El viejo

El viejo

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Más sabe el diablo por

viejo que por diablo.

Refrán popular

I

—¿Qué carajo pasó? ¿Cómo nos pudieron sorprender así? —Los gritos de Manolo, acompañados por puñetazos en la mesa nos tiene a todos con las cabezas gachas, incapaces de sostenerle la mirada—. Mejor que piense que fue casualidad a que alguien nos entregó —continua—, porque si llego a enterarme que hubo un buchón entre nosotros y lo descubro, va a lamentar haber nacido.

Manolo es un líder indiscutido. De los treinta y cinco años que tiene, seis los pasó en la cárcel, condenado por robo, homicidio en ocasión de robo, —la empleada de la joyería—,  más una condena adicional por intento de fuga. Salió con libertad condicional hace dos años, mucho antes de lo que le correspondía. Dicen que untó convenientemente a unos fulanos en el juzgado para que le consiguieran el fallo. Me contaron que ahora es más duro e insensible que antes de caer preso.  Con toda la intención de seguir en la misma, apenas pisó la calle, reclutó gente para dedicarse al único laburo que conoce, el afano. A más de uno, por incompetentes, les tuvo que dar la baja anticipada a causa de su obsesión por cuidar todos los detalles y no equivocarse.

Por eso la bronca que está descargando con nosotros en este momento, ante el fracaso de anoche en el restaurante, donde había una mesa de policías comiendo. Cuando empezaron los tiros, los tres que entraron salieron corriendo y rajamos en los dos autos, uno a mi cargo y el otro con Manolo, sin hacerles frente. Él siempre nos dice que sólo nos enfrentemos si estamos acorralados. Algo le hace ruido con esa mesa de policías; de ahí su enojo.

Hace poco más de un año que estoy en la banda. Me trajo el Paraguayo. El Pampa y el Pelado completan el grupo. El Pampa es un tipo jodido, desagradable, de los que no mira a los ojos cuando habla. Ya tuvimos un par de encontronazos. Si bien soy el más viejo del grupo, todavía me da el cuero para ponerle los puntos a cualquiera. El Pelado recién debe haber pasado los veinte. Es hijo de un tipo que Manolo conoció en la cárcel. Es un buen pibe pero anda siempre muy fumado. Siempre le decimos que para salir a laburar hay que estar limpio, con todos los sentidos alertas, pero no sé si nos da bola. Me parece que necesita la droga para darse coraje. Al Paraguayo lo conocí en la villa del Bajo Flores, cuando llegué del sur. Enseguida empecé a meterle mano a los autos que levantaban unos pibes, para hacerme ver, y él no tardó en darse cuenta que sabía de motores y me buscó para conectarme.

—¡A mí me conocés hace una pila de años, Manolo! No sé si todos pueden decir lo mismo —dice el Pampa, haciendo obvia referencia a mí.

—¿Y eso qué garantiza? —pregunto sin mirarlo, y para provocarlo, dirigiéndome a él, le digo— A lo mejor alguien encontró tu precio ahora.

—¡Te voy a cagar a trompadas, hijo de puta! —se levanta como una tromba, haciendo caer su silla hacia atrás.

—Me gustaría que lo intentes —le digo pausadamente mientras me paro—. Sería una buena  oportunidad para que te hagas una dentadura nueva.

—¡Basta! ¡Siéntense los dos! —brama Manolo, golpeando la mesa por enésima vez—. Se terminó la reunión. Salgan de a uno, con intervalos de veinte minutos, ya saben.

Me siento y espero el último turno. Cuando me quedo sólo con Manolo, le digo:

—Si vos querés, se me ocurrió una forma de descubrir si hubo un buchón.

—Te escucho.

Cuando termino de explicarle mi plan, me dice:

—¡Es bueno! Sólo que queda uno afuera…

—¡Sí, claro! Lo que pasa es que nadie está obligado a declarar contra sí mismo.

—¡Siempre tenés una respuesta! —dice sonriendo.

—Para eso uno acumula años. Si no se suma sabiduría también, ¿para qué se vivió?.

II

—Los cité porque hay algo que resolver —dice Manolo, con la voz más grave que de costumbre—. Anoche la brigada abrió un auto, que teníamos estacionado en la cortada que da sobre las vías, en el que, supuestamente, debían estar los fierros para el próximo golpe.  ¿Tenés algo para contarnos Pampa?

—¿Yo? ¿Por qué? ¡Si vos me dijiste que me ibas a avisar cuándo tenía que buscarlo!

—¡Porque eras el único que sabía esa dirección! —grita poniéndose de pie—. Los demás tenían otras direcciones.

—¡Es una trampa! —y dirigiéndose a mí— ¡Vos me la tendiste! ¡Te voy a matar!

Se abalanza e intenta agarrarme del cuello. Me corro de costado dejándolo pasar y le aplico una patada en las costillas haciéndolo caer.

El Pampa se levanta con intenciones de seguirla. Manolo se interpone y le grita fuera de sí:

—¡Basta! ¡Nadie más que vos y yo sabíamos esa dirección!¡Andate! ¡Estás fuera!

El Pampa se levanta, me mira, hace un ademán como de cortarse el cuello y sale. Mirando a los otros dos, Manolo les dice:

—Paraguayo, encárgate de él. Vos, Pelado acompañalo. ¡Con cuidado, que es peligroso!

III

Me sirvo una copa de vino y busco el celular exclusivo que guardo en casa. Creo que tuve un poco de suerte, pero además, el plan que le propuse era bueno. Levantar tres autos, estacionarlos en distintos lugares y pasarle las direcciones a Manolo. Lo que no pude saber es cuál vehículo le asignó a cada uno. El Pelado vino sólo a preguntarme cómo llegar a la dirección que le dio. Al Paraguayo, como creyó que todos teníamos la misma información, le pregunté directamente si conocía la zona. Por la descripción supe cual le tocó. De modo que, por descarte saqué cuál le dio al Pampa.

Hago la llamada. Suena dos veces y atienden.

—Hola, Gutiérrez habla.

—Hola comisario. Soy yo. Tengo los detalles del nuevo golpe.

—¡Ah, bien! Lo escucho.

—Antes quiero agradecerle el operativo en el auto, salió redondo.

—Era fácil. Igual los muchachos se frustraron al no encontrar nada. Yo no les dije que era un cebo. ¿Y lo nuevo?

—Va a ser el viernes, a eso de las 1500 hs, en un aserradero de Camino de Cintura y Ruta 205. Después le paso bien la dirección por WhatsApp. Por lo que se filtró, una constructora va a llevar un pago importante, en efectivo porque es en negro. ¡Por favor! ¡Que sus muchachos no se apuren como en el restaurante! Vamos a estar en dos autos. Yo voy a salir hacia Monte Grande por la 205, y el auto de Manolo hacia la Riccieri por Camino de Cintura. Con que nos esperen un poco más adelante, no va a haber resistencia. El tipo más jodido ya no está.

—Buena data. Tranquilo. Sólo tengo una inquietud personal. ¿Por qué tanta dedicación por un pájaro de poco vuelo?

—Es una historia larga.

—Un jefe que tuve me decía que todo lo que hacen los hombres siempre es por plata o por mujeres.

Alicia, mi hija, me sonríe desde la foto en la pared del cuarto. Sé que en el cielo también estás sonriendo, mi amor. ¡Fue tan injusto que te pasara a vos!  ¡No hacía falta! ¡Ya le habías dado todo lo que había de valor en la joyería! ¡Nada va a hacer que vuelvas, pero al menos este hijo de puta va a estar preso, aunque sea por otra causa!

—Su jefe la sabía lunga, comisario. A lo mejor, algún día, lo charlamos.

 

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Soneto de la teoría endosimbiótica

Soneto de la teoría endosimbiótica

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Dice una teoría, que una procariota
engulló a una protobacteria hace eones,
y entablaron de buenas relaciones
en aquella muy primitiva biota.

Tan bien fue, que hicieron simbiosis. Pacta
la engullida: realizó sus reacciones
y quien engulló le dio provisiones.
Entre ambos se beneficiaron: hasta

le otorgó un poco de su membrana,
(por eso las mitocondrias la tienen).
La razón de su genética ajena

del ente eucariota. Esta es la cuna
que se teoriza sobre nuestro origen.
Siempre en la vida es la unión oportuna.

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Un ebook de hace cinco siglos

Un ebook de hace cinco siglos

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La tecnología nos supera, ha llegado tan lejos que no consideramos un gran logro cuando un artilugio del tamaño de un solo libro de papel puede contener cientos, incluso miles, de diferentes textos. Pero a la humanidad del siglo XXI, tan avanzada, tecnológicamente hablando, no se le ocurrió la idea de poner varios libros en uno, ni la hicimos realidad, ni mucho menos. El historiador de libros medievales Erik Kwakkel apunta, por ejemplo, a la vinculación “dos-à-dos” (espalda con espalda) de los siglos XVI y XVII, que hizo de libros “como gemelos siameses en el que presentan dos entidades diferentes unidas por respaldos: cada parte tiene una tabla para sí misma, mientras que una tercera se comparte entre las dos, “así que” al leer el texto se puede girar el ‘libro’ para consultar el otro “.

Poco tiempo después, Kwakkel publicó un aparato que sopla las dos-à-dos del agua : un libro del siglo XVI que contiene no menos de seis libros diferentes en una única encuadernación. “Todos son textos devocionales impresos en Alemania durante las décadas de 1550 y 1570 (incluido Martin Luther,  Der kleine Catechismus ) y cada uno está cerrado con su propio cierre”, escribió el erudito.

“Si bien puede haber sido difícil realizar un seguimiento de la ubicación de un texto en particular, un libro que se puede abrir de seis maneras diferentes es una muestra de artesanía”. Puede admirarse, y tratar de descifrarse, desde una variedad de ángulos diferentes en la cuenta de Flickr de la Biblioteca Nacional de Suecia , donde actualmente reside en los archivos de la Biblioteca Real.

Hace cuatro o cinco siglos, un libro como este sin duda habría impresionado a sus espectadores tanto, o incluso más, que la pieza de electrónica de consumo más avanzada que hoy nos impresiona. Pero cuando Internet descubrió la publicación de Kwakkel, quedó claro que este devocional seis en uno nos cautiva de la misma manera que un dispositivo digital nuevo y nunca visto. “Con una tasa de alfabetización de alrededor del 5 al 10 por ciento de la población durante la Edad Media, solo unos pocos de los niveles más altos de la sociedad y las castas religiosas utilizaron los libros”, recuerda Andrew Tarantola. “Entonces, ¿quién podría usarlo para un sextupleto de historias vinculadas por una cubierta única y con múltiples bisagras como esta? Un erudito realmente ocupado”. Y escribe que no en un sitio para entusiastas de libros antiguos, Historia medieval, El templo del culto tecnológico conocido como Gizmodo.

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Romance.

Romance.

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Escucharás mis palabras con tu voz
Rozarás suavemente mi palidez
Sobre un cielo blanco, oscuras estrellas
En tu corazón harán mella.
Todo lo que diga, creerás
Todo lo que calle, odiarás
Al final, mi nombre olvidarás.
Tal vez.
Esperaré en tu mesa de luz
Que vuelvas a recorrerme.

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Lluvia y silencio

Lluvia y silencio

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Seis días con sus noches lloviendo sin parar y después, tiniebla y jazz. Se precipita lo inevitable al tratar con torpeza los silencios, las atmósferas de falsa tranquilidad.

Veréis, yo vivía con una mujer a la que amaba con cierta pasión. Irma, mi tercera esposa. Ella poseía todos los dones juntos que ninguna de mis anteriores esposas había conseguido reunir. Inteligente, con gran ingenio resolvía pequeños y grandes problemas cotidianos. Sonreía y hasta apreciaba con sensibilidad la música. Culta e irónica. Me gustaba demasiado para dejarla marchar. Su humor y su conversación me alegraban considerablemente los días, por lluviosos que estos fueran. En la cama era generosa, sin limitaciones insulsas que muchas mujeres tienen a bien prohibir a sus parejas… Ella era activa y sumamente receptiva… Gocé de una plácida vida a su lado, tan dulce y caliente, tan divertida, que veía grandes posibilidades de eternidad a su lado. Pero ciertas catástrofes son inevitables, y yo comprendo que incluso las atraigo. Tengo un imán poderoso para atraer cierto tipo de problemas. Lo acepto.

Y como caído del cielo, se atravesó en mi vida el vertiginoso cuerpo de Sally Preston. Uno de esos cuerpos que surgen una vez en un millón de años. Quedé deslumbrado con aquella cantidad de curvas que se daban cita en tan poco espacio de cuerpo… voluptuosa y explosiva, aún sin proponérselo… Sus demás virtudes no eran gran cosa, pero ¿a quien le importaba que no fuese perfecta? ¿Acaso lo soy yo?…

Nada más conocerla en una conferencia sobre ovnis y platillos volantes, sentí la inevitable necesidad de obsequiarla con una mini conferencia personalizada. Le expuse mi inquietud y preocupación por los agujeros negros y la velocidad de la luz, recité al aire incluso algunos poemas que recordaba de la niñez. Mi comportamiento estúpido e infantil pareció caerle en gracia, pues ella no podía dejar de reír ante mis ocurrencias. Mis instintos erótico-salvajes crecían por momentos…

Un poco más tarde en la habitación de su hotel, algo más crecía en mi entrepierna mientras la chica se desnudaba silenciosamente y dando saltitos sobre la cama. Sencilla como un animalito, no brillaba por su inteligencia, pero llegados a este punto podría haberle perdonado cualquier cosa. No quise evitarlo, es cierto. A partir de ahí las mentiras se fueron sucediendo en casa. Cada noche salía con un pretexto, un velatorio, una enfermedad o un accidente de tráfico… Al pasar las semanas había estrellado tres veces el coche, matado en dos ocasiones al mismo amigo, e ingresado en urgencias por intoxicaciones alimenticias varias…

Irma, mi tercera esposa era paciente, madura y sensata… Supo desde el primer velatorio, que yo andaba con otra… Pero no me dijo nada… Se mostraba comprensiva y observadora. Y silenciosa, muy silenciosa. Nuestras relaciones íntimas se habían espaciado considerablemente, aunque intentaba satisfacerla en la medida de lo posible, dado que los encuentros con Sally me dejaban sin reservas. Pero hay que comprenderlo ¿quien puede ser feliz con una única mujer? A cada una la apreciaba de un modo y por una virtud distinta, ambas se complementaban. Tener a dos mujeres excelentes a mi disposición me elevaba por encima del cielo… Como un dios que decide al elegido. Los encuentros se fueron manteniendo en el tiempo, mi tercera esposa consentía mis escapadas con su habitual generosidad, aunque yo desconocía su “conocimiento”. Y Sally, la mujer del cuerpo bomba, me veneraba y admiraba con especial dedicación. ¡Qué felicidad!

Pero ya os dije que tengo un imán para los problemas, y a los pocos meses comencé a perder la cabeza por Margaret Fidz, la uróloga que conocí en una de mis revisiones sin importancia… Cada semana acudía a la consulta con un pretexto… ella sonreía sin parar, aludiendo que no había conocido a otro paciente tan sano y tan insistente… y entre risas me invitó a salir. ¿Cómo decirle que no? Aquella noche le dije a mi tercera esposa que mi jefe había muerto. A Sally le confesé, que yo mismo había muerto….Y a la bella y delicada Margy, le di la bienvenida a mi vida…

Durante tres años fuimos felices, Irma, Sally, Margaret y yo… Pero las desgracias nunca vienen solas… y apareció.. Svitlana, una pianista ucraniana de largos dedos, de mirada dulce y cándida… Sin duda la mujer perfecta… al menos hasta que apareciera la definitiva.

Hace unos días, una orquesta de jazz improvisaba unos acordes funestos bajo la lluvia, mientras yo recibía sepultura… Mis cuatro mujeres decidieron en silencio que debían acabar con la mala hierba que crece en mi. No las culpo.

Por fin puedo descansar, siempre supe que las mujeres acabarían conmigo.

 

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