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Empecé a urdir el plan cuando el ginecólogo de Pepita, mi mujer, pronunció delante de los dos la palabra cáncer. Hace ya una década que enviudé y me quedé solo, nunca tuvimos hijos. Durante todos estos años, y entre habitaciones de hospital -aquí y en Estados Unidos-, como de igual forma en la soledad de la cama al irse mi mujer, o en mi banqueta al otro lado de la ventanilla, he podido ir madurando los pasos que debía seguir. La última pieza la encajé hace un lustro cuando nuestros ahorros, incluyendo la venta del apartamento en Cullera y la hipoteca sobre la de Madrid, ya habían engordado el patrimonio del seguro médico que pagaba cada mes y solo me alimentaba con las sobras del super o de arroz y macarrones de la ayuda social.
Mañana, sábado doce de diciembre, cumpliré sesenta y cinco años, los últimos cuarenta trabajando como cajero en el Banco del Sur. Al otro lado de la cámara acorazada hay dinero suficiente para olvidarme de seguir pasando apuros al llegar a fin de mes. Mis desvelos con el banco se habían ganado una pensión de jubilación más desahogada. Jamás me descubrirían, mi plan era un plan perfecto.

Hace tan solo unas horas, nada más cerrar al público, fue la fiesta por mi retiro. Menos yo, todos estaban convencidos de darme una sorpresa. Transcurrió según lo había planificado. Como en la del interventor, fue Basurto, la subdirectora, quién encargó a tele-oficina el menú: patatas fritas y aceitunas, unas tortillas, medias noches de jamón y de queso, dos botellas de rioja, botes de cervezas y refrescos. Por supuesto, pagado a escote entre los ocho de la plantilla, lo que suponía música celestial para el director ya que así se lo  ahorraba de sus gastos de representación. Además, tras darme el reloj en nombre del gerente de zona y agradecerme mi fidelidad con la entidad, la celebración le serviría de excusa para no regresar con su familia hasta bien entrada la  noche y así poder  pasar la tarde con la Basurto en un hotel. Pero no contaba con el laxante que yo le pondría en la copa de vino ni que, mientras que  su amante le llevaba hasta el baño, me adentraría en su despacho, sacaría el manojo de llaves que siempre él guardaba en la americana y haría un molde con la llave maestra que desactivaba la alarma volumétrica de la entrada.

Me había costado mucho convertirme en un maestro cerrajero, pero no el hecho de  usar torno y lima, sino el tener que bajarme vídeos tutoriales de internet para aprender a duplicar llaves. El mundo de la informática era demasiado hostil para alguien de mi edad.

Cuando por fin la fiesta se terminó, respiré aliviado. Entre abrazos y saludos a la carrera, como si el despedirnos fuera una losa que necesitáramos quitarnos enseguida de encima, mis compañeros se fueron marchando. Los últimos en salir fuimos la Basurto con el director, que apenas se sostenía en pie, y yo. Necesitaba asegurarme que nadie quedaba en la sucursal.

Regresé a mi habitación de alquiler, hacía ya cuatro años que la casa que habíamos tenido Pepita y yo formaba parte de los activos tóxicos del banco. Lo primero que hice nada más entrar fue moldear en el torno la copia con la que accedería a la sucursal. Una vez hecha, tardé menos de cinco minutos en vestirme con el mono de mecánico, pero sin olvidarme de ponerme debajo las hombreras de fútbol americano que, junto a otras abultadas prótesis de ese estilo, harían que pareciera otra persona. Nadie reconocería mi silueta chepuda de palo escuchimizado, sino el de una persona que pasara varias horas cada mañana levantando pesas de cincuenta kilos. Las alzas de cinco centímetros y las botas de abultado tacón harían el resto. Cogí las bolsas donde guardaría los billetes, la sudadera con capucha y la máscara de látex con la cara de Kim-Jong-Un para, en cuanto dieran las diez de la noche, conducir mi coche hasta dejarlo aparcado en una zona sin tiendas ni oficinas a unas manzanas de la sucursal. Allí no había cámaras que grabaran las aceras ni la calzada. Sí en el interior de la sucursal, pero el disfraz evitaría reconocerme incluso encaminar hacia mí las sospechas.

Con el botín depositado en una caja de seguridad de otro banco, aguardaría unos meses aparentando llevar la misma vida de hambre y penurias que hasta la fecha. Tengo una prima en Australia, es octogenaria y no tiene marido, hijos o familia allí. Comprando a un usurero un billete de lotería que hubiera sido premiado con el tercer o cuarto premio, tendría la excusa ideal para poder viajar a visitarla. Una vez llegara, me quedaría un tiempo a cuidarla aunque, en realidad, no volvería. En aquel país es posible pasar desapercibido y vivir a cuerpo de rey con los más de quinientos mil euros del saqueo con los que yo habría sobrevolado varios continentes. Unos pegados a mi tronco con cinta americana y, el resto, en el doble fondo de la maleta.

Mi plan funcionaba. La alarma se desactivó y, uno tras otro, los monitores fueron transmitiendo la señal del líder norcoreano hiper-musculado entrando hasta el fondo del local donde se halla la cámara acorazada. Frente a ella llegó la etapa final del plan. Había que desactivarla y solo el director sabía la combinación que, cada día, él mismo cambiaba. Un hecho fortuito me había conducido a conocerla tiempo atrás.

Acababa de morir Pepita y ya estaba en la ruina, solo confiaba en un golpe de suerte que detuviese mi caída al abismo. Ir a trabajar cada jornada era como subir al Everest aunque procuraba olvidarme de mi amargura y penalidades contando billetes. Pero un día la suerte, en todas sus acepciones, me dio la mano para cerrar con éxito el plan que había ido madurando entre goteros y el bip-bip de las máquinas.
Como en mi cajón apenas quedaban algunos billetes, tendría que entrar en la cámara acorazada para coger algunos fajos. Además, era viernes, día de pago en el edificio que estaban construyendo enfrente y se avecinaba la hora en la que todos los albañiles vendrían a hacer efectivos sus cheques. Fui al despacho del director, se lo expliqué y, sin mayor problema, me dijo la combinación. Por si acaso la olvidaba, y para no volvérsela a preguntar, nada más salir la escribí en un bloc de notas cuadradas, esas que también tienen una parte adhesiva. A nadie le podía extrañar verme anotar los números, mi poca habilidad con la informática se iba a convertir en una aliada perfecta.

Mis compañeros siempre se reían de mí y me llamaban dinosaurio. Con razón, a duras penas lograba manejarme con la pantalla del ordenador en el trabajo e  internet me parecía una tortura. Incluso mi teléfono móvil solo me servía para hacer llamadas, como mucho y  en contadas ocasiones fui capaz de escribir mensajes de texto.

Horas después, en mi bolsillo apareció el papelito donde había anotado los números. No le hubiera dado importancia si, a continuación, no hubiera buscado en el teletexto el sorteo del día anterior de la Bonoloto y la combinación de números del premio no la hubiera apuntado en ese mismo espacio. Jugar a todas las loterías y sorteos era el único plan B que me quedaba. ¡Unos y otros eran idénticos! entre tantos millones de combinaciones era imposible que el azar hubiera hermanado el sorteo y la combinación que elegía mi jefe. Todas las comprobaciones que hice desde ese día corroboraron que la clave que el director activaba cada mañana eran los seis números más el complementario del sorteo anterior. No fallaba.

Siguiendo el plan, al llegar frente a la caja de seguridad introduje las cifras premiadas que esa tarde había copiado de la televisión, pero esta no se abrió. Respiré hinchando el pecho y exhalando el aire muy despacio en varias ocasiones antes de volverlo a intentar una vez más. Tampoco funcionó. Si de nuevo introducía una combinación equivocada, la central de alarmas y la policía recibirían una señal de aviso quedando, asimismo, la caja bloqueada y siendo precisa la intervención conjunta de la empresa de seguridad, la de los servicios centrales del banco y la del director de la sucursal. Poseído por la desesperación, busqué algún periódico donde comprobar los números.
En el baño quedaba uno. No había fallado al copiarlos. Mis números eran en efecto los premiados. Sin embargo, al mirar al principio de la página y  fijarme en la fecha lo comprendí todo. El periódico era del día anterior, por lo tanto  la combinación ganadora que estaba publicada  a la fuerza debía ser la del miércoles, y no la que el director habría configurado, la del jueves. Así pues, la información del televisor no se había actualizado y mi plan perfecto se derrumbaba como un castillo de naipes.

El mundo del siglo XXI, al que me resistía a pertenecer, había arrollado al viejo tranvía por el que yo todavía circulaba. Y con él, mi esperanza de envejecer con dignidad.  Maldecí al encargado de actualizar la información del teletexto, seguramente otro empleado achacoso y a punto de jubilarse. Empezaba a pensar si  lo mejor que podía hacer era salir lo antes posible del banco y regresar a mi habitación. Me veía echando pan duro a las palomas en cualquier banco del parque, también detrás de la rendijas de la valla de enfrente observando cómo los obreros cimentaban el edificio, cuando dos lágrimas corrieron mejilla abajo. No, me dije, antes me tiro al metro, y es que hasta para el suicidio yo era tradicional.

De lejos escuché el ruido de sirenas, pero era imposible que tan pronto me hubieran descubierto. Me quedaba un intento, la opción de quemar mi plan B en una única jugada. Acertar, sin conocerla, con la combinación ganadora. Las sirenas se escuchaban cada vez más cerca y mi mano temblaba como si tuviera electricidad por dentro. Respiré profundo y, muy lentamente, empecé a girar la rueda: cero dos, cero ocho, once, veintisiete, treinta y ocho, cuarenta y ocho… la luz azul de los coches de policía iluminó dónde me encontraba pero no me detuve… y el complementario, el catorce… nada podía salirme mal.
Mi plan era perfecto.

 

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