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Con mucha seguridad y determinación, Carol me toma de la mano y juntos bajamos a la terraza donde están todos.

Ella tiene un encantador vestido de encaje blanco sin mangas que llega a sus tobillos, mientras que yo estoy usando un esmoquin negro algo desgastado, pero digno. Seguimos caminando. De vez en cuando ella se detiene y abre la boca tratando de respirar todo lo que puede, luego me mira y trata de sonreír dulcemente. Tengo un fuerte dolor de cabeza y me gustaría terminar lo más pronto con todo esto.

Camino casi en trance, tratando de no mirarla, de no ver como esa capa blanca sin vida comienza a inundar sus pupilas. No me siento deprimido, solo quiero que todo termine. No he sido capaz de asimilar todo esto. El aire es fresco y, si miro a la playa cercana tan calmada, es porque trato de convencerme de que nunca pasó nada, que todo es como antes.

Carol se detiene una vez más y Beatriz nos alcanza para ayudarme a apoyarla. Nos detenemos un poco. Supongo que es terrible para todos y solo Dios sabe a cuántas personas les ha sucedido. Pero eso es aún peor. Pienso en Carol. Ella se merecía algo mejor, pero las cosas salieron muy mal y todo lo que puedo hacer es ir hasta el final. No puedo dar marcha atrás…

No es que ella no se dé cuenta, pero creo que a estas alturas no le importa cómo alcanzará su sueño. Lo importante es hacerlo.

— ¿Cómo vas? —Pregunta con cierta preocupación Beatriz. Carol le dice con mucha dificultad que todo está bien y que puede hacerlo sola.

Vamos a empezar a caminar de nuevo. Carol me susurra algo al oído, me parece que dijo “disculpa” pero prefiero no pensar en ello.

Mientras descendemos por las escaleras de piedra, me doy cuenta de que la herida en el vientre de Carol se ha vuelto a abrir y que ha comenzado a sangrar de nuevo. Le diré “sí” a una mujer empapada en sangre.

— Quiero que sea todo natural —Me dijo ayer.
— Está bien. Como tú quieras —Le contesté. Supongo que es la mejor y única respuesta en estos casos.

Llegamos a la terraza, decorada de manera rápida, pero con buen gusto. El sacerdote está de pie con una Biblia en la mano. No puedo evitar preguntarme qué leerá. ¿Y si él dice: “hasta que la muerte los separe?”.

Nos detenemos mientras todos están sentados muy inquietos alrededor nuestro.

Nadie dice una palabra, nadie llora, y si lo hacen, se las arreglan para no ser escuchados. Carol hace una mueca de dolor y la sostengo mientras una pequeña mancha roja se extiende en su vestido, a la altura del ombligo… Esto no terminará pronto.

El sacerdote hace la señal de la cruz y comienza.

— Estamos reunidos aquí para celebrar la boda de… —Con mi mente fugué a otros tiempos, pero no llegué muy lejos.

Me veo pequeño, vestido como un pequeño caballerito, mientras la maestra pone la canción de moda y me veo obligado a bailar con una niña que no me gusta. No lo acepto, pero tengo que hacerlo mientras mis padres y los de los otros niños del pre-escolar me miran. Todos mis compañeros abrazan a una niña más linda que la que me esta apretando. Como me hubiera gustado huir, como hoy …

Antes todo estaba mejor. Hace algún tiempo, Carol y yo nos conocimos en un baile de máscaras. Aún eran tiempos para celebrar la vida. Bebimos unos Martinis y se nos subió a la cabeza rápidamente. Fuimos sin pensarlo a mi departamento y follamos hasta el amanecer. Todo estaba muy tranquilo. Las cosas que estaban pasando aún no eran públicas y los muertos eran pocos.

— ¿Cual es tu sueño máximo? —Le pregunté, mientras fumaba un Marlboro.
— No he soñado nada desde hace un tiempo –Dijo ella muy coqueta — Pero me gustaría casarme. Es una de esas cosas con las que sueño desde que era pequeña, tal vez porque vengo de una familia católica o simplemente porque me siento sola… Creo que después de todo, es como el sueño que tiene toda niña tonta —
— No es algo difícil de conseguir —Le contesté.

La imagen de ilusión en su rostro me hizo regresar a la terraza: estoy frente a todos y Carol, con un aspecto cada vez más ajeno a ella, está frente a mí. Como hace un año más o menos, cuando temblando me dijo que me amaba y que quería que su vida fuera mía… Hoy deseo que fuera de alguien más.

Estoy avergonzado…

Siento la mano de Carol apretando mi brazo. Me doy vuelta y veo que sus ojos están cerrados. El sacerdote se percata de ello y sigue leyendo, pero ahora lo hace con más prisa. El parche ha caído, la herida se ha extendido y la sangre cae entre las piernas, mojando el pasto seco.

Miro a lo lejos, más allá del sacerdote, más allá de la playa. El sol es ahora una línea roja en el horizonte. Todo comienza a degenerar alrededor.

Carol no se mueve, sus ojos están cerrados y su boca está estirada, como si con esa mueca pudiera contener el dolor. La siento temblar y creo que puede morir en cualquier momento. De repente se vuelve hacia mí.

— Te amo —Dice en un susurro que ni siquiera parece suyo.
— Yo también —Contesté. Y sé que está bien.
— Cambien los anillos —Dice el sacerdote.

Los saco del bolsillo del esmoquin y le doy uno. Se las arregla para ponérselo, pero sus manos tiemblan de miedo. Carol cierra los ojos, tomo su mano y ella, por un segundo, no tiembla, pero luego cae al suelo. Alguien se levanta y corre cerca de nosotros, pero le hago un gesto para que se aleje. Intento insertar el anillo mientras sus manos siguen temblando y sus ojos ahora están blancos, ciegos e inertes.

Miro al sacerdote que esta fuera de sí y le pido que continúe.

Hay sangre en la hierba, pero a mí me parece que está en todas partes.

— Los declaro marido y mujer. Puedes besar a la novia —tiembla el sacerdote al decirlo y se estremece.

Logro ponerle el anillo.

Una emoción extraña me embarga por completo. Estoy feliz pero solo quiero llorar, incluso entiendo que ella no se dé cuenta de todo lo que pasa… Ella ya no respira.

Tengo que ser rápido y estar atento. Me descuido un poco y apenas pude ver como ella salta hacia mí y trata de morderme.

Saco la pistola del chaleco y le hago un agujero en la frente, tirándola a la hierba. Todos me miran desconcertados, confundidos, furiosos, desubicados y hambrientos… muy hambrientos.

Esto no terminará pronto… Sé que esto es solo el comienzo…

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Hugo Luque (Lima, Perú, 1975), me forme como Arquitecto en la Universidad Nacional de Ingeniería. Vivo de mi habilidad para crear espacios, pero aun así, necesito de escapes para no morir en el intento. Me considero un crafter, tengo una marca de accesorios macabros llamada Morbid Factory. Lo de escribir se dio desde hace muchos años, me imagino que es una extrapolación de todo lo que hago, y todo lo que no puedo demostrar con mis manos. Me gusta mucho la literatura de horror. Sin caer en un cliché, me gusta la temática Z. Dentro de otras corrientes literarias, me gusta el realismo fantástico, pero con una dosis muy alta de underground.
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