La tía Coca

La tía Coca

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Georgina, quien fue mejor conocida como tía Coca, fue hija de Matilde Ortega y Prudencio Carrasco y, hermana de María Encarnación, o la Encarnita como le decía Matilde.

Unos dicen que Matilde y Prudencio, a lo largo de su matrimonio, tuvieron 9 hijos, otros dicen que fueron más pero no dan un número y otros dicen que fueron 12, lo cierto es que solo dos lograron sobrevivir: María Encarnación y Georgina. El resto murió debido a enfermedades que para aquel tiempo no tenían cura o eran de difícil tratamiento.

Decir que yo conocí a la tía Coca sería faltar a la verdad. Es posible que ella si me conociera y, probablemente en más de una ocasión, me habrá tenido entre sus brazos, pero yo era muy pequeño y realmente no la recuerdo. Sin embargo, recabando datos por aquí y por allá, intentaré hacer un breve retrato de ella.

La tía Coca era muy sociable y risueña. Al igual que Matilde, su madre, le encantaba viajar. Se casó con Carlos Castelo, un hombre callado, muy sencillo y con poca instrucción formal. De ese matrimonio salieron seis retoños. Ahora sus viajes los hacía acompañada de sus hijos y sus sobrinos, que vendrían a ser mis tíos, si mis cálculos no fallan. La tía Coca, otra alma contagiada con el germen de la libertad de Matilde.

La tía Coca siempre había tenido una voz grave desde su juventud, lo que le daba un toque peculiar a su personalidad. Sin embargo, esa voz se fue volviendo cada vez más ronca hasta llegar a la afonía parcial o total por algunos días. Las pesquisas médicas dieron con la causa de esa ronquera: un cáncer alojado en la tráquea. El deterioro de su salud fue muy brusco.

Fue en aquella época que empecé a escuchar a Virginia, mi madre, hablar de la salud de la tía Coca con el resto de la familia. Lo que lograba comprender es que estaba muy enferma y hospitalizada en una clínica que quedaba muy cerca de la casa en la cual vivíamos. Fue la primera vez, que de manera consciente, oí la palabra cáncer y sentí a la muerte rondando alrededor nuestro.

En aquellos años de principios de los años 1970, yo apenas dominaba algunos rudimentos de la lectura y escritura y sabía, por los libros e historietas leídas, que había algo que se llamaba muerte, que cuando llegaba causaba mucho dolor y pena a los que quedaban vivos.

A la muerte yo ya la había visto antes. Durante unas vacaciones en Esmeraldas, ocurrió que el obispo de la ciudad falleció. La velación del difunto se hizo en la catedral que quedaba a pocas cuadras de la casa donde vivían mis tíos Jorge y Gloria. Largas filas de gente se formaron para darle el adiós al sacerdote. Yo le dije a mi madre que quería verlo. Está bien, hijo, dijo mi madre e hicimos la cola respectiva.

Mi mamá me tuvo que cargar en brazos para que yo pudiera ver el cadáver del obispo dentro del ataúd. Era la primera vez que veía un cadáver. Se veía muy pálido y parecía que estuviera dormido. Entonces, ¿esa era la muerte que todos temían? ¿Morirse, entonces, era quedarse inerme dentro de un ataúd, mientras la gente lloraba a tu alrededor; para después, de algunos días, enterrarte en un cementerio?

Ahora, veía, a través de mi madre y de mi familia, como la muerte danzaba alrededor de la tía Coca. Los médicos le daban poco tiempo de vida, dijo mi madre por el teléfono. Probablemente sean solo algunos días más, le aseguro a su interlocutor del otro lado de la línea.

Esa misma tarde, Virginia se vistió con ropa de calle e hizo lo mismo conmigo. Tomamos un bus y nos quedamos cerca del parque El Ejido, caminamos como si estuviéramos yendo hacia la Universidad Central y entramos a un edificio que resulto ser una clínica. Por el ascensor subimos hasta el piso 3 en donde mi madre preguntó por la tía Coca. La enfermera le indicó en cual habitación se encontraba pero le dijo que yo no podía pasar.

-La señora está en un estado muy grave. Es posible que el niño se pueda asustar-, mencionó una de las enfermeras.

Virginia entró a visitar a la tía Coca, y yo me quedé bajo el cuidado de las enfermeras. Mientras mi madre abría la puerta de la habitación, pude ver a la tía Coca acostada en una cama dándole la bienvenida.

Con el paso del tiempo, comprendí que, en ese día, Virginia fue a despedirse de su tía Coca, ya que la próxima vez que la vería sería dentro de un ataúd.

Ese día aprendí que, aunque sea difícil, aunque sea muy doloroso, siempre es bueno despedirse de aquellos que están a punto de bailar con la muerte.

La muerte danza sin pausa y sin prisa, también suele ser generosa, aunque casi nadie lo noté: Siempre te dejará que escojas la música de tu último baile, lo único que tienes que hacer es tener los ojos y el alma muy abiertos. En algunos casos puede volverse caprichosa y puede venir a buscarte sin aviso. Por eso es que, en previsión, yo siempre le canto:

“Te suplico qué me avises

si me vienes a buscar.

No es porque te tenga miedo,

solo me quiero arreglar”.

Porque como diría mi amiga Gloria, que en paz descanse: ¡El glamour ante todo… el glamour ante todo! Que, en mi caso, sería el glamour de adentro nomás. Ese que no se sabe en cuál parte del cuerpo reside. Ese que está ahí haciendo que brilles tú, haciendo que brillen los desconocidos y que hace que yo brille, así sea un poco al menos.

Golpe maestro

Golpe maestro

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GOLPE MAESTRO
Don’t judge each day by the
harvest you reap but by
the seeds that you plant.
Robert Louis Stevenson
I
Volví a abrir todos los cajones del placard para comprobar que no quedaba nada. Revisé los estantes, la mesa de luz, el cristalero, todo había quedado perfectamente vacío. En el living se amontonaban las cajas rotuladas: PARA TIRAR, PARA LAURA, —mi hermana me había pedido especialmente algunas cosas— PARA MI. Imaginé la cara de Ruth, mi mujer, cuando me viera aparecer con las cajas que me correspondían y no pude menos que sonreír. Dos semanas atrás, antes del infarto, mi viejo disponía de toda la casa a su antojo, y no había querido dejarla cuando mamá murió hace seis años. Decía que esta casa era su inspiración cuando se sentaba a escribir. Y era bastante bueno. Dos libros de cuentos editados, un par de premios y varias colaboraciones literarias en distintas publicaciones. Me reconforta pensar que, por lo menos, hasta el último momento, pudo cumplir el deseo de permanecer en su casa. Ahora me tocaba a mí la horrible tarea de vaciarla. Pero en esto… me encontré sólo. Nadie se ofreció a ayudarme. Por un lado, mejor, porque así tampoco vieron mis lágrimas al encontrarme con algunas cosas mías que el viejo tenía guardadas: dibujos que le hice cuando era un niño, las entradas de mi primer partido en el torneo de fútbol infantil jugando para Estrella de Maldonado, mi primer carné de socio de River Plate…

Había dejado para el final su escritorio. Por supuesto la notebook me la llevaría y los libros de la biblioteca también, aunque Ruth ponga el grito en el cielo. Otra vez sonreí. Comencé a vaciar los cajones del escritorio y allí en el último, debajo de todo, apareció una carpeta que tenía el título de GOLPE MAESTRO. Comencé a hojearla. Era un cuento y era su estilo. Pero yo, que había leído toda su obra, no lo conocía. ¿Sería su cuento póstumo? El papel parecía bastante ajado. En la última página, con el FIN, estaba la fecha 10/11/1990. ¡Tenía más de 25 años y sin embargo era inédito! Me apuré a terminar de embalar lo que quedaba. ¡No veía la hora de estar en mi casa y comenzar a leerlo!

Cuando llegué a nuestro departamento, después de pasar por la casa de Laura a dejarle todo lo que había separado para ella, subí todas las cajas y las apilé en el cuarto que uso como oficina. Al verme llegar con los bártulos, el disgusto de Ruth, tal como había imaginado, era evidente.
—¿Dónde vas a poner todo eso? —me dijo, señalando la pila con un mohín de desaprobación— ¡Acá no puede quedar! ¡Ocupa todo el paso!
—Tranquila —respondí con la voz más sosegada que conseguí— Mañana bajo todas las cajas a la baulera, y después, de a poco le iré encontrando lugar a cada cosa. Y las cosas que no tengan lugar, les daré salida.

Esto la tranquilizó un poco y pudimos tener la cena en paz. Como era sábado, lo niños pudieron quedarse levantados un poco más, viendo televisión. En cuanto pude, me escabullí para la oficina y busqué la carpeta. Preparé un un whisky con hielo y me acomodé en el sillón. Accioné el dispositivo que levanta las piernas y recuesta levemente el respaldo y me dispuse a descubrir el Golpe Maestro.

II

Golpe Maestro
Por Hormiga Negra

Esta historia es absolutamente cierta. Como dicen en las películas: “Los nombres de los personajes han sido cambiados para proteger la identidad de los mismos”. Como puede comprobarse, también mi nombre es un seudónimo, aunque debo reconocer que, dadas mis condiciones físicas, me sienta bastante bien. Los otros personajes del relato son: mi amigo del alma, al que llamaré Abel (por el tango Cafetín de Buenos Aires, ”el flaco Abel que se nos fue pero aún me guía”) y los hermanos, Pietro y Roco, como los Macana (¿se acuerdan de Los Autos Locos), dos atorrantes que nunca trabajaron y que conocíamos desde chicos, allá en el barrio de Barracas. Al momento de esta historia, se dedicaban al juego clandestino —quiniela (una lotería reducida a dos dígitos), apuestas en carreras de caballos, clandestinas también— y, cuando se daba la oportunidad, desplumar a algún gil en una mesa del póker. Al personaje “invitado” del relato lo llamaremos Chamaco, un mejicano relacionado con contrabandistas que, por recomendación de un funcionario policial —infaltable en las actividades mencionadas—, se había contactado con los Macana.

III

La introducción del cuento no me dejaba lugar a dudas sobre su autoría. Era muy de él “dialogar” con sus lectores en el relato. Como si estuviera contando la historia delante de un auditorio. Me intrigaba saber a dónde iría a parar todo esto.

IV

El flaco Abel trabajaba en el Banco de la Provincia, la sede central de Capital Federal, en la calle San Martín. Había entrado de cadete a los 20 años, y fue pasando por distintos puestos hasta que, por cumplidor y diligente, fue nombrado encargado en el sector de Cajas de Seguridad. Allí estuvo hasta su muerte, seis años atrás. Era un solitario. Nunca se había casado porque decía que las mujeres son encantadoras mientras no te tengan atrapado. Yo creo que nunca superó que la galleguita, la más linda del barrio, lo dejara plantado por un compañero de facultad, cuando apenas tenían 20 años. Desde entonces le escapaba a cualquier compromiso serio. Pasaron los años, nos fuimos del barrio. Me casé, nacieron mis hijos, pero seguimos siendo amigos. El flaco decía siempre que sólo el cigarrillo le era más fiel que yo. Lo que no decía es que yo no lo iba a matar, en cambio el cigarrillo…

De esa época sólo teníamos contacto con los hermanos Macana, porque una vez por mes, el segundo jueves, organizaban en su antro, dos piezas alquiladas en un conventillo de San Telmo, una partida de póker y casi siempre, nos contaba entre sus participantes. Nos causaba mucha gracia la contraseña que Pietro había implementado para abrir la puerta de la pieza los días que había juego: El visitante debía decir “Maverick”, como aquel legendario personaje de la serie norteamericana que interpretaba James Gardner, un excelente jugador de póker. Abel jugaba fuerte, total, decía, no tengo a quien dejarle la plata. Roco, lanzaba una risotada cavernosa y le respondía que entonces, ése era el mejor lugar donde dejarla. Yo, como responsable padre de familia, tenía ya dispuesto mensualmente lo que iba a perder en la mesa y no me pasaba de esa cifra. De más está decir que eran contadas la veces que ganábamos, pero lo tomábamos como una noche de “volver al pasado” y nos reíamos mucho. Creo que Los Macana eran condescendientes con nosotros y no nos “desplumaban” como a otros participantes. Por otro lado les servíamos de relleno.

La historia que voy a contar comenzó en una de esas partidas, hace unos 15 años atrás, en el mes de julio. Cuando llegamos esa noche estaba sentado a la mesa un tipo morocho de grandes bigotes, que nos fue presentado como Chamaco, un mejicano que estaba de paso por Buenos Aires. A la habitual botella de whisky que, junto con los habanos de Los Macana y los cigarrillos de Abel, le daban al lugar el clásico ambiente de garito, se había agregado una botella de tequila, aportada por el visitante. Esa noche los ganadores fuimos el Chamaco y yo. Entre el tequila y las buenas cartas, el mejicano estaba eufórico. Cuando finalmente se fue, despidiéndose con un “hasta el sábado”, Roco nos hizo una seña para que nos quedáramos un rato. Sirvió una ronda más de whisky, el tequila se había acabado, y nos contó:
—El Chamaco vino recomendado por el Principal Ramos, de la comisaría 28°. Necesitaba gente para un operativo rápido y limpito y el Principal lo mandó a hablar con nosotros. Él es el contacto entre un grupo de desarmaderos de autos de Florencio Varela y una banda que recibe autos robados en el Paraguay “cargados” con precursores químicos.
—¿Y nosotros que tenemos que ver con todo esto? —dije un poco alarmado— ¡yo me voy! —e hice ademán de pararme.
—¡Pará, pará! —me dijo el flaco Abel, sujetándome de un brazo y haciéndome sentar otra vez —dejalo que termine.
—El tipo se peleó con uno de los capos de Varela que no le quiere reconocer su porcentaje en el negocio. Y este fin de semana el Chamaco deberá entrar por el Tigre, desde Uruguay trayendo un pago importante. Pero, claro…¡Nunca se está libre que los intercepte Prefectura! — y mirándome a mí continuó — Y vos, Hormiga, con esos bigotes tupidos, y lo morocho que sos, harías un prefecto perfecto, disculpando el juego de palabras. Sólo tenemos que conseguir los uniformes, cosa sencilla.
—¡Vos estás loco! ¡Nos van a matar a todos! —le dije, mirando al flaco Abel, buscando su aprobación.
—¡Pará, pará! —dijo otra vez Abel. Y dirigiéndose a Roco— ¿Cuánto hay?
—Para ustedes…un cuarto de verdes
—¿Doscientos cincuenta mil dólares? —los ojos de Abel se iluminaron como faroles— A ver, contame cómo sería todo el operativo.
Tomó la palabra Pietro:
—El Chamaco viene de Colonia en una embarcación pequeña con los tipos que traen la plata. Lo dejan en la casa de la isla que le conseguimos. El desembarco está previsto para después de las 22 horas, más o menos. Una vez que los paraguayos se hayan ido, el Chamaco va a esconder la plata en la arboleda que rodea la casa y preparará valijas llenas de papeles que es lo que subirá al bote que lo vendrá a buscar de parte de los desarmaderos como a las 2 de la madrugada del domingo. Esa es la embarcación que vamos a interceptar con nuestra lancha, como si fuéramos de prefectura, y esas serán las valijas que vamos a “confiscar”. En la oscuridad, con el reflector, la luz azul giratoria y la sirena que tenemos, no se va a notar.
—¿Ustedes tienen una lancha? —pregunté incrédulo, y sin esperar la obvia respuesta agregué— ¿Y si los tipos se resisten? Deben tener armas…

Los Macana se miraron y sonrieron. Evidentemente su forma de ver las cosas estaba en una frecuencia diferente a la mía.
—Los vamos a convencer que lo mejor será que se tiren al agua y escapen en la oscuridad. El Chamaco va a dar el ejemplo.
—No me convencen, no cuenten conmigo — dije y busqué mi saco para irme.
—Pensalo — dijo Roco y dio por finalizada la reunión.

Salimos, la noche estaba muy fría, caminamos en silencio por las solitarias calles de San Telmo hasta la 9 de Julio. Cuando llegamos a la parada del colectivo, Abel me dijo:
—No me parece tan malo. Al fin y al cabo le estamos robando a un ladrón, no? Y…un poco de riesgo hay, pero cuando en nuestra vida nos vamos a encontrar con tanta plata? Como dijo Roco…pensalo.

Cuando vino mi colectivo nos despedimos con un abrazo. Esa noche y la del viernes, me costó mucho dormirme. El sábado me desperté temprano con una determinación. Iba a sentir un poco de la adrenalina que generan mis personajes de cuentos. Llamé a Abel y le conté. Se puso feliz. Me dijo que Roco lo había citado a las 10 de la noche en la estación de Tigre.

V

No podía creer lo que estaba leyendo. ¿Sería ficción aparentando realidad o mi viejo había participado en algo así? El flaco Abel ¿sería su amigo Roberto que murió cuando yo tenía unos 20 años? En casa ya todos dormían pero yo no podía parar de leer.

VI

A las nueve de la noche nos encontramos en Retiro y tomamos el tren a Tigre. Ambos estábamos nerviosos pero con una excitación inusual. Cuando llegamos los Macana ya nos estaban esperando. Nos fuimos a cenar a un bodegón cerca del muelle donde salen las lanchas que van a las islas. Roco pidió una botella de vino reserva y cuando el mozo se alejó después de servir las copas, comenzó a repasar los movimientos. Había conseguido los uniformes. Eran antiguos pero de noche no se notarían. Tenía todo calculado al milímetro y su seguridad me dio un poco de tranquilidad. Cuando terminamos de cenar, eran cerca de las 12 de la noche. Hora de ponernos en marcha. Pietro pagó y nos fuimos para el muelle.

Todo el procedimiento estaba tan perfectamente sincronizado que repentinamente vino a mi mente la Ley de Murphy: “Si algo puede salir mal, saldrá mal”. Sonreí pero no dije una palabra. Sin embargo mi pensamiento fue premonitorio. Cuando llegamos a la lancha, que ya estaba “disfrazada” con reflector y luz azul, y Pietro quiso ponerla en marcha…el motor no respondió. Tosió varias veces y por fin quedó mudo. Nos miramos sin saber que hacer. Era evidente que no había un plan B. Roco buscó herramientas y empezó a desarmar el motor. El flaco Abel y yo nos sentamos en el muelle y esperamos. A las tres de la madrugada, sin poder solucionar el desperfecto, Pietro nos dijo:
—Bueno muchachos, procedimiento abortado.

Los Macana se quedaron en Tigre. Abel y yo volvimos a casa sin cambiar una palabra. El tren ya no funcionaba así que fuimos a la parada del colectivo 60. Lo tomamos vacío y nos dormimos en la vuelta. Cuando llegamos a la parada donde tenía que bajarme, me despedí con un ¡chau! Ya en casa dormí hasta el mediodía del domingo.

Dos semanas después ya casi no pensaba en la aventura de ese sábado y si lo hacía era para agradecer que hubiera terminado así. ¿Qué mecanismo de mi mente me había llevado a acometer semejante locura? Una mañana me encontraba en mi escritorio tratando de resolver la forma en que el personaje del cuento que estaba escribiendo, una chica abusada en su infancia, se tomaría la venganza contra su abusador, cuando recibí el llamado del flaco Abel.
—¿Podes venir ahora al banco? ¡Es urgente!
—¿Ahora? Estoy trabajando. ¿Qué pasa?
—No te puedo contar por teléfono. Pero es importante.
—Bueno, está bien. Ahora voy—

El subte iba llenísimo a esa hora. Cuando llegué el flaco Abel me hizo pasar a su oficina, me señaló con un gesto la silla frente a su escritorio, y una vez sentado, en voz muy baja, innecesaria porque no había nadie más, comenzó a hablar.
—Esta mañana, apenas abrió el banco, estuvieron los Macana.
—¿Los Macana? ¿Y qué querían?
—Vinieron a traernos nuestra parte.
—¿Qué? ¿Cuál parte? ¿De qué estás hablando?
—Tranquilo, esperá que te cuento. Esa noche durmieron en la lancha y a la mañana consiguieron un mecánico que la hizo arrancar. Fueron a la isla. Encontraron la casilla toda revuelta. Parece que alguien había vuelto buscando la plata. Fueron al bosquecito y se fijaron debajo del árbol caído, que parece que era el lugar convenido con el Chamaco, para esconder el dinero, y… ¡allí estaba todo!. Se lo llevaron y estuvieron esperando la llamada del Chamaco pero nunca llegó. Pietro, con la brutalidad que lo caracteriza, dijo que seguramente se lo habían “olvidado” dentro de un auto viejo antes de meterlo en la prensa. La cuestión, es que nos trajeron nuestra parte, la que nos habían prometido. Ellos guardarían la parte del Chamaco si volvía a buscarla. ¡Nos tocaron ciento veinticinco mil dólares a cada uno! ¡Y sin hacer nada! ¿No es un golpe maestro?

El flaco estaba exultante. Yo no salía de mi asombro. Me dijo que ya había abierto dos cajas de seguridad, una a nombre mío y otra para él. Por eso necesitaba que le firmara las tarjetas de registro de firmas y me daba los dos juegos de llave de la caja. Por supuesto me llevó a ver la caja y su contenido.
—Contalos si querés — me dijo — yo lo revisé todo.
—¡Salí! ¿Qué voy a contar? Si ya lo hiciste vos está todo bien.

Nos abrazamos, y me fui sin poder creer lo que había pasado. No obstante tenía las llaves en el bolsillo. Y esa era una realidad.

El domingo de la semana que nos tocaba la partida de pócker salí a comprar el diario —sólo compraba el diario los domingos, porque traía una gran cantidad de suplementos— y una noticia en la portada me llamó la atención: “Explosión e incendio en una casa de inquilinato en San Telmo. Dos víctimas fatales”. Lo primero que pensé tiene que ver con la utilización del lenguaje. ¿Porqué los periodistas usan “fatal” como sinónimo de “mortal”? La muerte es una fatalidad, pero no siempre los acontecimientos fatales, son mortales. Discurría en estas elucubraciones mientras buscaba la nota principal, cuando, al comenzar a leer los detalles, se me paró el corazón. El lugar era la casa de los Macana, y ellos eran las víctimas. Culpaban a una garrafa en mal estado que había explotado. Yo estaba seguro que no había sido un accidente. Cuando llegué a casa lo llamé al flaco Abel, que aún no se había enterado. Se quedó consternado y pensaba igual que yo. Nuestra duda, ahora, era saber si alguien más que el Chamaco sabía de nuestra conexión con ellos. Los meses siguientes fueron de mucha tensión. Nos hablábamos a diario, y compartíamos nuestras experiencias. Cuando salíamos caminábamos mirando atrás y a los costados permanentemente.

Pasaron los meses y no tuvimos ningún acontecimiento que nos trajera preocupación y, poco a poco, nos fuimos tranquilizando.

El flaco Abel hizo algunos viajes con su parte, pero en general gastó bastante poco. En mi caso, nunca toqué un billete de lo que había en la caja. Cuando el cáncer de pulmón le puso plazo a la vida del flaco, antes de retirarse del banco por invalidez, puso también su caja a mi nombre, ya que él no tenía a quien dejárselo y me recomendó que, en ambas cajas incluyera a mi hijo, que ya era mayor de edad, como cotitular, para que alguien más pudiera acceder a ellas si yo no podía.
—No hace falta que tu hijo venga —me dijo— Sólo decile que te firme estos formularios y me los traes al banco. Así le contás cuando quieras y no ahora.
Le llevé los formularios firmados y me dio las llaves de su caja. Poco tiempo después, se fue. Lloré en su sepelio por primera vez en muchos años. Ni mi mujer ni mis hijos se enteraron de esta historia, ni de los dólares de las cajas de seguridad. Ni siquiera que los recibos de titularidad y las llaves de las cajas están escondidos en el jarrón chino que tengo en el cristalero. ¿Me llevaré el secreto a la tumba?
FIN
10/11/1990

VII

¡El jarrón chino! ¡Había uno cuando embalé las cosas! ¿Se referiría a ese? Recordaba vagamente que el viejo me había hecho firmar una vez unos papeles de un banco que, según me explicó, necesitaba para abrir una caja de ahorro. ¿Qué hice con el jarrón? Espero que no haya ido a parar a las cajas “PARA TIRAR”. Si estaba en las de Laura o en las mías, tal vez… O quizás sólo eran juegos entre ficción y realidad de la mente de mi padre. No me aguanté y comencé a abrir las cajas que estaban apiladas a mi lado. En la tercera caja… estaba el jarrón. Mi corazón latía aceleradamente. Lo tomé, saqué los papeles en los que lo había embalado, metí la mano por la boca… ¡Y allí estaban las llaves!

VIII — Epílogo

Laura y Ruth, tendidas al sol sobre las reposeras, saborean los tragos que acaba de traer el mozo del bar de la playa. Los niños juegan con la arena al borde del mar. Hace una semana que disfrutamos de las instalaciones, all inclusive, de The Royal Playa del Carmen Hotel, al sur de Cancún. Al lado de la notebook, el hielo se derrite lentamente en mi vaso de whisky, mientras, desde algún lugar, quizás sonriendo, “Hormiga Negra” nos mira complacido mientras usufructuamos su Golpe Maestro.

Osvaldo Villalba
10/08/2015

Matilde Ortega

Matilde Ortega

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“Manos que dan, manos que reciben”

Matilde Ortega, así se llamaba mi bisabuela. Nunca supo su fecha de nacimiento, tampoco sabía leer y escribir.

La familia hacia cálculos de cuántos años tenía por las historias que contaba, en especial el linchamiento a los hermanos Alfaro en el año 1912 en la ciudad de Quito. Ella contaba como había visto pasar los cadáveres arrastrados por los caballos frente a su casa camino al parque El Ejido donde serían quemados. Ese era el punto de partida para estimar la edad de la bisabuela alrededor de más de 70 años en aquel año de 1973.

Matilde Ortega, ese era el nombre de soltera de mi bisabuela. Nunca la conocí usando el apellido de su esposo, que era lo usual de esa época, excepto cuando se trataba de documentos legales en donde era mandatario su uso. En el resto de su vida ella era Matilde Ortega.

Fue dueña de una pequeña ferretería ubicada en la calle Flores, ferretería que aún existe.

Las letras y la escritura eran chino mandarín para ella, pero se manejaba de maravillas con las cuentas de su negocio. Un negocio que, por cierto, era de hombres.

Matilde Ortega se casó con Prudencio Carrasco, en un matrimonio arreglado que era lo común para la época. Matilde apenas conocía a Prudencio y de repente se vio casada con él. Este hecho, y la gran diferencia de edad que había entre los dos, conspiraban contra cualquier intento por parte de Cupido de sembrar el amor entre ambos. ¿Alguna vez hubo algún tipo de afecto entre ellos? Solo ellos podrían darnos la respuesta.

Lo cierto es que Prudencio falleció y Matilde se quedó viuda. De aquel matrimonio le quedaron dos hijas: María Encarnación, también conocida como Maruja, Marujita o la Encarnita; y Georgina, o tía Coca como le decían en la familia.

Matilde era una mujer que le gustaba viajar, lo cual no era fácil por aquellos tiempos. Sin embrago, ella recogía sus bártulos y junto con Virginia; su primera nieta, que era como otra hija más; se iban a las ferias y fiestas de los pueblos. A Matilde le encantaba llenar sus pulmones de distintos aires, llenar sus ojos con diferentes montañas, nadar en ríos desconocidos y conocer gentes nuevas para ampliar su universo.

Fue así como Virginia aprendió el oficio de ser trotamundos o pata caliente, como ella misma decía. Fue así como aprendió a ser errante. Aun cuando estuviera a tu lado, su mente podía estar a kilómetros de distancia… Nómada en la arena, libre en la montaña, itinerante en el cielo. Enseñándonos la libertad. Mostrándonos la ruta al igual que Matilde hizo con ella. Errante, aunque el mundo se opusiera.

En tales viajes también iba Eloisa, una niña indígena, que Matilde adoptó. Lo de adopción es un decir, ya que por aquella época, era común que familias acomodadas recogieran a niños indígenas para educarlos y para que trabajaran en sus casas. El tiempo pasó y Eloisa se casó, momento en el cual se independizó de Matilde formando su hogar aparte. ¿El germen errabundo de Matilde habrá calado en el ser de Eloisa? Me imagino que sí, porque quién podría renegar de la libertad que da el ser un caminante.

Después de algunos años, Matilde se volvió a casar con Julio Proaño. En esta ocasión, Matilde y Julio fueron los únicos encargados de arreglar su matrimonio. De esa manera, Matilde al fin supo lo que era estar casada con un hombre que conocía de antes, que lo amaba, que le apasionaba y lo que era ser enteramente correspondida.

¿Yo? Era parte de algún agujero negro del universo cuando Prudencio falleció, y apenas conocí a Julio, quien a principios de los años 70 del siglo pasado, falleció de cáncer.

Matilde y Julio vivieron en una pequeña vivienda que quedaba encima de la ferretería de Matilde. Recuerdo que siempre me recibieron con la calidez de sus brazos abiertos cada vez que entraba en aquella vieja y oscura vivienda. Después del fallecimiento de Julio, Matilde se quedó sola.

La recuerdo haciendo el cafecito de las 6 de la tarde en su reverbero de gasolina. Mientras tomábamos el café, ella se ponía a contar las historias de sus viajes. Yo la oía hipnotizado y mi mente corría por esos campos, por esos lagos y por esas montañas. Ahí iba yo, errante por el universo.

Con ese mismo reverbero se quemó, de manera accidental, el rostro y sus manos. Los recuerdos me la muestran en el hospital. Su rostro y manos vendadas y aún así con buen humor. Decía que los médicos le estaban dejando la piel tan suave y lozana, como los pétalos de una rosa, con el tratamiento de recuperación que le hacían, y se reía pícaramente.

Humana, generosa y sabia, así fue Matilde Ortega. Su sabiduría fue forjada bajo condiciones duras, lo que le llevó a la humildad. Su presencia en nuestra vida se alargó hasta nosotros gracias a Virginia, quien siempre la tuvo presente, aún después de su muerte. “Mi abuelita decía”, ¿cuántas veces escuché esa frase de labios de Virginia? Incontables. Y cada vez que Virginia empezaba a hablar con esa frase, después venía una enseñanza, era como una ola de sabiduría que llegaba gentilmente a nuestra playa.

Matilde Ortega, querida viejita, líder de una estirpe de mujeres aguerridas y hermosas. Recuerdo a mi abuela Marujita haciendo la mezcla de cemento y poniendo ladrillos en su casa de la calle Francia. Mi madre y mis tías valientes, luchadoras frente a todos los retos que tuvieron en sus vidas. Cada una, a su manera, abriéndose camino, demoliendo muros y paredes en medio de un mundo machista.

Ahora veo a mis hermanas, primas, sobrinas y sobrinas-nietas que siguen ampliando horizontes. Cada quien a su paso, cada quien a su ritmo. Quizás cayendo en algunas veces, en otras avanzando. Pero siempre aprendiendo y enseñando.

Son ellas las que han tomado, custodiado y llevado, quizás aún sin saberlo, el testigo que dejó aquella hermosa y aguerrida mujer que se llamó Matilde Ortega, mujer caminante y demoledora de muros.

Con cada palabra.

Con cada palabra.

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Te amaré como un poeta
en el silencio del papel en blanco
seré un caricia en cada palabra
y una canción en cada verso.

Te amaré como un poeta
acariciando tu adentro sin tocar tu piel,
tomándote con los ojos cerrados
y respirandonos en la distancia.

Seré tan salvaje como tu deseo de mi,
seré tan tierno como la lágrima de un suspiro,
te mostraré cielos e infiernos
donde un instante sea toda una vida.

Amame con cada estrofa,
sé mi ave Fénix y renace cada noche
a la orilla de mi océano inmenso,
mientras lees mi botella de mar…

Me amaras más que a la piel,
me amaras más que a los latidos
de cualquier corazón,
me amaras sin más razón
qué navegar en la tinta de mi pluma.

Yo seré tu poeta maldito,
y tocaré el violín de tu ser
con los vientos de cualquier sentimiento,
en el cauce de tus sueños
qué resistira a los tiempos de tu conciencia.

Yo seré vagabundo un de tus estrellas
bajo cualquier árbol,
donde de mi pecho salga tu alma.
Quiero cobijarte bajo la luna
donde seas presa de mi emoción.

Quiero darte las alas de un ángel
qué queme el aire eterno
que apague los fuegos efímeros
que no tenga límites para esta pasión.

Te amaré como el poeta
qué amanece para anochecer
tu yo y mi yo
eternos sin más…

Fran Rubio Varela.©. Diciembre 2018.

Imagen sacada de la red

La despedida de Prudencio

La despedida de Prudencio

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Prudencio Carrasco, maestro hojalatero, tenía muchos días enfermo. Tan enfermo estaba que apenas podía mantenerse en pie y debía estar largo tiempo acostado en su cama. Matilde, su esposa, sabía que a su marido no le quedaba mucho tiempo de vida y extremaba sus cuidados para con el enfermo.

Esa noche Prudencio sentía que la vida se le estaba yendo. Durante el día se había sentido como una nube a la que el viento va alargando y, poco a poco, se va difuminando en el cielo. Ahora sentía que esa nube ya no lo era tal, sino que era solo cielo. ¿Cuánto le quedara de vida? ¿Horas, minutos, segundos? ¡Ah si él lo supiera!

Decidió ir repasando su vida. Al final llegó a su nieta Virginia. La recordó en aquella foto familiar -tenía poco tiempo que caminaba y correteaba de un lado a otro-, mientras el fotógrafo luchaba por sacar una toma que pudiera servir. Virginia ahora estaba casada. Prudencio se preguntó si lograría llegar a conocer algún bisnieto. No, él ya era una nube completamente difuminada en el cielo -así se sentía y sabía que no había marcha atrás-.

Con el recuerdo de Virginia en su mente, cerró los ojos. Algunos dicen que los moribundos ven una luz blanca que los atrae. Otros dicen que no ven nada en particular. Prudencio se encontró en medio de un bosque con un camino de tierra que se perdía en el horizonte. El camino lo llamaba, lo atraía hacia él. Mientras él avanzaba empezó a soplar un viento fuerte.

Virginia estaba planchando ropa en compañía de su hermana Alicia cuando sintió que un viento frío entraba en la casa en medio de la oscuridad de la noche; golpeando el vidrio de las ventanas y azotando las puertas de la casa; cerrándose algunas de un portazo y otras abriéndose estruendosamente.

Virginia, sin saber la razón, sintió que su abuelo Prudencio formaba parte de ese viento. Sintió que ese viento era la forma con que Prudencio se estaba despidiendo de ella antes de dar su último aliento.

Virginia no tenía mucho tiempo de casada con Hugo. Vivían en un pequeño apartamento independiente en la casa de sus padres: Jorge y Encarna.

La casa tenía cuatro terrazas o niveles. En el nivel superior con la salida a la calle, vivían sus padres. En un nivel inferior había otra vivienda, que fue donde, por un tiempo vivió mi tía Alicia con su esposo Jorge y sus hijos: Juan, Javier y Sylvia. Bajando unas escaleras de piedra se encontraba un patio con una gigantesca batea, también de piedra. Luego bajando por un camino empedrado se llegaba al último nivel de la casa, en donde, había un taller perteneciente a Prudencio, un patio de tierra y un apartamento; en donde vivían Virginia y Hugo. Al bordear el apartamento se llegaba a otro patio pequeño con un muro bajo que colindaba con un barranco. Al lado del apartamento había un pequeño terreno en donde se destacaba un ciprés que llegó a ser bastante alto.

En medio de la noche, Jorge abrió la puerta de su casa y empezó a bajar por las escaleras y el camino de piedra hacia el último nivel de la casa. Era el portador de la noticia del fallecimiento de Prudencio. La puerta del apartamento estaba abierta y entró llamando a su hija Virginia. La encontró en la sala de la casa, con la tabla de planchar en medio. Virginia, con lágrimas en los ojos, abrazaba a Alicia.

  • ¿Virginia ya sabes la noticia de que tu abuelo acaba de morir?

  • No tengo la seguridad, pero creo que él vino aquí a despedirse-, dijo Virginia.

Jorge, en medio de su sorpresa, avanzó y dándole un gran abrazo musitó:

  • ¡Hija, acaba de morirse hace pocos minutos atrás!

La historia tiene su toque espeluznante, pero Virginia la contaba con tanto amor, que ese dejo terrorífico desaparecía por completo, impregnando la historia con un toque de amor infinito.

A Virginia, siempre que contaba historias de su abuelo, se le iluminaba la mirada y el rostro mostrando un amor irreductible al paso del tiempo y de la muerte.

Fue ahí que comprendí que el amor es capaz de sobreponerse sobre el miedo y la muerte. Supe que el amor siempre brillará más que ninguna otra cosa en el universo.

A lo largo de mi vida he vivido varios encuentros; en algunos casos, similares a la despedida de Prudencio de Virginia, en otros, distintos pero no por eso menos particulares; que me han llevado a pensar que debe haber, llamémosle, un universo paralelo que nos acompaña pero que para la mayoría de nosotros es incomprensible e invisible.

Es así que, a raíz de esta historia, surgen varias preguntas que quedarán sin respuesta:

¿Será que Prudencio tuvo algún poder sobrenatural que nunca lo mostró sino solamente cuando estaba en su tránsito hacia el más allá?

¿El poder de la clarividencia que tenía mi tía Nila sería la herencia de Prudencio?

Y finalmente, ¿Nila realmente fue clarividente?

Quizás todo haya sido verdad, quizás todo haya sido un simple sueño o quizás solo sea una historia más inventada por alguien que juega a ser dios lanzando dados en un mundo paralelo.

Descenso a los infiernos

Descenso a los infiernos

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Bajé al infierno en la noche oscura. El cielo no era para mí, me estaba vedado desde aquel día en el que cometí el grave pecado de buscar una soga, de encontrar un gancho, escribir una carta.
Antes de aquello lo sabía, entendía que jamás alcanzaría la gloria ni la paz, y aún así lo hice.
Ahora no lo alcanzo a comprender, los misterios del alma humana comienzan a escaparse en este lugar, la piedad hacia mí mismo ha desaparecido. Ahora tan solo me fustigo, por aquello que hice.
No utilicé la soga, en el fondo soy muy cobarde, y me asustaba el padecimiento. Ni para eso servía. Un despojo me sentí. No tuve el valor de los cobardes en el último instante.
Salí una tarde nublada, el gris inundaba el horizonte, jugando con los sentimientos que afloraban a mi piel. Mi mundo era de ese color, siempre, y yo admiraba el paisaje. Tanto es así que me detuve para contemplar la negrura de unas nubes a punto de descargar su llanto por aquellos que, cómo yo, despreciaban la belleza de todo aquello que les rodeaba, de la misma vida atormentada, de las sonrisas inaplazables, de los llantos reparadores.
EL agua comenzó a caer sobre mí, mis hombros empapados escurrían ese clamor universal, el llanto sobre un alma perdida.
Lo entendí, y aún así lo hice.
Entré en el coche, apreté el acelerador, mientras el paisaje se borraba, desaparecía en la nada de mis ojos opacos en una carretera vacía, a la derecha un pequeño bosque bajo un terraplén, el pedal a fondo, nadie alrededor, nadie a quien hacer daño más que a mí mismo. Una decisión, las preguntas desaparecieron. Nunca hubo respuestas.
Ahora me encuentro en el hades, no es cómo lo imaginaba, tormentos y padecimientos, demonios rojos de cuernos y tridentes.
Estoy solo, con mi otro yo, al igual que en un espejo, sin cristal ni espejo. Yo contra mí mismo, en una lucha constante, sin compasión, sin oponer resistencia.
El conocimiento de mi alma, del corazón y sus vericuetos, de mi propia personalidad, es la peor tortura que pueda soportar.
Reniego de esa persona que soy, que fui, de mis propios actos qué creí altruistas, siendo el egoísmo el motor de los mismos. De la estimación sobre mí mismo, y las adulaciones que creía eran auténticas, y fui atesorando agrandando el ego hasta límites insospechados, del tiempo perdido jamás recuperado, del amor olvidado, de los “te quiero” gastados, de las sábanas sudadas de camas vacías, cuerpos perfectos de almas remendadas.
Ya no era nada, nada tenía, ni el conocimiento de mi persona que se evaporó en una nebulosa infinita.
Vagaré por los tiempos en ese desconocimiento, en la nada de mi ente, esperando volver a ser, para obtener la sabiduría infinita.
La que se veda a los hombres, y sale desde el propio interior del mismo, aunque todos lo desconozcan, y hayan de vivir cien, mil, o tres mil vidas para llegar al atisbo necesario de ese interior inexpugnable, y la búsqueda de la llave para abrir el primer eslabón de la cadena que lo contiene.
El inframundo está dentro y no me abandona, quizás los siglos se apiaden, ya que yo no puedo hacerlo.

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