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I´m no time to tell You how
I came to be a killer,
but You should know, as time will show,
that I´m a society´s pillar.

  (Poema enviado por Jack the Ripper a la policía de Londres)

Pocos tienen la ventura (o la desventura) de tener alguna vaga idea de qué han venido a hacer a esta horrible, hermosa tierra. 
Jack la tiene. No se llama Jack. Sus costosas botas despiertan ecos en el maloliente laberinto rojo de las calles de Londres. 
El smog no deja ver nada ni a nadie a dos metros de distancia. 
Desdichados faroles amarillos, olor a cloaca, muchos perros que ladran a la luna, un sucio y lento Támesis, 
todo lo que el lector quiera extraer de sus recuerdos cinematográficos o literarios. 
Jack aparta de una patada un pescado medio podrido sobre la acera, tose y se cambia de mano el maletín. 
En la taberna que ha elegido esa noche (Red Frog), una barahúnda, alcohol, un olor a humo de tabaco y otras cosas y a cerveza y a sexo de mujer 
y a esperma reseco; Jane, bajita, pelirroja, un sí es no es ebria, muy bonita aunque un poco mayor ya para su profesión, 
resulta ser la primera que se acerca al caballero que tiene necesidad de divertirse un rato.
Poco después, Jane (que no se llama Jane) se ve libre, tras un breve trámite, del olor a sudor, de las bofetadas, el dolor, 
la vergüenza, el escándalo de venderse y además entregar el precio a otro, 
y Jack (que no se llama Jack) vuelve a casa tosiendo desesperadamente, con el maletín un poco más lleno, 
pensando a qué sabrán los riñones de Jane y pensando, otra vez, que ha salvado a su madre de la vida que le había tocado sobrellevar. 
Lo malo es que Jane, a pesar de todo, quería vivir, aunque no lo sabía. 
                                                                                                                                            A Lidia Ferrari