Un verano a la porra en la ciudad de León

Un verano a la porra en la ciudad de León

Clica para calificar esta entrada!
[Total: 9 Promedio: 3.1]

Todo empezó un 15 de agosto de 2018 en la ciudad de León. Puedo considerar ese verano a la porra, por toda la parafernalia que me pasó con una amiga llamada Ángeles, donde mi tiempo de amistad había sido de muchos años desde 1996, nos conocimos en Londres, en una academia de la zona de Oxford Street, la Shane School.

Fue una sorpresa tan grande, que nunca se me pasó por la imaginación que fuera a vivir esta experiencia de la vida donde se respiraba una atmósfera tóxica desagradable de baja vibración proveniente de esta persona, la cual pude descubrir su verdadero yo, donde lo tenía muy oculto, ya que fingía tener otra personalidad dulce y agradable, relacionándose de forma ficticia, con todos sus contactos sociales.

Una de esas tardes de verano, en aquel momento estaba leyendo un tratado de filosofía casera para una generación obtusa. Un libro muy especial de Enrique Brossa.

De repente tocan al telefonillo, yo estaba sola en casa de mi amiga, porque ella había salido a caminar. Yo me levanté del sofá y me dirijo al telefonillo:

-Sí, dígame…..

Sale una voz  extraña masculina que no se entiende. Yo no abrí, porque no oí claro quien era.

Pero mi sorpresa que tocan a la puerta. Yo pregunté:

-¿ Quién es?

Habla una voz masculina con acento extranjero.

-Soy amigo marroquí de Angeles…

Pues abrí la puerta y lo dejé pasar. Iba con una niña pequeña sobre los tres años, era su hija.

Llamé a Angeles y le dije  que su amigo estaba en su casa. Mientras esperábamos a que llegara, conversábamos él y yo. Me preguntó de dónde era. Él me explicó que era de Marruecos, de un pueblo cerca de Tanger, que vivía cerca de la casa de Angeles.

Llegó mi amiga y muy amable saludó a su amigo, el seguía conversando conmigo, ella se centró en su hija todo el tiempo. Yo capté a través de mi intuición, como si le molestara que yo hablara con su amigo. Ella empezó a conversar con él, yo le puse atención a la TV , para que ellos hablaran. En esto él se levanta del sillón y dice que se marcha, ella le ofrece tomar un refresco, él dice un vaso de agua.

Se despidió de nosotras, él me preguntó: ¿ Cuánto tiempo vas a estar en León? En ese momento yo capté que a mi amiga no le gustó  que me preguntara mi estancia en León. Yo le contesté:

-Una semana por ahí.

Nos despedimos, yo le dije:

-SALA MA LE CUN  -una despedida en árabe o un saludo.

Cuando se marchó seguimos viendo la TV, mi amiga y yo en una atmósfera tranquila sin haber ningún cambio.

A eso de las doce de la noche, ella me dice:

-Me voy a dormir.

Yo seguí viendo la TV, porque no tenía sueño todavía. Cuando era la una de la madrugada aproximadamente, veo que se levanta y con una cara totalmente transformada como si fuera otra persona, le salió su yo oculto, tóxico a la luz, me dice con mucha rabia:

-En mi casa hay unas normas que hay que cumplirlas. Tú vienes aquí hacer lo que te da la gana, te echas en mi sofá, quitándome mi espacio. ¿Qué es lo que te crees tú?, no sales ni a caminar conmigo.

Yo estaba atónita, asombrada, no podía creer lo que estaba viendo. Era verdadero lo que yo veía  en esa mujer. Siempre tan cariñosa conmigo, preocupada por mi vida, que llevaba 23 años, llamándome para saber de mí, en todo este tiempo.

Yo me llevé una sorpresa tan grande cuando la ví tan cambiada y ese maltrato que tenía hacia mí.

Nos acostamos a dormir, yo del disgusto no podía dormir, tuve que ir a la cocina a tomarme una pastilla, para poder dormir.

Al día siguiente se levantó  enfadada con una mala uva, me dice pegando gritos:

 

-No he podido dormir en toda la noche, quiero tranquilidad, así que te buscas un hotel y te vas, yo estaba alucinada, pero estaba deseando irme del aquel ambiente tan tóxico. Perdí hasta dinero, porque habíamos planeado un excursión a Llanes  ( Asturias ), que ya habíamos comprado el tiket, perdí el dinero porque ella ya lo tenía claro, echarme de su casa, yo le dije: Dime algún hotel en León para llamar y reservar habitación. Me dijo: Imperial Sol, llamé enseguida y tuve la suerte de que pude reservar una habitación.

Fue  increíble lo de esta mujer. Analicé su comportamiento y llegué a la conclusión que tiene un trastorno de psicopatía, con una doble personalidad que llevaba fingiendo 23 años la  amistad cuando siempre me ha tenido mucha envidia. Era tanta la rabia que tenía hacia mí, que los regalitos que le llevé me los puso en la cama, con desprecio me dijo:

-Toma no quiero nada tuyo.

Yo empecé a preparar la maleta, metí todas mis cosas en ella, llamé al radio taxi, para que me llevara al hotel. Memos mal que tenían habitación, porque como era el mes de agosto podría estar complicado. Ella se acercó donde yo estaba y me dijo:

-No has cambiado sigues estando a tu bola, y si estas depresiva no deberías de haber venido. Yo le contesté:

-Tu estás muy mal contigo misma, y me has decepcionado.

Ella me contesta:

-Tú también.

Debe de ser que le molesta que las amistades sean independientes. Yo deprisa hago el equipaje para marcharme, de aquel ambiente tan podrido que desprendía esa trastornada.

Se marchó a la cocina y empezó a freir unos ajos, yo hasta le pedí permiso para desayunar:

-¿Puedo desayunar?

-Si, puedes.

Puso la radio alta, yo cuando terminé de desayunar me preparé enseguida para marcharme de aquella casa. Me dice:

-Date prisa que tengo que salir a devolver el ticket.

La muy sinvergüenza ni siquiera me dijo, que si yo quería devolver el ticket, anular la excursión, para que me devolvieran los 17 euros. Perdí dinero además  de tenerme que pagar un hotel en León que yo no contaba con eso.

Cuando llamé al taxi, ya bajé con las maletas y fui a coger el ascensor. Ella callada. Abro la puerta del ascensor y le digo muy cínicamente:

-Gracias por todo.

Me fui con un sentimiento de tristeza, rabia e impotencia. Que esta mujer me hubiera traicionado… Mi estado de ánimo estaba por los suelos, no me creía lo que me estaba pasando. Si es engaño el fingir 23 años de amistad conmigo. Vaya fraude. Fueron momentos muy desagradables los que viví esos días de agosto en la ciudad de León.

 

 

Photo by Lukáš Lalinský

¡Búsquenlos!

¡Búsquenlos!

Clica para calificar esta entrada!
[Total: 8 Promedio: 4.3]

¡Búsquenlos!

—¡Quiero esos cuentos encima de mi mesa antes del amanecer! Busquen por las calles, entren en clubs, en bares, en casas y… ¡tráiganmelos! ningún escritor de la ciudad debe quedarse sin participar en el concurso ‘Cuentos a la porra’.

Otra vez el Sargento con las típicas arengas, pensó el agente Gutiérrez mientras que buscaba en su bolsillo las llaves del coche ‘K’. Su compañero Santos le esperaba recostado sobre el capó. Todavía le duraba la sonrisa cínica con la que solía recibir cualquier orden.
A dos pasos del vehículo, Gutierrez pulsó el mando a distancia y, sobre el agudo «Bip, bip», Santos dijo:
—Vaya marrón que nos toca hoy… buscar cuentos. No será fácil. En este mundo digital casi nadie escribe más de dos renglones… ¿por dónde empezamos, compañero?
—Toma, conduce tú —respondió Gutierrez ladeando la boca casi sin abrirla a la vez que le tiraba las llaves del automóvil.

Nada más arrancar Santos el motor, su compañero bajó el volumen de la emisora central. La voz aguardentosa y cargada de nicotina de Gutierrez se impuso sin dificultad al chisporroteo que emitía la radio.
—¿Dispuesto para ser el policía del mes? ¿a traerle al jefe esas malditas historias con todo tipo de narradores y géneros?…
Santos se empezó a reír pero las carcajadas fueron escandalosas cuando Gutierrez acabó la frase:
—Y lo que parece mejor ¿dispuesto a encontrar uno policiaco? ¡Mis favoritos son aquellos en los que ladrones o asesinos salen impunes derrotando a la policía.

Una gran capa de caucho se adhirió al asfalto cuando Santos pisó a fondo el acelerador. El coche culeó nada mas abandonar la estrecha calle lateral de la comisaría, en pocos minutos estarían en el centro de la ciudad.
Como si estuviera en un circuito de carreras, Santos mantenía la aguja de las revoluciones cerca del límite mientras sorteaba coches y autobuses. No levantó el pie del pedal cuando traspasó varios semáforos que se ponían en rojo.
En solo cinco minutos llegaron al lugar donde esperaban encontrar a su mejor chivato.

Dejaron el automóvil sobre la acera ocupando parte del carril bus, a la misma puerta de salida del teatro principal, justo cuando los espectadores salían de la última función. El soplón que buscaban era conocido como ‘el chino’, aunque tal vez fuese vietnamita, japonés o filipino. Se dedicaba a la venta ambulante de tabaco y bebidas, aunque también distribuía pequeñas dosis de hachís y marihuana con las que, como pago a sus soplos, los polis hacían la vista gorda. Rastrero y servil con la pasma, su crueldad con quién le disputara el negocio corría de boca en boca entre el lumpen. Hiciera frío o calor, fuera de día o de noche, nunca se le veía descansar y siempre estaba en la calle alrededor de cines y teatros. Daba la impresión de ser una parte más del mobiliario urbano. Cualquier cosa que buscaras, aquel individuo sabía dónde encontrarla.

Poco necesitaron presionarle. Bastó con que Gutiérrez hiciese el amago de registrar el carrito donde guardaba la mercancía para que, juntando las manos como si iniciara una plegaria, cantara de pleno.

La casa donde tenían que ir estaba cerca, atravesando un par de calles sinuosas y poco iluminadas de la parte antigua. Se trataba de un edificio de cuatro plantas y con la fachada descascarillada. El portal era oscuro y olía a a orines. Además, se quejó Santos, no había ascensor y el escritor vivía en la buhardilla.

Les recibió un hombre calvo, vestido con un pantalón de pijama y una camiseta de tirantes. Según el soplo del ‘chino’: un humilde padre de familia con esposa y un niño pequeño.
Gutiérrez fue directo al grano tras haber sacado su placa:
—Sabemos que escribes cuentos y que los publicas en una página de internet de la que eres administrador. Necesitamos que nos des uno para el concurso ‘Cuentos a la porra’ pero, además, nos tienes que proporcionar las direcciones de todos tus compañeros. No te resistas, los policías tenemos muchas formas de ser convincentes.

Al fondo se oía el llanto de un niño cuando Santos adelantó una pierna al otro lado de la puerta. El hombre se interpuso por medio llevando su dedo índice hasta los labios para decir:
— ‘Chist’, se lo ruego… quédense aquí y les daré todo lo que piden.
Gutiérrez y Santos escucharon en ese instante una voz femenina y, poco a poco, el lloro cesó.
Enseguida, el hombre se dio la vuelta y en solo dos pasos entró en un cuarto cercano que estaba a oscuras. Pocos segundos después, un haz de luz desde el fondo de aquella habitación permitió verlo manipulando un teclado frente a la pantalla de un ordenador. No tardó en escucharse el arrítmico sonido de una impresora.
Cuando el hombre regresó a la puerta, entre sus manos traía varias hojas todavía calientes.
—Aquí lo tienen. Mi cuento y el listado de escritores con sus direcciones.

Ya en la calle, Santos y Gutiérrez volvieron a mirar la lista ¡Había más de cien nombres! De nuevo, el soplo del chino había sido una mina. Deberían darse prisa si querían visitarlos a todos.

En aquel listado se encontraban seres tan normales como un ama de casa, un médico, una cajera de supermercado, un pescadero, tres parados, un fraile, un estanquero, una modista y dos conductores de autobuses. Se trataba de un larguísimo etcétera de personas, alguna capaz de imaginar más muertos en un sólo relato que los que ellos verían en toda su vida policial. Hombres y mujeres que vivían otras vidas al escribir. Escritores que, a su vez, hacían vivir a sus lectores.

La última de la lista era una tarotista. No solo les entregó el relato sino que se tomaron un café bien cargado y les leyó las líneas de la mano. Según adivinó, los dos llegarían a comisarios.
—¿Crees que el sargento nos felicitará? Bajo el brazo tenemos más de un centenar de relatos —le dijo Santos a Gutierrez.
—No lo dudes, no ha quedado escritor en esta ciudad sin recibir la amable sugerencia de la policía —respondió el compañero entre carcajadas.

Santos y Gutiérrez llamaron con los nudillos a la puerta de su jefe. La abrieron lo justo para asomar la cabeza.
—¿Se puede? —preguntó Gutierrez.
En aquel momento, el sargento estaba leyendo el “Tratado de filosofía casera para una generación obtusa». Un libro muy especial de Enrique Brossa”.
—Adelante, estaba esperándolos.
—Señor, los tenemos todos, no ha quedado ni un escritor sin entregarnos su cuento —dijeron a la limón Santos primero y Gutiérrez después.
Pero algo parecía no ir bien porque al sargento le empezó a temblar los labios y a enrojecer las mejillas. Entonces, apoyando las manos en la mesa e incorporándose, gritó:
—No, están equivocados. Les falta uno. El mío.
Bajo la luz del flexo de la mesa estaban unas hojas escritas y un bolígrafo roído. Con los ojos como si fueran a salírsele, el sargento blandió las cuartillas diciendo:
—Yo, que fui guardia de la porra, no me quedaré sin concursar. El premio no se me escapará.

———

CONTRADICCIÓN

CONTRADICCIÓN

Clica para calificar esta entrada!
[Total: 7 Promedio: 4.1]

Llevaba un rato largo en un estado de ensoñación. Esas reuniones acostumbraban a ser soporíferas. Aunque se repetían cada año, no se acostumbraba. Sí que había desarrollado un sistema para poder abstraerse sin dejar de seguir el hilo de las conversaciones por si en algún momento tenía que intervenir.

El verano estaba  próximo así que en aquella ocasión le dio por pensar en la vacaciones y en evitar lo que casi siempre le acababa sucediendo por culpa del trabajo. No sería el primer verano que se iría a la porra si no le ponía remedio. El primer recurso para evitarlo siempre era pensar en un viaje. Estaba convencido de que era la única forma de aislarse por completo de sus absorbentes obligaciones. Al final el proyecto se frustraba y tenía que recurrir  a lo de siempre: una buena lectura. Con ella conseguía viajar sin gastarse mucho dinero. 

De repente una frase le sacó de su ensimismamiento y le devolvió a la tertulia de sobremesa. 

—¿Cómo puedes decir eso?
—Yo te lo argumento.
—No hay argumentación posible, es sencillamente un pensamiento clasista por no decir racista…
—Bueno es una forma de verlo, pero la realidad aquí es la que es, te guste o no. Naturalmente nadie habla de esto en público, pero es lo que piensa muchísima gente. 

Sin aumentar el tono de voz aquella discusión parecía ser interesante y despertó definitivamente el interés de Andreu. Dejó de pensar en aquel viaje que nunca haría para ver hacia dónde conducía todo aquello.

El que llevaba la voz cantante se llama Francisco Rodríguez Romero, Paco en su infancia y Dr. Rodríguez desde que se licenció en medicina. Como muchos otros era hijo de un inmigrante que con mucho esfuerzo consiguió que su vástago tuviera las oportunidades que a él no le pudieron dar para progresar dentro de la sociedad. Este no le defraudó y consiguió un buen trabajo, prestigio y cierto reconocimiento social. Se mezcló con la sociedad catalana, se casó y tuvo hijos que a su vez también se habían emparejado y ahora comenzaban a darle sus primeros nietos. 

Como el amor es caprichoso y gracias las diferentes carambolas de la vida, el apellido Rodríguez seguía manteniéndose con tozudez en la línea consanguínea, cosa que parecía  avergonzar al recién estrenado abuelo.

—Yo le digo a mi hija que se cambie el orden de sus apellidos, así mi nieta tendrá un primer apellido catalán y un segundo que, aunque castellano, es menos común que el mío y pasa más inadvertido. 
—¿Pero tú te estás escuchando? —le interpelaba el único que se atrevía rebatirlo. Los apellidos no hacen ni mejor ni peor a las personas. Desde mi punto de vista no deja de ser un complejo tuyo que quieres trasladar a tu hijo. 
—Aunque pueda parecer clasista, los apellidos son importantes si vives aquí.
—¿Te das cuenta de las connotaciones tan negativas y alarmantes que tiene tu pensamiento?
—Te voy a poner un ejemplo: imagínate a un médico que solo le queda tiempo para atender a una persona de las tres que tienes en la sala de espera. Una se llama, Arnau Vila Pujol, otro Manolo Fernández García y un tercero Mohamed Ourfí. ¿A Quién elegiría de esos tres? 

—¿Estás hablando en broma, no? No me puedo creer que hayas dicho esa barbaridad  y mucho menos que pienses así…
—Es una exageración, pero es la realidad. ¿A quién escogerías tú?

El resto de la mesa, que también eran médicos, escuchaba sin inmutarse. No se sabía si era porque ya conocían los desvaríos del Dr. Rodríguez y no se lo tenían en cuenta o porque en realidad había un amplio tejido de la sociedad que aceptaba como inevitable ese discurso. Andreu se mordía la lengua, en una mezcla de cobardía y prudencia. Sentía un dolor profundo que nacía en su estómago y un nudo en la garganta cada vez que escuchaba ese tipo de disparates. Se estremecía porque eran expelidos por mentes supuestamente bien formadas. En el fondo más que indignación sentía tristeza y remordimientos porque nunca reaccionaba.

El médico  respondón, después de darse cuenta de que su colega hablaba totalmente en serio, continuó:

—No has tenido en cuenta ciertos aspectos… El primero es que no has dicho en qué lugar tenía la consulta. Imáginate la misma situación en Madrid, Bilbao o Sevilla.
—Está claro que me refería a Cataluña…
—De acuerdo, entonces ¿das por hecho que todos los médicos de aquí piensan como tú?
—Ya he dicho que era una un exageración una especie de caricatura…
—¿Y la nacionalidad del galeno?
—¿Qué pasa con eso?
—¿Y si también se llama Mohammed?  
—Solo quería ilustrar una situación que se podría dar…
—¿Y cómo sabes que el médico estará toda su vida trabajando aquí?
—Vamos a dejarlo. No pretendía abrir un debate tan profundo.

A Andreu le venían ganas de levantarse y gritar: «ese es el problema, restar importancia a algo tan grave» y a continuación ponerse a hacer un alegato sobre las atrocidades que el ser humano ha hecho a lo largo de la historia con la excusa de proteger fronteras, territorios, diferencias étnicas, culturales o religiosas. Les recordaría los genocidios provocados por aquellos que se creían superiores y con derecho a dominar el mundo. Les haría enrojecer diciéndoles que solo  por haber nacido en un lugar rico y lleno de oportunidades no eran mejores que otras personas con la mala fortuna de haber llegado a la tierra como si fueran la escoria del primer mundo, con la única esperanza de sobrevivir al primer día. Pero no lo hizo. Se quedó mudo, como siempre. 

Con el mal sabor de boca que deja la cobardía, abandonó la reunión. Mientras caminaba rumbo a su morada siguió pensando en el debate que solo a él parecía haberle afectado tanto. Para los demás no pasó de ser una anécdota de sobremesa. Estaba tan absorto con ese asunto que no vio al vecino con el que se cruzó en el portal. 

Buscó el buzón para recoger el correo. Se paró frente a él pensativo. Leyó su nombre varias veces: Andreu Roures i Rubió. Volvió a notar el dolor sordo en el estómago. No lo abrió. Se dirigió a las escaleras y subió corriendo hasta la cuarta planta. 

No había nadie en casa. Se metió en la ducha y dejó que el agua cayera sobre su cabeza un buen rato con la esperanza de que el chorro arrastrara sus remordimientos. 

Relajado se tumbó en el sofá con la intención de sumergirse en un libro. En aquel momento, estaba leyendo el “Tratado de filosofía casera para una generación obtusa». Un libro muy especial de Enrique Brossa”. Se fijó en el marcapáginas que siempre utilizaba. Era poco común. En realidad lo usaba para no perder su identidad. Cuando se miraba en el espejo y no se reconocía, acudía a esa cartulina rectangular plastificada. Se trataba de un documento de identidad antiguo. Se observó en la foto. Era él, sin duda. Repaso con la punta de los dedos su nombre varias veces. Notó  su cuerpo empequeñecer. Leyó en voz alta su nombre como para no olvidarse de quién era: Andrés Robles Rubio.

Después del abril que me robaste

Después del abril que me robaste

Clica para calificar esta entrada!
[Total: 7 Promedio: 4.7]

A ti que estás para bien saber, y Yo para mal contar… deja que te cuente un cuento oscuro…
El futuro prometedor se asomaba pacífico y con grandes esperanzas.
Toda la nación hablaba con el pecho henchido de orgullo, de sus grandes logros. Del liderazgo en ciencias e investigación. De las benignas repercusiones presentes y futuras que tendrían en los campos de la salud, la educación, la tecnología… la seguridad social; de seguir por ese camino. El sueño del anhelado bienestar, que implicaba invertir en lo importante y sostenerlo hasta que trascendiera. Seguros del acierto que estaban fundando y lo que significaba. La historia hablaría satisfecha y eufórica de ellos, y esperaban que la admiración y el reconocimiento internacional se sintieran con sus consecuencias generosas y de alto impacto. Incluso rezaban callados y con fe más creciente que la heredada. Presumían que la investigación vanguardista, tenía un nicho pertrechado en el corazón de la Ciudad capital más europea de América. Y peleaban porque los sueños sudamericanos; tan relegados y tercermundistas, se erigieran orgullosos en la primavera que soñaban sin esquinas rotas, y que sus jardines sin senderos cercenados, se bifurcaran y se cubrieran de aires buenos. Y no fueran nunca más motivo de desviaciones, extravíos y absurdos.

Sus alcances avizoraban un horizonte tan promisorio para el desarrollo comunitario, y sus acervos pronosticaban que arribarían al sueño de desterrar el fantasma de la inestabilidad, y de los descamisados.
Pero una noche que anunciaba insomnio, y sin esperarlo; un inquieto desvelado que leía Tratado de filosofía casera para una generación obtusa. ( de Enrique Brossa).

Sin imaginar la distancia de su gratificante y cautivadora lectura, con la realidad que se avecinaba; desgarró el silencio. Y entre sobresaltos y desesperación gritó notoriamente espantado.
¡Levántense, levántense!, ¡Son los tiras!, ¡La policía está derribando la puerta! ¡Corran, corran! Ay, ay, ayees plurales y dolientes… En unos instantes calificados de eficaces en la estúpida (in)cultura militar… la confusión, la violencia, el absurdo… y el terror, se apersonaron implacables.

Los gritos ahogaron el silencio, que de inocuo se transformó en turbio, y se cernía oscuro y amenazante sobre La Manzana de la Luces…faro que brillaba anunciando un luminoso porvenir, más allá de las cornisas decimonónicas y las callejuelas románticas, envilecidas por el nefasto poder político.
Las porras atinaban a callar voces sorprendidas, someter endebles defensas, reprimir desoídas quejas, romper codiciadas cabezas, quebrar lamentables huesos, aplastar impensables cojones y doblegar sistemáticamente voluntades, por férreas que fueran.

Un bestiario domesticado en artes de represión, se abalanzaba contra una destacada comunidad de alarmados estudiosos y científicos, que ignoraban porqué la ciencia no explicaba sobre las tenebrosas verdades de los oscuros laberintos del poder y sus conjuras aterradoras. Y éste, temeroso de las mentes claras que se erigían como ultimátum inminente de la ignorancia; ceñía su garra de control que intimidaba y reprimía a los más adelantados; con golpizas, destierros, desapariciones forzadas y protegidas a la sombra del control de los órganos que les servían.

La luz siempre ha sido una amenaza para las oscuridades.

Otro verano que se iba a la porra, con un recuento despreciable de atropellos y represiones como signo vergonzoso que se resistía a caducar, haciendo transitar en reversa los adelantos forjados a fuerza de tesón, aptitudes y competencias.
Pero la memoria es testimonio perenne de los valientes que transitan sin la dejadez ni la indolencia, comprometidos con un futuro que, siembra quizás; más prometedores que el ocaso impuesto.
A ti, sí… A ti, y a ti, y a Vos, a Usted , a los otros, y aquellos, incluso a los Del lado de allá, a los Del lado de acá, a los sordos y a todos, que no están para bien saber; y Yo, que si estoy dispuesto para mal contar, disculpen mi perorata, y dejen que siga con este cuento oscuro…tan insondable y ruin, que apagó la Luz en la Manzana de las Luces… Ahí donde la verdad que se forjaba a ciencia y conciencia, se doblegó a fuerza y dominio de bastones largos, de porras y gatillos. Y con ello, esperanzas que refulgían se fueron opacando.
El conocimiento emigró, la cultura amedrantada optó por la discreción, los clandestinos se multiplicaron, el intelecto notable se fugó en autoexilio. El temor fundado era la sospecha, y el terror impuesto la más ominosa de las verdades.

El espanto creciente y la abominable amenaza empezó a galopar al descampado y con alarmas; en los barrios, las comunas, las escuelas, las universidades, en los confines más australes, a todo lo largo y ancho de una tierra generosa, sufrida y sabia. Que parió un pueblo claro, decidido, orgulloso, gigante, de corazones empecinados, con el orgullo tronante de herencia, admirable en la ciencia, las artes, la música, literatos siderales y el talento popular. Que con brillo de estrellas refulgentes, fueron reduciendo y amansando las aguas hasta sus cauces.
Y hoy los fuertes vientos de la sudestada, que pronostican inviernos feroces, son caricias solidarias que refrescan el carácter y el espíritu de todas sus luces en ciernes, promesas que otean horizontes menos efímeros y fugitivos.
Un viento intenso y frío, despeja las torpezas y nubosidades acumuladas. Y ayuda a descongestionar el ambiente y las conciencias que irradian como mareas, a lo largo de sus comunas y ciudades, como ríos y mares que refulgen en sus tierras largas y anchas.

Luces de plata atentas y dispuestas a dar la cara menos grave, por la dignidad; en la calle, en los trabajos, en la clandestinidad. Y para donde el huarache apunte, como brújula pueblerina y sabia, pintar la huella y su latido. Latidos resilientes que harán eco como campanas, para levantar un monumento al orgullo y a la sangre erguida, que se manifiesta insolente, decidida, multiplicada, bendita y a viva voz, generación tras generación, en la Plaza que sucede a los abriles robados.

PARTICIPA EN NUESTRO CONCURSO DE ESCRITURA

 

El paraíso de Natalia

El paraíso de Natalia

Clica para calificar esta entrada!
[Total: 10 Promedio: 4.8]

Estaba enfrascada en la lectura. Era su “deporte” favorito como le decía su amiga. En aquel momento estaba leyendo el “Tratado de filosofía casera para una generación obtusa” un libro muy especial de Enrique Brossa. Estaba tan absorta en tan sabias palabras, que no había notado su presencia hasta que le puso un margarita delante de ella. Su amiga viendo que ni se inmutaba mojó los dedos en su copa y le salpicó la cara. Se relamió la parte que había caído sobre sus labios y solo entonces pudo despegar los ojos de aquel interesante tratado.

—¿Qué haces? Estás loca.

Se la quedó mirando con ojos soñadores. Pensar que hacía apenas un tiempo ni siquiera sabía que había un cóctel llamado como las flores que tanto le gustaban. Rió ante su ocurrencia.

—Levántate que nos vamos.

—No, estoy a gusto aquí. Gracias por la bebida, me consientes demasiado.

—Pero quiero llevarte a cenar. ¿Te he dicho ya hoy lo guapa que eres?

—Solo doscientas cincuenta y cuatro veces, pero no me importa que lo digas una vez más.

Se la quedó mirando con aquellos hoyuelos que se le formaban cuando sonreía. Ana se sentía feliz solo por el hecho de que ella lo fuera. ¿Cabía tanta felicidad? Desde luego que sí.

Natalia era una mujer encantadora a pesar de haber tenido una vida muy dura. Su infancia había estado marcada por los abusos, quizá por eso odiaba de aquella forma a los hombres. Desde su más tierna infancia los hombres se habían aprovechado de ella. El primero su tío. El muy desgraciado hacía creer a todo el mundo que la adoraba. La llevaba de excursión. Le compraba regalos… pero todo eso tenía un precio. Un precio que ella no sabía que no debía pagar. Según el tío Pedro todas las niñas de su edad tenían un tío Pedro que les hacía regalos y las llevaba de excursión a la casa de la playa sobre todo en invierno. A su corta edad solo sabía que tenía que obedecer a su tío como le decían papá y mamá. Cuando les dijo que el tío le hacía daño, nadie la creyó. Pedro era un poco bruto, pero ¿hacerle daño a Nati? Imposible dijeron sus padres al unísono.

El tiempo fue pasando y por fin el tío Pedro se encaprichó de su prima menor. Sus padres se molestaron con ella, era tan desconsiderada, tanto quejarse del tío, este había optado por trasladar sus favores a Inma, su prima pequeña. Por culpa de la mocosa, ¡otro verano a la porra!, se quejaron a su vez los padres de Natalia. Ellos que se veían pasando unas vacaciones de lujo a costa del tío se enfadaron mucho.

Para Natalia fue una liberación. Le daba pena su prima, pero por mucho que había intentado avisar siguieron sin hacerle caso.

Llegó el tiempo de empezar a trabajar, sus padres la obligaron a entrar en la empresa familiar. La empresa de su odiado tío, pero era mujer, así que no podía decir que no. Tenía que obedecer. Allí siguió el acoso. Esta vez no era un acoso sexual, sino laboral. Su tío para castigarla por haber hablado con sus padres sobre los “juegos” a los que la sometía, aunque nunca la creyeron, aquello lo enfureció. Le había designado para empezar ordenar el almacén. El encargado era tan cruel como su tío. O tenía instrucciones de él. En cuanto entraba en el almacén cerraba con llave y ni al lavabo la dejaba ir. Aquello era tenebroso. El lugar era húmedo y oscuro. Hasta notaba que le costaba respirar en aquella habitación sin aire ni ventanas y abarrotada de legajos cargados de polvo. Aquel verano la ola de calor hizo subir la temperatura considerablemente por encima de la media. Aquello más que un almacén parecía una sauna. Aguantó como una jabata hasta que decidió casarse y salir de la tutela de sus padres.

En el trayecto al trabajo conoció a un joven que la invitó unas cuantas veces a un refresco. Siempre se negaba, le tenía pánico a lo que podían decir en su casa. Esteban parecía diferente. Era cariñoso y detallista con ella, hasta que se casaron.

En cuanto volvieron del viaje de novios empezó a ver el verdadero carácter de su marido. Ahora viendo su vida en perspectiva se daba cuenta cuánto había cambiado el mundo en aquel tiempo. Entonces las mujeres no podían quejarse. Había que obedecer al padre. Hasta para ir a la playa necesitaba su aprobación. Así que salió de Málaga para meterse en Malagón. Su marido resultó ser un celoso patológico. Todo le molestaba. Se quejaba que coqueteaba con todos los hombres. Para evitar los celos optó incluso por vestir de hombre. Cambió los vaporosos vestidos por pantalones sosos y sin gracia. Los peinados cardados y favorecedores por un corte de pelo a lo garçon. Ni con esas su marido estaba contento. Empezó a golpearla, primero por atrevida, como decía él, luego por esperpento. El caso era que siempre encontraba motivo para un bofetón.

Hasta que dijo basta. Había tomado una decisión. Ella no merecía todo aquello. Un día después de pensarlo mucho salió de casa y no volvió. No sabía si la echaría de menos, pero tampoco le importaba. Dijo adiós a aquella vida que tantos sinsabores le había acarreado. Entonces conoció a Ana y entró en el paraíso. Ana la mimaba. Ana la consentía. No sabía cómo lo hacía, pero con solo pensarlo sus deseos eran satisfechos. Le había crecido el pelo. Volvía a vestir de señorita. Le gustaban sus faldas evasé y los drapeados de sus blusas. Las modas habían cambiado tanto en aquel tiempo. Ahora las jóvenes llevaban la tripa al aire, impensable en su época y menos con su padre. Llevaban los pelos de colores, reían y cantaban por la calle. Eran felices y eso la hacía feliz a ella. La primera vez que Ana la llevó a la playa parecía una niña pequeña. Nunca la habían dejado meter en el agua nada más que los pies. Así que jugar con las olas la hacía reír con una inocencia casi infantil. Desde luego aquella había sido la mejor decisión que había tomado en su vida. Al principio fue doloroso, pero ya no. Una vez que pasó el dolor, todo fue liberación. Entonces encontró a su ángel de la guarda. Eso era Ana para ella, su ángel. Al principio tuvo miedo. No quería que le volviese a pasar, no podía confiar en nadie. Cuando Pablo le dijo que allí nadie le haría daño no se lo podía creer, pero así era. Había perdido la noción del tiempo. No sabía si llevaba allí días, meses o años, lo único que sabía era que no se iría nunca de allí.

—¡Venga! He dicho que nos vamos. ¿Dónde estabas?

—Estoy tan a gusto que no me quiero mover. Se respira tanta paz.

—Pues claro, estamos en el paraíso, ya lo sabes.

—Desde luego que sí, esto es el cielo.

—Te lo ganaste en vida. Ni siquiera has tenido que pasar por el purgatorio. Disfruta de la eternidad, querida Natalia, te lo ganaste. Aunque hiciste enfadar un poco a Dios, tu suicidio fue demasiado dramático. ¡Mira que tirarte al tren!

PARTICIPA EN NUESTRO CONCURSO DE ESCRITURA

¡Voy a mandar a todos los escritores a la porra!

 

UN TRÍO PARA DOS

UN TRÍO PARA DOS

Clica para calificar esta entrada!
[Total: 11 Promedio: 4.9]

 

Teruel, 2.30 de la madrugada, en algún lugar indeterminado del bosque, en una cabaña junto a un río, no digo más.

No duermo, es un hecho. Y el caso es que mi insomnio no obedece a unas razones claras. Será por eso que los ansiolíticos no funcionan conmigo. Aumentaré la dosis. Sí, o quizás debería salir a caminar por más tiempo. Respirar y pensar con claridad. La montaña siempre regala pensamientos frescos, o eso dice la gente rancia. El aire limpio del bosque lo sana todo, excepto los recuerdos.

Ha pasado un mes desde el primer ataque. Está resultando más dura de lo que pensaba, los tobillos son delicados, pero sus fracturas ya han comenzado a soldar sin el yeso. Me provoca cierta ternura pensar en todos esos huesecitos intentando encontrar el camino correcto a su base. Esas pocas terminaciones nerviosas intentando conectar, sin éxito.  ¡Caramba! estoy impaciente por verla caminar. Con un poco de suerte su cojera será irreversible.

Respecto a las lesiones oculares, no lo tengo tan claro. Es cierto que me precipité al pegarle los párpados con pegamento para porcelana, quizás debería haber experimentado antes con la aguja y el hilo de algodón. El resultado habría sido mucho más estético, sin duda. Pero bueno, ya falta poco. En unos días levantaré su vendaje y podremos comprobar que tal ha resultado mi atrevimiento. Temo que la ceguera sea solo parcial, que hayan quedado algunos claritos que dejen entrar la luz. Pero seguiré intentándolo. Ella lo merece. Merece todo mi esfuerzo para hacerla inútil.

Anoche volvió a despertarme, como todas las noches en realidad. Eso no me ayuda a la hora de dormir. Nota mental : “Debo usar tapones de silicona”.

No fui a atenderla, ni pensarlo. Yo estaba ocupada y embelesada porque “En aquel momento, estaba leyendo el “Tratado de filosofía casera para una generación obtusa». Un libro muy especial de Enrique Brossa”. No pensé ni por un momento en dejar mi lectura por sus quejas.

El caso es que ya se hace pesada, debería cortarle de un vez la lengua y zanjar esos molestos ruiditos que no me dejan dormir, pero la necesito con voz. Quiero oírla gritar de terror. Quiero que ella misma se oiga en voz alta. ¡Que resuene en el viento su lamento! Estos pensamientos me están resultando incluso poéticos. ¡A ver si al final voy a terminar empatizando con ella!

He buscado entre sus mensajes, intentando encontrar su comida favorita, para atenderla bien el tiempo que dure este encierro, pero no he tenido suerte, solo hallo conversaciones puramente sexuales. No sabía que mi marido fuese tan pasional. A mí nunca me hizo ese tipo de guarradas, ni siquiera me lo sugirió, pero claro, es como todos, solo piensa en hacer cochinadas con la mujer de otro.

Bueno, una vez siendo novios, sí que me propuso hacer un trío, pero yo me negué, ¡por supuesto! ¿Qué clase de novio te pediría algo así? Está claro, el tipo de futuro marido que solo piensa en ponerte los cuernos, en cuanto pueda.

Pero, y ella… ¿De dónde había salido ella?

Ah, sí, lo olvidé. Ella es una de esas mamás del cole. Una de esas que no tienen otra cosa que hacer, más que leer folletines eróticos para petardas insatisfechas y buscar entre los papás de otros nenes a su galán trasnochado.

Suelen ser mujeres que no salen de noche. Vampiresas de día, que atacan a sus victimas entre Croissanes y Capuccinos. ¡Qué simpáticos son todos al calor del café matinal! Y si encima tiene perro, el tiempo de conquista se acorta considerablemente.

Pero esta perra, no tiene perro. Aunque podría decir que ha cogido una perrera que vaya…

Entre sus cosas encontré dos billetes de avión para Pukhet. Ya ves, mi Manu, ¡que nunca me ha llevado a mí de veraneo! Pues parece que ya tenían previstas sus vacaciones, y ahora llego yo y les condeno a otro verano a la porra. Bueno, pues que se jodan, como mis veranos de toda la vida, haciendo tortillas de patatas para ir a la piscina.

Claro que… ahora que ella lo ha dejado, mí Manu me ha pedido que vuelva. Es que… ¡Qué bien me quedó la nota de despedida que le hice escribir! A veces estoy tan orgullosa de mis ocurrencias…  Ahora él cree que ella lo ha abandonado. Sufre su ego, pero se recuperará pronto.

Pasará el verano, entre tanto yo me haré la dura, y en septiembre regresaré a casa con él. Total, si son todos iguales, para qué voy a buscar a otro.

Y tampoco lo estoy pasando tan mal, estamos aquí su amante y yo en esta cabaña veraniega. Y tengo tantas ganas de jugar con ella a “Hostel”. Espero que me aguante viva y no se muera a mitad de agosto, eso me cortaría un poquito el rollo.

¡Ay! Hoy me siento realmente bien, con un poco de sueño, sí, pero creo que me daré un relajante paseo en bicicleta por el bosque. Porque las bicicletas son para el verano, y este verano yo no pienso mandarlo de nuevo a la porra.

 

PARTICIPA TÚ TAMBIÉN EN ESTE CONCURSO. AQUÍ TIENES LAS BASES:

A %d blogueros les gusta esto: