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Estaban entre la gente. Estaban en las esquinas, en el metro, en las estaciones del tren. Eran como anfibios manchados de barro, con las cabezas afeitadas y esos ojos amarillos enfermos que miraban el flujo de la vida a lo largo de las aceras. La gente fingió ignorarlos, caminando con la cabeza gacha, evitando los callejones más aislados, intentando llegar a casa lo antes posible. Había miedo, cuerdas llenas de tensión corrían por las calles de Lima.

Elena intentó arrastrarse al barro, con su camisa de lona rasgada y la sangre que corría por sus piernas. Estaba jadeando, gritando, como tratando de salir de su cuerpo.

Estaban alrededor. Los veía entre las árboles negros, ocultos por la fina lluvia que caía entre sus ramas. Su necesidad de huir la conducía hacia la antigua iglesia de San Camilo, perdida en las callejuelas de los Barrios Altos del Cercado, ahora reducida a un esqueleto de madera carbonizada. Cuando Elena llegó al lugar y se vio frente al templo, supo que todo había terminado. Marko la estaba esperando con un machete en la mano. Él la tomó por el cuello y empujó la hoja en su vientre, rasgándola como un cerdo, dejando que la sangre y las entrañas se derramaran sobre el barro. En medio de ese limo todavía cálido, algo vivo se movió y comenzó a gritar.

Los limeños estaban seguros y cálidos en sus hogares, no había nadie que se atreviera a aventurarse en ese domingo lluvioso. Alrededor de las dos de la tarde, el silencio irreal de la ciudad fue roto por un lamento, como la cuerda atormentada de un violín. Los zombis empezaron a salir de sus escondites y alguien comenzó a gritar. Otros lanzaron piedras a los vehículos blindados de la policía. A las tres en punto, a medida que más y más zombis intentaban marchar hacia la Plaza Mayor, la policía abrió fuego, dispersándolos en un baño de sangre.

Pero el domingo sangriento fue solo el comienzo. La violencia estalló la semana siguiente, mientras los rumores descontrolados hablaban de miles de zombis que marchaban desde la Amazonía y la Sierra.

El presidente Vizcarra, ahora en una situación difícil, había decidido armar a los grupos paramilitares de la extrema derecha que, inmediatamente, comenzaron las redadas mientras la fuerza aérea estaba en alerta previa.

  • ¡A la mierda con la ONU! ¡Esta es una puta guerra y este es el punto de no retorno! Borraremos a los zombis del Perú para siempre -dijo hablando en la radio desde ese búnker ahora vacío. Sus leales ya se habían suicidado, mantuvo el arma apuntando bajo su barbilla y observó la Plaza Mayor en celebración. “Cristo regresó para salvarnos de la muerte al recitar las señales” gritaba, mientras que los soldados y los oficiales se arrodillaron frente a la caricatura de un hombre con las manos cubiertas de estigmas, dejándose morder para obtener la vida eterna. Sus ojos miraron fijamente al cielo surcado por misiles nucleares.

Una bala quebró la sonrisa en la boca del presidente Vizcarra…