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¿Bailas?

Segunda parte

Al patio trasero se accedía desde la cocina, a la que regresé para que no me confundieran con un mirón. Salí y lo vi lleno de otros adolescentes, la mayoría chicos como yo. Aunque el sonido de la música llegaba hasta ese lugar, todos los que allí estaban se limitaban a conversar mientras sostenían un vaso en una mano y un cigarrillo en la otra. 

Me sentía perdido, no conocía a nadie y empezaba a pensar si no me habría equivocado al acudir a esa ‘reunión’. Sin embargo, el anochecer era espectacular con el sol ya por debajo del horizonte pero tiñendo de rojo las pocas nubes que había en el cielo. Me acodé sobre el murete que delimitaba el patio separándolo de un terraplén, y disfruté viendo como la noche devoraba aquellos reflejos. 

Extasiado por el cielo de Madrid, debí perder la noción del tiempo. Nada más distinguir las primeras estrellas, me di la vuelta y vi que el patio se había quedado casi vacío. Refrescaba y el vaho dibujaba extrañas formas al mezclarse con el aire. 

Era la primera vez que bebía vodka, y no me disgustó. Quitando el primer trago que me pareció como si me tragara una cerilla, en los siguientes, un sabor dulzón a naranja se impuso. Ahora mi vaso estaba vacío. En la cocina lo rellené, encendí otro pitillo y fui de nuevo al salón comedor, hacía rato que no veía a mi amigo. 

Me costó entrar, la casa se había llenado de gente y ahora era como un vagón de metro en hora punta. No sé la de parejas que bailaban. Al hacerlo, chocaban continuamente entre ellas como los autos de la feria. Abriéndome paso a codazos y empellones llegué hasta el tresillo del que, en ese momento, se levantaba un muchacho. No lo pensé dos veces y aterricé sobre uno de los cojines alargando la zancada. 

No lo recuerdo con exactitud, pero debíamos estar apelotonadas más de media docena de personas. De refilón vi que  a mi izquierda estaba una chica y a mi derecha un chico. Al menos dejaré de parecer un zombi yendo del saloncito a la cocina y, de ahí, al patio, me dije. 

Dentro de la casa, los que no bailábamos, manteníamos una actitud tan reverencial como si estuviéramos en misa y apenas nos dirigíamos la palabra entre nosotros. Pero no ocurría igual con los que bailaban. Era frecuente ver a uno de ellos, el chico por lo general, llevar sus labios hasta la oreja de ella. Poco después, una risa femenina se imponía a la música, y yo  no podía evitar pensar qué le habría dicho.

Para romper el hielo con el sexo opuesto teníamos una muletilla: «¿Bailas?». Pero aquel día yo era incapaz de abrir la boca, tampoco era la primera vez que me pasaba. No conocía a ninguna de las chicas y esto, sumado a mi timidez y a  aquella aglomeración, me hizo tirar de mi espalda hacia atrás y  limitarme a observar. Fugazmente, vi pasar a mi amigo, salió de uno de los dormitorios, cruzó el salón y, poco más tarde, regresó con un vaso en cada mano. Me imaginé que una chica le esperaba en la habitación. No cabía duda que él no había remoloneado con el ¿bailas?

La oscuridad era pegajosa y cada vez más consistente, la pequeña luz de la radio solo alumbraba en varios centímetros alrededor. Alguien debió comprender que tantas sombras solo podrían ocasionar un accidente y, al poco rato, dejó encendido el fluorescente de la cocina. Yo solo veía unos bultos que parecían moverse a cámara lenta, algo que propiciaba el tipo de música que aquel muchacho de los discos ponía con maestría. 

Entonces, le tocó el turno a ‘We shall dance’. Un clásico de esos años a la hora de bailar lento y agarrado. 

La canción me la sabía de memoria. Como si fueran las graves campanadas de un reloj de pared que marcara las horas, el órgano iniciaría los compases y, tras esa introducción, el chorro de voz del cantante, con un vibrato no se si natural o modulado, atacaría la letra. Algo referido a bailar, era todo lo más que entendíamos de aquellas frases que él repetía. Tampoco nos importaba no entender bien inglés. Si decía que ‘bailaremos’…  eso sería lo que haríamos,  y muy juntos. Es increíble lo bien que nuestra calenturienta imaginación rellenaba lo que no sabíamos traducir de aquella letra simplona y casi falta de sentido. Por eso, nos era muy sencillo  convertir aquel himno en la puerta al desenfreno. 

Sin pensarlo apenas, como suelen hacerse las cosas que más huella nos dejan, nada más escucharse el primer ‘We shall dance’ me giré a la izquierda y, levantando la  voz, le  pregunté a la chica que estaba sentada a mi lado si quería bailar. 

No sabía si era alta o baja, rubia o morena, delgada o gorda. La penumbra, pero sobre todo que en ningún momento anterior nos habíamos mirado a la cara, tenían la culpa. Tampoco se había movido del tresillo ni hablado con nadie desde que aterricé sobre aquellos cojines.

Yo creo que todavía no había acabado de hacer mi pregunta cuando su mirada chocó con la mía. Tenía unos ojos oscuros y silenciosos que, sin pestañear, volaban muy lejos de aquel salón. Por un momento, me pareció que no era real sino algo inseparable, un elemento más del mueble sobre el que estábamos sentados. 

Ella solo giró el cuello hasta poner su rostro enfrente del mío, sin llegar a mover ningún músculo más. Sus codos permanecían descansando sobre las rodillas mientras se sujetaba la barbilla con las manos y mantenía curvada la espalda hacía adelante. Me fijé que tenía las piernas muy juntas, llevaba falda y medias negras calzando unos zapatos cerrados de cordones con tacón ancho y cuadrado

Aguardé unos segundos, aunque a mí me dieron la impresión de ser horas. Sin dejar de mirarnos,  forcé una sonrisa, respiré hondo y, extendiendo mi mano hacia ella, le pregunté de nuevo:

—¿Bailas?

Fin segunda parte. Continuará