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En los umbrales del amparo, donde el alma se despoja de la turbiedad y el cansancio, donde tímidamente se cuelan los suspiros del aire y el latido de una luz furtiva; busca resguardo la caricia inédita, en el retiro donde tú apareces sin temor como la musa del espacio que pueblas, y que callada reservas para dar cobijo. Ahí sin dolencias ni enfado; te aprendo, sin pudor o reclamo; te vivo, como si después de ti el mundo no tuviera sentido o las estrellas bajaran a mis manos.
Decididamente colmas hasta el último palmo y rehaces un corazón en jirones. Renace el alma en la comunión de vuelos, que conquistan impasibles el sentido que la vida descubre inalterable y sin miedo, más acá del raciocinio y más allá de lo grave que le infringen los hombres y las vísceras que nos personifican.