El Insomnio y la palabra

El Insomnio y la palabra

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Desde que el génesis en ciernes era un caos mudo
Desde que el estallido de un volcán rijoso parió vida
Desde que los mares y selvas poblaron la esperanza
Desde que los cenzontles anunciaron alas y música
Desde que el silencio dupla de lo sabio acentúa su acento
Desde que el corazón y sus neuronas dejan testimonio
Desde que el cerebro late como campana cuando te piensa
Desde que tus pasos anuncian bienaventuranzas
Desde que el eco sin padre vaga por lo eterno
Desde que la lluvia orgullosa venció al polvo
Desde que el viento contaba los secretos de las hojas
Desde que la memoria colecciona atardeceres rojos
Desde que unas manos sabias delineaban tus accidentes
Y unos pechos ansiosos y decididos deseaban tocar la luna,
el insomnio de la palabra ya soñaba con la poesía.

El pecado de la inocencia!

El pecado de la inocencia!

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La piel ardiente en la calidez de la noche.
Cuerpos agotados negaron la sapiente cordura .
La pasión se tornó en caminos encontrados.
Segó el deseo, pero llegó pronto el reproche!

El calor de la sangre en sus venas,
se condensó en frío helado .
Adormeció ilusiónes como cuchillo afilado.
Cortó sus alas, dando paso a decepciones!

Aquellos días donde la inquietud se hizo tortura,
fue su semblante un espejo de agonía.
Destino hiriente anidó en sus entrañas,
y fue la rabia aliada de sus días!

Era la tarde donde las hojas llovían,
ocres hambrientos de un otoño que pesaba .
No había engaño, el instinto presagiaba.
Sin previo aviso su angustia prendió en llamada!

Lágrimas regaron el jardín de la inocencia.
El miedo abrigó la soledad y el desamparo.
Amargura en un trono sin corona.
En el, su cuerpo tocarlo era pecado!

Carmen Escribano.

Silbos de fuego

Silbos de fuego

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Dame espacio, que tu vuelo alivia mis alas.
Y hoy quiere mi verso ser la voz que proclama
este sueño compartido que nace con tu llama.

Unos pájaros estelares y en éxodo
agitan fuerte sus alas sin sosiego,
los miedos que se agolpan contra todo
vociferan exabruptos contra el viento

Si el silencio hace mutis por el ruedo
entre lágrimas que enjugo, te lo ruego
no te guardes, ni sepultes los apegos

Tú te vas sin remedio, yo me quedo
contando las estrellas en el cielo.
Y un silbo, hace eco de mi fuego.

El Cielo de los Incesantes

El Cielo de los Incesantes

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Desde tu balcón y con mis alas
me fui de luces contra la ciudad,
entre sus penumbras y oscuridades
solté luciérnagas a destajo
Y destellos de vocablos olvidados
que refulgían desde lo alto
entre esperanzas oxidadas,
aún no oscurecía del todo.
Una palmera invasora de la flora
vecina de mi ventana meridiana
dormía la siesta antes que yo.
Su soledad ahíta y mi perro hecho ovillo
presagian una noche de insomnio.
Las cumbres nada borrascosas
perfilaban un horizonte sin rojos…
¡Amo los horizontes rojos!
Y hoy brillan por su ausencia,
habrá que perdonar los enojos
de un Dios incomprensible y sin clemencia.
Las nubes azogadas en un viento apaciguado
me dilatan las ganas sin tu presencia,
que más da que te extrañe
cuando la noche caiga sin duelo,
Y una soledad imperdonable me pueble los huesos.
Ya vendrán los fantasmas a llevarse mi celo
Y una nota de guitarra a llenar mis silencios.
Algún día removeré las estrellas en una faena secular
con un arado planetario y un ventarrón agitado que sirva de acicate.
Soltaré luciérnagas vagas, sobre las nubes
para no morir sin el titilar de la luz en los inviernos
ásperos y fríos.
Alentaré un mitin estelar contra la soledad que nos gangrena,
cambiaré el inexpresivo silencio de quien se resguarda
más allá de la bóveda celeste, con gestos callados y misterios,
mientras una horda de incesantes, sin abatimiento ni desgano
le azuzarán para que llueva de su limpio llanto sobre los campos.
Y los maizales y los agaves crezcan sobre la esperanza anémica,
que se resquebraja de dolor en los surcos y en los pies del barro.
En el pecho de los indolentes se apocará el resplandor austero
de una pólvora apagada sin efecto.
Y en el cielo, la luz más alegre de todas las victorias,
colmada de tu gracia, se derramará sobre los versos.

Parábola de fuego

Parábola de fuego

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( A Rigoberta Menchú Tum / Premio Nobel de la Paz )

Ala de quetzal extinto
huésped de las fronteras del cielo
¿Quién rescatará el olvido?
¿Qué sendas infinitas sin laberintos
llevas en tu memoria migratoria?
¿Qué paisajes inmemoriales ves en tu vuelo?
¿Qué pasajes inescrutables guarda tu celo?
¿Qué presagio de tiempos mejores traen tus alas?
¿Qué añoranza de crepúsculo te vistió de fiesta?
¿Qué ancestros te legaron su humilde grandeza?
¿Qué brasa de monte asesinado te dejó su estigma?
¿Qué nostalgia de revoluciones te erigió en antorcha perenne?
¿Qué deseo de cambio te incendió la voluntad?
¿Qué fronteras hegemónicas atravesarás sin quedar convaleciente o lisiada?
¿Qué colección de rumbos perdidos te dejó la vocación de faro?
¿Qué oscuridades y brumas tapiaron tu vista?
¿Qué buitre te dejó el miedo para protegerte en lumbre?
¿En que provincia de fábula habitas?
¿Qué claridad traes cuando los signos de los días son oscuros?
¿Llevas acaso a lomo el horno para cocinar el pan honesto?
Hay antorchas varias que se ufanan de su resplandor
pero ante tu corazón humilde y solidario
iluminado
libertario
émulo del crepúsculo
socio de la claridad
saeta de luz
parábola de fuego…
Su fulgor es sólo un pabilo.

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