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Pretendiente de tu norte,
aspirante de tu luz.
La poesía es mi consorte,
voy por vida; cara o cruz.
Vengo de una tierra larga
donde toca la tambora
y llueven esperanzas
con el grito de la aurora.
Nací en un valle donde el sol sale sin remilgos
abrevé del barrio y de una calle con vidrios,
cambié un horizonte de algodones, por libros,
sigo buscando en tu huella, mi sino y equilibrio.
Y renací en tu verso que habita en mi postigo.
Como a una estrella que me guía, te sigo
irremediablemente soy amigo de mis enemigos.
Mi corazón renace cada día, sólo con saberte,
conseguí llegar a viejo sin vencer a mis demonios,
soy un insomne confeso, obseso en cada suerte,
harto de ganar, decidí perderme en unos ojos
y a diario desafío los cuencos secos de la muerte.
Mi corazón palpita, si algo le sugiere poesía;
el sístole retumba y el diástole lo acompaña
enloquecidos gritan y convocan esperanzas.
Incorregible voy tras lo que implique una utopía,
aquí me tienes para todo, solidario del alma
soy de sueños, de palabra, sin distancias…
Mi sangre se agita con las faldas sin trampas
tengo la piel zurcida por unos besos con garra.
Cuando creí saberme viejo, “Sabio en esperas”
llegó un perro flaco, y me enseñó la verdadera.
Tu verso bravo me sacudió el alma
y limpió de telarañas la página extraviada…
Tú te llamabas barro, no el que envilece mi huella parca,
Sino, barro noble y bruno donde crece la vida blanca,
un guijarro en el zapato de quien camina sin esperanza,
un canto libertario que aún sangra en las proclamas
con alientos heredados en los vientos de tu España.
La soledad no tiene cura si la musa no acompaña,
la savia de tu verso es el fuego que me inflama
te extrañamos, los que abrevamos de tu palabra,
los que sabemos de tu lucha alzada contra la infamia.
Miles de soldados del papel levantan su barricada
Y te aclamamos Miguel, en cada aliento que no calla.