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Por alguna extraña razón, siempre pensé que no existían, que eran el producto de una mente enferma. A lo sumo una leyenda.
Y en su lugar …

29 de enero, 13:30, el complejo médico estaba vacía, o al menos en apariencia era lo que se percibía. Afuera, cerca de 32 grados de temperatura.
La ausencia del personal hará que termine antes de hacer la limpieza, sin esos médicos dando vueltas por todos lados, manchado los pisos con todos esos fluidos que arrastraban sobre si. Habían preferido el mar al trabajo, suerte por ellos.
Silbé y di el trapo al suelo, como siempre, avanzando por el corredor brillante como un lago calmo.
Al final del camino vi esa puerta oscura de metal, la que siempre estaba cerrada. Nunca había limpiado esa habitación, pero alguien la había dejado abierta esta vez.
“Que gran mierda!”
Limpiar una habitación extra ciertamente no me hacia mucha gracia, pero no debo de negar que la curiosidad era muchísimo mas fuerte.
Crucé el umbral, di unos pasos hacia adelante y no tarde en darme cuenta de que todo había sido un gran error.
El dulce aroma de la putrefacción se deslizó por mi nariz.
Más allá de esas jaulas, se arrastraban “hombres” que ya ni siquiera tenían aspecto humano. Habrán sido 10, quizás más, difícil de detallar, apilados como despojos y arrastrándose como serpientes.
Me imagino petrificado, inexpresivo, aparentemente inocuo, aunque muy asqueado por esos pedazos de cadáveres que estaban devorando otros cadáveres.
Estoy aquí ahora.
No todos los médicos se fueron de vacaciones. Al parecer (de manera inteligente), alguien tuvo que pensar en los conejillos de indias. Los monstruos cuidados como gatitos, tenían que ser alimentados.
Fue genial dejar la puerta abierta y caí como un tonto.
Observo al pequeño doctor de guardia mientras preparaba sus cosas para ir a la playa, de vacaciones.
Estoy más allá de los barrotes.
Estoy del lado equivocado.
Estoy muerto, o eso creo al menos, mientras diez bocas se alimentan de mí y yo de ellas.

Ahora entiendo por qué fue fácil encontrar este trabajo.
A lo lejos, el doctor silbaba lo que muy posiblemente, sería la canción de moda de ese verano.

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Hugo Luque (Lima, Perú, 1975), me forme como Arquitecto en la Universidad Nacional de Ingeniería. Vivo de mi habilidad para crear espacios, pero aun así, necesito de escapes para no morir en el intento. Me considero un crafter, tengo una marca de accesorios macabros llamada Morbid Factory. Lo de escribir se dio desde hace muchos años, me imagino que es una extrapolación de todo lo que hago, y todo lo que no puedo demostrar con mis manos. Me gusta mucho la literatura de horror. Sin caer en un cliché, me gusta la temática Z. Dentro de otras corrientes literarias, me gusta el realismo fantástico, pero con una dosis muy alta de underground.
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