La hoja caduca

La hoja caduca

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Ella se fue deshojando poco a poco. Con el paso del tiempo, se le fueron perdiendo las hojas como si fuera el goteo de una fuente que, sin que nadie lo advierta, derrama poco a poco el agua pura hasta que llega un momento en que agota el manantial. Ella, que siempre había estado repleta de flores, se desprendió también de sus pétalos y dejó una preciosa alfombra roja a su paso por la que todos querían pasear.

Ella lo dio todo por los demás. Se desvivió por sus amigos, por su familia, sus compañeros, sus vecinos e incluso muchos desconocidos. Todos ellos, conocedores de la acogedora sombra que proporcionaban sus hojas, acudían a ella para que les otorgase la plácida vitalidad de la savia que corría por sus venas. En todos los casos, sin excepciones, los atendía con su mejor sonrisa, otorgándoles el amparo solicitado y una dosis extra de diligencia.

Proporcionaba a los demás los mejores cuidados para que todos pudieran lucir unas hojas como las suyas, verdes, fuertes, brillantes, llenas de vida. Para que todos pudieran enorgullecerse de las flores que les brotaban cuando ella acudía a su llamada.

Pero en el afán por cuidar de los demás olvidó un pequeño detalle. Sus hojas, sus flores, sus frutos también precisaban de cuidados. Ella necesitaba también agua y sol que renovasen la savia de su interior, que la mantuviesen verde y espléndida. Fue postergando estos mimos en aras de mantener a los demás en el estado más floreciente posible.

Un día perdió una hoja. Hacía tiempo que había perdido su verdor y se había tornado amarilla hasta que, al fin, cayó y quedó perdida por el camino de las exigencias. No le dio importancia, tenía de sobra. A esta primera le siguió otra, y otra, y otra… Para cuando quiso darse cuenta, se había deshojado por completo. El proceso fue implacable.

Trató de ponerle remedio, fertilizó su vivero y lo regó en abundancia. Pero hasta el tronco se había secado. Ya era demasiado tarde.

Mirada

Mirada

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La ilusión es el primero

de todos los placeres.

François-Marie Arouet

(Voltaire)

Subió al colectivo como todos los días al salir de la oficina. Rodrigo caminaba hasta la terminal y, aunque siempre había cola, esperaba para viajar sentado eligiendo el último asiento, el largo, contra la ventanilla de la izquierda. Hacía casi 10 años que, de lunes a viernes, repetía esa rutina. A sus 40 años era la primera vez que un trabajo le duraba tanto. No porque fuera una gran cosa sino porque él ya no era el mismo. Ya no tenía la inquietud de los 20 años de buscar, crecer o cambiar. Los amigos le decían que se había achanchado hasta para jugar al fútbol. Antes disputaba cada pelota como si fuera la final de la copa del mundo. Ahora cuando perdía una pelota dividida no la corría. Los ocasionales compañeros de equipo le prodigaban todo tipo de epítetos y él sólo sonreía. Claro, tampoco era como antes el cierre de los partidos. Ahora, al terminar, todos se cambiaban y se iban corriendo porque los esperaban a cenar las esposas e hijos y ya no había mesa de birra y cargadas. Sólo él no tenía apuro. Nadie lo esperaba. Desde que Sonia lo había dejado, hace ya muchos años, no había vuelto a tener una pareja estable. En realidad sí lo esperaban. Simón, su gato, viejo como él, lo recibía en la puerta y maullaba apenas ponía la llave en la cerradura.

Como todos los días se ubicó en «su» asiento y conectó la radio en su celular para escuchar las noticias. Tenía como 45 minutos de viaje y eso lo entretenía. Por lo menos hasta llegar a la facultad donde mucha veces subía la chica. Era viernes y en esta semana la había visto una sola vez, el martes o el miércoles. Era de pelo castaño, largo hasta los hombros, de grandes ojos claros y una sonrisa luminosa. A veces viajaba con otras compañeras y otras sola. Como a esa altura el colectivo iba repleto, él la observaba desde su rincón sin que ella lo notara. Era muy joven, unos 25 años tal vez y por eso jamás se le había ocurrido otra cosa que admirarla en silencio. Estaba seguro de que ella ni había reparado en él en todas las veces que habían viajado juntos en este año. Ella se bajaba a los 15 minutos, más o menos, pero ese tiempo le bastaba para que el regreso tuviera un toque especial.

Al llegar a la facultad su atención se centró en los pasajeros que subían. Desde su posición no podía ver la gente abajo. Pasaron cuatro o cinco personas y la vio en el estribo. Con un solero verde claro y las carpetas apretadas contra su pecho. Se fue corriendo y quedó parada dos o tres posiciones adelante. Y, por suerte para él, mirando hacia las ventanillas de la izquierda, por lo que Rodrigo, la veía de frente. “Es hermosa” pensó.

Y de pronto los acontecimientos se desataron vertiginosamente. El flaco que se paró detrás de ella y comenzó a «apretarla». La chica intentó correrse y el tipo se corrió también. Rodrigo sintió como el calor subía a sus mejillas y su corazón se aceleraba. No se pudo contener. Se paró y le dijo a la chica:

 Vení, por favor, sentate —y mirándolo a él—, a ver si me querés apoyar a mí.

El flaco puso cara de ofendido y le contestó:

—¿Qué te pasa? ¿Estás loco?

Rodrigo dejo pasar a la chica, se acercó al flaco, se le paró enfrente, y a cinco centímetros de su cara, le dijo marcando las palabras:

—Tenés diez segundos para bajarte antes que te tire por la ventana.

El tipo se dio cuenta que hablaba en serio y los 90 kg de Rodrigo lo deben haber convencido porque caminando hacia atrás, se fue hacia la puerta y apretó el botón.

Rodrigo se agarró del pasamano del asiento de un solo pasajero de adelante y  miró a la chica. Ella puso su mano sobre la de él y le dijo:

—¡Muchas gracias! —Para Rodrigo eso fue como un beso. Con voz entrecortada atinó a decir:

—Está bien, no es nada. No me banco estos tipos.

La chica retiró la mano, y agregó:

— No. Es mucho. Donde priva el «no te metás», vos estuviste presente.

Rodrigo le sonrió y no supo que contestarle. Pensaba miles de frases con que seguir la conversación pero no se animó a ninguna. Así siguieron en silencio hasta que ella llegó a destino. Se despidió con un:

—Chau, y gracias y otra vez.

— Chau, buen fin de semana— sólo atinó a responder Rodrigo.

El resto del viaje Rodrigo no podía sacarse de la cabeza lo boludo que había sido al no aprovechar esa oportunidad. El fin de semana se quedó en su casa y ensayó un montón de formas de iniciar el diálogo cuando la volviera a encontrar. Pensó, descartó, rehabilitó, volvió a descartar y volvió a elegir infinidad de variantes, pero no pudo encontrar la que lo convenciera. «Mejor espero e improviso» se dijo finalmente.

El regreso a casa del lunes lo encontró ansioso como nunca. Cuando el colectivo llegó a la facultad sintió que se le aceleraba el corazón. Fue subiendo la gente, pero nada. Ella no subió. Sintió una desazón muy grande y pensó: «Bueno, será mañana»

El martes casi no pudo concentrarse en el trabajo. Hacía mucho tiempo que ninguna circunstancia lo ponía así. No veía la hora de que el reloj marque las 18 hs para salir corriendo a la parada del colectivo. Por fin se hizo la hora y como siempre completó su rutina. Al llegar a la facultad la ansiedad lo desbordaba. Comenzaron a subir y la vio. “A ver como la encarás» se dijo. Le llamó la atención que pasara directamente sin colocar su tarjeta magnética por la máquina. Entonces el cielo, partido en mil pedazos, se desplomó sobre él. Detrás de la chica subió un pibe, más o menos de su edad, quien pagó los pasajes y la alcanzó. Se corrieron al fondo del colectivo tomados de la mano. Estaban muy juntos y hablaban mirándose a los ojos, con los rostros casi pegados. Ella estaba tan embelesada que ni se percató de que él viajaba en el fondo

Se le hizo un nudo en la garganta. Pensó: «Y bueno ¿qué esperabas? Estas cosas sólo pasan en las novelas». Se puso a mirar por la ventanilla y subió el volumen de la radio en su celular. En la FM Tango retumbaba la voz de Julio Sosa: «Que ganas de llorar en esta tarde gris….» Antes no le gustaba el tango. ¿Por qué será que estaba comenzando a entenderlo?

 

Calor

Calor

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Hubo una vez un verano, no voy a decir cuál, en el que percibí dos tipos de calor. Uno inhumano, que procedía del sol. Otro fue el del apoyo y el cariño, por el que sentí un enorme agradecimiento. Sé que sigo en deuda. Dedicado a aquellos días, este poema.

 

Dame pues tu agua si quieres
para este día de calor.
Dame frescor. Contágiame tu alegría.
Pero yo poco te puedo aportar.
Depositaré pensamientos sobre tus senos,
aunque también amor.
Te daré mi abrazo, mi sopor, mi tregua.
Mis dudas yacerán junto a ti.
Dormirás junto a mis cicatrices.
¿Eso quieres? ¿Verme inconsciente
con los párpados apretados?
Si no deseas respirar el aliento de un convaleciente,
lo podré comprender.
Es tan escaso lo que puedo lograr por ti…
Yo beberé tu agua.
¿Tú qué obtendrás de mí?

 

 

Historias ya contadas

Historias ya contadas

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Me vienen a la cabeza varias historias. Pero todas ellas ya están contadas.

 

Geraldo entró en su despacho con ademán complacido. Aspiró el aire, que percibió tan limpio y nuevo como los libros sin estrenar de quien va a comenzar un nuevo curso. Se acercó a los enormes ventanales que ofrecían una vista privilegiada de la ciudad. Las calles de Sao Paulo resultarían estridentes y bulliciosas si no fuera porque aquellos cristales aislaban totalmente la estancia del mundanal ruido exterior. Aunque la zona donde se ubicaba el edificio se hallaba rodeada de arboledas y plantas que, además de ofrecer un agradable paisaje, alejaban el denso tráfico formando un oasis artificial en la estrepitosa urbe. Había llegado a lo más alto, y se lo merecía. Sus altas calificaciones y su doctorado en la carrera de Medicina fueron solo el comienzo. Especializado en Cirugía, parecía tener un don, una habilidad especial que daba a sus manos la insólita precisión de un maestro relojero. Este hecho le permitió ir subiendo puestos en su profesión rápidamente, demostrando su talento en los mejores hospitales del país. Pero cuando le llegó la oferta de una prestigiosa clínica privada, no se lo pensó dos veces. Podría dirigir a un selecto equipo atendiendo únicamente casos de políticos, empresarios y quienes pudieran pagar los altos costes del servicio que la entidad ofrecía.
Jugueteó dando vueltas a la silla antes de acomodarse sobre ella, repantigándose hacia atrás, sintiendo la tentación de apoyar sus piernas cruzadas sobre la mesa. Observó embelesado los títulos y diplomas que colgaban de la pared como si fuesen las obras de arte más preciadas del Louvre. Sobre la mesa, un par de retratos familiares destacaban el lujo de su vivienda y su flamante deportivo, a la vez que acompañaban una fotografía enmarcada del día de su graduación. Togas y birretes, y varios rostros que recordaba vagamente. Sonreía al mirar su porte, el de un joven que ya advertía que estaba dispuesto a comerse el mundo. Repasó uno por uno a sus compañeros, tratando de ubicar en su memoria dónde escuchó por última vez que se encontraba cada uno de ellos. Sin saber muy bien por qué, detuvo su pensamiento en Fabio. ¿Qué habrá sido del pobre loco? No había más que apreciar su mirada esquiva tras unas horribles gafas apoyadas en una prominente nariz, para darse cuenta de que no era más que un soñador sin futuro. Idealista hasta la médula, no había sido capaz de mantener un trabajo estable por más de tres años en ningún hospital. Hasta donde él supiera, nunca había obtenido un puesto importante y le perdió la pista hace ya más de una década.
Aunque es normal que le perdiera la pista. Su trabajo como voluntario en Sierra Leona le había hecho invisible a prácticamente todos sus conocidos y familiares. Alejado de los grandes medios de comunicación, luchaba anónimamente tratando de paliar los dolores de una agonizante guerra que todavía sangraba heridas en sus gentes. La presión y el horror a veces parecían superarle. Pero llevaba demasiados años allí; se había hecho a la idea de que para él ya no había alternativa posible. Las miradas de esas gentes, su dolor, su desesperanza… habían ahondado en su corazón. Era el lugar que él había escogido. Atrás quedaron las togas y los birretes. Él también estaba en la cima de su carrera.

 

“Los consejos de Hugo” empezaba a ser una página muy conocida en las redes sociales. Hugo había dado sus primeros pasos como youtuber subiendo videos de gatos por internet, pero la verdadera revolución para él fue descubrir cuánto gustaban las frases motivadoras y de ánimo en Facebook. Comparando la cantidad de “me gusta” y los comentarios que recibía en los diferentes posts, pudo entrever que lo que más interesaba a la gente eran los temas relacionados con el hogar y el cuidado de los niños. Interesado, comenzó a leer diferentes artículos de psicología familiar para enriquecer todo aquello que estaba compartiendo. Fue así que comenzó su aventura como blogger, convirtiéndose el suyo en uno de los sitios más visitados sobre este tema. Y con ello, vino también un trabajo inesperado que le llevaba a pasar muchas horas frente al ordenador: lo que había comenzado como un simple y divertido hobby, se había transformado en una gran responsabilidad, pues sentía que mucha gente dependía de él y de sus consejos. Incluso había quienes le escribían por e-mail, preguntándole por asuntos personales. Era un buen comunicador y ya estaba pensando en sacarse el título de coaching profesional. Sentía ese cosquilleo que le decía: “lo que estoy haciendo gusta a la gente, les hace sentir bien” y eso le impulsaba a buscar otra frase, otra cita, otro texto que provocara reacciones de emoticonos sorprendidos y felices.
Cansado, estiró los brazos y apagó el ordenador; salió del pequeño habitáculo que le servía de despacho con la intención de disfrutar de una merecida cena. Los niños saltaban tirando al suelo los cojines del sofá; el televisor encendido no había sido capaz de contenerlos. En la cocina, una mujer oculta tras el humo y el vapor de agua hirviendo peleaba contra sartenes y platos a medio fregar.
-¿Aún no está la cena? –espetó él- ¡Mira qué hora es! ¿Por qué no te pusiste a hacerla antes?
La mujer comenzó a proferir gritos pero él evitó el conflicto sentándose frente a la tele y cambiando al canal de noticias.
-Papá, ¿juegas con nosotros? –preguntó una de las saltarinas criaturas.
-He estado muy ocupado, hijo, y ahora debo descansar. Otro día…
-¡Siempre dices lo mismo! –sentenció con frustración su voz aguda-. ¡Nunca tienes tiempo…!
Y con un severo reproche le mandó callar. Otra noche que cenaron silenciosos escuchando únicamente el monólogo de la presentadora del noticiero. Otro día que se fueron los niños a dormir sin un paternal beso de buenas noches por tener la osadía e impertinencia de no comprender el complicado y ajetreado mundo de los adultos.
No era como Manuel, alguien que nunca leyó su página, quizá porque ni siquiera entendía muy bien qué era aquello de internet. Llegaba tarde a casa, cansado de una larga jornada preparando mortero, levantando muros y picando regatas. Con la ropa sucia y el cabello polvoriento, fue directamente al cuarto de baño para darse una breve ducha de agua caliente que hubiera deseado que durara más. Pero sabía que había de ir rápido porque el tiempo para la cena llegaría muy pronto y apenas tendría unos minutos para estar con sus hijos. Les repasó los deberes y escuchó todas esas historias casi intrascendentes que les pasaron en el cole. Después de cenar los acostó leyéndoles un cuento. Al salir, ayudó a su mujer a terminar las tareas que quedaban pendientes en la casa. Se acostó rápido y trató de dormir lo antes posible. Sabía que al día siguiente le esperaría otro duro día de trabajo. Y al llegar a casa de nuevo, estaba dispuesto a repetir el mismo patrón.

 

Mi vecina es una mujer respetada por todo aquel que la conoce. Es tremendamente culta y educada. Si visitas su casa verás que no hay vestigios de desorden. Ha educado a sus hijos en la más saludable cordialidad; no hay quien pueda reprocharle nada. Es, además, una mujer viajera y lugares como Turquía, China, India, Perú o Las Azores conocen las pisadas de sus botas de tacón. Eso le ha permitido adquirir un buen conocimiento sobre las culturas de otros pueblos, a los que respeta y considera con exotismo. A pesar de lo que pueda parecer, ella no presume de privilegios, ni vive como una estirada en ninguna mansión de lujo; es más, nos cruzamos a menudo cuando vamos a comprar al mismo supermercado y siempre me saluda con un amable gesto.
Allí, en la puerta de dicho comercio, suele sentarse una pobre mujer, siempre con la mirada fija en el asfalto, llena de arrugas y vestida con ropas que hace tiempo que no ven una lavadora. Un letrero mal escrito a sus pies invita a los transeúntes a echar un par de monedas sobre un pañuelo extendido en el suelo. Está acostumbrada a que la gente le ignore al pasar por su lado. Pero mi vecina siempre la observa con una expresión de lástima, farfullando para sí sobre lo mal que está el mundo y que los servicios sociales deberían hacer algo por esta pobre gente.
Terminada de hacer su compra, entró su sobrino en el mismo establecimiento. Con su chaqueta de cuero, melena desgarbada y cuatro piercings distribuidos entre orejas, nariz y labios, era la oveja negra de la familia; mi vecina no podía ni mirarle a los ojos. Su rostro cabizbajo denota que las cosas no le van muy bien. Viene a comprarse solo lo necesario: una barra de pan, tres latas de atún y un par de latas de cerveza. Al pasar, ve a la señora pidiendo limosna. Lo que parece una mirada furtiva le conmueve las entrañas. A la salida, lleva consigo dos bolsas de plástico, depositando suavemente una de ellas junto a los pies de la maloliente mujer. Al reposar sobre la acera, la bolsa deja entrever su contenido por la abertura: una barra de pan, un tetrabrik de leche y algo de fruta. La mujer alza el rostro para darle las gracias emocionada, pero el hombrecito es demasiado tímido como para detenerse en una conversación. Tan sólo se despide con un gesto de la cabeza, desapareciendo rápidamente entre la multitud. Esta noche, la mujer podrá cenar.

 

 

Ninguna es nueva; ya han sido contadas. Todas me recuerdan a la historia que contó aquel antiguo Maestro acerca de un hombre atacado y herido, de sacerdotes indiferentes que pasaban por su lado y de samaritanos bondadosos, extranjeros despreciados, que se detienen en el camino para ayudar al que está en apuros. Me recuerdan que no son los títulos los que cambian vidas, sino los hechos; y no es la teoría, sino la práctica, lo que los nuestros necesitan; tampoco es la emoción, sino la acción, lo que marca la diferencia; y finalmente, que no son los hábitos los que hacen monjes, sino aquellos que practican lo que se predica.

Enajenación

Enajenación

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Querida Madre:
Podía expresarte que salía con falsos amigos, comencé a negociar mi vida con el diablo.
Podía expresarte, que se me detuvo la vida al consumir engaños.
Podía expresarte, que soy esclavo del engendro de una mundana. ¡Por Dios!
Que me disculpe esa señora, lo que he expuesto, es asunto de mis nervios.
Soy el resultado de rústicos laboratorios.
Madre, tú me protegerás, porque me amas.
Te confieso, tengo ciclos que no veo mi salida, he invertido los días con las noches. Solo acierto el rostro del que me envenena.
No puedo mentirte, tú conoces cada línea de mis manos.
Era feliz porque no sentía nada, no veía nada, las noches me confunden con sus lúcidos candiles.
¡Era el Soberano!
Hoy me declaro culpable y me arrepiento, por estar en lugares equivocados, por los reclamos que no oí, por el sufrir de mis hijos, por la cicatriz de su progenitora…, por mi vida perdida.
¡No sé quién soy!
¿Madre, puedes tenderme tu mano?
Carlos Manuel Cañizares.

 

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