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El viento hacía sonar su melodía por el prado, meciendo cariñosamente las briznas de hierba como las olas arrullan la espuma del mar. En cambio, yo sentía que me deshojaba pétalo a pétalo.

Ella se hallaba junto a mí. Siempre lo estuvo; su omnipresencia le obligaba a permanecer a mi lado. Percibía su aroma, respiraba su aliento, su vida resultaba en la mía. Y ahora trataba de aferrarme a ella deseando retenerla.

— No te vayas.

— Mi hora ha llegado — su voz resonó como un susurro frágil—. No puedo detenerme. De lo contrario, el tiempo no avanzaría.

— Pero no sobreviviré a tu ausencia.

El silencio, tan característico de la estación, envolvió la atmósfera. Se escuchaban los cantos de los jilgueros y abejarucos. A su son danzaban las abejas y los saltamontes se adormecían al cobijo de los tallos altos. Busqué las palabras que pudieran llamar su atención en medio de mi desesperanza.

— Ayer nací, hoy florezco, mañana ya no seré. ¿No es la vida tan efímera como el viento que pasa y no vuelve más? ¿Como el agua que corre sin poder regresar a la fuente de donde manó? ¿A qué tanto esfuerzo por brotar si después no quedará nada de lo que fui? ¿Para qué mantener vivos los colores?

Aún sin poder verla, sabía que su intensa mirada estaba puesta sobre mí.

— ¿Qué ves? —volvió a deleitarme su voz, insuflando vida en mi savia—. ¿Qué se alza delante de ti?

El horizonte se desdibujaba en una hilera de campos labrados, granjas y viejas casas de tejados anaranjados como arcilla de alfarero.

— El pueblo —dije—. Donde viven los humanos.

— Dime, ¿qué quedará después de ellos?

Medité un poco la respuesta antes de contestar con pesadumbre.

— De los héroes trascenderán sus hazañas. De los poetas vivirán sus versos. De los sabios perdurará el consejo. Pero, ¿qué quedará de la flor? Se marchita, desaparece y se le olvida.

— ¿Y la mujer que con paciencia cría a sus hijos, esperando que un día marchen para formar un nuevo hogar, lejos de los brazos que una vez les acogieron? ¿Qué hay del anónimo labrador que se afana en sus jornadas de sol a sol para hacer vivir las hortalizas en el yermo? ¿A dónde irá la anciana que da su pequeño óbolo para los pobres de la iglesia, con el cual ni ella ni los otros pueden apenas sobrevivir? No son considerados héroes, ni poseen el talento del poeta, ni despiertan admiración por su sabiduría.

Por unos instantes las aves se aquietaron en los postes, el viento se abstuvo de soplar y el caño de la fuente detuvo el flujo del agua para escuchar el silbido de la Primavera.

— Mas los padres sobreviven en los hijos, como los maestros en los alumnos. El labrador existirá en su legado, que beneficiará a quienes subsistan de su esfuerzo. Y el cariño, tan contagioso, forjará personas, sociedades y pueblos, volviendo trascendente al primero que lo regaló.

El campo bramó de nuevo con su dulce y delicado sonido. Cada hoja, cada nube y cada pluma volvió a mecerse en su acostumbrado movimiento. La savia que corría por mi interior me ofrecía su vida desde el cáliz hasta la punta de los estambres.

— Trascenderás —me dijo de nuevo con sobrada paciencia—. Tras de ti nacerá el fruto, albergando tus semillas. Estas las enterrará el Invierno, dando lugar a un brote nuevo cuando yo regrese. Y entonces te veré en aquel tallo que madurará hasta hacerse árbol grande, como el que te sostiene, el que te ha hecho florecer. Solo haz bien tu trabajo como yo cumplo con el mío.

Y permitiendo brillar al sol con mayor intensidad, se alejó con un imperceptible beso, dejando mis blanquecinos pétalos a expensas del Verano que ya estaba por llegar.

 

 

{*Esta historia está inspirada en un microrrelato que presenté en un concurso primaveral, el cual dice así:

Sentía que acababa de nacer y sabía que, en su ausencia, pronto moriría; por eso intentó retenerla. “No temas” –le dijo ella-. “Todo tiene un propósito y nada es en vano. Mi trabajo aquí ha terminado; el tuyo, apenas comienza.” Y se fue la diosa. Y mientras la flor moría a expensas del verano, tenía lugar el fruto del árbol que perpetuaría el ciclo de la vida.}

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Juan Sauce

Lector y dibujante de cómics desde que tengo memoria, descubrí mi interés por los libros a una edad tardía, casi acabada la adolescencia, con dos obras muy concretas: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y “El joven peregrino”, de Helen L. Taylor. Ambos relatos repletos de metáforas; quizá por eso es mi forma favorita de narrar, una manera imaginativa de compartir mis ideas. Me gusta la fantasía, la ciencia ficción y la aventura. Me interesa la psicología, la religión y la naturaleza. Sueño con escribir para niños y jóvenes, aunque desde esta ventana voy a intentar llamar la atención de lectores de todas las edades. A ver si lo consigo...

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