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El grupo. Ay, el grupo. Me gusta relacionarme con las personas de una en una. También hablar en público, porque doscientos oyentes en una conferencia se comportan en realidad como uno solo. No soy aficionado a volar en bandada El grupo nos condiciona hasta la nausea. Nos vestimos en función del grupo, consumimos según nuestro colectivo referente, nuestra conducta es muy poco nuestra, mucho menos de lo que creemos.
Quisiera no ser previsible pero todos lo somos.

Conspiro respecto a la sociedad. No acabo de ser su enemigo, pero no ceso de murmurar en su contra. No me rebelo del todo, no doy mi golpe de estado, no corto las amarras. Lo malo es que a pesar de todo, mi desconfianza hacia lo colectivo me delata. Se me nota.

Yo comprendo que debo pagar peajes. No es que me guste, claro, pero sé que en el fondo soy un afortunado y eso debe ser compensado retribuyendo a la chusma de alguna manera para que no le escueza. Hay una especie de socialismo de las identidades que pretende no ya acabar con los ricos, sino con todo vestigio de diferencias. Y no por proteger a los desvalidos sino para atacar a quienes creen que descolla injustamente. Les parece provocador que otros sean mejores o peores en algo, o simplemente distintos, aunque sea por silbar, o cocinar croquetas cuadradas. Ni siquiera precisan ser mejores. Simplemente que no sean «100% grupo» es suficiente. Les joden los listos, porque no todos lo son. Las guapas, porque les parece injusto no serlo ellas o ellos también. Los fuertes les intimidan y quieren demostrar que se atreven a darles una patada donde más duela. Los ágiles, con su ritmo, que se alejen y les dejen en paz. Los graciosos siempre quitan brillo a los demás. ¿No podrían pensar un poco en los que somos grises y ser menos divertidos? Como los interesantes, los atractivos, los originales. Los pobres, que se jodan, oye, que los demás no somos millonarios. Los voluntariosos y laboriosos no tienen comprensión y creen que todos deberíamos ser iguales. Los enamorados se creen los primeros y únicos en vivir. ¡Qué decir de las decepcionadas, los extranjeros, los motivados… Todos merecen el rechazo del grupo. Todos: expertas, atentos, despistados, desdichados, educados, felices, buenos, profundas, creativos, deseados, torpes, queridos, odiados, brutos, suaves, simpáticos, sencillos, orgullosos, claros, oscuros, discretos, tontos, asequibles, tiernos, románticos, apasionados, idealistas, ilusionados, fieles, escépticos, orgullosos, pacíficos, modestos, amistosos, animosos, deprimidos, clarividentes, ofuscados, tranquilos, sinuosos, impulsivos, informados, realistas, descreídos, ocurrentes, solitarios, vulnerables, soñadores… Por todo y por su contrario te pueden odiar. Por cualquiera de estas facetas, sobre todo por la de soñador y por ser un ingenuo, y estar con las defensas bajas, y por tres mil motivos más así, nos merecemos un escrache no basado en insultos y pancartas sino en la hipocresía apestante que llega si puede hasta las puertas de tu casa. Es el colectivismo totalitario de la falta de personalidad, que intenta coaccionarte cada día en cada momento. Te requiere para que pagues un impuesto a su administración de la vulgaridad. Una ecotasa inventada al individualismo. Pretende diezmar tu alegría con la acción coordinada de su mala fe, y del linchamiento social. Es como convocar a los espíritus con la ouija. Entre todos la van moviendo un poco con el dedo, empujando y dejando de empujar. Luego dicen que nadie la ha movido, que entre todos la matamos pero ella sola se murió. Es la cobardía. la que manda protegerse en la manada y traicionar al individuo.

Qué palabra tan interesante: individuo. En español parece algo malo. Lo usan los policías, los juristas, las autoridades y los periodistas de sucesos. «A las 23:48 del día de ayer tres individuos abrieron fuego en plena calle contra los empleados de un supermercado… » El individuo es alguien sospechoso y desprovisto de la protección que otorga una mínima descripción. De las víctimas sabemos tan poco como de los asesinos, pero los primeros son empleaados, los asesinos ni son nada, no tienen catalogación. Solo son individuos, expoliados de cualquier otro ropaje, referencia, o clasificación, hasta ser más minuciosamente estudiados y fiscalizados. Los delincuentes son siempre individuos y casi se podría decir que los individuos son delincuentes. . . Desnudos de toda cualificación subjetiva. El individuo es como un espécimen atrapado en la platina del microscopio, bajo la mirada fría del entomólogo. Se le ve pequeño, insignificante, pero al mismo tiempo capta toda la atención del gran ojo escrutador que todo lo mira de modo invasivo, al otro lado del tubo del microscopio, detrás de la lente. El grupo quiere gobernarte y que tú seas su escudero. Debes delatar al individuo. ¿Por qué deberíamos tolerar que alguien sea distinto? Yo le llamo socialismo ya que pretende repartir la riqueza humana individual y arrebatar, no el oro, sino el aura de los que la tienen. Acabar con las distintas clases de personas, que no haya humanos de distintos estilos. Pero no tiene nada que ver con ser socialista, sino con ser rastrero. No es el estado el opresor, sino la mentalidad pobre, cobarde, servil, falsa e hipócrita de cada persona. El grupo es por definición anti filantrópico, aunque se proponga remediar a los marginados, porque el propio concepto de marginación necesariamente hace referencia al grupo, igual que palabras como suburbio o extrarradio no tienen sentido sin la idea de ciudad . Se cimenta en el cálculo de conveniencias personales, el interés disimulado, cobarde e innoble de sus miembros. Resistir al grupo hace que los hombres fracasen o que se conviertan en grandes. Debes medir tus fuerzas, como el escalador ante la montaña, o te vas a autodestruir. El poder es siempre el poder del grupo o el poder de quien maneja el grupo. En cuanto queremos dañar a alguien, tratamos de enfrentarlo al grupo, lo denigramos ante los miembros del grupo. El cotilleo es una actividad neurótica de adoración al grupo y de desprecio a los individuos. La sociedad fomenta la mediocridad y disuade de la veleidad de cualquier posición alternativa personal. Hay un nazismo solapado en las mamás que van a buscar al niño al colegio; en los compañeros de oficina; está soterrado en el resentimiento del conserje, la frustración del peluquero y en la soberbia de la esposa del banquero; en el empresario, el sindicalista, y en el redactor jefe. La coacción es social pero el recelo está en las vísceras de cada persona. Es el origen de la eterna trama cainita que mueve la historia. En cuanto Adán y Eva tuvieron hijos nació el primer Caín.

La mente del escritor es un caleidoscopio. Por si las nuevas generaciones se hubieran olvidado de esta palabra, recordaré que es un tubo con dos o tres espejos inclinados y cristales de colores en su interior, dispuestos de tal manera que si se mueve el tubo y se mira en su interior por uno de sus extremos, se pueden ver distintas figuras geométricas simétricas. El escritor debe estar pendiente de su propia mente. Unas veces debe tratar de no mover su caleidoscopio para que nada se altere y pueda mantener un tono, una voz, una escena imaginada que se le representa vívida en un momento dado. Otras veces se trata de ir moviendo el caleidoscopio suave o bruscamente. Necesitas soledad. La vida social te distrae, no puedes ir a la boda de Laurita y Felix y llevarte el caleidoscopio, porque ése seria un comportamiento inadmisible. Hay que mantener las relaciones personales humanamente enriquecedoras y evitar compromisos sin significado personal. Esa es la relación entre el escritor y la vida social. Esta siempre trata de hacer pasar por el aro al escritor. Su mundo imaginario es infinitamente más rico que las bodas de las Lauritas y de no ser así, sería absurdo seguir escribiendo. A partir de ahí es inevitable que el grupo, la sociedad, te vuelva la espalda. Tu desinterés lo percibirá la madre de Aurorita y el hermano de Laurita, las primas, el padre, pronto renegará de ti todo el círculo de Laurita. Además de tu desinterés, que es real, te atribuirán rareza, inmadurez, soberbia y falta de conexión con la realidad y comprenderás que habría sido mejor para ti no haberlos conocido jamás o tener una vocación… una personalidad, menos antisocial. Vas a ser víctima de la eterna pregunta: ¿Quién te crees que eres? Tú mismo acabarás preguntándotelo. Con suerte, hallarás la respuesta: tú eres tú y tienes todo el deber y el derecho de serlo, aunque implique pagar más peajes y afrontar consecuencias.

Un escritor, como cualquier otro artista, es alguien distinto. Puedes dibujar bien y no ser un artista. Puedes redactar bien y de nuevo, no ser un artista. Ser escritor requiere mostrar una visión subjetiva, y diferencial del mundo y no ser el que puede presumir de tener más conocidos ni mayor éxito social. Tu juegas en otra liga. Escribiendo bien demostrarás conocer las técnicas: el oficio de escritor. Pero en realidad ser escritor no es un oficio. Desconfía de todos los escritores que dicen que escribir es un trabajo como otro cualquiera. Saben que mienten. Con su falsa modestia se disfrazan de desmitificadores. Son ellos los verdaderos pedantes Escribir es un trabajo, sí. Y mucho más. El síntoma del verdadero artista es presentar un cierto grado de falta de integración social, de inadaptación. Si estuvieras en el mundo feliz, el arte sería innecesario. Un gran escritor es un excelente inadaptado no un miembro del grupo, no un gregario del pelotón. El homenaje de la sociedad a los artistas es de las manifestaciones más cínicas que existen. La sociedad rinde pleitesía a los artistas cuando por fin están muertos, después de haberlos detestado y marginado como seres humanos. Remarcan su nacionalidad y lo convierten en símbolo de todo un país, que en realidad recelaba de él. En vida si tienen éxito acaso lo han convertido en bandera o han sabido no tomarse en serio ni a ellos mismos ni a la sociedad. El escritor es impulsivo. A la mierda, decía Fernando Fernán Gómez. Yo he venido a hablar de mi libro, decía Umbral. El autor no se anda con paripés. Por eso, muchos artistas, camino de llegar a serlo, optan acertadamente por marginarse ellos mismos.

Yo tengo la esperanza de que la ciencia nos diagnostique algún día como algún tipo de síndrome de déficit de atención a la realidad circundante. Entonces los individuos dejarán de ser sospechosos y los artistas serán tratados como enfermos, tendremos un dia en el calendario, como los enfermos de cáncer o algunas minorías protegidas por lo políticamente correcto. Se nos prescribirán pastillas con cargo a la seguridad social que actuarán sobre nuestros peculiares neurotransmisores y paliarán nuestro problemático ADN.

De Cela o de Umbral, hasta después de muertos, mucha «gente de grupo», ¿qué decían de ellos? No voy a caer en el recurso demasiado usado de acabar este párrafo con una palabra gruesa. Pero la mayoría los detestaban.

Escribir es un privilegio. Un privilegio individual. Un privilegio de un individuo. Si notas que no te lo hacen pagar es que tus resultados son todavía modestos. Puede que te estés dedicando a ganar dinero al acariciar la melena de lectoras románticas o a mesar el bello facial de niños de más de cuarenta años, lectores impenitentes de tebeos sin dibujitos. Esa es una posición intermedia, sana, legítima y respetable si tu lo sientes así.

Pero yo no hablaba de eso. Yo hablaba de ESCRIBIR.

Precisamente hoy es domingo. Debo elegir entre escribir en una terraza, al sol, o cumplir con algún compromiso social. ¿Qué voy a hacer? ¿Seré suficientemente valiente? ¿Lo bastante individualista, artista y antisocial? Pues no. Me veo en casa de la tonta de Laurita, que domina a la perfección palabras como cenefas y bodoquitos, y el simplón de Felix, con su grupo de amigos. No los hemos visto aun desde que volvieron de su viaje y subsanar ese grave déficit seguramente sea un deber ciudadano para que no nos excluyan, cosa que me haría tan feliz…

Enrique Brossa
Soy una maquina de escribir que lleva mucho tiempo sin usar y quiero hablarte de mí. Español, varón. Adolescente desde hace décadas. Mi educación no fue de letras pero mi pasión sí. Soy al mismo tiempo emprendedor y perezoso. Me gusta mucho hablar, pero hablo poco cuando hay poco que decir o que escuchar. Me encuentro muy bien tomando algo en cualquier terraza, tanto en compañía de buenos conversadores, como con algo para leer o para escribir. Disfruto con la polémica. Veo mejor de lejos que de cerca. Odio los detalles. Tengo una relación contradictoria con lo convencional que se refleja en todo lo que escribo. Mi firma, como mi vida, está hecha de trazos paralelos, es decir, que no convergen. Soy algunas veces demasiado cándido, otras desconfiado. Noto que puedo influir en la gente, pero no suelo aprovecharme de este poder. Al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, no siento fascinación alguna por el mal, porque me parece terrenal y simple y dentro de mí hay un arzobispo sin religión ni fieles. Soy solitario y sufridor. Soy un ermitaño en la ciudad. Un audaz aventurero: un explorador ante un despacho. Tengo los pies grandes y los hombro pequeños. Soy el viento de bohemia que se mete en una celda. Sería el mejor de los amigos, si los tuviera, ya que exijo en los demás la madera del árbol que nunca existió. Aprecio la indulgencia y la compasión. Puedo estar ofuscado o lúcido, pero escribiendo me siento mejor. Escribir no es para mí ni un viaje al infinito ni a mi propio interior, sino al centro de la Tierra. Subcríbete a los artículos de Enrique Brossa
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