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Dios me lo dio, Dios me lo quitó. Qué gran frase. Interpreto que el santo patriarca Job vino a decir que por mucho que perdamos, por poco que tengamos, algo tenemos que agradecer. No tenemos derecho a nada. Ni a exigir, ni a esperar. Tenemos la posibilidad de alegrarnos y agradecer cuando las personas y los vientos son favorables. Se supone que, si uno tiene derecho a alegrarse, tendrá derecho también a entristecerse. Bueno, esto se está analizando en varios organismos internacionales y hay una gran controversia mundial… Perdón, quería decir “global”, porque ahora todo es muy global, ¿verdad? Pero bueno, lo que estaba diciendo es que hay una enorme controversia. La Federación Mundial de Cursilerías Positivas, cuyas siglas en ingles son WPPF (Worldwide Positive Puaj! Federation) es una organización no gubernamental subvencionada, como su nombre indica, por todos los gobiernos corruptos del mundo, con sede en Nueva York y en Ginebra, y se opone frontalmente a que entristecerse pueda considerase un derecho. Aducen que, dado que los nuevos estados que se van creando -imaginemos la siguiente Eslovaquia que aparezca por algún sitio raro del mapamundi- tienden a incluir la declaración internacional de derechos humanos en sus constituciones, entonces esos estados y sus gobiernos, para cumplir con su Carta Magna, tendrían que garantizar motivos para la tristeza de la ciudadanía, lo que no sería positivo, aunque podría seguir siendo cursi. En cambio, la Organización Internacional de Pamplinas y Fantoches (International Pampline and Fantochation Organization, IPFO) opina que eso de dar motivos para la tristeza de los ciudadanos en ningún caso debería ser un inconveniente y que podría resolverse fácil y eficazmente. La cuestión es, como interrogaba en una conferencia en la ONU el reputado chileno Willson Pérez Schneider, ¿debemos garantizar el derecho a la enfermedad además del derecho a la salud? La organización en favor de la muerte digna y la eutanasia de la yaya Adolfita, EXIT (Salida), que aboga por que el suicidio lo pague la Seguridad Social, ha emitido un documento con sus veinte abajofirmantes de siempre aduciendo que si una persona tiene derecho a morirse, también tendrá derecho a algo menos drástico, como enfermar de paperas, pongamos por caso. A esto Willson Pérez Schneider respondió:

-¡Pero si de lo que hablamos es de la tristeza, pendejos! ¡Lo de la enfermedad era solo una analogía!

A lo que los abajofirmantes de siempre, respondieron en un documento diciendo: “Si es que nos estáis liando”. Pero luego se arrepintieron y llegaron a la conclusión de que Willson y su asociación, bajo su piel de cordero, defendían los oscuros intereses de las multinacionales, hala.

La Fundación Jimmy Carter no se hizo esperar y se ofreció como intermediario entre tan prestigiosos organismos. En España, la Federación de Municipios de Izquierdas ha asumido la promoción de estos nuevos derechos “y de todos los que vayan saliendo”. Y además han defendido al pueblo palestino, porque siempre que les queda un hueco, lo aprovechan. Los separatistas catalanes han centrado su discurso en evidenciar que “detrás de todo este surgimiento de nuevos derechos, existe una nueva necesidad latente de financiación”. Tras lo cual han pedido una millonada al presidente del gobierno para poder garantizar la tristeza general de todos los ciudadanos que la precisen. “Y una tristeza de calidad. Una tristeza a la catalana. Cataluña no quiere una tristeza de país subdesarrollado. Cataluña siempre ha sido un poco triste, nos reímos menos y apretando el  culo, según Boadella. Para eso en Cataluña se trabaja más que en el Sur, y merecemos más tristeza”.

Una asociación pro-mujer fue la primera en señalar que las que más sufren son ellas, y que era evidente que los hombres, sin ir más lejos, lo de parir, lo llevamos mucho mejor. Casi me sentí culpable por ello y tanto fue así que lo reconocí en seguida. En este debate sobre el derecho a enfermar, penar, llorar y sufrir en silencio las almorranas… ellas debían estar especialmente representadas, y sobre todo, escuchadas y comprendidas. Que se les escucha y se les comprende bien poco.

En Venezuela, Maduro le ha dicho al presidente norteamericano en su programa televisivo:

-Mira, Donal Tran. No vamos a consentir que comercies con nuestras penas. Los venezolanos nos ponemos tristes cuando nos da la gana, ¿oiste?  y ni tú ni tus sucios dólares, ni tus armas de destrucción masiva nos lo impedirán jamás, porque Venezuela no se arrodilla, porque Venezuela ama la libertad, porque de Venezuela arranca la gran revolución, porque Venezuela… (varios porquevenezuelas más tarde) …  y algún día toda América Latina, digo América Bolivariana  o Continente Bolivariano, llorará en unión si le da la gana, y estaremos tristes de tan contentos que estaremos de librarnos de vuestro capitalismo atroz y del FMI, que es el vasallo de… ¡De las multinacionales, la Coca-Cola y el velcro!

-America first -respondió el otro en este diálogo de animal a animal- .No entiendo bien toda esa “bullshit” de querer estar mal, supongo que tiene relación con las filigranas que me hizo una actriz porno después de una reunión de constructores, pero no soy muy aficionado a ese tipo de cosas. En todo caso, eso será cuestión de cada uno, como lo de llevar armas.

Más o menos fue todo así y, aunque hemos podido hacernos un lío con el “pendejo” y el “¿oíste?”, contamos como siempre a nuestro favor con la indulgencia del lector.

Y hablando de indulgencia. El Papa Francisco ha vuelto a pedir perdón y ha asegurado que la Iglesia Católica, cuando ha curado a la gente, ha defendido el bien sagrado de la vida, el don divino de formar parte de la Creación, sin pretender conculcar el derecho a la enfermedad y la tristeza. Los católicos siempre han defendido la tristeza, la culpa, el sacrificio, la mortificación, el arrepentimiento y otras cosas penosas de por sí. No obstante, el Papa pidió perdón.

-Santo Padre. ¿Pero entonces por qué pide perdón esta vez? -le preguntó un cardenal africano, negro y con gafas que estaba fumando por ahí cerca.

El Papa Francisco se quedó sorprendido por un momento y pensativo después, hasta que  cayó en la cuenta gracias a la iluminación divina que se hizo esperar unos segundos:

-Por humildad.

-¡Ah, vale! -respondió convencido el cardenal negro con gafas.

-¿Qué ha dicho? -le preguntó otro cardenal checo.

-Que por humildad.

-Ah, bien, bien… ¡Muy bien!

Y siguieron bendiciéndolo todo.

Pero yo no estaba hablando de eso. Si yo supiera de que estoy hablando… Seguramente de la comunicación, que no ha globalizado tanto la economía, como la majadería. Somos víctimas de una majadería globalizada, que da vueltas al planeta varias veces por minuto.

Si yo supiera alguna vez de qué estoy hablando… ¡Ah, sí! Dios me lo dio, Dios me lo quito… Lo controla todo el Mismo. Pero es una gran reflexión. “Desnudo salí del vientre de mi madre. Sin nada volveré al sepulcro. Dios me lo dio, Dios me lo quitó. Bendito sea Dios”.

Mi mujer trabaja en un banco. Ya vuelve a salir mi faceta  de inspector Colombo y saco a relucir a mi esposa. Mi mujer trabaja en un banco, pero le han hecho ir a una feria de melones. Los de la feria, en realidad ha sido Dios, le han regalado varias cajas de melones. Qué majos, pero qué bruticos…

-Pero mujer, somos una familia, no un comedor de colegio. ¿Qué haremos con tantos melones? Tendré que regalarlos a los vecinos o salir a venderlos a la carretera como los, los, los, los… esos que venden melones en las carreteras. Tendremos melones para Todos los Santos.

-No sé si para todos, pero para bastantes santos sí que habrá.

-Qué melonada.

-Pues sí.

-¡Los aborreceremos!

-Los santos no tienen la culpa.

Hay que agradecerlo. Si te llenan la casa de melones, hay que agradecerlo. Y si un día se pudren, pues también.

Si me quisiste ayer, hay que agradecértelo. A Dios y quizás también un poco a ti. Si hoy ya me quieres mucho menos, hay que seguir agradeciendo lo que me quisiste ayer. Tristes o no tristes, que ese debate lo dejamos para la International Pampline and Fantochation Organization, IPFO. Pero sé que un día me quisiste.

P.D. … Y estuvo muy bien.

Enrique Brossa
Soy una maquina de escribir que lleva mucho tiempo sin usar y quiero hablarte de mí. Español, varón. Adolescente desde hace décadas. Mi educación no fue de letras pero mi pasión sí. Soy al mismo tiempo emprendedor y perezoso. Me gusta mucho hablar, pero hablo poco cuando hay poco que decir o que escuchar. Me encuentro muy bien tomando algo en cualquier terraza, tanto en compañía de buenos conversadores, como con algo para leer o para escribir. Disfruto con la polémica. Veo mejor de lejos que de cerca. Odio los detalles. Tengo una relación contradictoria con lo convencional que se refleja en todo lo que escribo. Mi firma, como mi vida, está hecha de trazos paralelos, es decir, que no convergen. Soy algunas veces demasiado cándido, otras desconfiado. Noto que puedo influir en la gente, pero no suelo aprovecharme de este poder. Al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, no siento fascinación alguna por el mal, porque me parece terrenal y simple y dentro de mí hay un arzobispo sin religión ni fieles. Soy solitario y sufridor. Soy un ermitaño en la ciudad. Un audaz aventurero: un explorador ante un despacho. Tengo los pies grandes y los hombro pequeños. Soy el viento de bohemia que se mete en una celda. Sería el mejor de los amigos, si los tuviera, ya que exijo en los demás la madera del árbol que nunca existió. Aprecio la indulgencia y la compasión. Puedo estar ofuscado o lúcido, pero escribiendo me siento mejor. Escribir no es para mí ni un viaje al infinito ni a mi propio interior, sino al centro de la Tierra.
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