. Mis piernas parecían hundirse en el barro. Como en un sueño cuando tienes miedo. “Un sueño”, pensé “ciertamente es un sueño”.

Caminé por horas ahora. No he conocido a nadie más vivo excepto yo. Me encontré con cientos de estos engendros en la plaza. Caracoleaban en las cercanías, vagan sin ir a ninguna parte.

Al principio los escudriñé desde las esquinas más oscuras, porque estaba seguro de que me hubieran atacado si me hubieran notado. Pero ellos nada.

Es todo tan extraño. Fuera de este mundo.

No puedo pensar, recordar.

No puedo despertar ni correr a pesar de que el sueño ya no da miedo.

Me estoy acostumbrando a ellos. Los ignoro, ya que me ignoran y se ignoran el uno al otro.

Por casualidad veo mi reflejo en una de las pocas ventanas intactas … el horror disipa la ilusión de que todo es un sueño.

Ahora entiendo por qué me ignoran y porque no había notado nada esta mañana.

No fue el miedo lo que me impidió correr.

Simplemente, ninguno de nosotros puede hacerlo.

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Lima Z

Lima Z

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Estaban entre la gente. Estaban en las esquinas, en el metro, en las estaciones del tren. Eran como anfibios manchados de barro, con las cabezas afeitadas y esos ojos amarillos enfermos que miraban el flujo de la vida a lo largo de las aceras. La gente fingió ignorarlos, caminando con la cabeza gacha, evitando los callejones más aislados, intentando llegar a casa lo antes posible. Había miedo, cuerdas llenas de tensión corrían por las calles de Lima.

Elena intentó arrastrarse al barro, con su camisa de lona rasgada y la sangre que corría por sus piernas. Estaba jadeando, gritando, como tratando de salir de su cuerpo.

Estaban alrededor. Los veía entre las árboles negros, ocultos por la fina lluvia que caía entre sus ramas. Su necesidad de huir la conducía hacia la antigua iglesia de San Camilo, perdida en las callejuelas de los Barrios Altos del Cercado, ahora reducida a un esqueleto de madera carbonizada. Cuando Elena llegó al lugar y se vio frente al templo, supo que todo había terminado. Marko la estaba esperando con un machete en la mano. Él la tomó por el cuello y empujó la hoja en su vientre, rasgándola como un cerdo, dejando que la sangre y las entrañas se derramaran sobre el barro. En medio de ese limo todavía cálido, algo vivo se movió y comenzó a gritar.

Los limeños estaban seguros y cálidos en sus hogares, no había nadie que se atreviera a aventurarse en ese domingo lluvioso. Alrededor de las dos de la tarde, el silencio irreal de la ciudad fue roto por un lamento, como la cuerda atormentada de un violín. Los zombis empezaron a salir de sus escondites y alguien comenzó a gritar. Otros lanzaron piedras a los vehículos blindados de la policía. A las tres en punto, a medida que más y más zombis intentaban marchar hacia la Plaza Mayor, la policía abrió fuego, dispersándolos en un baño de sangre.

Pero el domingo sangriento fue solo el comienzo. La violencia estalló la semana siguiente, mientras los rumores descontrolados hablaban de miles de zombis que marchaban desde la Amazonía y la Sierra.

El presidente Vizcarra, ahora en una situación difícil, había decidido armar a los grupos paramilitares de la extrema derecha que, inmediatamente, comenzaron las redadas mientras la fuerza aérea estaba en alerta previa.

  • ¡A la mierda con la ONU! ¡Esta es una puta guerra y este es el punto de no retorno! Borraremos a los zombis del Perú para siempre -dijo hablando en la radio desde ese búnker ahora vacío. Sus leales ya se habían suicidado, mantuvo el arma apuntando bajo su barbilla y observó la Plaza Mayor en celebración. “Cristo regresó para salvarnos de la muerte al recitar las señales” gritaba, mientras que los soldados y los oficiales se arrodillaron frente a la caricatura de un hombre con las manos cubiertas de estigmas, dejándose morder para obtener la vida eterna. Sus ojos miraron fijamente al cielo surcado por misiles nucleares.

Una bala quebró la sonrisa en la boca del presidente Vizcarra…

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