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Tontinus no había regresado de inmediato junto a la nave, sino que se había tomado un tiempo para meditar. Los sonidos nocturnos del bosque habían desatado su lado más romántico. Pensó sobre todo en la relación con Holt. Su obsesión le estaba afectando mucho más de lo que jamás hubiera pensado. Encima, que pese a todos sus esfuerzos ella no le hiciera caso, constituía una tortura que lo tenía sumido en un abatimiento total. ¡Hasta el caso del alienígena y la desaparición de Cris habían pasado a un segundo plano! Estaba enamorado sin remedio. ¡Colado hasta las ancas!

¿Pero qué más podía hacer si ya lo había intentado todo? Y ella, erre que erre. Haciéndose la estrecha y mirándole por encima del hombro, como si él no fuera lo bastante bueno. Se tocó la cara. La tenía un poco hinchada y todavía le dolía el bofetón que le había soltado por culpa de aquel desgraciado malentendido. ¡Y además le dijo que fuera al logopeda, la muy…! ¡Si total, no era para tanto aquel defectillo suyo! ¡En su casa siempre le habían entendido a la perfección! ¿O no?

¡Pero aquello con Holt tenía que mejorar! Le iba en ello, si no la vida, que sería demasiado decir, sí la autoestima y su orgullo masculino, que ahora mismo tenía bajo mínimos. Si la vía directa no funcionaba, quizás tendría que pensar en algún modo indirecto de despertar su interés. Entonces recordó a aquella tentadora amiga suya conocida por poner los ojitos zalameros a todo reptiliano viviente. No era tan atractiva como Holt que, aunque a veces se comportara como una desaborida, quisquillosa y estirada, había que ver la clase que tenía. Pero si la subinspectora pensara que él cortejaba a otra reptiliana, tal vez se pondría celosa y le prestaría más atención. ¡Eso era! Llamaría a su amiga en cuanto tuviera un hueco, quizás en cuanto ese asuntillo de la nave espacial estuviera resuelto del todo. Ahora tenía que concentrarse en el caso.

Estaba a punto de salir hacía la nave cuando le sonó el móvil. Al mirar la pantalla vio que era su madre. La verdad es que la quería y la respetaba como la reptiliana que había puesto su huevo, pero a veces se ponía muy pesada. ¿Qué tripa se le habría roto a esas horas?

—¿Qué pasa madgre? ¿Pog qué me llama tan tagde? ¿Le ocugue algo?

—¿Qué me va a ocurrir, Próculo? ¡Fíjate la hora que es y todavía no has vuelto a casa? ¿Se puede saber por dónde andas?

Madgre, no se ponga así que ya soy un gueptiliano adulto. Hace vaguias décadas que me afeito las escamas de la caga.

—¡Sí, pero todavía vives conmigo y tengo derecho a saber dónde estás! ¡Parece mentira, mal hijo!

Pego, madgre… si es que estoy en una misión secgreta. No puedo decigle nada más. ¿No compgrende que es guidículo que siendo inspectog y a mi edad, tenga que seguig dándole explicaciones?

—¿Ridículo? ¡Ya te diré yo lo que es ridículo! ¡Que una madre pase toda la noche en vela porque a su hijo no le importa un pito lo que le ocurra: eso sí que es ridículo!

—¡Jobag…! ¿Es que no ve que estoy tgrabajando? ¿Cómo quiegue que se lo diga?

—¡Estoy segura de que si tu padre viviera todavía te comportarías mejor y nos guardarías un respeto! ¡Ya hablaremos por la mañana tú y yo!

Tontinus oyó un clic seguido de bip, bip, bip…

—¿Segá posible? ¡Mi pgropia madgre me acaba de colgag! ¿Qué segá lo pgróximo? ¿Que me denuncie en la comisaguía? ¿Y qué escamas pintagá mi padgre en todo esto?

Tontinus se quedó cabizbajo tras la reprimenda que acababa de recibir. Ya podía prepararse para la que le iba a caer al llegar a casa. A veces envidiaba a otros reptilianos cuyas madres parecían tiernas y afectuosas, no como la suya, que era la «antimadre» por excelencia. No podía decir que no fuera una buena reptiliana, pero parecía que su lema fuese «nunca cariñosa, siempre regañona». Había sido así desde siempre, incluso cuando él era un huevo. De hecho, había llegado a saber que en una ocasión ya próxima a su nacimiento estuvo a punto de hacerle rodar escaleras abajo porque tardaba demasiado en eclosionar. Gracias a que su padre se interpuso entre ella y el huevo, de lo contrario a saber qué secuelas le hubiera podido ocasionar semejante trompazo. Pero Tontinus tenía claro que no iba cambiar siendo ya una octogenaria. Deprimido pero resignado ante lo que no tenía remedio, el inspector decidió volver a la acción.

Cuando llegó, Quartich y Farrus estaban organizando un dispositivo para trasladar la nave al área 31. Todo el mundo sabía que en esa área se llevaban a cabo experimentos militares y científicos pretendidamente secretos.

—Inspector Tontinus, no es bienvenido en este momento. ¿No le dije alto y claro que se marchara? ¿Qué parte de esa orden no entendió usted?

—Lo siento cogonel —dijo poniendo cara de circunstancias, lo que, dado su estado de ánimo, tampoco le costó mucho—. La situación ha cambiado pog completo. La niñita que estaba con nosotgros, Cgris, se ha pegdido y mi pgrioguidad es encontgragla cuanto antes. ¡Quédese usted con la nave y deje que me ocupe yo de la niña, pog  favog!

—Sí, ya oímos el comunicado de Holt y en cuanto llegue el destacamento que estamos esperando, ordenaré a algunos de los reptilianos que organicen una exploración para encontrarla. ¡Mientras tanto puede buscarla usted! —le concedió Quartich a pesar de no estar convencido del todo—. Pero cómo le vea interfiriendo en nuestro trabajo o dirigiendo su mirada hacia la nave, aunque sea una sola vez, lo mando a tomar el viento desértico de Actínia. ¡Queda usted avisado! Y, por cierto. ¿Cómo es que no ha venido también la subinspectora?

—¿La subinspegtoga…? —repitió para darse tiempo a pensar una respuesta coherente—. ¡Oh…! Ya que me lo pgregunta, le digué que se encontgraba demasiado cansada paga continuag y la envié a casa a dogmig. Y por lo otgro no se pgreocupe, ya no estoy integuesado lo más mínimo en esa nave —mintió sin cortarse ni una escama.

—Lástima —dijo Quartich en quien Holt había causado una honda impresión—. Me hubiera gustado despedirme de ella. Además —admitió ya sin tapujos—, da gusto gozar de la compañía de una reptiliana tan guapa como ella en cualquier circunstancia. ¡Qué caramba!

Tontinus le lanzó a Quartich una mirada de pocos amigos. Lo único que no necesitaba era más competencia. Sin embargo, no dijo nada ya que no quería desvelarle al coronel la debilidad que sentía por la subinspectora.

Holt, que seguía la conversación escondida junto Ripli y los niños perdió los nervios.

—¡Será hijo de cocodráctila este Tontinus! ¡Pedazo de mentiroso! ¿Cómo puede menospreciar así mi trabajo? ¡Está echando a perder mi reputación!

Berg y Ripli tuvieron que emplearse a fondo para contenerla porque estaba decidida a salir del escondite y partirle su hocico de reptil allí mismo. La bofetada que le había atizado cuando se produjo aquel malentendido acerca del liguero era una caricia en comparación con la tunda que deseaba propinarle en aquel momento.

—¡Dejadme, que le voy a dar su merecido! ¡Lo mato! ¡Es que yo lo mato ahora mismo! —decía mientras pataleaba sin parar, tratando de librarse de ese lío de brazos y zarpas que la retenían contra su voluntad.

—¡Tranquilícese, Holt! ¡Con esa actitud no solucionará nada! —afirmó Berg tratando de convencerla, al mismo tiempo que seguía sujetándola por detrás—. ¡Además, si sigue gritando así nos descubrirá! ¡Por favor, baje la voz!

—¡Toma ya! —añadió Ripli—. Y yo que hubiera pensado que los reptilinos serían de sangre fría.

—Reptilianos, teniente. ¡Acuérdese: reptilianos! —esta vez fue Cris quien la corrigió—. ¡A ver si se le mete en la cabeza de una vez!

—Bueno, lo que sea —contestó Ripli harta de tanta corrección. Reptilinos, reptilianos… ¿Qué más daba? No era momento de pararse en esas tonterías.

—¡Caray, subinspectora…! ¡Menudo temperamento que se gasta! ¡Cualquiera le tose! ¡Ya me hubiera gustado tener a bordo de la Nostramo a alguien con tanto brío como usted!

—¿La Nostramo? ¿Y eso qué es? —preguntaron todos a coro.

—Hummm… Creo que es demasiado largo para contarlo ahora. Quizás mejor en otro momento.

—Teniente Ripli —Holt adoptó un aire muy serio—. Sé que esta decisión me puede costar la carrera y quién sabe cuántas cosas más: pero la ayudaré a regresar a su planeta. ¡Que le den al imbécil de Próculo Tontinus!

—Subinspectora —dijo Ripli con la mirada vidriosa, conteniendo a duras penas las lágrimas por la emoción—, nunca le podré agradecer bastante lo que está a punto de hacer por mí.

Luego la abrazó y quiso darle un beso en la mejilla. Al principio, Holt, que desconocía esa costumbre humana, retrocedió temerosa, pero Ripli la sujetó hasta conseguir su propósito. En cuanto lo hizo, la subinspectora sonrió complacida.

—¡Anda! ¿Esto qué es? ¡Pero sí hace cosquillitas!

—Se llama beso. En la Tierra es algo muy popular. Todo el mundo se besa constantemente: los padres con los hijos y viceversa, las parejas, los amigos…

—¿Ah… las parejas también? —Holt sonrió con picardía—. ¿Cree que si se lo hiciera a mi Clark le gustaría?

—¡Pues claro, pruebe en cuanto tenga ocasión! ¡Ya verá qué bien! —la animó la teniente.

La subinspectora se quedó embobada al acordarse de su novio y del anillo que pronto luciría en su dedo anular. Esa caricia que acaba de enseñarle la terrícola era la caña. Estaba convencida de que a él le encantaría. Además, aunque Clark hubiera salido con otras reptiliana antes que con ella, algo en lo que no le gustaba pensar porque se la comían los celos, al menos en lo del beso ella sería la primera.

Ilustración original de Juanjo Ferrer para el libro editado por Desafíos Literarios

Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitario tengo tres libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños" y "10 horizontes para una tierra de versos", un libro de relatos "Y amanecerá otro día", una novela romántica "La luna en agosto" y una juvenil, "El inspector Tontinus y la nave alienígena", primera entrega de la saga Univero Belenus. Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.
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