MÁSCARA DE COLORES

MÁSCARA DE COLORES

4.00 Promedio (80% Puntuación) - 8 Votos

En aquellos días se iban a cumplimentar los últimos arreglos a los trajes que lucirían en los carnavales. La fiesta por excelencia del encanto y lo prohibido. Blancos como la nieve que no inmaculados, puesto que los cuerpos que cubrían gozarían y habían gozado ya muchas veces del jolgorio y la alegría que la fiesta propone cada año.
Las hechuras se acoplan a su piel, dejando ver y adivinar cada curva y protuberancia que se podía encontrar en sus cuerpos casi desnudos. Acostumbrados a llevar el resto del año un traje con etiqueta, aquellos días la libertad era su bandera y vestían pues ahora de la moda de la emancipación. Una vez calzados aquellos vestidos en los que la pluma era el más abundante adorno, la comparsa salió a la calle.
Jugando a la ironía y escondidos en los disfraces, el grupo de hombres y mujeres empresarios se pusieron ese último detalle que ocultaba para la intolerancia su verdadera identidad. La máscara o antifaz de colores que entonces sí que definía su propio orgullo.

Adelina GN

4.00 Promedio (80% Puntuación) - 8 Votos
El Oráculo de Facebook

El Oráculo de Facebook

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Hoy, el Oráculo de Facebook me hizo llegar el siguiente mensaje: “Debes escribir tu biografía”.
Se entenderá mi asombro, aunque quizá no mi disgusto. Es que, si bien comparto lo de las bondades que tiene el “conocerse a sí mismo”, ni se me ocurriría hacer público dicho conocimiento.
Pero la cosa no termina ahí. Como tampoco mi disgusto.
El mensaje contenía más indicaciones.
El mensaje decía que el libro debía intitularse: “TENGO QUE IR AL BAÑO”. Así, cortito y al pie, como ustedes lo están leyendo.
El asombro cedió paso a la indignación en cosa de segundos. Pensé: ¿a quién Cristo se le puede ocurrir ponerle ese título a una autobiografía?
Inmediatamente repetí la consulta, a la espera de una respuesta diferente. Pero no, el título seguía inamovible, con el agravante de afirmar. “Este libro te inmortalizará por siempre”. Sí claro, mascullé, me inmortalizará por siempre en el ridículo y quedaré, con sólo que se lea el título, cual inclusión fósil en la resina de la burla literaria sempiterna.
Al tiempo que pensaba esto, la indignación cedió espacio, entró la esperanza y con ella, un diminuto optimismo. A no desalentarse, me dije. A probar de vuelta. La esperanza es lo último que se pierde.
Y probé otra vez. Y una más. Y muchas veces.
El resultado fue siempre el mismo.
Para el vigésimo intento, la indignación ya había menguado y el optimismo, prácticamente desaparecido. Todo se había corrido para dejar lugar a la indispensable y nunca demasiado bien ponderada, autoconmiseración.
Sollocé internamente. ¿Qué hay en mí que sugiera ese título para un relato de vida? ¿No es evidente la dedicación que pongo en generar belleza? ¿Tan desapercibidas pasan mis reflexiones en torno a la armonía y al equilibrio espiritual? ¿O es que de nada sirven los esfuerzos por dar profundidad a los pensamientos? ¿Cómo es que todo lo mío puede quedar resumido en un prosaico “tengo que ir al baño”?
Dicho esto, intenté recuperar la compostura, dándole vuelta a la expresión a ver si lograba encontrarle cierto valor ético o estético. Me dije: vaya, las mejores ideas son las que se nos ocurren mientras estamos en el baño. Además, ir al baño tiene que ver con procesar las cosas, con eliminar lo que ya no sirve y hacer espacio para algo mejor.
Adicionalmente, todo el mundo sabe que puede decirse “tengo que ir al baño” en señal de repudio.
Al pensar esto, me estremecí. ¿Habría cámaras vigilándome? ¿Cómo diantres saben que suelo apelar a dicho recurso para retirarme con cierta elegancia de una situación que no me agrada?
Mientras decía esto, escuché una voz interior que interrogaba por lo bajo: “¿elegancia?”.
Es un decir, le respondí a la voz. Es un modo de significar que determinadas circunstancias se pueden evitar excusándose y yendo al baño.
¿Huyendo? repreguntó la voz en tono más audible.
La voz en mi interior tiene esas cosas. Empieza hablando bajito, como para no molestar. Como diciendo “perdón, no es mi intención entrometerme, pero…”. Hasta que uno le contesta. Entonces, alza las ínfulas y da la estocada.
Con mi tono más severo disponible la corregí. No dije “huyendo”, dije “yendo”. Y me quedé esperando respuesta.
La voz hizo silencio.
En general ella hace así. Tira la piedra, oculta la mano y te deja pensando. Así que pensando me quedé. ¿Y si tenía razón? ¿Será que, en mi caso, “ir” es “huir”? Y si así fuera: ¿será que el título de mi vida debiera ser ese? ¿El que le corresponde a alguien que se escapa y se esconde?
A esas alturas, mi interior yacía cansado, aplastando lo que quedaba de mi autoestima.
Fue ahí que me levanté. Apoyé ambas manos sobre la cubierta del escritorio mirando fijo la pantalla, mientras el sillón se corría hacia atrás, como asustado. Todavía podía leerse el título que me había dejado el Oráculo en la pantalla.
Respiré hondo y terminé de incorporarme, mientras un escalofrío me corrió por la espalda. No podía contenerme. Comencé a andar.
Lo siento, dije, lo siento.
Es una simple casualidad. Lo aseguro.
Realmente,
“TENGO QUE IR AL BAÑO”

Photo by guillenperez

Guardar

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos
PIES PEQUEÑOS

PIES PEQUEÑOS

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Soy una mujer que en toda la vida estaba deseando empezar el Taller de Relatos de Enrique Brossa, como todo el mundo”. Y ha intentado de mil manera para ocultar sus pies desnudos, unos pies pequeños de japonesa antigua y de apariencia infantil, sin movimiento, de piel suave como de recién nacido y dedos cortos y uñas diminutas, frágiles como el cristal, tan delicados que al menor roce se desbaratan, se deshacen entre las garras de suelo áspero y entre los grumos de arena dorada de las playas, en la superficie rasposa de azul intenso en las piscinas. En las noches calientes de verano esos pies deben de ocultarse, de protegerse, de asustarse, incluso apartarse de cualquier cosa que pueda lastimarlos. Es más difícil cuidar unos pies desnudos inmóviles que aquellos que sensualmente muestran su desnudes sin pudor, con orgullo y coquetería. Estar pendientes de ellos día a día es agotador y una actividad estéril porque nadie los verá desnudos fuera de la calidez de abrazos entre las sábanas y la humedad de las miles de caricias que comparte con el agua y los besos “de sonidos guturales” en la ducha.

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos
A %d blogueros les gusta esto: