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Ramón, nada más despertarse, sintió su frente llena de gotas de sudor. Al secarlas con la mano y bajar hasta el cuello, notó cada latido en unas venas que parecían a punto de estallar. Aunque ya no soñaba, todavía escuchaba un zumbido con los gritos de su jefe, cuyos ojos, como puñales afilados, seguían clavados en él. Había sido tan real la pesadilla, tan intensa, que se restregó la mejilla varias veces para apartar las salpicaduras de saliva que ese hombre lanzaba. Ramón acabó por levantar la nariz en busca del oxígeno que aquel individuo aún le robaba. 

Sentado sobre la cama, llenando varias veces el pecho de aire y soltándolo despacio, miró hacía las sábanas arrugadas y empapadas. Menos mal, empezó a pensar una vez en pie, que esos eran los únicos vestigios reales de su zozobra.

Puso la cafetera en el fuego y abrió el grifo de la ducha. Antes, y para acabar de calmarse, recurrió a mojarse con agua fría la nuca y la cara delante del lavabo. El espejo le devolvió la imagen de unos ojos muy abiertos y un temblor en las manos que no terminaba por desaparecer. Ya vestido, olió el aroma del café. Quiso olvidarse de aquel mal despertar delante de un trozo reseco de bizcocho. 

Pero la calma parecía estar lejos de la mesa sobre la que desayunaba. Una y otra vez, aunque volviera a insistir con la respiración, o ahora escuchando las noticias en la tele, sus intentos chocaban contra un muro de hormigón. El recuerdo de aquel sueño, como si fuera un parásito pegado a la memoria, le hacía volver a revivirlo desde el principio cuando su secretaria le dijo que debía subir a reunirse con el director general. A él y a otros dos responsables de departamento que, en cuanto entraron al despacho situado en la última planta del edificio, escucharon vociferar a su superior un largo listado de reproches por no haber cumplido los objetivos de productividad de la empresa. Por supuesto, sin tan siquiera mirarlos a la cara y culpabilizándolos del mal resultado. No acababa ahí la pesadilla, después llegaban los «inútiles, incapaces e ignorantes» hasta que aquel ser enfurecido concluía diciendo:—¡Están todos despedidos!

Por fortuna, en ese momento Ramón había abierto los ojos.  Los sueños, ni los buenos ni los malos, se cumplen; solo son el reflejo de nuestra ansiedad, se dijo al dejar la taza sobre el fregadero. 

Un monumental atasco de tráfico bajo una cortina de lluvia fría que teñía el día de gris, sumado al hecho de haber salido un cuarto de hora más tarde del  apartamento, hicieron las veces de narcótico sobre los anteriores pensamientos. Así, cuando llegó a la oficina, entre chanzas y saludos mañaneros con los compañeros, pensó que aquel mal sueño había quedado atrás. 

Encendió el ordenador, y siguiendo la rutina diaria, empezó a leer y a responder los correos. Entre aquel mar de propuestas, balances y convocatorias, se encontraba uno de la dirección. Nada más verlo, sin saber que diría, se le dispararon de nuevo las pulsaciones. En una hora debería presentarse a la reunión para la evaluación inicial de objetivos. Los rescoldos de la pesadilla parecían avivar un fuego casi apagado. Sin embargo, el mundo real era muy distinto del de los sueños, se dijo una vez más. No había motivos para preocuparse, conocía muy bien los indicadores económicos que juzgaban el trabajo de los empleados, incluyendo el suyo, y todos eran excelentes. Los beneficios que había obtenido la empresa eran superiores a los de otros años, su jefe quedaría satisfecho y solo cabrían las  felicitaciones. 

Como en un espejo, los siguientes pasos de Ramón fueron similares a los que ya habían pasado por su cerebro en la anterior madrugada. Aunque, en esta ocasión, con  diferencias significativas. Donde antes hubo temblores y palabras a medio pronunciar, ahora reinaba una conversación fluida; donde antes solo escuchó gritos, ahora cada frase acababa con un ‘buen informe’ y un ‘muchas gracias’  del director general.

La reunión terminaba y entre los tres subordinados corrían las palmaditas en la espalda  y las sonrisas contenidas. Así fue hasta que el jefe, levantándose de la silla y en un tono monocorde y falto de inflexiones, pronunció la última frase:

—Los buenos resultados son gracias al esfuerzo de los otros trabajadores y no al de ustedes, cuya única labor es presentármelos. El Consejo de Administración y la Junta de Accionistas me exigen un mayor beneficio y, para lograrlo, empezaré por suprimir puestos improductivos. ¡Están todos despedidos!