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  ( primera parte de tres entregas) 

La muerte de Eva Van Helpen no ha sido publicada por ningún diario. Su vida, plagada de acontecimientos excepcionales, tampoco mereció el interés de los medios de comunicación. Sin embargo, si tenemos en cuenta que Eva, ya con diez años, acompañó a su madre en Mathausen, que fue enfermera de la Cruz Roja durante la guerra de Corea, que acudió a campos de prisioneros en Hanoi y Saigon durante el conflicto vietnamita,   que formó comités de refugiados en Rodesia y en Angola, que las bombas no frenaron su actividad en el Líbano, Croacia, Bosnia, Congo o Kosovo, la labor que ha desempeñado se nos hace imprescindible a la hora de entender los últimos ochenta años de la humanidad. Sus pequeños ojos azules vieron cuerpos mutilados, niños solo alimentados con unas migas de pan y agua sucia, falsas delaciones entre hermanos como única forma de no caer frente a un pelotón de fusilamiento, mujeres violadas en presencia del marido antes de que a este le metieran una bala entre los ojos, dedos arrancados, lenguas cortadas, genitales quemados… torturas que ni el destripador más sanguinario hubiera podido jamás imaginar. Eva escuchó a todos los perseguidos, los abrazó sin importarle mezclar su sudor con el de ellos; Eva hizo todo lo posible por equilibrar el odio y la crueldad de nuestra especie. Eva, agarrada siempre a la bandera de la solidaridad, fue el espejo en el que mirarse, el ejemplo para una sociedad mas justa. Un modelo que, por desgracia, no tiene continuidad. Despreciada por gobiernos de cualquier signo, abandonada por muchos a los que ayudó a salvar, no fue eso el peor vía crucis por el que pasó durante los últimos años de vida. Memes o tuits, que nadie sabe por qué ni cómo se propagaron, inundaron las redes sociales convirtiendo la entrega hacia los demás de Eva, en un circo absurdo de risas y mofas.

Hija de padre holandés y madre alemana, casada con un chileno durante cuatro décadas, tuve la suerte de conocer a Eva Van Helpen hace dos años. Vivía alejada de la civilización en una remota zona al sur del continente americano. Habitaba una casa humilde de una sola planta frente al mar y al borde de una playa salvaje. Parecía huir de aquellos a los que había salvado o consolado. Por entonces, yo trabajaba como periodista ‘free lance’ . Tras conocer algunos datos sobre su biografía a través de una búsqueda casual en google, pensé que me  quitarían de las manos una entrevista con aquella mujer tan excepcional. No fue así. Todos los editores a los que ofrecí el trabajo, lo rechazaron. ‘Opuesta a nuestra línea editorial’ fue la respuesta más habitual, aunque las hubo de todo tipo, como que ‘a nadie interesa la vida de una demente’ o ‘tráeme genocidas o asesinos en serie, esos sí venden revistas; una vieja agarrando la mano tanto a negros moribundos como amarillos famélicos, no es noticia’.

Hace unos meses dejé el periodismo, decepcionado y desencantado al comprobar que, si quería publicar reportajes, solo lo sería si aceptaba ser como esos muñecos de ventrílocuo, que, aunque muevan  los labios y parezcan tener voz propia, son las palabras de otro las que siempre salen por su boca. Dejé las entrevistas, me reciclé de diseñador gráfico con fines alimentarios, y no aplacé más la realización de mi primera novela. Hoy, al enterarme del fallecimiento de Eva, he rebuscado entre mis archivos hasta encontrar  aquel trabajo nunca publicado, sin que haya descartado del todo que algún día pueda ver la luz. Mientras llega ese momento, me gustaría compartir parte de esas horas que pasé junto a ella, un resumen de lo que revistas y diarios rechazaron. Es curioso, las mismas redes que la masacraron, servirán ahora de ventana por la que mostrar a Eva Van Helpen, una llama que se ha apagado dejándonos a oscuras. 

(Continuará. Fin de la primera parte)