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Al final cedí y pese a todos los obstáculos que había puesto durante la semana, el domingo comí con vosotras y con los niños. Ni tú, ni Raquel me hicisteis ningún reproche en aquella ocasión. Lo cierto es que me alegró mucho veros a ti a Raquel y a los niños. Después de todos los desencuentros que habíamos tenido fue una comida entrañable. Tuvimos una larga sobremesa y a media tarde me dirigí a Ciutat Vella, al café Concordia, en pleno barrio del Carmen. El autobús  se retrasó un poco, de manera que cuando llegué, Carlos ya llevaba un buen rato esperando. Le noté en la expresión que sentía mucha ansiedad por ponerme al corriente de lo que quiera que fuese que había descubierto. Me senté frente a él y pedí un café solo. Hacía tiempo que no iba por allí y me encontré con un local completamente irreconocible. No quedaba ni rastro del Concordia que yo conocía, un café del montón con una decoración algo anticuada y que si por algo había destacado en el pasado, además de por su excelente ubicación en pleno centro de Valencia, había sido por la simpatía de los camareros y por el buen café que en él se servía. Por el contrario, aquella tarde me encontré con un local lleno de glamour y en el que en cada rincón se rendía homenaje a los grandes actores del cine de Hollywood clásico. Según me dijo Carlos, la reforma integral había sido obra del nuevo dueño, que por lo visto era un gran cinéfilo. En cuanto me acostumbré a la escasa luz pude advertir a un Paul Newman en plenitud, que no me quitaba su magnética mirada de encima desde la pared del fondo. Al lado de Newman una arrebatadora Marilyn hacía también ojitos al público masculino. En una de las paredes laterales lucían palmito Ingrid Bergman y Humphrey Bogart en una de las escenas finales de Casablanca, secundados a poca distancia por Clark Gable y Vivien Leigh en Lo que el viento se llevó. Ahora mismo no los recuerdo a todos, pero había muchos, muchos más y yo estaba disfrutando como una loca de aquel nuevo ambiente tan cinematográfico. Sin embargo, las palabras de Carlos me sacaron de mi abstracción.

—Parece que mi llamada de la otra noche te incomodó bastante —dijo en un tono algo socarrón—. ¿Con quién te pillé? ¡Confiesa! —Su mirada era entre pícara y cómplice—. ¿Lo conozco?

No solíamos hablarnos de nuestros ligues. Teniendo en cuenta que habíamos sido pareja durante unos años, hubiera resultado algo patético. Pero me había pillado con las manos en la masa como se suele decir. Por otra parte, tampoco tenía nada que ocultarle, así que no dudé en contestar.

—Tal vez… Era Ricky. Bueno, Ricardo Ballesteros y… —apenas pronuncié su nombre pude observar cómo el rostro de Carlos se crispaba.

—¡Con ese impresentable! —exclamó lleno de furia—. ¿Cómo has podido, Sandra? ¿Pero tú sabes quién es? Además, ¿qué hombre de fiar se haría llamar Ricky pasados los cincuenta? —Ahí estuvo agudo y no pude menos que darle la razón.

La advertencia sobre Ricky de nuevo en otra boca. Ahora, volviendo la vista atrás creo que debería haberme inquietado. Pero yo no estaba receptiva, no quería escuchar. Ese hombre me había causado buena impresión, había despertado mi interés y sentía que había hecho renacer en mí una pizca de ilusión, que mucha falta me hacía. Definitivamente, no. No estaba dispuesta a dejar pasar la ocasión de volverme a enamorar por tan poca cosa. Total, ¿qué podría pasar aparte de que me rompiese el corazón? Ya estaba acostumbrada. No. No iba a dejar que nadie apagara aquel anhelo que había prendido en mi  maltrecho corazón la salida con Ricky. Le repliqué a Carlos. Con toda sinceridad, pensaba que estaba exagerando:

—De verdad, no hace falta que te pongas así. Fuimos a la ópera y luego cenamos. Nada más. Yo solo sé que es concejal. Me lo presentó Amalia hará cosa de un par de semanas. Era la primera vez que salíamos…

—Pues harías bien en no juntarte más con semejante tipejo —respondió en un tono mucho más agrio de lo que me esperaba.

—Será que tú sabes de él más que yo. ¿Por qué no me ilustras? —El hecho de que Carlos no cejara en su actitud empezaba a irritarme también a mí.

—Con muchísimo gusto, Sandra —dijo enfatizando la palabra «muchísimo»—. Según él mismo, Ricardo Ballesteros es el prototipo de hombre forjado a sí mismo, procedente de una familia muy humilde y que se ha ganado todo lo que tiene gracias a su esfuerzo.

—Entonces, no hay para tanto, ya lo ves.

—Sí, pero es que yo tengo otra versión. Justo la que él no quiere que se conozca.

—¿Y cuál es esa versión? Si puede saberse.

Conocía bien a Carlos y sabía que no soltaría a su presa así como así. A esas alturas ya comenzaba a tomar conciencia de que aquella tarde solo hablaríamos de Ricky. ¿Es que no había más temas? ¿Acaso Carlos había olvidado aquello tan importante que tenía que decirme?

—Es cierto que su familia era humilde y que prácticamente estudió toda la carrera de derecho becado, pero luego pegó un buen braguetazo al casarse con Carmen Pérez del Río.

—¿De los Pérez del Río de toda la vida? ¡Pero si esos están más que forrados! —exclamé yo, a punto de atragantarme con el café de la impresión.

—En efecto. Y como no se fiaban de semejante elemento, los padres de ella lo obligaron aceptar la separación de bienes antes de consentir el matrimonio. Aunque le compensaron luego con un puesto de directivo en una empresa de su grupo.

—Pero ahora lleva un tiempo divorciado, ya no pertenece a esa familia  —repuse yo resuelta y dispuesta a defenderlo de unas calumnias que me parecían inmerecidas—. ¿Qué es lo que tienes contra él?

—¿Aparte de que se tiró años engañando a su mujer y de que esta lo dejó hartita de cuernos?

—Sí, aparte de eso. No creo que sea algo de tu incumbencia.

Yo seguía haciendo oídos sordos. Me daba la impresión de que Carlos actuaba de aquella por simples celos. Lo cual, visto desde aquí y ahora tampoco es que tenga mucho sentido. Pero lo creía de veras.

—¿Y piensas que ahora que se ha metido en política es mejor persona? Pues ya que lo quieres saber, te diré que es un corrupto de mierda y el tiempo lo pondrá en su lugar. Estoy seguro de que este tío acabará mal.

Yo sabía que desde que ocurrió lo de Elena Carlos vivía muy obsesionado por los trapos sucios de los políticos. No se cansaba nunca de husmear en la basura ajena y a veces, más me parecía un sabueso que un periodista. Conocía su buen juicio y su ecuanimidad. No obstante, continuaba pensando que no tenía pruebas de lo que me estaba contando. Volví a dirigir mi mirada hacia Paul Newman, como si esperara que saliera de la pared de un momento a otro para acudir en mi ayuda en plan de galán clásico. No hubiera dudado en rebatirle a Carlos si hubiera sido capaz de encontrar las palabras apropiadas. Estaba convencida de que todo era un infundio por su parte. Porque no soportaba verme ilusionada. Menuda egocéntrica estaba hecha.

—Aún hay otra cosa sobre él. En realidad, el motivo por el que te hecho venir. Te prometo que no tenía ni idea de que estabas liada con él.

Apenas pude contener la ira. Las palabras se agolpaban en la garganta y tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para contestarle con la misma dureza.

—Para que te enteres: ¡no estamos «liados»! Y con quién me líe o me deje de liar yo no es asunto tuyo.

Su rostro, que llevaba ya un rato de un rojo colérico pasó en pocos segundos a un tono lívido, señal de que lo que me iba a contar a continuación era de una gravedad extrema:

—¿Sabes que antes de ser concejal estuvo unos años en la Consellería de Infraestructuras, Territorio y Medio ambiente.

—¿Por qué? ¿Acaso debería de importarme?

—Más de lo que te imaginas. Fue la época inmediatamente anterior al accidente de metro. Su opinión —y tal vez su firma también— fue decisiva para que se optara por sistema el sistema de Frenado Automático Puntual —FAP para los amigos— en lugar del sistema de Protección Automática de Trenes más conocido como ATP, por sus siglas en inglés, infinitamente más seguro, pero cuarenta veces más caro.

—¿Y eso qué tiene que ver? La culpa la tuvo el maquinista. Es la conclusión que se extrajo de la comisión de investigación que se abrió entonces. ¿O ya no lo recuerdas?

—Sandra, ¡por el amor de Dios! ¿Pero de qué comisión de investigación me hablas? ¿De esa que estuvo completamente manipulada por el partido que gobernaba? ¿De esa en la cual a la oposición se le denegó todas las comparecencias solicitadas? ¿Esa en que las respuestas de los testigos estuvieron amañadas por una consultora que contrataron ex profeso?

»¡Culpa del maquinista…! ¡Culpa del maquinista…! Qué bien les viene que también falleciera en el accidente para poder echarle toda la mierda encima. Que el sistema de seguridad fuera el peor del mercado no tuvo nada que ver con que hubiera cuarenta y tres muertos, claro que no. El que cambiaran las ventanas originales por unas que llevaban un protector de plástico para que no las rompieran los gamberros, pero después se les olvidara sujetarlas con un sistema homologado para que no se soltaran en caso de accidente, tampoco. La gente saló despedida por las ventanillas. ¿Te haces una idea, Sandra? Aquello fue una auténtica masacra. Muchos, quizás también nuestra Elena, quedaron aplastados entre los vagones y el túnel.

»Sí, es probable que el pobre hombre lo hiciera mal, que se despistara al entrar en la curva y no frenara a tiempo, que le hubiera dado un infarto o cualquier otra cosa y por ello no pudiera hacerlo aunque hubiera querido. Pero para hubiera cuarenta y tres muertos ese día, créeme, Sandra, muchas cosas más tuvieron que fallar. Y si no, a qué vinieron después todos los intentos de manipulación, incluidos los de nuestros colegas de Canal Nou por lo que siento auténtico asco.

Jamás había visto antes así a Carlos. Yo me quedé muda. Las acusaciones vertidas contra Ricky y todos los políticos pertenecientes a su partido eran muy fuertes. Pero su ataque aún no había concluido. Fue entonces cuando dijo lo que más me dolió.

—Como ves, tengo serias sospechas de que Ricardo Ballesteros es uno de los principales implicados en el accidente del metro, aunque sea de manera indirecta y circunstancial. De alguna manera, el también contribuyó a la muerte de Elena.

Otra vez Elena. ¿Pero es que no podía pasar página? Su muerte todavía lo tenía obsesionado a pesar del tiempo transcurrido. ¿Es que pensaba que a mí me dolía menos que a él? Echarme en cara que estaba saliendo con uno de sus supuestos asesinos me pareció de lo más rastrero. ¿Cómo me podía haber dicho aquello? ¿Cómo esperaba que reaccionara? Me enfurecí con él como creo que antes nunca lo había hecho. Estaba completamente fuera de mí. Le apunté con el índice acusador y le dije casi gritando sin importarme que estuviéramos en un lugar púbico:

—Eso, Carlos, eso no te lo consiento. No tienes pruebas y lo sabes. No puedes utilizar la muerte de Elena para impedirme que continúe viéndome con Ricky. ¡Mírate! Estás celoso perdido y yo no puedo más con esta situación. —Me levanté y salí sola a calle dejándolo plantado. Una vez fuera noté como se me hacía un nudo la garganta y estallé en llanto.

 

Photo by ho visto nina volare

Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitario tengo tres libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños" y "10 horizontes para una tierra de versos", un libro de relatos "Y amanecerá otro día", una novela romántica "La luna en agosto" y una juvenil, "El inspector Tontinus y la nave alienígena", primera entrega de la saga Univero Belenus. Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.
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