Carta a una señorita en París

Carta a una señorita en París

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JULIO CORTÁZAR
Dentro de las clasificaciones que los estudiosos hacen de los escritos se encuentran los llamados “epistolares”. El estilo no es nuevo. Desde épocas remotas, el hombre se ha esforzado por consignar en símbolos y signos (que acabaron por ser letras) todo lo que piensa, sufre, goza, opina, imagina… Habría que viajar hasta el más antiguo Egipto, el de las primeras pirámides de Zoser y Saqqara o hasta los primeros textos mesopotámicos (con los que se inventó la escritura cuneiforme) para hallar las más profundas raíces de esa tradición.  En Egipto, Asiria, Babilonia, Siria y Judea, la carta está al servicio de sus reyes y gobernantes y goza de la importancia de constituirse como elemento crucial para la administración de estos grandes imperios, ya que a través de ella se mantienen las relaciones militares, políticas, diplomáticas y comerciales. La Biblia es un ejemplo de lo que menciono.
En lo que hace a literatura entre los escritores que usaron el estilo podemos nombrar a Andrés Fernandez de Andrada (Epístola moral a Fabio), Garcilaso de la Vega (Epístola a Boscán, Becquer (Cartas literarias a una mujer), Guy de Maupassant (Carta de un loco), Arreola (Carta a un zapatero que compuso mal unos zapatos), José Luis González (La carta) y la que presento hoy de Julio Cortázar (Carta a una señorita en París). ¡Disfrútenla!
¡Ah, me olvidaba! Para crearles una intriga les cuento que mi próxima publicación, el 06 de mayo de 2019, será también un cuento epistolar (un poco más aggiornado a nuestros tiempos y sin la pretensión de emular a Cortázar, por supuesto)
Carta a una señorita en París

Julio Cortázar

(De su libro Bestiario)

Andrée, yo no quería venirme a vivir a su departamento de la calle Suipacha. No tanto por los conejitos, más bien porque me duele ingresar en un orden cerrado, construido ya hasta en las más finas mallas del aire, esas que en su casa preservan la música de la lavanda, el aletear de un cisne con polvos, el juego del violín y la viola en el cuarteto de Rará. Me es amargo entrar en un ámbito donde alguien que vive bellamente lo ha dispuesto todo como una reiteración visible de su alma, aquí los libros (de un lado en español, del otro en francés e inglés), allí los almohadones verdes, en este preciso sitio de la mesita el cenicero de cristal que parece el corte de una pompa de jabón, y siempre un perfume, un sonido, un crecer de plantas, una fotografía del amigo muerto, ritual de bandejas con té y tenacillas de azúcar… Ah, querida Andrée, qué difícil oponerse, aun aceptándolo con entera sumisión del propio ser, al orden minucioso que una mujer instaura en su liviana residencia. Cuán culpable tomar una tacita de metal y ponerla al otro extremo de la mesa, ponerla allí simplemente porque uno ha traído sus diccionarios ingleses y es de este lado, al alcance de la mano, donde habrán de estar. Mover esa tacita vale por un horrible rojo inesperado en medio de una modulación de Ozenfant, como si de golpe las cuerdas de todos los contrabajos se rompieran al mismo tiempo con el mismo espantoso chicotazo en el instante más callado de una sinfonía de Mozart. Mover esa tacita altera el juego de relaciones de toda la casa, de cada objeto con otro, de cada momento de su alma con el alma entera de la casa y su habitante lejana. Y yo no puedo acercar los dedos a un libro, ceñir apenas el cono de luz de una lámpara, destapar la caja de música, sin que un sentimiento de ultraje y desafio me pase por los ojos como un bando de gorriones.

Usted sabe por qué vine a su casa, a su quieto salón solicitado de mediodía. Todo parece tan natural, como siempre que no se sabe la verdad. Usted se ha ido a París, yo me quedé con el departamento de la calle Suipacha, elaboramos un simple y satisfactorio plan de mutua convivencia hasta que septiembre la traiga de nuevo a Buenos Aires y me lance a mí a alguna otra casa donde quizá… Pero no le escribo por eso, esta carta se la envío a causa de los conejitos, me parece justo enterarla; y porque me gusta escribir cartas, y tal vez porque llueve.

Me mudé el jueves pasado, a las cinco de la tarde, entre niebla y hastío. He cerrado tantas maletas en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no llevaban a ninguna parte, que el jueves fue un día lleno de sombras y correas, porque cuando yo veo las correas de las valijas es como si viera sombras, elementos de un látigo que me azota indirectamente, de la manera más sutil y más horrible. Pero hice las maletas, avisé a la mucama que vendría a instalarme, y subí en el ascensor. Justo entre el primero y segundo piso sentí que iba a vomitar un conejito. Nunca se lo había explicado antes, no crea que por deslealtad, pero naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito. Como siempre me ha sucedido estando a solas, guardaba el hecho igual que se guardan tantas constancias de lo que acaece (o hace uno acaecer) en la privacía total. No me lo reproche, Andrée, no me lo reproche. De cuando en cuando me ocurre vomitar un conejito. No es razón para no vivir en cualquier casa, no es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar aislado y andar callándose.

Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejilo de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas.

Entre el primero y segundo piso, Andrée, como un anuncio de lo que sería mi vida en su casa, supe que iba a vomitar un conejito. En seguida tuve miedo (¿o era extrañeza? No, miedo de la misma extrañeza, acaso) porque antes de dejar mi casa, sólo dos días antes, había vomitado un conejito y estaba seguro por un mes, por cinco semanas, tal vez seis con un poco de suerte. Mire usted, yo tenía perfectamente resuelto el problema de los conejitos. Sembraba trébol en el balcón de mi otra casa, vomitaba un conejito, lo ponía en el trébol y al cabo de un mes, cuando sospechaba que de un momento a otro… entonces regalaba el conejo ya crecido a la señora de Molina, que creía en un hobby y se callaba. Ya en otra maceta venía creciendo un trébol tierno y propicio, yo aguardaba sin preocupación la mañana en que la cosquilla de una pelusa subiendo me cerraba la garganta, y el nuevo conejito repetía desde esa hora la vida y las costumbres del anterior. Las costumbres, Andrée, son formas concretas del ritmo, son la cuota del ritmo que nos ayuda a vivir. No era tan terrible vomitar conejitos una vez que se había entrado en el ciclo invariable, en el método. Usted querrá saber por qué todo ese trabajo, por qué todo ese trébol y la señora de Molina. Hubiera sido preferible matar en seguida al conejito y… Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable… Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo… y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta.

Me decidí, con todo, a matar el conejito apenas naciera. Yo viviría cuatro meses en su casa: cuatro -quizá, con suerte, tres- cucharadas de alcohol en el hocico. (¿Sabe usted que la misericordia permite matar instantáneamente a un conejito dándole a beber una cucharada de alcohol? Su carne sabe luego mejor, dicen, aunque yo… Tres o cuatro cucharadas de alcohol, luego el cuarto de baño o un piquete sumándose a los desechos.)

Al cruzar el tercer piso el conejito se movía en mi mano abierta. Sara esperaba arriba, para ayudarme a entrar las valijas… ¿Cómo explicarle que un capricho, una tienda de animales? Envolví el conejito en mi pañuelo, lo puse en el bolsillo del sobretodo dejando el sobretodo suelto para no oprimirlo. Apenas se movía. Su menuda conciencia debía estarle revelando hechos importantes: que la vida es un movimiento hacia arriba con un clic final, y que es también un cielo bajo, blanco, envolvente y oliendo a lavanda, en el fondo de un pozo tibio.

Sara no vio nada, la fascinaba demasiado el arduo problema de ajustar su sentido del orden a mi valija-ropero, mis papeles y mi displicencia ante sus elaboradas explicaciones donde abunda la expresión «por ejemplo». Apenas pude me encerré en el baño; matarlo ahora. Una fina zona de calor rodeaba el pañuelo, el conejito era blanquísimo y creo que más lindo que los otros. No me miraba, solamente bullía y estaba contento, lo que era el más horrible modo de mirarme. Lo encerré en el botiquín vacío y me volví para desempacar, desorientado pero no infeliz, no culpable, no jabonándome las manos para quitarles una última convulsión.

Comprendí que no podía matarlo. Pero esa misma noche vomité un conejito negro. Y dos días después uno blanco. Y a la cuarta noche un conejito gris.

Usted ha de amar el bello armario de su dormitorio, con la gran puerta que se abre generosa, las tablas vacías a la espera de mi ropa. Ahora los tengo ahí. Ahí dentro. Verdad que parece imposible; ni Sara lo creería. Porque Sara nada sospecha, y el que no sospeche nada procede de mi horrible tarea, una tarea que se lleva mis días y mis noches en un solo golpe de rastrillo y me va calcinando por dentro y endureciendo como esa estrella de mar que ha puesto usted sobre la bañera y que a cada baño parece llenarle a uno el cuerpo de sal y azotes de sol y grandes rumores de la profundidad.

De día duermen. Hay diez. De día duermen. Con la puerta cerrada, el armario es una noche diurna solamente para ellos, allí duermen su noche con sosegada obediencia. Me llevo las llaves del dormitorio al partir a mi empleo. Sara debe creer que desconfío de su honradez y me mira dubitativa, se le ve todas las mañanas que está por decirme algo, pero al final se calla y yo estoy tan contento. (Cuando arregla el dormitorio, de nueve a diez, hago ruido en el salón, pongo un disco de Benny Carter que ocupa toda la atmósfera, y como Sara es también amiga de saetas y pasodobles, el armario parece silencioso y acaso lo esté, porque para los conejitos transcurre ya la noche y el descanso.)

Su día principia a esa hora que sigue a la cena, cuando Sara se lleva la bandeja con un menudo tintinear de tenacillas de azúcar, me desea buenas noches -sí, me las desea, Andrée, lo más amargo es que me desea las buenas noches- y se encierra en su cuarto y de pronto estoy yo solo, solo con el armario condenado, solo con mi deber y mi tristeza.

Los dejo salir, lanzarse ágiles al asalto del salón, oliendo vivaces el trébol que ocultaban mis bolsillos y ahora hace en la alfombra efímeras puntillas que ellos alteran, remueven, acaban en un momento. Comen bien, callados y correctos, hasta ese instante nada tengo que decir, los miro solamente desde el sofá, con un libro inútil en la mano -yo que quería leerme todos sus Giraudoux, Andrée, y la historia argentina de López que tiene usted en el anaquel más bajo-; y se comen el trébol.

Son diez. Casi todos blancos. Alzan la tibia cabeza hacia las lámparas del salón, los tres soles inmóviles de su día, ellos que aman la luz porque su noche no tiene luna ni estrellas ni faroles. Miran su triple sol y están contentos. Así es que saltan por la alfombra, a las sillas, diez manchas livianas se trasladan como una moviente constelación de una parte a otra, mientras yo quisiera verlos quietos, verlos a mis pies y quietos -un poco el sueño de todo dios, Andrée, el sueño nunca cumplido de los dioses-, no así insinuándose detrás del retrato de Miguel de Unamuno, en torno al jarrón verde claro, por la negra cavidad del escritorio, siempre menos de diez, siempre seis u ocho y yo preguntándome dónde andarán los dos que faltan, y si Sara se levantara por cualquier cosa, y la presidencia de Rivadavia que yo quería leer en la historia de López.

No sé cómo resisto, Andrée. Usted recuerda que vine a descansar a su casa. No es culpa mía si de cuando en cuando vomito un conejito, si esta mudanza me alteró también por dentro -no es nominalismo, no es magia, solamente que las cosas no se pueden variar así de pronto, a veces las cosas viran brutalmente y cuando usted esperaba la bofetada a la derecha-. Así, Andrée, o de otro modo, pero siempre así.

Le escribo de noche. Son las tres de la tarde, pero le escribo en la noche de ellos. De día duermen ¡Qué alivio esta oficina cubierta de gritos, órdenes, máquinas Royal, vicepresidentes y mimeógrafos! Qué alivio, qué paz, qué horror, Andrée! Ahora me llaman por teléfono, son los amigos que se inquietan por mis noches recoletas, es Luis que me invita a caminar o Jorge que me guarda un concierto. Casi no me atrevo a decirles que no, invento prolongadas e ineficaces historias de mala salud, de traducciones atrasadas, de evasión Y cuando regreso y subo en el ascensor ese tramo, entre el primero y segundo piso me formulo noche a noche irremediablemente la vana esperanza de que no sea verdad.

Hago lo que puedo para que no destrocen sus cosas. Han roído un poco los libros del anaquel más bajo, usted los encontrará disimulados para que Sara no se dé cuenta. ¿Quería usted mucho su lámpara con el vientre de porcelana lleno de mariposas y caballeros antiguos? El trizado apenas se advierte, toda la noche trabajé con un cemento especial que me vendieron en una casa inglesa -usted sabe que las casas inglesas tienen los mejores cementos- y ahora me quedo al lado para que ninguno la alcance otra vez con las patas (es casi hermoso ver cómo les gusta pararse, nostalgia de lo humano distante, quizá imitación de su dios ambulando y mirándolos hosco; además usted habrá advertido -en su infancia, quizá- que se puede dejar a un conejito en penitencia contra la pared, parado, las patitas apoyadas y muy quieto horas y horas).

A las cinco de la mañana (he dormido un poco, tirado en el sofá verde y despertándome a cada carrera afelpada, a cada tintineo) los pongo en el armario y hago la limpieza. Por eso Sara encuentra todo bien aunque a veces le he visto algún asombro contenido, un quedarse mirando un objeto, una leve decoloración en la alfombra y de nuevo el deseo de preguntarme algo, pero yo silbando las variaciones sinfónicas de Franck, de manera que nones. Para qué contarle, Andrée, las minucias desventuradas de ese amanecer sordo y vegetal, en que camino entredormido levantando cabos de trébol, hojas sueltas, pelusas blancas, dándome contra los muebles, loco de sueño, y mi Gide que se atrasa, Troyat que no he traducido, y mis respuestas a una señora lejana que estará preguntándose ya si… para qué seguir todo esto, para qué seguir esta carta que escribo entre teléfonos y entrevistas.

Andrée, querida Andrée, mi consuelo es que son diez y ya no más. Hace quince días contuve en la palma de la mano un último conejito, después nada, solamente los diez conmigo, su diurna noche y creciendo, ya feos y naciéndoles el pelo largo, ya adolescentes y llenos de urgencias y caprichos, saltando sobre el busto de Antinoo (¿es Antinoo, verdad, ese muchacho que mira ciegamente?) o perdiéndose en el living, donde sus movimientos crean ruidos resonantes, tanto que de allí debo echarlos por miedo a que los oiga Sara y se me aparezca horripilada, tal vez en camisón -porque Sara ha de ser así, con camisón- y entonces… Solamente diez, piense usted esa pequeña alegría que tengo en medio de todo, la creciente calma con que franqueo de vuelta los rígidos cielos del primero y el segundo piso.

Interrumpí esta carta porque debía asistir a una tarea de comisiones. La continúo aquí en su casa, Andrée, bajo una sorda grisalla de amanecer. ¿Es de veras el día siguiente, Andrée? Un trozo en blanco de la página será para usted el intervalo, apenas el puente que une mi letra de ayer a mi letra de hoy. Decirle que en ese intervalo todo se ha roto, donde mira usted el puente fácil oigo yo quebrarse la cintura furiosa del agua, para mí este lado del papel, este lado de mi carta no continúa la calma con que venía yo escribiéndole cuando la dejé para asistir a una tarea de comisiones. En su cúbica noche sin tristeza duermen once conejitos; acaso ahora mismo, pero no, no ahora. En el ascensor, luego, o al entrar; ya no importa dónde, si el cuándo es ahora, si puede ser en cualquier ahora de los que me quedan.

Basta ya, he escrito esto porque me importa probarle que no fui tan culpable en el destrozo insalvable de su casa. Dejaré esta carta esperándola, sería sórdido que el correo se la entregara alguna clara mañana de París. Anoche di vuelta los libros del segundo estante, alcanzaban ya a ellos, parándose o saltando, royeron los lomos para afilarse los dientes -no por hambre, tienen todo el trébol que les compro y almaceno en los cajones del escritorio. Rompieron las cortinas, las telas de los sillones, el borde del autorretrato de Augusto Torres, llenaron de pelos la alfombra y también gritaron, estuvieron en círculo bajo la luz de la lámpara, en círculo y como adorándome, y de pronto gritaban, gritaban como yo no creo que griten los conejos.

He querido en vano sacar los pelos que estropean la alfombra, alisar el borde de la tela roída, encerrarlos de nuevo en el armario. El día sube, tal vez Sara se levante pronto. Es casi extraño que no me importe verlos brincar en busca de juguetes. No tuve tanta culpa, usted verá cuando llegue que muchos de los destrozos están bien reparados con el cemento que compré en una casa inglesa, yo hice lo que pude para evitarle un enojo… En cuanto a mí, del diez al once hay como un hueco insuperable. Usted ve: diez estaba bien, con un armario, trébol y esperanza, cuántas cosas pueden construirse. No ya con once, porque decir once es seguramente doce, Andrée, doce que serán trece. Entonces está el amanecer y una fría soledad en la que caben la alegría, los recuerdos, usted y acaso tantos más. Está este balcón sobre Suipacha lleno de alba, los primeros sonidos de la ciudad. No creo que les sea difícil juntar once conejitos salpicados sobre los adoquines, tal vez ni se fijen en ellos, atareados con el otro cuerpo que conviene llevarse pronto, antes de que pasen los primeros colegiales.

 

Biografía

Julio Florencio Cortázar nació en Ixelles, Belgica el 26 de agosto de 1914, pero recibió la nacionalidad argentina en razón de que su padre era argentino y funcionario en la embajada argentina en Bélgica. También su madre era argentina. En tiempos de su nacimiento Bélgica fue invadida por los alemanes. Sobre el fin de la guerra la familia logró pasar a Suiza en virtud de su abuela materna que era alemana. De allí pasaron a Barcelona y a los cuatro años volvieron a Argentina.

Su padre los abandonó cuando tenía seis años y se crió con su madre, una tía y su hermana Ofelia, un año menor, Falleció en París el 12 de febrero de 1984. Sobre su obra literaria hay abundante información en la web como para que los aburra aquí.

 

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LEOPOLDO VIGIL DI FERRETTI

LEOPOLDO VIGIL DI FERRETTI

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LEOPOLDO VIGIL DI FERRETTI
A través del ventanal que da a Larcomar veo la gente cruzando la avenida. Algunos disfrutaron el happy hour en el centro comercial y los taxis aguardan para llevarlos a destinos inciertos. Los guerreros enfrentan el latido salvaje de la noche miraflorina. Estoy sentado frente al mar y la bahía luce hermosa. Al fondo la cruz del Morro Solar brilla esplendorosa y a su costado se insinúa el Cristo del Pacífico, como si se avergonzara de su vecino.
El Casino de Miraflores va llenando sus ambientes y en el bar del tercer piso el pianista inicia su performance. Las notas de Venecia sin ti suenan cuando lo veo ingresar por la puerta. Saluda a los bartenders y estrecha la mano de uno de los mozos. Leopoldo Vigil di Ferretti aún conserva la prestancia de los mejores años de su vida. Viste el terno comprado en las Malvinas y los zapatos de charol son espejos en los que se reflejan las luces del techo. Exhibe la sonrisa seductora con que conquistaba a las chicas del Waikiki y se aproxima. Me estampa un beso en la mejilla derecha.
─Jorgito del alma, amigo de toda la vida, qué bueno volver a verte.
Le devuelvo el abrazo cariñoso y lo invito a compartir el piqueo de aceitunas verdes con cabanossi. Se percata de la botella de Bacardi dorado recién empezada y pide un vaso.
─Hoy voy a tomar ron puro ─amenaza y suelta la carcajada estrepitosa, aquella que hacía temblar las piedras de la playa y asustaba a las gaviotas. Al escucharla en sus días de gloria, sabíamos que el rey de las olas entraba a surfear.
─Te soy sincero, Jorgito del alma. Tenía miedo de venir y revivir la última vez que estuve aquí. Me costó mucho aceptar tu invitación, pero me he mentalizado para llegar entero. En fin, ya estamos acá y que empiece la rumba ─dice al mismo tiempo que se prepara el primer ron cargado, con mucho hielo.
─Tranquilo, Leo, no es para tanto. Dos más iguales y vas a terminar cantando con el pianista.
─Ya nada me importa, Jorgito del alma. Me han querido cancelar por no estar al día con las cuotas, pero todavía soy socio de este club de mierda. Esos viejos maricas ya no recuerdan quién soy y han olvidado cómo chupaban y bailaban a mis costillas.
─Lo sé, Leo, la gente es muy ingrata, solo están en las buenas…
─Exacto, Jorgito del alma ─me ataja el comentario ─. Los amigos se ven en las malas y tú eres uno de ellos. Nunca olvidaré lo que hiciste por mí después de ese sábado aciago de hace unos años…
Leo ganó la licitación para traer arroz desde Vietnam, negocio que le permitió embolsicarse varios millones de dólares y quiso compartir y alardear con sus amigos. Reservó una sala del casino para jugar póker, armó el escenario a su gusto y dispuso cuatro sillas alrededor de la mesa. Consiguió varios mazos de naipes importados y la carta de platos especiales y tragos estuvo a nuestra disposición. Frente a él se sentó John, antiguo amigo que aparecía de vacaciones cuando se aburría de administrar sus negocios en Manhattan. Como buen hijo de inmigrantes californianos, tenía en su haber tres divorcios y buscaba el cuarto braguetazo en las faldas de la hija de un prominente político. No perdió sus raíces peruanas y en una noche de guitarra y cajón le bajó el calzón en el baño de una peña de Surco. Ayudado por el futuro suegro del colorado, Leo obtuvo la buena pro y ganaron un dineral. Tomé asiento a la izquierda de ellos y, mientras esperábamos a Humphrey, empezamos a calentar el momento. Luego de una hora el negro se anunció tras la puerta, exhibiendo su inmensa jeta y enorme collar de oro que contrastaba con la guayabera caribeña. Humphrey, afincado en Panamá, gerenciaba negocios de dudosa reputación en la Zona Libre de Colón. Expiaba sus pecados con viajes frecuentes a la India, donde decía haber encontrado la paz espiritual. Habían caído dos botellas de wisky y Leo, aficionado a empinar el codo, dio muestras de estar más sazonado que nosotros. Para celebrar el éxito de Leo, el negro Humphrey puso sobre la mesa una botella de Don Perignon. Nuestro anfitrión ordenó descorcharla y, con lágrimas en los ojos, atrapado por la emoción brindó:
─Por ustedes, queridos John, Humphrey y Jorge Serrney. La vida no sería la misma sin los buenos amigos ─se limpió la cara llorosa con una servilleta de papel ─ ¡Que no haya tristeza en esta mesa! ¡A jugar de verdad!
El juego siguió dentro de los caminos normales y cerca de la medianoche Leo había perdido mucho dinero y, en la última mano de su vida, teniendo el juego fantástico deseado por cualquiera, puso sobre la mesa las llaves de su Volvo último modelo recién adquirido. John y yo nos retiramos. El negro Humphrey lo observó detenidamente y encima de  las llaves del Volvo colocó un cheque de 200000 dólares, monto que cubría y reviraba la apuesta. Exhalamos un soplido y vimos a Leo visiblemente turbado
─Negro, ¿aceptarías mi casa de playa para seguir jugando?
─Claro, Leo, somos caballeros y nuestra palabra es más que suficiente, ¿Es así o no, muchachos? En demostración de buena fe, sobre tu casa de playa pongo mi terreno de Ate, ¿puedes responder, Leo?
El terreno en cuestión era una joya codiciada, ambicionada por universidades y centros comerciales. El negro Humphrey decía que esperaba el momento preciso para negociarlo.
─Eso y mucho más, negro cabrón. Me cago en tu terreno y contra él va la licitación del arroz que acabo de ganar, ¿qué dices?
John y yo guardamos absoluto silencio. Fuimos testigos de excepción de cómo un juego entre amigos de juventud se descarriló. Supusimos que fueron tiros de salva y una vez concluido volvería la normalidad y la vida seguiría igual. Olvidaríamos las apuestas y nos iríamos deseándonos buenas noches como siempre.
─Pago por ver ─susurró el negro, tragando saliva ─.Va contra tu licitación mis acciones de la minera…
El tiempo se suspendió en el aire. Ambos jugadores dieron una última mirada a sus juegos y Leo colocó una por una las cartas sobre el tapete verde de la mesa. No dimos crédito a lo que miramos. Leo esbozó una amplia sonrisa, sus ojos brillaron y, con el aliento contenido, aguardó que el negro Humphrey dejara caer las suyas…

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Se subastan por 300.000 euros las cartas de Paul Éluard el primer marido de Gala, la esposa de Dalí

Se subastan por 300.000 euros las cartas de Paul Éluard el primer marido de Gala, la esposa de Dalí

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Se subastan por 300.000 euros las cartas de Éluard a su primera esposa, que luego se casaría con Salvador Dalí. El libro ‘La intrusa’ de Monica Zgustova reivindica su figura

Una joven rusa espera el tren en la estación de Davos en el invierno de 1912, el mismo año en que Thomas Mann empezó a escribir La montaña mágica. Como en su novela, la joven va a un sanatorio de los Alpes para curar su tuberculosis. En su maleta lleva a Tolstoi y Dostoievski. En la soledad de ese hotel de lujo, conoce a un francés alto y rubio que se pasa el día leyendo y escribiendo poemas. Él tiene 17 años y se llama Paul, ella 18 y toda su familia la llama Gala. Durante un año fueron dos adolescentes inseparables en ese sanatorio suizo y él le dedicó sus primeros versos. Versos que después se convertirían en apasionadas cartas desde el frente y que durarían toda su vida.

El próximo 19 de junio, la casa Drouot de París subasta las cartas de Paul a Gala por un precio de salida de 300.000 euros. Se trata de 266 misivas y postales escritas desde 1924 hasta 1948. Empiezan en un año trágico para Paul: se casó con Gala en 1917 (con apenas 22 años ella cruzó una Europa en guerra para reunirse con él) y ya habían tenido a su hija Cécile, pero desde 1922 vivían en un extraño ménage à trois con Max Ernst -uno de los mejores amigos de Paul y amante de Gala- así que en 1924 Paul se marchó a dar la vuelta al mundo para olvidar a Gala. No pudo.

La historia de amor entre Gala y Paul suele aparecer como nota a pie de página, pero la escritora Monika Zgustova la recupera en La intrusa. Retrato íntimo de Gala Dalí (Galaxia Gutenberg),un delicioso ensayo novelesco que empieza con el capítulo de La montaña mágica en el sanatorio de Davos. «Gala ha sido víctima de un machismo que no puede soportar su libertad. Siempre se la ha visto como la mala de la película, sobre todo en España. En otros países su imagen es diferente, la de una mujer fuerte», lamenta Zgustova, que ha querido centrarse en la Gala antes de Dalí para construir al personaje desde sus orígenes, con todas sus contradicciones. El 6 de julio, el Museo Nacional de Arte de Cataluña también resucitará a Gala con la exposición Una habitación propia en Púbol. ¿A qué se debe ese boom sobre Gala? «Ella era un enigma. Y sigue existiendo un desconocimiento absoluto hacia su persona», apunta Zgustova, que en su libro revela muchos misterios sobre Gala (como su ambigua relación con su hermano mayor Vadka).

Volvamos a 1924, cuando Paul desaparece con un escueto telegrama: «No puedo más, me voy de viaje». Hacía meses que compartía su palacete a las afueras de París (y a Gala) con Max Ernst. «Hoy esa situación sería un escándalo. En los años 20, estaban más abiertos que ahora. Nuestra ética y valores se basan en las películas y series americanas, que son moralistas y puritanas. Antes de Hollywood los europeos eran más libres», defiende Zgustova. Paul volvió (de hecho, Gala y Max fueron a buscarle a Saigón) y el trío se disolvió.

Pero el matrimonio no duraría mucho más. En 1927, el grupo de surrealistas pasó unas vacaciones en la Costa Brava, un paraje agreste y bello, pero miserable para los parisinos. Gala tenía 35 años y Dalí sólo 25. Meses después, ella cambió el confort de su villa parisina por una barraca de pescadores en Portlligat, sin electricidad ni agua. Dalí sería la pasión de su vida, el hombre que acabaría regalándole un castillo.

Paul volvió a casarse dos veces más, pero Gala fue su gran amor y continuó enviándole apasionadas (y sensuales) cartas: «Gala, mi hermana, mi amiga, mi amante (…) Vuelve. Ven, sólo te amo a ti, sólo te deseo a ti, sólo te comprendo a ti». En el papel hay una «salpicadura importante», hace notar Drouot. ¿Una lágrima de Paul?

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Las cartas de los locos que se quedaron guardadas en el manicomio

Las cartas de los locos que se quedaron guardadas en el manicomio

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Los primeros enfermos mentales que ingresaron en la Casa de Santa Isabel, en Leganés (Madrid), debieron de llegar en carretas tiradas por caballos. Raimundo, un médico de Guadalajara, fue trasladado allí cuando tenía 47 años junto a otros 21 varones, el 25 de abril de 1852, cuando ya las primeras mujeres habían ocupado el pabellón que les correspondía, con su departamento de agitadas, “porque la agitación y el furor es más frecuente en el sexo femenino”. El centro se había inaugurado unos meses ante, pero los tiempos no daban para mucho, ni en el orden moral ni en el material, y allí, en Leganés, a los que estaban enfermos y a los encerrados sin estarlo les esperaban más camisas de fuerza, frío, hambre y penalidades sin cuento. Por lo menos a los pobres, que los pensionados tenían derecho a postre y a vestir con su atuendo habitual.

Todo ello quedó registrado en el antiguo archivo de la institución, donde aún están los informes médicos atados con cuerdas y las cartas desesperadas donde los internos rogaban la salida de aquella cárcel a quien los quisiera oír. La pena es que nadie los escuchó, porque las misivas jamás llegaron a su destino. Los médicos les instaban a escribir como parte de la terapia y ayuda al diagnóstico y guardaban los papeles en el archivo, donde ahora ha rastreado un equipo de facultativos y permitido que aquellos lamentos salgan por fin a la calle, con nombres falsos, para incorporarse a un libro titulado Cartas desde el manicomio(Catarata).

Así que Anselmo no se llamaba Anselmo, pero sí era un brillante abogado que fue alcalde mayor en Cuba y catedrático de Derecho en la Universidad de La Habana hasta que, en 1846 empezó a mostrar síntomas de excitación maníaca con ansiedad y agitación “a consecuencia de un excesivo trabajo y el uso inmoderado de café”, dice la historia clínica. 11 años estuvo ingresado en la Casa de Dementes de Santa Isabel soportando cómo las monjas se divertían a su costa, según decía. “Ya ni voy a misa ni me acerco donde pueda encontrarla”, dejó escrito. Sus cartas están redactadas con las facultades de un letrado y en un castellano de otros tiempos que mueve a la nostalgia de quien escribe en estos.

Olga Villasante, Ruth Candela, Ana Conseglieri, Paloma Vázquez de la Torre, Raquel Tierno y Rafael Huertas han recopilado las experiencias de aquel internamiento tal cual las relataban los enfermos, desde 1852 hasta 1952. Por esas letras se cuela la sociedad española de la época, atravesada por epidemias, leyes de beneficencia, carencias de toda clase, reinas y reyes, dos repúblicas, una guerra y una dictadura. Y también el día a día con sus usos y costumbres, los celos y los cuernos, la ausencia de derechos para las mujeres que pretendían burlar las normas sociales, las palizas en el matrimonio, las deudas no pagadas, el recuerdo del chocolate en las pastelerías, la férrea moral católica, las madres privadas de sus hijos…

Una de las cartas más estremecedoras es la que firma Adela, tachada de mujer “infantil”, tanto que hasta la matriz, decía el ginecólogo, padecía de “infantilismo”. Pues no le impidió casarse, con 19 años, ni tener cinco hijos. Después del segundo parto, un dolor en la zona ovárica le arrancaba gritos que el marido combatía con morfina hasta que suspendió las dosis y la acusó de derrochar en compras y de tener relaciones con un individuo, algo a lo que ella achacó siempre el encierro que decretó el esposo. A él le ruega en sus cartas que le visite con los niños. “Te prometo no hablarte para nada de irme. Escríbeme y dime de nuestros hijos. ¿Quién cuida de Rafaelín?, ¿quién hace las trenzas a mis niñas?, ¿y el brazo de Pepín?, ¿estudia Antoñito? Los tengo clavados en mi alma a los cinco y a ti. […] Anulame de tu vida pero, ¡por dios! Déjame al lado de mis hijos”. Rafaelín solo contaba tres meses y su madre tenía “los pechos llenos de leche” que no podía sacar y una “enorme colitis con dolores horribles”. “Tú sabes dónde me has enviado? ¿tú tienes idea siquiera de lo que es un manicomio?”, le reprochaba al marido.

“Las cartas tienen tanta fuerza por sí mismas que merecían salir a la luz, aparecer con voz propia”, dice otro de los autores, Rafael Huertas. Pues ahí están, con todo el desgarro de la cárcel mental y el encierro físico.

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