Digo

Digo

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Que se tomaron todo –pero todo– y que se montaron en la cama y que se sacudieron hasta golpearse las narices y chocar con el techo y empotrarse una y otra vez en la carne húmeda que ofrecía su herida. Que en la oscuridad se dijeron que fue la mejor encamada de sus vidas. Que al despertar se enteraron del terremoto y les dio culpa. Que sus esposas estaban allá.

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Vegetal

Vegetal

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Trepó por mis piernas como un jazmín y floreció, abriendo sus pétalos sobre el solitario junco que creció bajo mi pelvis. Vuelta una batanga carnívora, no cesó de succionar hasta que no tuve más que una vaina despojada de sus porotos. Recuperado el aire me puse de rodillas y libé como un colibrí la savia tempestuosa. Fue su turno de esperar la próxima primavera. Nuestros troncos se reunieron y fuimos por minutos un injerto, a merced de un temblor intenso que amenazó quitar nuestras raíces de la tierra. Caídos los carozos y las fundas, nos apartamos, como pequeñas ramas conducidas por distintos pájaros, como polen trasladado por distintas abejas.

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La hormiga traviesa

La hormiga traviesa

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Se me metió una hormiga ahí, cuando Yiya gemía con más intensidad. Tenía mis manos apretando su pecho; ella no dejó que las quitara, las aferraba aunque debiera sostener una pose digna de contorsionista. La maldita hormiga movía mis pelos como si fuera una expedicionaria abriéndose paso entre los juncos de una laguna o las lianas de una selva. Seguí pujando, quise apretar mis nalgas para aplastar el insecto. No lo logré, Yiya pedía más, golpeándome con sus glúteos. Busqué ladearme para que el bicho cayera o cambiara el destino de sus pequeños pasos. A Yiya le gustó, yo ni sabía ya si continuaba dentro de ella.
Adopté otra táctica y me sacudí como si tuviera los dedos conectados a un enchufe; Yiya aullaba y la puta hormiga continuaba escarbando en mi más profunda intimidad. Sentí que mordía, imaginé una roncha que me obligaría a la indecorosa obligación de rascarme el upite por varios días. Di un salto y ambos caímos sobre el colchón; Yiya se movió como si estuviera sobre el epicentro de un terremoto. Ahí acabé, supongo.
Por fin ella liberó mis manos. Con disimulo metí dos dedos donde no me da el sol y los retiré con la asquerosa hormiga. La maté. Libre del incordio, oí que Yiya me decía que había sido mi mejor vez, que por fin había actuado como un hombre de mi edad. Y quiso repetir.
Me retiré unos pasos; para mi desesperación, no se veía una hormiga en todo el cuarto.

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Cabalgata

Cabalgata

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Mi cara quedó comprimida contra el ventanal, mi boca dibujó un corazón contra el vidrio frío; tenía su respiración cerca de mi oreja. Las palabras caían en mis oídos, sedándome, relajándome, preparándome para el contacto. Las manos sabias encontraron lo que buscaban sin tanteos erróneos.
Hubo conexión de cuerpos, un brinco digno de medalla olímpica, embestidas que movieron el piso, alaridos indescifrables, corcoveos que hubieran desplomado al más avezado de los campeones de domas. Los cuerpos combados se mantuvieron apasionados, grupa sobre grupa, el sudor como un óleo espeso se derramaba desde los lomos. El equilibrio se sostenía por la misma fuerza erotizante que se había adueñado de los miembros.
Quería responder, quería decir algo, pero él aplicaba su fuerza con la precisión adecuada a mis necesidades, tornando inadecuada cualquier interrupción. Me mordí un labio para no gritar, húmeda como el potro y la yegua que seguían copulando en el corral, frente al vidrio contra el cual el quiropráctico insistía en enderezarme la espalda contracturada.

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Elvis

Elvis

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Elvis. Elvis y ninguno más. Cada miembro que encajaba entre sus piernas, era el del hombre que sonaba de fondo. Estaba prohibido decir una sola palabra desde que cerraba la puerta del cuarto y encendía la música. Bajo la luz colocada en el centro de la habitación, iniciaba el rito de desnudarse sacudiendo las caderas al ritmo de Fever. El hombre de turno sentía que su piel se volvía de fuego, mientras ella chasqueaba los dedos y una prenda terminaba en el piso. Con el ondular de un gato se arrojaba sobre su víctima, continuando la danza sobre el cuerpo masculino hasta que explotaba el orgasmo. «Elvis», «¡oh, Elvis!», o «¡mi Elvis!» era lo único que se oía —excepto la voz rotunda de Elvis que acompañaba el proceso—. Cerraba los ojos y se tendía sobre la cama, extasiada, más hermosa todavía. Uno debía respetar ese momento, tomar las ropas y salir de la habitación. Sus reglas eran claras y el sabor de su sexo no tenía comparación. Aparecía por el bar y nos disputábamos el puesto de Elvis para esa noche. Así hubiéramos seguido por largo tiempo, pero apareció el hombre de las patillas nutridas y el jopo. Hombre que marchó con ella a los cinco minutos de llegar. Hombre que no tuvo mejor idea que decirle que Elvis estaba muerto apenas comenzó a sonar Fever en la habitación, dejándonos sin ella para el resto de nuestras noches.

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