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FANTASMAS EXTEMPORÁNEOS
(Conversaciones con Jorge Serrney)

FORTUNATO

─Siempre había escuchado que en noches de luna llena nadaba con los bufeos.
─Nadaba con ellos y en la orilla conversaban. Señor Serrney, los pescadores afirman que los lobos de mar se aproximaban para escuchar las charlas. Al día siguiente la caleta amanecía más iluminada, el mar transparente y las chalanas retornaban con las redes llenas de pescados…
─Algo había escuchado pero no tenía la confirmación. Esteban, ¿usted se enteró cómo murió?
─ Yo era un adolescente cuando mi padre desapareció en el mar de Pimentel. Lo sé por mi madre, hermanos mayores y Fortunato, su compadre. Ambos se proclamaban los dueños de esas aguas y competían para acaparar la atención. Mi padrino fue el primero que inició esta leyenda, una de las tantas que dan colorido al norte peruano. Aunque era unos años mayor que mi padre, mi viejo sabía más del mar y sus secretos. Por otro lado, mi padre acabó la primaria completa y Fortunato era analfabeto. No sabía agarrar un lápiz, pero sus manos maravillosas armaban anzuelos y cocían redes como ninguno. El único papel que cogía era el periódico para imaginar las caricaturas. En fin, mi padrino era muy hábil manualmente y mi padre sabía de memoria las fases lunares y se orientaba por las estrellas. No interesaba si la noche era negra absoluta. Mi viejo, con solo escuchar el oleaje golpeando el bote, sabía exactamente en qué lugar se hallaba y seguía la ruta correcta para encontrar el cardumen.
─ Cuando estuve en Puerto Eten uno de los pobladores más ancianos me confesó que tu padre había amenazado de muerte a su compadre por un lío de faldas…
─Efectivamente, don Jorge, la falda en disputa fue la de mi madre. Mi padre siempre creyó que yo era hijo de Fortunato. No sé de dónde imaginó tal barbaridad y, para colmo de males, lo hizo mi padrino. ¿Puede usted entenderlo?
─Lo intento. Al fin y al cabo superaron esa sospecha y la vida siguió como si nada, supongo…
─Es posible. En cierta ocasión mi madre me asustó al decirme que en una noche de luna llena un bufeo había confesado la verdad a mi padre. Contó que la vio revolcándose con Fortunato en la arena. Mi padre, lo confirmó mi madre, casi se volvió loco y no dijo nada a nadie. Solo la increpó y ella lo botó de la casa diciendo que estaba alucinando, que era el colmo que le creyera a los bufeos cuando son los animales más mentirosos que existen y que era mejor confiar en los lobos marinos.
Anochecía en Pimentel y el invierno castigaba con rigor. El malecón lucía solitario y el señor Serrney y yo éramos los únicos que caminábamos por él. Antes de despedirnos me dijo:
─Esteban, aún no me ha contado cómo murió su padre…
─ Lo que sé es que una noche de julio desapareció con Fortunato. Esperamos durante siete días que el mar varara los cadáveres. Fortunato fue hallado a la deriva, medio muerto de frío, hablando como poseído. Decía que un lobo marino había hecho naufragar el bote y que los bufeos se llevaron a mi padre. Fue perdiendo la razón y, de un momento a otro, nunca más habló. Los alimentos que le llevaban terminaban pudriéndose o comidos por las gaviotas y pelícanos. Finalmente, sin emitir quejido de dolor o derramar una lágrima, empezó a ser mordido por los cangrejos. Sus ojos miraban el horizonte, perdidos en lontananza, descifrando el vuelo de las aves. Tiritaba con la humedad de la noche o se sofocaba con el sol. Abandonado en la mecedora la piel terminó de arrugarse. Esperaba la llegada de su compadre para aclarar el malentendido que les había atormentado los últimos años de vida. Murió de tristeza ante la mirada atónita y compasiva de los vecinos…