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1 de enero de 2059

Da comienzo un año nuevo sin que haya perspectivas de que la situación en la ciudad vaya a cambiar un ápice y claros signos de desesperación se comienzan a notar entre la población, sobre todo entre los más ancianos, que conocieron una vida muy distinta a la que ahora se nos ofrece.

Hace ya treinta años que la nave Libertis Alfa I, procedente del planeta vecino Marte, aterrizó junto a nuestra ciudad con intenciones de colonizar el planeta. Por lo visto, la conmoción que causó entre la población fue sobrecogedora. Después de décadas enviando sondas para intentar esclarecer si sería posible alguna forma de vida en el planeta contiguo, con resultados indeterminados, los alienígenas, cuya inteligencia nos superaba de manera exorbitante, tomaron las riendas. Bajo una apariencia amigable, se instalaron en nuestra ciudad y establecieron aquí su base de operaciones desde la que poder controlar todo el planeta Tierra.

Tras los tumultos iniciales, la población comenzó a aceptar a aquellos seres que, de una manera tan altruista, compartieron con nosotros sus conocimientos y, en poco tiempo, dieron por cumplida su misión de controlar el planeta. Los avances tecnológicos que incorporaron fueron desorbitados y recibidos con los brazos abiertos. La tele transportación, por ejemplo, fue una ayuda incalificable para el desarrollo de todos los procesos terrícolas y, durante un tiempo, los niveles de estrés y ansiedad casi desaparecieron por completo. Así ocurrió con infinidad de avances más que incorporamos a nuestro día a día con total normalidad.

Sin embargo, los alienígenas también incorporaron su forma de vida. Los edificios fueron siendo sustituidos por edificaciones modernistas sin ningún sentido estético. Los parques y jardines fueron eliminados para abrir más espacio al hormigón y al metal. Se suprimió toda forma de ocio y la única meta que pasó a tener el ser humano fue la productividad sin pausa. Aquella felicidad de la que creían carecer antes de la colonización se esfumó para siempre.

Cuando yo nací, la invasión alienígena ya estaba totalmente completada. A mis veinte años, jamás he conocido los colores ni ninguna forma de diversión. Apenas aprendí a caminar dio comienzo mi vida laboral. Por suerte o por desgracia, los chips que nos implantan al nacer y que nos implementan toda la inteligencia necesaria para ser productivos desde el comienzo de nuestros días, aún no han logrado otorgarnos una habilidad tan básica como la de sostenernos sobre dos piernas.

Conozco cómo era la vida en mi ciudad antes de la invasión gracias a mis abuelos. A pesar de que fue prohibido y eliminado cualquier vestigio de la vida terrícola anterior, aún guardan de manera clandestina en el refugio anti pánico que todas las viviendas deben tener de manera obligatoria, cientos de fotografías, ropas y utensilios que me muestran con tanta frecuencia como les pide su añoranza de un tiempo pasado que, sin duda, debió de ser mucho mejor. Gracias a las fotografías he podido conocer, por ejemplo, lo que es una sonrisa, algo que ahora es inconcebible y perseguido.

Hoy que da comienzo un nuevo año, mis ansias de cambio son más fuertes que nunca. Sin permiso, y antes de que saliesen los primeros rayos del sol del que tanto nos debemos proteger, he bajado al búnker y he abierto la pequeña caja donde la abuela guarda parte de la ropa de su juventud. Elijo la más llamativa y me visto con ella. Me sienta como un guante y enseguida comienzo a notar los efectos del color en mi estado de ánimo. Amparada aún por las sombras, traspaso los límites de la ciudad, vulnerando la estricta vigilancia a la que están sometidos.

Una vez fuera, los primeros rayos de sol comienzan a calentar mi rostro durante tantos años cubierto. Es una sensación maravillosa y la sonrisa es inevitable. Me siento eufórica y lanzo un grito de alegría, que acompaño con un gran salto hacia el cielo. Con esta sonrisa, la brisa en la cara y el color rojo alegrándome el alma, siento que soy capaz de iniciar una rebelión en este mismo momento. ¿Y por qué no? Alguien tendrá que dar el primer paso.

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Madrileña de 40 años. Financiera de profesión, escritora de vocación. Escribo todo lo que pasa por mi mente, dando rienda suelta a esa dosis de locura que todos llevamos dentro, sin encasillamientos. Me encanta partir de una imagen para crear un texto. Y aquí estamos, intentando cumplir mi sueño de la infancia, reinventándome cada día un poquito más. Pero, sobre todo, aprendiendo. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir...
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