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Habían ya superado la capa de nubes, un sol radiante bañaba el interior del avión cuando sus miradas chocaron en un glorioso instante que pretendía ser eterno. Él, después de dudarlo unos segundos, caminó hasta ella para regalarle una sonrisa cargada de timidez e inclinársele como si de una emperatriz se tratara. “Usted es una mujer sublimemente hermosa. Que nunca nadie se atreva a decir lo contrario”. Y mientras le decía aquello, su mente se remontó al momento en que la divisó por primera vez, antes del abordaje. Ahora, el sol delataba en sus ojos algo que hacía mucho ninguno sentía: lo sublime. Pero la realidad habló, el lazo de cada quien, remarcado por ese sello en el dedo anular, acentuó que no habría espacio ni tiempo para soñar; aquellos límites cercenaban las miradas, su brillo y la naciente eternidad.