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Desde que el dentista dijo: «tiene dos caries» mamá ya no me dejaba comer chuches. A partir de ese momento las tuve que comprar sin que ni ella ni papá lo supieran. En la tienda del señor Chen -el chino lo llamábamos en el barrio- tenían siempre de mis favoritas, unas bolas con cromos de súper héroes que, al morderlas, te llenaban la boca de espuma con sabor a chocolate. Pero la última vez que fui se habían terminado. Tampoco estaba el señor Chen, sino su padre, un hombre muy mayor con una barba blanca, larguísima y acabada en punta. La cara del anciano parecía de cera, ni un músculo se le movía, solo al preguntarle algo sonreía mientras contestaba. Era como si tuviera un muelle en los mofletes que se estirara a la vez que hablaba.

Detrás del mostrador tras el que estaba sentado vi otras chuches muy parecidas a las que me gustaban. Debían ser de héroes, a pesar de no tener envoltorio. Estaban dentro de un tazón de cristal grande. Le pregunté varias veces al padre del señor Chen por las bolitas, aunque no me debía entender pues siempre me respondía: «Pan, barra, un euro; si tú llevar, dos, uno y medio». Lo mejor sería cogerlas yo. Saqué del pantalón la moneda de dos euros que llevaba, la puse sobre el mostrador -el padre del señor Chen volvió a sonreír, sin hablar esta vez- le rodeé y con mi mano extraje del bote tres de aquellas bolas. De golpe el chino se puso muy serio según abría mucho los ojos y sus manos empezaban a temblar. Daba miedo la cara que puso. Temblando yo también, di media vuelta y eché a correr. Desde la puerta le escuché decir: «no llevar, favor» ¡Si las que me gustaban traían seis en cada bolsita de un euro y yo le había dejado una moneda de dos! Lo que no iba a hacer es volver a por las vueltas. Fuera ya de la tienda, me guardé en el bolsillo del pantalón las chuches. Esa misma noche tomaría una.

Lo último que veía al dormirme, y lo primero al despertar, era el póster de Messi que tenía pegado a mi cama. Aquella mañana, nada más abrir los ojos, Messi me pareció tan grande como si fuera una nave imperial. Entonces, no supe el porqué. Un segundo más tarde, mi padre, como cada día cuando tenía que ir al colegio, abrió la puerta de la habitación.

—Jorge ¡Buenos días! despiértate ya… ¿Jorge, dónde estás?

Aunque respondí a papá, él, que también me parecía hoy tan grande como un dinosaurio, empezó a remover las sábanas y a mirar debajo de la cama. No entendía cómo no me veía si yo estaba ahí mismo.

—¿Isabel, Jorge está ya en la cocina? en su habitación no hay nadie —gritó mi padre.

—Voy a ver —escuché decir a mamá desde su habitación.

Papá abrió mi armario mientras me llamaba por si estuviera escondido entre los abrigos o las cajas de Lego. Al rato, entró mamá. Abría mucho los ojos y caminaba muy deprisa.

—Ernesto, Jorge no está por ninguna parte de la casa —dijo ella hablando en voz baja y llevándose una mano al pecho.

Al saltar de la cama para acercarme a mamá, fue cuando me vi flotando en el aire. Una de sus manos se me vino encima y me hizo caer sobre la alfombra. Desde ahí abajo mis padres eran tan grandes y altos como una montaña. ¿Me habré vuelto invisible? Pensé al principio, pero al intentar acercarme a mi padre para decirle que estaba a su lado, volví a flotar por el aire. En esa ocasión, tuve cuidado y esquivé su manaza cuando la lanzó sobre mí. Se me ocurrió ir hasta el baño y mirarme en el espejo. Así sabría porqué no me veían. Tardé un buen rato en comprender que esa polilla que veía revoloteando de un lado para otro, aquel insecto, era yo.

¡Polillas! En ese momento, me acordé de haber estado soñando toda la noche con polillas. No puede ser, debe ser una pesadilla, me dije, e intenté pellizcarme. Imposible, tenía un montón de patas y aunque las moviera, frente al espejo siempre aparecía la polilla. O sea, yo mismo.

Volví a la habitación. Mi padre hablaba por el móvil.

—Sí, claro que iremos para la comisaría inmediatamente, pero le repito que Jorge, mi hijo de nueve años, ha sido secuestrado.

Mamá se había sentado en la cama y tenía las manos tapándose la cara. Yo creo que lloraba. Me puse sobre la almohada sin saber qué hacer. Mis alas temblaban.

Papá y mamá tardaron mucho en regresar. No llegaron solos. Venían junto a cuatro policías, uno de ellos con un pastor alemán que se empeñaba en acercar su hocico hasta mí, y eso que le daban a oler la ropa que llevaba puesta el día anterior. Tuve que dejar la cama y refugiarme encima de la tulipa de Mickey, la lámpara que tenía colgada del techo. Entonces, el perro empezó a ladrar hacia donde me encontraba. Uno de los policías dijo:

—Subamos al otro piso, Niko ha debido oler algo más arriba.

Casi no podía pensar con el continuo entrar y salir de unos y otros, hasta el abuelo estuvo revolviendo por todos los lados, a pesar de que un señor con corbata le hubiera dicho que no tocara nada.

Llegó la noche y yo no sabía qué hacer para volver a ser un niño. Se me ocurrió que si conseguía soñar conmigo mismo, tal vez, como la noche pasada con las polillas, lo conseguiría. Pero tenía hambre, no había tomado nada en todo el día. Al pensar en lo que había cogido en la tienda del señor Chen, las alas empezaron a moverse solas ¿Y si aquellas chuches me habían convertido en polilla? Siempre soñaba, partidos de futbol por lo general, y por eso, nunca me convertí en jugador del Barsa. Las chuches que el padre del señor Chen no quiso que me llevara debían tener algo que ver.

Solo me había comido una. Las otras seguirían donde las metí al salir de la tienda. Aunque la habitación estaba con toda la ropa y mis juguetes tirados por el suelo, el pantalón que le dieron a oler al perro seguía sobre la cama. Para una polilla no es nada difícil entrar en un bolsillo. Sin embargo, chupar es otra cosa y me llevó mucho rato. Además, cuando ya me dolía lo que debía ser mi boca, la bolita estaba intacta. Me posé sobre la almohada, miré al póster y, por si acaso, me imaginé jugando en el Nou Camp. No tardé en estar dormido. Ser polilla era más agotador que ser un niño.

Desde muy temprano, el sol me daba en los ojos, nadie se había preocupado de bajar la persiana, pero no tuve que cerrarlos. Lo primero fue mirarme las manos. ¡Oh, no! Ahora estaban recubiertas de pelo marrón y, en la punta, veía unas uñas afiladas, igual en mis piernas. No recordaba con qué había soñado, pero ahora me había convertido en gato. Salté de la cama y di un par de carreras por la habitación. Lo de volar no me había parecido tan divertido. Ser gato era mucho mejor. Pero quería volver a ser yo, Jorge. Para eso, tendría que comerme toda la chuche antes de dormir.

De un salto estaba sobre la cama donde seguía tirado mi pantalón. Cogería la chuche y la escondería hasta la noche. Pero en ese momento escuché unos pasos. Alguien estaba a punto de entrar en mi cuarto. Enseguida me revolví con la intención de ocultarme bajo la cama. No me dio tiempo y mamá me vio.

—¡Bueno, bueno! ¿Qué tenemos aquí? ¿Este era el secreto de Jorge? ¡Ay, mi niño! ¿quién lo tendrá secuestrado? … ¿Cómo es que nadie ayer se dio cuenta del gato? Ven… toma…

Mi madre intentaba cogerme y yo, ya debajo de la cama, no sabía qué hacer. Pensé que lo mejor sería estar con ella y, en algún momento, volver a mi cuarto a por las malditas chuches aquellas.

Me cogió entre sus brazos y me acariciaba el lomo. Me gustaba mucho volver a sentir sus manos. Probé a darle unos cuantos lengüetazos.

—Te voy a poner un poco de leche, debes estar hambriento —dijo mi madre haciendo ya la intención de salir hacia la cocina —¡pero qué desastre! El pantalón de Jorge tirado sobre la cama y lleno con las babas de ese perro… ¡Habrá que lavarlo!

Yo no podía hacer otra cosa sino arañar de inmediato a mi madre, así conseguiría que no se lo llevara. Dicho y hecho. Sin embargo, de golpe me vi lanzado al vacío y cayendo sobre la alfombra.

—¡Casi me haces sangrar! Muy bien educado no estás, no —soltó mamá, pero una vez que se manoseó el arañazo un par de veces, volvió sobre el pantalón. Desde el suelo vi como lo cogía, lo doblaba y salía de la habitación cerrando la puerta.

 

Han pasado dos semanas desde entonces, mi nuevo nombre es Milo. Mamá, que no para de llorar, me da casi más besos que antes. Sin embargo, en cuanto pueda, tengo que escaparme hasta la tienda del señor Chen. No conozco ningún equipo de fútbol en el que juegue un gato.

 

 

***