El progreso tiene sus cosas. Los científicos como yo, no sé si estáis al corriente de esta faceta de mi identidad, nunca lo expresamos así. Lo decimos peor para que quede más bonito. Decimos que el crecimiento económico genera contradicciones en el sistema.  ¿Eso qué quiere decir? Pues que el progreso tiene sus cosas, ya está.

Una cosa que tiene: el mundo desarrollado no favorece el equilibrio mental. Y luego la gente a suicidarse todo el rato, ya se sabe. Por ejemplo: antes las calles estaban más sucias. Ibas caminando por la calle y lo mismo pisabas un chicle que una camiseta, y no vamos a ser exhaustivos enumerando todo lo que te podías encontrar bajo las suelas. Hoy la vía pública está más limpia, pero claro, nos faltan las latas aquellas oxidadas y roñosas. Yo hoy estoy muy rabioso, y querría dar una patada a algún pote. Eso que antes se hacía cuando algo salía mal. Viene recogido en todos los comics, antes llamados tebeos, de Mortadelo y Filemón, el abuelo Cebolleta, o Pepe Gotera y Otilio, chapuzas a domicilio, por citar a algunos clásicos. Frecuéntemente despejaban alguna conserva. Muchas veces hacen falta este tipo de escombros en la calle. Yo los echo de menos. Hoy por hoy, si quieres desahogarte tienes que guardar los tarros vacíos como si tuvieras el síndrome de Diógenes. En realidad es la sociedad entera la que padece este síndrome con tanto coleccionar y clasificar la inmundicia. En casa ponemos las hojalatas en la bolsa amarilla. Yo finjo estar de acuerdo con eso tan políticamente correcto, pero cuando necesito una desfogarme, a mi lo del mindfulness no me hace nada. Yo asomo la nariz para ver si hay alguien en el pasillo, y si no me ve nadie, me deslizo sigiloso como un guerrillero pero sin traje mimetizado ni nada, con mis pantalones y mi camisa de rayas, una cualquiera, da igual. Busco en la bolsa de envases para reciclar, y cuando no me ve nadie…

-Papá, ¿qué estás rebuscando en ese cubo?
-Me has asustado. ¿Dónde estabas, hijo?
-Detrás de ti. Es que me preocupas, papa, te comportas de un modo extraño.
-¿Yo? Solo estaba asegurándome de que ponemos cada tipo de basura en su sitio. No sabes lo importante que es esto de reciclar.
-Ya, ya, ya…

Cuando se va mi hijo vuelvo a revolver todos esos recipientes desechables sucios. Hay un bote de plástico de cacao, bandejas de huevos… Pero eso no me valía. Yo lo que necesitaba era una lata vacía de fabada asturiana por ejemplo, o un tarro pegajoso de melocotón en almíbar. ¿Y qué es lo que me encontré en aquella ocasión? ¡Nada! ¡Una birria! Una minúscula latita de anchoas. ¿A dónde vamos con eso? Tanta comida sana…

Pero yo soy un posibilista. Me aseguro de que nadie me vea y cojo la latita de anchoas, que al fin y al cabo es lo que hay, con el índice y el pulgar, para no mancharme más de lo imprescindible. Y la pongo debajo del grifo del fregadero.

-Papá, ¿para qué estás lavando esa porquería?
-¡Hijo,ya está bien de vigilar a tu padre! ¡No tengo intimidad en mi propia casa! ¿De dónde has salido esta vez?
-¡De detrás, como siempre!
-¡Ya me he cortado! Si no me dieras estos sustos…
-Claro, papá, te lo iba a decir: ten cuidado que te vas a cortar.

Me lo quedo mirando y el niño decide acertadamente volver a desaparecer. Luego seco bien la cochambre, para que al chutarla no moje el suelo. Me da igual si estoy loco o no. Quiero mandarla al espacio sideral. Por fin tiro la latita al suelo, pero… ¡Qué miseria! Esto no vale para nada.

Igual si que estoy un poco loco. No,  no es eso: Estoy rabioso, sí que lo estoy. ¡Qué pasa! Necesito darle un puntapie a algo grande que dé volteretas y haga cotoclón-cotoclón. Aliviaría tensiones. No es  tan raro. ¿Pero qué puedo hacer con esa menudencia? Total, que he aquí mi mensaje: el progreso nos ha impuesto la razón y la pulcritud y la lógica, y así no hay quien se desahogue. La rabia y la frustración no se contemplan en nuestro mundo feliz porque están coercitivamente mal vistas, casi prohibidas. Te dicen que vayas a hacer running, pero yo quiero dar patadas porque estoy que mi ira ya no cabe en mí. ¿No nos damos cuenta de lo difícil que es mantener así el equilibrio con todos los desperdicios perfectamente clasificados para no deteriorar… (¡qué mentira!)  el medio ambiente?

-¡Papi!
-¡¡¡Dios!!! Dime.
-¿Te acuerdas de una cosa?
-¡Qué cosa, hijo, a ver, qué cosa!
-Cuando yo era más pequeño te dije que había marcado once goles en el recreo. Se lo contabas a todos: “éste es el peque, que el otro día metió once goles en el recreo, dos con balón y nueve con papeles.” Te parecía lo más divertido del mundo. ¡Cuánto te reiste con eso! Me llamabas, “mi hijo, el goleador”.
-Sí, es verdad. Me hacía gracia.
-¿Y tú vas a jugar al fútbol con una chapa de esas, papi el goleador? Te he visto otras veces. No es un comportamiento propio de un papá…
-No hijo, no voy a jugar. Es que no lo comprenderías.
-Es que, ¿qué? ¡Venga papá, un poco de consistencia! ¡Que ya tienes una edad! Y sal a la calle, que a mí no me dejas jugar con la pelota en la cocina. ¡Eres un injusto!

En fin…

He besado la cabecita de mi hijo. He bajado atolondrado a la calle. A meditar. Al final, sin restos de conservas. La noche me protege. El ambiente está húmedo y tibio. LLevó las manos en los bolsillos y la mirada hacia el cielo de cristal  oscuro, sin estrellas. Respiro. Camino y respiro. Avanzo entre las filas de árboles y coches aparcados que son en realidad como latas enormes. Las patearía, pero podrían saltar las alarmas de los vehículos y los vecinos no me comprenderían, porque son gente cerrada que no analizan el drama existencial del hombre contemporáneo, ni ninguna otra cosa de esas. Vuelvo los ojos hacia la acera y veo a lo lejos un bulto. Es una piedra. Podría darle una patada. Aunque no sea un recipiente para fabada asturiana, vale igual. Podría chutar la piedra. Pero paso de largo. La indulto, magnánimo, de los delitos de los que no es culpable. y de la responsabilidad de ostentar, con sus exiguos gramos de peso, la representación de todo este enorme planeta loco en este universo raro, grande y estúpido, como un amigo mío. Y confío en no perder el  humor y en que unos minutos de caminar nocturno, respirando la quietud, el silencio y las sombras, me devuelvan la serenidad y la comprensión del inaprensible sentido de la vida.

Enrique Brossa
Soy una maquina de escribir que lleva mucho tiempo sin usar y quiero hablarte de mí. Español, varón. Adolescente desde hace décadas. Mi educación no fue de letras pero mi pasión sí. Soy al mismo tiempo emprendedor y perezoso. Me gusta mucho hablar, pero hablo poco cuando hay poco que decir o que escuchar. Me encuentro muy bien tomando algo en cualquier terraza, tanto en compañía de buenos conversadores, como con algo para leer o para escribir. Disfruto con la polémica. Veo mejor de lejos que de cerca. Odio los detalles. Tengo una relación contradictoria con lo convencional que se refleja en todo lo que escribo. Mi firma, como mi vida, está hecha de trazos paralelos, es decir, que no convergen. Soy algunas veces demasiado cándido, otras desconfiado. Noto que puedo influir en la gente, pero no suelo aprovecharme de este poder. Al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, no siento fascinación alguna por el mal, porque me parece terrenal y simple y dentro de mí hay un arzobispo sin religión ni fieles. Soy solitario y sufridor. Soy un ermitaño en la ciudad. Un audaz aventurero: un explorador ante un despacho. Tengo los pies grandes y los hombro pequeños. Soy el viento de bohemia que se mete en una celda. Sería el mejor de los amigos, si los tuviera, ya que exijo en los demás la madera del árbol que nunca existió. Aprecio la indulgencia y la compasión. Puedo estar ofuscado o lúcido, pero escribiendo me siento mejor. Escribir no es para mí ni un viaje al infinito ni a mi propio interior, sino al centro de la Tierra.
Enrique Brossa

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