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Se hicieron las doce y cayó el sueño como una cortina que casi no me dejaba ver. Abandoné las redes sociales, repletas de princesas azules y de otros colores, y salí, pese al cansancio, con cierto garbo, de mi despacho en dirección al dormitorio. Pero con las prisas, perdí una alpargata en el pasillo. ¿Cómo se pierde una alpargata caminando? La respuesta es que tienes que verme a mí con sueño. Mi hijo pequeño, no sé qué haría despierto a esas horas, la recogió y dijo:

-Se lo voy a decir a Mamá, que tú también te dejas zapatillas por ahí, y te enfadas cuando lo hago yo.

-¡Eso mismo! -dijeron sus hermanos.

-¡Vaya acusicas! Parecéis hijastros malos de cuento.

Mi mujer, dijo:

-¿De quién es esa zapatilla? ¿Os parece bonito? El propietario, mejor que confiese.

Pero yo me metí en la cama, mientras ella seguía tratando de averiguar de quién era. Yo abrí un ojo al oírla entrar al cuarto. Sonriendo, introdujo la mano buscando mi pie bajo el edredón. Cuando por fin lo cazó con maestría como a un gazapo tratando de esconderse asustado en su madriguera, logró sujetarlo:

-Vamos a probar si la zapatilla es de este señor -decía. No sé por qué le hacía tanta gracia la cosa pero pronto me contagió su risa.

-Déjame que te la pruebe -decía- y si es de tu talla está pantufla de cristal, me casaré contigo otra vez. ¿A dónde iremos de luna de miel?.

-Pues sí que tienes ganas de reincidir -le respondí yo, asomando el dedo gordo para permitirlo.

-¡Horror! ¿Sabes que tendremos bodorrio -y me buscó las cosquillas en la planta del pie.

Al día siguiente tendría algunas tareas poco interesantes que hacer. Dejé de soñar despierto. Me quedé pensando en mi zapatilla de Ceniciento… y en que mi coche fantástico se había convertido en calabazas. Lo pensé mejor y me dije: <<Bueno, no. Quizás no>>

Enrique Brossa
Soy una maquina de escribir que lleva mucho tiempo sin usar y quiero hablarte de mí. Español, varón. Adolescente desde hace décadas. Mi educación no fue de letras pero mi pasión sí. Soy al mismo tiempo emprendedor y perezoso. Me gusta mucho hablar, pero hablo poco cuando hay poco que decir o que escuchar. Me encuentro muy bien tomando algo en cualquier terraza, tanto en compañía de buenos conversadores, como con algo para leer o para escribir. Disfruto con la polémica. Veo mejor de lejos que de cerca. Odio los detalles. Tengo una relación contradictoria con lo convencional que se refleja en todo lo que escribo. Mi firma, como mi vida, está hecha de trazos paralelos, es decir, que no convergen. Soy algunas veces demasiado cándido, otras desconfiado. Noto que puedo influir en la gente, pero no suelo aprovecharme de este poder. Al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, no siento fascinación alguna por el mal, porque me parece terrenal y simple y dentro de mí hay un arzobispo sin religión ni fieles. Soy solitario y sufridor. Soy un ermitaño en la ciudad. Un audaz aventurero: un explorador ante un despacho. Tengo los pies grandes y los hombro pequeños. Soy el viento de bohemia que se mete en una celda. Sería el mejor de los amigos, si los tuviera, ya que exijo en los demás la madera del árbol que nunca existió. Aprecio la indulgencia y la compasión. Puedo estar ofuscado o lúcido, pero escribiendo me siento mejor. Escribir no es para mí ni un viaje al infinito ni a mi propio interior, sino al centro de la Tierra. Subcríbete a los artículos de Enrique Brossa
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