La noche es tibia a pesar de que el final del invierno está lejano. El ambiente alegre, relajado; las botellas sobre el bar indican que todos han consumido al menos dos copas de diferente tipo. Serrat se escucha suave en el fondo.

Por la puerta del balcón entra un vientecillo fresco, en el cielo apenas se distinguen algunas estrellas, opacadas por las luces brillantes de la gigantesca ciudad. En el centro de la mesa quedan restos de los quesos y botanas que la gente ha estado picando:

─Mira éste es mi novio─. Salvador me muestra una foto en la que se encuentra él con otro joven de apariencia agradable.

─Es guapo─, le digo, y así lo creo.

─Me preocupa la edad.

─ ¿Por qué?

─ Es más joven que yo.

─No creo que sea problema.

─Son casi veinte años.

Le miro sorprendida porque, él, tiene treinta y ocho. No me extraña que sean veinte sino qué su novio sea tan joven, me inquieta un tanto porque ha sufrido desilusiones, y tal vez, sólo tal vez, esta nueva pareja suya no tenga la madurez suficiente para saber lo que quiere. El mundo de las relaciones es complicado, nadie tiene la última palabra.

─Sí, es muy joven. El único problema podría ser la inmadurez─. Al decirlo veo a Salvador a los ojos. Quisiera que sintiera mi apoyo.

─Su familia no me acepta, pero él me quiere.

─ Es difícil aún.

En ese momento alguien le llama, él se va dispuesto a ayudar. Por esta ocasión preparará las  bebidas. Es un estupendo barman. En mi interior estoy convencida de que la gente no acaba de aceptar relaciones entre personas del mismo sexo y con tal diferencia, puede complicarse todo.

Salvador es un hombre trabajador, honesto, bien parecido. Su buena disposición le lleva a ayudar a todo aquel que lo necesita. Aceptar sus preferencias sexuales le costó tiempo y dolor. Su padre no lo admite en su casa y  su madre  después de años apenas comienza a hablarle otra vez.

La fiesta continúa y yo me marcho deseando que Salvador no esté cometiendo un error.

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.
Lorena Guadalupe Páez Aguirre

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