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Era un rostro, sin color, sin ojos; se proyectaba en el firmamento, más allá del tiempo o del espacio. Sacudía mis sentidos y me obligaba a alucinar imágenes de un mundo desconocido. Un olor a musgo se colaba por mis fosas nasales, zambulléndome en una inconcebible sensación de congoja. Me esforcé por salir, debía despertar; ya antes me habían dicho que ese tipo de sueños no son más que la antesala a la muerte.